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martes, 28 de octubre de 2014

La batalla de San Quintín






La toma de la ciudad francesa de San Quintín fue uno de los episodios militares más brillantes del reinado de Felipe II. Consagró el dominio español en Europa y puso al triunfante rey ante la tesitura de arriesgarse a invadir Francia, lo que preocupó al rey galo Enrique II.

En 1557, año en que tuvo lugar la célebre Batalla de San Quintín, hacía casi un siglo que España estaba en guerra con la vecina Francia. Primero, con Fernando de Aragón por las posesiones italianas y luego, al recibir la herencia imperial Carlos V, que le permitía amenazar Francia desde todas direcciones, por el control de las tierra flamencas, borgoñonas y del norte de Italia. Años después, Felipe II recibió el envenenado legado territorial de su padre y, con este, la guerra contra Francia.

Las paces que frecuentemente se pactaban entre ambos bandos solo tenían el objetivo de reponer fuerzas y todos sabían que más pronto que tarde se acababan rompiendo. En 1556, semanas después de la abdicación de Carlos V –renunció a la corona española a favor de su hijo Felipe-, se firmó una
de esas treguas con el rey francés Enrique II. Pero este, simultáneamente, envió agentes a Roma para pactar con el papa Paulo IV –antiespañol y napolitano- una alianza que, entre otras cosas, tenía la misión de que Nápoles pasara del dominio español al del Papado. Fue precisamente en Italia, a finales de año, en donde se desataron las hostilidades, que se resolverían tras unos meses de enfrentamientos a favor de las fuerzas hispanas comandadas por el duque de Alba, pero los combates decisivos se iban a dar en Flandes.

Felipe II estaba en serios apuros económicos, que solo pudieron aliviar las ayudas de su padre desde
Yuste y las de su esposa, la reina María de Inglaterra. Cuando, por fin, consideró que contaba con la fuerza suficiente, comenzó la invasión de Francia desde Flandes. Unos 42.000 hombres, entre españoles, flamencos, borgoñones y, sobre todo, mercenarios alemanes, se adentraron en territorio enemigo en julio de 1557 bajo el mando del duque de Saboya y, tras realizar diversos amagos, procedieron a sitiar por sorpresa la ciudad de San Quintín, al norte de Francia, en la región de Picardía.

La desproporción de fuerzas era notable, pero la ciudad contaba con buenas defensas, por lo que el sitio se adivinaba duro. Además, tras conocer los franceses la noticia, prepararon un ejército de socorro comandado por el condestable Montmorency que sumaba unos 26.000 hombres. Montmorency confiaba en que, con la colaboración de los
sitiados, obtendría una fácil victoria. Su excesivo optimismo radicaba en la fe en sus capacidades y en su experiencia, así como en el desprecio que le inspiraba el duque de Saboya, Manuel Filiberto, que sólo contaba 29 años.

Pero el 10 de agosto se produjo el desastre francés. El exceso de confianza del general galo, junto a los aciertos de su enemigo, fueron determinantes. Fracasó en el intento de socorro de la plaza y se vio sorprendido por el contraataque de la caballería enemiga, lo que lo obligó a replegarse a toda prisa. Pero sus tropas, agotadas por las marchas, fueron alcanzadas por las fuerzas de Felipe II, encabezadas por la caballería del conde Egmont y obligadas a presentar batalla. La carnicería fue total; murieron casi 9.000 franceses, entre ellos 300 miembros de la alta nobleza, y 8.000 resultaron prisioneros, entre ellos Montmorency, mientras que las fuerzas del duque de Saboya apenas sufrieron 2.000 bajas.

Rápidamente se extendió la noticia de la batalla. El rey francés tocó a rebato y llamó a todos los
franceses a defender París. Hacia allí destacó a su mujer, Catalina de Medici, provista de abundantes recursos monetarios, para levantar el ánimo de sus habitantes y preparar su defensa. Por su parte, el rey español, aún lejos del campo de batalla pero informado de la nueva, procedió a dictar a sus secretarios las cartas que habrían de partir inmediatamente a toda Europa dando parte de aquella victoria. Emotivas fueron las dirigidas a sus parientes, en las que aprovechaba para encargar los pertinentes tedeums, y de más calado las enviadas a Italia, concretamente a Venecia, república a la que sugería abandonar la alianza antiespañola, así como convencer al papa de lo mismo.

