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domingo, 30 de enero de 2011

Canibalismo: un ritual de posesión


La ingestión de carne humana puede ser un acto de desesperación en situaciones de extrema carencia de alimentos. Sin embargo, lo más habitual es que los motivos de las tribus antropófagas sean de tipo ritual. Devorar los ojos de los enemigos muertos para adquirir su fuerza; sus testículos para absorber su valor, o todo su cuerpo en una fiesta-orgía a modo de venganza fueron costumbres propias de las tribus antropófagas, que todavía perduran en ciertas zonas de las regiones ecuatoriales.

Al acto de ingerir carne humana se lo denomina antropofagia. Por extensión se denomina también así a la costumbre de realizar tal acto. El término proviene de las palabras griegas anthropos (“hombre”) y fagein (“comer”). En ocasiones, este mismo término se usa como sinónimo la palabra “canibalismo”, por alusión a las tribus antropofágicas de las Antillas denominadas caníbales.

El acto de comer individuos de la propia especie no es una desviación exclusiva del ser humano: la hembra de mantis religiosa devora al macho tras el apareamiento; ciertos peces que incuban a sus crías en la boca pueden llegar a devorarlas; los propios peces de un acuario, en ocasiones, devoran a sus semejantes… Todos estos ejemplos naturales y otros muchos, son debidos, en todos los casos, a motivos que nada tienen que ver con algo que no sea el propio instinto.

El caso del ser humano, sin embargo, es mucho más complejo. Llegar a comprender el por qué de las actitudes antropofágicas es harto complicado. Desde un punto de vista psicológico, los estudios más exhaustivos relacionan el acto de comer con la idea de posesión del objeto engullido. En la primerísima infancia, cuando aún ninguna desviación cultural puede haber afectado al niño, se aprecian dos etapas diferentes, a saber, un estadio o fase oral y otro sádico-oral o canibalístico. En la primera etapa, el niño tiende a succionar los objetos, mientras que, en la segunda, predomina ya el mordisco. En esta última surge la relación entre la libido y la agresividad, relación que converge en la boca como zona erógena.

El austríaco Sigmund Freud relató en su libro “Tótem y tabú” (1912) el mito de la comida totémica: el asesinato del padre por parte de los hermanos miembros de la horda primitiva con el único fin de adquirir su fuerza y su poder ante las mujeres. Cinco años más tarde, publicó Freud “Duelo y melancolía”, obra en la que expresaba la relación existente entre el deseo de poseer el cuerpo del amante y las conductas agresivas orales.

En otro plano, entender la conducta de las tribus antropófagas implica necesariamente la consideración de sus motivos rituales. En pocos casos la antropofagia ha venido dada por motivos alimenticios: de hecho, las grandes orgías caníbales solían realizarse en las épocas de recolección y, por tanto, de bonanza alimentaria.

Con estos antecedentes, tal vez sea más fácil la comprensión de los dos tipos esenciales de
antropofagia que existen o han existido en las diversas tribus. El primero de ellos es el que está íntimamente relacionado con la guerra y la agresividad intertribal: se ingieren los cuerpos de los enemigos derrotados en la batalla –o, al menos, algunas de sus partes- con fines rituales. Así, por ejemplo, en los habitantes de las islas Marquesas, era práctica común la ingestión de la carne de los enemigos en una fiesta por la victoria, tras someterlos a toda clase de torturas en caso de haber sido capturados vivos. En las tribus caníbales del sudeste africano, se realizaban rituales de incineración e ingestión de las partes más simbólicas de los cuerpos calcinados de los enemigos. Así, con sus testículos se ingería y se adquiría su valor; con la piel del entrecejo, su perseverancia; con las orejas, su inteligencia, y con el hígado, su energía.

Más ejemplos de este simbolismo orgánico se encuentran en las tribus zulúes, para las cuales la ingestión del entrecejo de los enemigos equivalía a adquirir la facultad de mirar a los ojos de los adversarios sin pestañear en un futuro combate. Con el mismo fin se comían ciertas tribus aborígenes australianas el hígado, las manos y los pies de los contrarios asesinados. En Borneo, la tribu de los dayak engullía las palmas de las manos y la carne de las rodillas de los enemigos en la creencia de que de esta manera sus manos y sus piernas serían más fuertes. El corazón también ha sido un órgano muy apreciado entre las diversas tribus caníbales, como por ejemplo, los sioux americanos, los basutos y los ashantis.