Decenas de pinturas, tapices y grabados se encargaron en Flandes y en España para conmemorar la batalla, y es bien sabido que años después, en 1562, comenzarían las obras de El Escorial que se dedicó a San Lorenzo por ser en su día cuando se alcanzó tan significada victoria, aunque otros rumores más maliciosos hablan de que tuvo mucho que ver el deseo de compensar la destrucción de un monasterio dedicado al santo, ubicado en las proximidades de San Quintín, a causa de las operaciones militares.

Tras la batalla, a Felipe II se le ofrecían tres opciones. La más audaz, y que apoyaba su padre así como el duque de Saboya, era marchar hacia París; la segunda, extender sus conquistas por las comarcas vecinas, y la tercera, la más conservadora, tomar San Quintín y retirarse hacia Flandes tras haber asegurado bien la ciudad y las zonas colindantes. Para decepción de muchos, optó por la última, pues no quería arriesgarse a quedarse en
terreno enemigo en plena temporada de lluvias, sin suministros para su numeroso ejército.

A pesar de la derrota, San Quintín continuó resistiendo durante quince días bajo el mando del almirante Coligny, un fanático hugonote que no dudaba en ahorcar a aquellos que flaqueaban en la defensa. Mientras tanto había llegado Felipe II a las murallas de la ciudad con más de 20.000 hombres de refuerzo, entre los que se encontraban más de 5.000 ingleses. Durante esos días del asalto fue la primera y única vez que el monarca se puso una armadura, aunque no disimuló en absoluto la repugnancia que le despertaba aquel espectáculo sangriento, extrañándose de que su padre se sintiese tan a gusto en las batallas.

Por fin, la ciudad fue tomada a sangre y fuego, tras lo que siguió un horrible saqueo. El rey español reforzó las defensas de la urbe y conquistó otras plazas adyacentes que le permitieron consolidar un corredor hasta Flandes y se retiró a invernar, licenciando a la mitad de sus tropas, lo que alivió su grave situación financiera. Enrique II, por su parte, para desquitarse, mandó llamar urgentemente a las fuerzas que tenía destacadas en Italia, abandonando al papa a su suerte. Estas nuevas tropas le permitieron efectuar algunos contraataques que levantaron la moral de los franceses, como la toma de Calais a Inglaterra, con lo que esta perdió la última posesión que conservaba en el continente. Pero meses después, en el verano de 1558, una incursión de las fuerzas galas en la costa flamenca terminó de nuevo con la derrota de Gravelinas (13 de julio de 1558), en donde las tropas al mando del conde Egmont sufrieron 9.000 bajas.

A partir de entonces, ambas potencias renunciaron a la guerra abierta. Felipe II no quería arriesgarse
a perder todo lo logrado invadiendo Francia, y el rey francés, por su parte, no podía aventurarse en ofensivas que le resultaban desastrosas. Este clima desembocó en la Paz de Cateau-Cambrésis en abril de 1559. España y sus aliados obtuvieron el control de casi doscientas plazas, y la hija de Enrique II, Isabel de Valois, de 14 años, se casaría con el rey español que recientemente había enviudado de María Tudor. Pero el punto más importante, y secreto, era que ambos monarcas adoptaban el compromiso de defender el catolicismo. En la práctica, ello suponía que España apoyaría militarmente al rey de Francia en caso de que éste lo precisara para reprimir a los hugonotes. Sin duda, el miedo a la división interna del reino había forzado, en buena medida, el acuerdo, pues casi toda la nobleza católica francesa percibía la disidencia religiosa como un peligro mucho mayor que el enfrentamiento con España.

Para celebrar la paz y la boda, París se engalanó. Los principales generales de Felipe II acudieron a la ciudad, entre ellos el duque de Alba, que representaría a su señor en la ceremonia de enlace con la joven Isabel. Con motivo de las fiestas, se organizó un torneo en el que participó el rey francés, pero con tan mala fortuna que la lanza de su contrincante se rompió y le penetró por el ojo, causándole graves heridas en el cerebro, de las que murió poco después.

Francia se desangraría en cuarenta años de guerras civiles que la iban a anular totalmente como potencia internacional, para regocijo del soberano español. Curiosamente, este desgraciado suceso sirvió para catapultar a la fama a un oscuro médico y astrólogo, Nostradamus, que se ganaba la vida engatusando a la nobleza con sus horóscopos, y el cual afirmó haber predicho el triste fin del rey. Nostradamus fue favorecido por la viuda y, entonces, regente de Francia, la maquiavélica Catalina, que necesitaba a su lado a todo tipo de personajes que la ayudasen a mantener un poder cada vez más precario. Pero eso es ya otra historia…

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lunes, 27 de octubre de 2014

LA COMPAÑÍA DE JESÚS – El legado de San Ignacio de Loyola




Fundada en 1540 por Ignacio de Loyola, la Compañía de Jesús ha practicado a lo largo de la historia un original apostolado y una importante labor educativa. Tras superar una época de crecimiento boyante, fue disuelta por el papa Clemente XIV para ser finalmente reinstaurada por Pío VII.

Los preceptos de la Compañía de Jesús quedan claros en las siguientes palabras extraídas de la “Formula Instituti” de Ignacio de Loyola (¿1491-1556): “…emplearse en la defensa y dilatación de la santa fe católica, en ayudar a las almas en la vida y la doctrina cristiana, predicando, leyendo públicamente y ejercitando los demás oficios de enseñar la palabra de Dios, dando Ejercicios Espirituales, enseñando a los niños y a los ignorantes la doctrina cristiana, oyendo las confesiones de los fieles y administrándoles los demás sacramentos para espiritual consolación de las almas”.

La aprobación de la Compañía de Jesús –Societas Iesus- se publicó en la bula Regimini militantes
Ecclesiae, emitida por el papa Pablo III el 27 de septiembre de 1540, que respondía a la propuesta de Ignacio de Loyola explicitada en su Formula Instituti. La Compañía nació como una orden religiosa que aportaba sustanciales novedades con respecto a las órdenes religiosas al uso en el siglo XVI: no imponía el uso de un hábito fijo, rechazaba el oficio litúrgico del coro, no exigía el cumplimiento de normas estrictas en cuanto al número de penitencias o ayunos… Los votos simples eran emitidos sólo tras dos años de noviciado, mientras que la incorporación definitiva a la Compañía sólo ocurría tras un largo periodo de educación espiritual y científica. El ingreso se obtenía tras la profesión de cuatro votos, el último de los cuales era el de obediencia al Romano Pontífice.

Este último voto expresaba la voluntad expresa de San Ignacio de poner al servicio de la Iglesia a su
congregación a modo de “caballería ligera”. Y así fue, al menos en sus primeras décadas de existencia: el pontífice y sus obispos utilizarían con profusión las prestaciones de los jesuitas. Éstos, en principio, realizaron una extensa labor por toda Europa –Italia, Alemania, Francia, España, Suecia, Noruega…- y, más tarde, por las regiones infieles del resto del mundo. Por todas partes fundaron colegios y universidades. Pero, además, los jesuitas fueron utilizados por príncipes y obispos europeos como enviados diplomáticos, legados o negociadores de cruzadas. Pronto se extenderían más allá de las fronteras de la cristiandad los tentáculos evangelizadores jesuíticos, promovidos por el padre general, sucesor de Ignacio de Loyola, Francisco de Borja. El carácter misionero de la Compañía fue ya propuesto por su fundador, pero las técnicas de conquista ideológica llegaron a tales grados de originalidad e innovación que causarían el rechazo de muchos.

Así ocurrió respecto a los métodos de evangelización de territorios tan herméticos y hostiles como eran la China mandarina y la India brahmánica del siglo XVII. El jesuita Roberto de Nobili decidió presentarse ante la inaccesible aristocracia de la India como un gurú, previa lectura de los Vedas y aprendizaje de las lenguas sánscrita y tamil. Con estas armas comenzó a discutir con los brahmanes el contenido de sus libros sagrados, para después de poner en evidencia sus faltas, ofrecerles las tesis cristianas. El éxito de esta conducta se cifró en abundantes conversiones de otro modo irrealizables.

Otra forma astuta de llevar a cabo el apostolado fue la empleada por Matteo Ricci en China, quien adquirió los usos, las costumbres y los atavíos de los mandarines. Sus conocimientos de matemáticas y astronomía le abrieron las puertas de las mentes de los sabios chinos e, incluso, del emperador. Gracias a ello consiguió fundar una casa de la Compañía de Jesús en Pekín a principios del siglo XVII.