Todos estos rituales guerreros quedan incluidos dentro del denominado exocanibalismo –en
referencia a que en este tipo de prácticas sólo pueden ser devorados los miembros de otras tribus. Por el contrario, el endocanibalismo es aquel que se da entre los miembros de una misma tribu. El endocanibalismo está relacionado con los rituales funerarios. El hecho de ingerir los cuerpos de los difuntos ha sido tanto una señal de respeto como una muestra de la intención de permanencia del espíritu de los muertos en el cuerpo de los vivos. Este ritual se suele dar en las culturas matriarco-agrarias, en las que el hecho de la ingestión de carne muerta y la fertilidad están íntimamente relacionados.

Lo más curioso de todo es que no se conoce antropológicamente el caso de la existencia conjunta de ambos tipos de canibalismo.

Los orígenes de las prácticas antropofágicas se remontan en el tiempo tanto como la propia humanidad. En las cavernas de Chu-ku-tien, en China, se encontraron señales inequívocas de antropofagia: cráneos fracturados en su base –muy probablemente para facilitar la ingestión de los sesos-, junto a restos de Sinanthropus (“Hombre de China”). El Australopithecus sudafricano y el Hombre de Neanderthal también debieron practicar la antropofagia, pues junto a los restos de hogueras se han encontrado huesos calcinados de seres humanos. Ya a finales del Neolítico, el mapa del canibalismo incluía la isla de Capri, Irlanda, Francia y Gran Bretaña.

El mito de Polifemo, entre otros, da cuenta de la existencia de antropofagia en las leyendas griegas. Los aztecas mexicanos seguían practicando ritos caníbales ya en los tiempos de la conquista española, así como los bataks de Sumatra. Y en el siglo XV, los descubridores españoles relataron la existencia de tribus antropófagas en las Américas. Se trataba, entre otras, de la tribu de los caníbales. Este término es, de hecho, una derivación del vocablo que estos indios caribes –propios, como su nombre indica del Caribe- utilizaban para referirse a la antropofagia.

En África, Melanesia, Polinesia o Filipinas, siguieron dándose durante algún tiempo las prácticas antropófagas. Los bagobos filipinos, por ejemplo, devoraban el corazón y el hígado de sus víctimas para adquirir su fortaleza. Otra de las peculiaridades del canibalismo, la prohibición –el tabú- de comer miembros de la propia tribu, salvo en casos de rituales funerarios, aparece en la tribu batak de Sumatra, en la que quienes la incumplían eran tratados, en todos los sentidos, como enemigos: eran, por tanto, susceptibles de ser, a su vez, devorados. En las islas Fidji, el ritual de ingestión de carne humana incluía la utilización de recipientes especiales para la presentación de las viandas humanas.

En la tribu norteamericana de los kwakiutl, la antropofagia representaba una parte importante del rito secreto de iniciación. El canibalismo también perduró, hasta bien entrada la Edad Moderna, entre los maoríes neozelandeses y entre los aborígenes australianos. En estos dos últimos casos, algunos autores apuntan la idea de que la antropofagia no se realizaba con fines rituales o guerreros, sino alimenticios: la escasez de fuentes de proteínas en la región se veía compensada por la carne humana obtenida en la guerra.

Ya en la época moderna, la antropofagia ha sido documentada en ciertas tribus africanas y
americo-ecuatoriales. Pero la antropofagia también ha sido practicada, en circunstancia extremas, por gentes de los países “civilizados”. Se relatan historias de ingestión de carne humana en ciudades asediadas, en campos de concentración o entre náufragos o supervivientes de accidentes aéreos.

Ahora bien, entre estos últimos casos y los anteriores existe una diferencia fundamental: la carne humana es ingerida en ellos por imperiosa, estricta y perentoria necesidad, y, por lo común, sólo tras la muerte natural del sujeto.