Todo ello redundó en un florecimiento considerable de la comunidad. Proliferaron los colegios y las
universidades, se escribió la magna obra jesuítica Acta Sanctorum y aumentó espectacularmente todo tipo de actividades. Su grado de compromiso alcanzó tal nivel que inevitablemente aumentaron las bajas en acto de servicio: numerosos jesuitas se convirtieron en mártires tras morir contagiados de peste por los enfermos a los que ayudaban, o en la guerra, ejerciendo de capellanes militares. Chile, Paraguay, Canadá o México se sumaron a las zonas misioneras jesuitas. En Paraguay, por ejemplo, surgió una especie de estado jesuítico con leyes propias y una estructura económica que podría calificarse como de “comunismo cristiano”.

Pronto, el éxito de la doctrina jesuítica hizo que, en países como Italia o España, se produjera una cierta relajación de conducta. Se sucedieron las acusaciones de laxitud moral, que alcanzaron su cenit en las cáusticas Lettres d´un provinciel, escritas por el influyente Blaise Pascal. Además, el enfrentamiento desgastador de los jesuitas contra el jansenismo, unido a las acusaciones de desobediencia a la autoridad eclesiástica y de práctica de ritos supersticiosos por parte de misioneros como aquellos, luego mártires, Nobili y Ricci, hizo que se creara un ambiente tenso que perjudicaría a los jesuitas.

Jansenistas, enemigos de Roma, enciclopedistas, regalistas, galicanos parlamentarios de París e, incluso, algunos religiosos estaban en su contra y los acusaban, no sin cierta razón, de favorecer a las clases más privilegiadas, de utilizar métodos inapropiados para la enseñanza o de excesivo romanismo. Con tantos enemigos presionando a reyes y obispos no fue extraño que fueran expulsados de varios países. Así, fueron desterrados brutalmente de España y su imperio en 1764, y de Portugal en 1759 y disueltos en Francia en 1764. Finalmente, el papa Clemente XIII claudicó ante las presiones y disolvió oficialmente la Compañía en 1773.

Pero, en 1814, gracias a la labor de San José de Pignatelli, el papa Pío VII tomó la decisión, plasmada
en su bula Sollicitudo ómnium Ecclesiarum, de restaurar canónicamente la Compañía. Desde entonces, aunque ya nada sería como en la primera época, la Compañía fue recobrando fuerza gracias a la dirección de padres generales como Luis Martín o W.Ledóchowski.

Molinistas en los aspectos teológicos, aristotélicos de Pedro Fonseca en los filosóficos y cristocéntricos y apostólicos en los espirituales, los jesuitas son, en la actualidad, unos 17.600 en todo el mundo. Sus actividades específicas son los ejercicios espirituales, la educación, las misiones, las obras benéficas, el apostolado de la oración y las congregaciones marianas.

Los ejercicios espirituales son una de sus principales actividades, aludidas explícitamente por su fundador. Se trata de jornadas de retiro, silencio y meditación para sacerdotes y seglares dirigidas por un jesuita en casas de ejercicios abiertas a tal fin –en el siglo XVII, la más conocida de todas fue la francesa de Vannes-.

La educación jesuítica está muy difundida por todo el mundo. Ya en 1551, Ignacio de Loyola, consciente de la importancia de la educación, creó el famoso Colegio Romano, más tarde conocido como Universidad Gregoriana. Pronto proliferarían los colegios de jesuitas hasta llegar al punto, en el siglo XVII, de monopolizar las enseñanzas no superiores. Toda ciudad importante de Europa poseía en ese siglo al menos un colegio jesuita. Estos centros aplicaban la Ratio studiorum como método pedagógico. Hoy existen multitud
de centros de enseñanza jesuíticos, sobre todo en Estados Unidos, donde cuenta con 19 universidades. En España, el Instituto Católico de Artes e Industrias (ICAI) y las Universidades de Deusto y de Comillas son tres ejemplos que muestran la implantación de la enseñanza jesuita.

Las misiones son otro de los grandes logros –ayer y hoy- de la Compañía. Su precursor fue San Francisco Javier, prototipo de misionero para los jesuitas actuales. San Ignacio ya encomendaba a los jesuitas al trabajo junto a pobres y enfermos. Las obras benéficas son parte integrante de la Compañía de Jesús. Los Círculos católicos obreros, la Action populaire o la Confederación Nacional Católico-agraria, agrupaciones jesuitas de choque contra los problemas sociales, son un ejemplo de ello. Escuelas profesionales gratuitas o escuelas nocturnas para la clase trabajadora, hogares obreros, cooperativas o cajas de ahorros son también actividades llevadas a cabo en la actualidad por jesuitas.

La Compañía de Jesús está organizada en provincias y éstas a su vez en asistencias. La Congregación general elige un padre general, cabeza de la Compañía. Los generales más famosos, aparte del fundador San Ignacio, han sido entre otros, Mercuriano (1573-1581), Claudio Acquaviva (1581-1606), Beckx (1853-1857) o Ledóchowski (1915-1942)

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domingo, 26 de octubre de 2014

CONSTRUCCIONES MEGALÍTICAS EUROPEAS – Arquitectura pétrea




Hace 6.000 años, algunas culturas prehistóricas que habitaban Europa comenzaron a erigir miles de monumentos construidos en piedra y de forma y tamaño variados. El oscuro origen y propósito de estas asombrosas y extrañas –y a veces inmensas- estructuras megalíticas las ha rodeado durante siglos de un halo de misterio y leyenda.

Las construcciones megalíticas –término griego que significa “gran piedra” y que fue acuñado por primera vez en una revista británica -Cyclops Christianus, a mediados del siglo XIX- hacen referencia a un tipo de arquitectura, más o menos monumental, realizada en piedra sin tallar y destinada a distintas funciones, por lo general de carácter sagrado y funerario. Este tipo de construcciones –que suelen aparecer agrupadas formando conjuntos y también de forma aislada- surgieron a finales del Neolítico, aunque en algunas zonas se desarrollaron durante la Edad de Bronce. Sus emplazamientos se localizan en muchas partes del continente europeo, sobre todo a lo largo del Mediterráneo y en los territorios e islas adyacentes a la costa atlántica. La presencia del megalitismo es especialmente notable en Córcega, Cerdeña, Malta, la Península Ibérica, el oeste de Francia, Gran Bretaña, Irlanda, Dinamarca y el sur de Escandinavia.

La cuestión sobre su origen no ha sido todavía aclarada. Hasta mediados del siglo XIX, aún se creía que habían sido construidos por las grandes civilizaciones de la Antigüedad, siendo atribuidos a egipcios, griegos, fenicios e, incluso, romanos. Más tarde, se consideraron como una tradición exclusiva de los pueblos celtas y se indicó su supuesta función como templos ceremoniales de los sacerdotes druidas: esta hipótesis se apoyaba en la gran concentración de construcciones megalíticas aparecidas en las zonas geográficas bajo su influencia y en las numerosas historias que asociaban a sus mitos con estos monumentos. Tiempo después –a mediados del siglo XX-, esta conexión fue descartada al comprobarse, gracias a las modernas técnicas de datación, que la edad de los megalitos era muy superior a la aparición de la cultura celta.

En la actualidad, una de las ideas más aceptadas parte de las evidencias que señalan que el fenómeno
del megalitismo –en relación con los ritos de enterramiento colectivo- ya estaba presente en Palestina mucho antes del cuarto milenio. Esto ha dado pie a considerar que el germen de estos monumentos pétreos surgió, por tanto, en el Mediterráneo oriental y que desde allí se expandió hacia el norte por causas desconocidas, tal vez llevados por oleadas migratorias incentivadas por actividades pesqueras o por búsqueda de metales, siendo estos mismos pueblos los que habrían difundido por Europa el conocimiento de las técnicas agrícolas y de la ganadería.

Por el contrario, otra hipótesis defiende que la difusión de la cultura megalítica se hizo de oeste a este, es decir, en sentido inverso; esta idea se basa en presupuestos cronológicos y aduce que los restos más antiguos con características propiamente megalíticas son los conjuntos de Gran Bretaña y Francia (h. 4000-3500 a. de C.), seguidos por los de Irlanda, Escandinavia y Portugal (h.3500 a.de C.) y, por último, por los del Mediterráneo (h. 3000-1200 a.de C.). También ha sido considerada la posibilidad de que en realidad se trata de un fenómeno surgido en varios lugares de forma simultánea.

Definir su función y su significado es todavía más complejo e impreciso. La mayor parte de las construcciones megalíticas se halla asociada a enterramientos colectivos, lo que hace indiscutible su destino funerario o ceremonial. Por otro lado, su a veces precisa situación y orientación han servido para considerar a muchos de los mismos como un gran calendario astronómico.

Numerosos estudios han demostrado ciertas conexiones entre su colocación y su distribución y los
ciclos lunares y solares, pudiéndose observar cómo, en ocasiones, los megalitos señalan algunos puntos concretos del horizonte y marcan con precisión la trayectoria de los cuerpos celestes. La razón de esta extraña y compleja finalidad era, tal vez, obtener una tabla astronómica que pudiera señalar con precisión los cambios estacionales, el flujo de las mareas o, incluso, los eclipses. Es también posible que debido a esta importante función, imprescindible entre otras razones para indicar los vitales ciclos agrícolas, se convirtieran en centros sagrados y ceremoniales destinados a ritos religiosos o adivinatorios, y que estuviesen cargados de un fuerte simbolismo. De cualquier forma, en razón de su tipología y ubicación, parecen haber tenido diferentes finalidades. Es muy probable que algunos de ellos hayan servido como puntos de demarcación territorial o comunal, o como indicadores de fuentes y de cruces de caminos. En otros casos, su localización parece haber sido determinada por cuestiones defensivas.

El desconocimiento que en el pasado se tenía de estas extrañas construcciones prehistóricas y de sus autores las ha dotado de un halo sobrenatural, de superstición y de leyenda, siendo relacionadas durante siglos con ritos mágicos o de brujería, con relatos mitológicos o con fabulosos tesoros ocultos; a mediados del siglo XIX, numerosos monumentos megalíticos fueron destruidos, dañados o expoliados impunemente por buscadores ignorantes que creían que bajo ellos se escondían montañas de oro. Muchas veces se han visto asociados a relatos e historias populares sobre gigantes o demonios, seres a quienes se atribuía su construcción; la causa de tales leyendas se debía al misterio en el que todavía permanecen las técnicas de transporte e ingeniería que fueron usadas para levantar algunos de estos monumentos; dados su enorme tamaño y su complejidad estructural –y teniendo en cuenta que las culturas que los erigieron desconocían la rueda, las herramientas de metal y los animales de tiro-, el desplazamiento y la disposición de los bloques de piedra debieron requerir un enorme esfuerzo, casi sobrehumano.

Pese a la gran cantidad de construcciones megalíticas, y al margen de que debido a su distanciamiento espacial y cronológico muestran múltiples diferencias locales y regionales, la mayoría ha podido ser sistematizada y agrupada bajo unas cuantas denominaciones comunes, dadas en función de su forma básica. Los dos grandes tipos son el menhir y el dolmen.

La forma más simple es el menhir (del bretón men, “piedra”, e hir “largo”), nombre con el que se denomina a los grandes monolitos de piedra sin tallar que se hincaban en el terreno verticalmente. A pesar de que en muchas ocasiones los menhires se encuentran colocados aisladamente, su configuración más asombrosa surge cuando varios de ellos aparecen en forma de conjuntos alineados, ya sea colocados en fila o delimitando un espacio –que puede ser circular, elíptico o rectangular; en este último caso, reciben el nombre de cromlech (del bretón crum, “curva”, y lech, “piedra”) y parece ser que eran importantes centros de reunión o de culto religioso y observatorios astronómicos-.

Las muestras más notables de menhires –en cuanto a número, dimensiones y distribución- están enclavadas en la Bretaña francesa y en Gran Bretaña. En dichos lugares, los menhires surgen habitualmente alineados, pudiendo presentarse formando filas cortas, como en Dartmoor (Inglaterra), o largas cadenas de varios kilómetros, y a veces paralelos, como en Ménec (Bretaña). Algunos menhires tienen un tamaño espectacular, llegando a pesar más de 300 toneladas y a superar los 10 metros de altura.

Los ejemplos más notables por su grandiosidad se encuentran en Bretaña. El inmenso menhir de
Men-er-Hroech, o Gran Menhir Roto de Locmariaquer –así llamado por hallarse partido en cinco trozos- pesaba 347 toneladas y debió sobrepasar los 20 metros de altura. En la isla de Kerloas, se encuentra un monolito aislado de 12 metros, el de mayor altura que sigue en pie.

Es precisamente en Bretaña donde se localiza la mayor concentración de menhires; los casi 3.000 distribuidos en los alrededores de Carnac se reúnen en un radio de apenas 30 kilómetros y están alineados en largas filas de más de 4.000 metros, como las de Kermario y Kerlescan. Según una antigua leyenda popular bretona, estas alineaciones de megalitos eran en realidad una legión de soldados romanos de los que huía San Cornelio, un misionero cristiano, que los petrificó para poder salvarse. Algunos de los mismos presentan grabados en la piedra extraños signos y decoraciones de tipo abstracto y simbología desconocida.

En Gran Bretaña, se encuentran los cromlech más conocidos y espectaculares, como los de Avebury y Stonehenge. En Avebury, un largo corredor flanqueado con menhires conduce a un gran círculo –de más de 400 metros de diámetro- que, a su vez, contiene en su interior otros dos de tamaño más pequeño. En Stonehenge, los menhires tienen forma de paralelepípedos y se distribuyen en dos círculos concéntricos –el mayor, de 32 metros de diámetro-, que se unen en su parte superior por grandes bloques horizontales de piedra a modo de dinteles. En el centro del conjunto, se encuentran cinco grupos de tres menhires –trilitos- que alcanzan los 10 metros de altura.

Stonehenge es, sin duda, el conjunto megalítico más famoso del mundo. Su construcción data del año
2200 a. de C. y, en la actualidad, se mantiene en pie parcialmente. Ubicado en un bello y solitario paraje natural, se cree que pretendía ser el marco ideal para practicar el culto solar, puesto que, en el solsticio de verano, el astro se alza radiante justo sobre el eje del monumento. Pero el mayor misterio en torno a Stonehenge se debe a la inexistencia de piedras de semejante tamaño en una distancia inferior a 200 km del lugar donde se erigió el conjunto. Se ha especulado que éstas fueran trabajosamente transportadas desde Gales por medio de un sistema de arrastre que consistía en desplazar los grandes bloques pétreos sobre rodillos de madera ayudándose de correas y palancas.

La forma de menhir es la base más habitual para la construcción de otras estructuras megalíticas como el dolmen (del bretón dol, “mesa” y men, “roca”). El dolmen es el monumento megalítico más difundido; por lo general, está formado por un recinto de tamaño variado, delimitado por dos o más soportes líticos –denominados ortostatos- que sostienen a una gran piedra horizontal. Los dólmenes siempre obedecen a funciones sepulcrales de carácter familiar o colectivo, por lo que, junto a los restos óseos, se han encontrado diversos ajuares funerarios que han proporcionado la información más abundante y variada sobre el modo de vida y la cultura de sus constructores.

La estructura dolménica más común, la de cámara simple, presenta una única estancia, cuyo tamaño puede ser a veces muy pequeño. En los dólmenes de corredor, el acceso a la cámara se realiza mediante un pasillo delimitado por piedras.

En ocasiones, los dólmenes adoptan estructuras más complejas ocultas bajo pilas artificiales de rocas
y tierra que, a veces, eran reforzadas por círculos de piedra –o peristalitos- y por trincheras. En este caso, reciben el nombre de túmulos, un tipo de construcciones surgidas durante el Neolítico y la primera Edad de Bronce. Los túmulos presentan diferentes configuraciones y variantes. La más común y simple es el enterramiento alargado o tumba de galería, que básicamente consistía en una estancia más o menos larga, recta o en curva; las más complejas constan de una cámara principal –de forma diversa-, que, en ocasiones, podía tener una o varias antecámaras –o también estancias laterales- bien diferenciadas del pasillo de acceso; son las llamadas tumbas de corredor. En Holanda, las galerías megalíticas alcanzan los 20 metros de longitud y se conocen como hunebedden, que significa “cama de los hunos” –por ser a éstos a quienes en el pasado le fueron atribuidas-.

Todas estas construcciones podían excavarse directamente en roca, pero lo más habitual es que tanto sus paredes como sus cubiertas se construyeran a base de planchas de piedra en estado natural –es decir, sin labrar-. A veces las cámaras eran techadas con una falsa cúpula de mampostería, recibiendo entonces el nombre de tholos; esta forma de construcción funeraria, más perfeccionada y desvinculada del megalitismo, se siguió utilizando en tiempos posteriores. El ejemplo característico de este tipo de arquitectura megalítica lo constituyen las tumbas de Los Millares y la Cueva del Romeral (Andalucía, España), la de Maes Howe (Islas Orcadas, Escocia) y las necrópolis de Dowth, Knowth y Newgrange (Irlanda).

Newgrange es uno de los más antiguos y mejor conservados dólmenes tumulares. Fechado en torno al
tercer milenio a. de C., está enclavado dentro del imponente conjunto del Neolítico y de la Edad de Bronce de Brughna Boinne, cerca de Drogheda (Irlanda). La entrada del dolmen está custodiada por doce grandes piedras que formaban parte de un gran círculo que rodeada al túmulo. El recinto interior consiste en un largo corredor de 19 metros que conduce a una cámara cruciforme, de 6 metros de alto y techada con falsa cúpula. El enorme túmulo que lo recubre mide 12 metros de altura y 93 metros de diámetro y se calcula que para su construcción se necesitaron al menos 200.000 toneladas de piedra. Pero, al margen de su valor estructural y arqueológico, el atractivo de Newgrange reside en un mágico fenómeno que se repite todos los solsticios de invierno. En el amanecer del día más corto del año, el primer rayo de sol penetra por una pequeña abertura situada en la entrada, iluminando la estancia mortuoria.

La arquitectura megalítica adoptó muchas peculiaridades zonales. La Isla de Malta conserva un buen número de construcciones relacionadas con las formas dolménicas antes mencionadas, como las de
Hal Tarxien, unas curiosas estructuras megalíticas talladas en roca, recubiertas de tierra y revestidas de piedra caliza endurecida. En el sur de Escandinavia, Dinamarca y en las zonas adyacentes, se desarrollaron a lo largo del tercer milenio los enterramientos individuales llamados dysse, una especie de bloques apilados que recogían pequeñas cámaras funerarias, no siendo hasta mediados del segundo milenio cuando se generalizó el uso de formas de mayor tamaño y las tumbas de corredor. Las estructuras dolménicas también aparecen a cientos en las islas mediterráneas de Córcega, Cerdeña y Baleares.

Las construcciones megalíticas son las primeras formas arquitectónicas de carácter monumental erigidas por el hombre. La magia y la leyenda que las rodea es un aliciente más para su estudio y su conservación y para seguir desentrañando el misterio sobre la vida de sus autores y las razones que los llevaron a levantarlas.

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viernes, 24 de octubre de 2014

¿Cuál es el peor sonido del mundo?







¿El chirriante zumbido del taladro de un dentista? ¿Un principiante al violín? Frío, frío, afirman los investigadores dispuestos a determinar cuál es el sonido más repulsivo del mundo.

El grupo, liderado por el ingeniero acústico Trevor Cox, de la Universidad de Salford, en Inglaterra, cargó una selección de 34 sonidos en su página web, Sound101.org, y pidió a los usuarios que puntuaran cada sonido en una escala del uno (no está mal) al seis (tápate los oídos y grita). Más de 1.6 millones de votos después, la respuesta atravesaba las fronteras de las culturas y los grupos de edad: no hay nada peor que el sonido de alguien vomitando.

Para generar lo que Cox denominó “sonido de vaciado de retrete”, el grupo contrató a un actor para que grabara el ruido de sus estertores mientras vaciaba en una bolsa unas judías estofadas. El desagradable sonido venció a rivales de gran entidad, como el chirriante retorno de un micrófono o la versión electrónica de unas uñas arrastrándose sobre una pizarra. “Estamos buscando lo que los psicólogos llamarían reacción de repugnancia, que es en realidad un mecanismo de supervivencia”, dice Cox. “Si alguien está tosiendo o vomitando, está transmitiendo una enfermedad, y así podemos evitarla”.

Aunque Trevor Cox piensa que la cultura juega un papel fundamental en lo que consideramos repulsivo, la tendencia a sentir asco por los sonidos de las enfermedades es probablemente instintiva, y podría ser resultado de la evolución de un mecanismo que evitara ser contagiado por el vecino. En 2004, Val Curtis, de la Escuela de Londres de Higiene y Medicina Tropical llevó a cabo un estudio utilizando fotos repugnantes en vez de sonidos, y concluyó que la enfermedad es la característica más universalmente repulsiva. Y para que conste, la medalla de oro fue otorgada a la fotografía de unas encías infectadas con huevos de parásitos lo suficientemente grandes como para provocar un auténtico vómito.

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