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sábado, 30 de agosto de 2014

Los primeros griegos




Los orígenes de la civilización griega se sitúan en torno al mar Egeo en la Edad de Bronce (h. 3500 – 1100 a. de C.), periodo durante el cual los distintos territorios fueron imponiendo su hegemonía.

Gracias a la generalización del uso del cobre y del bronce que se produjo en las tierras del Egeo a comienzos del tercer milenio, lo que facilitó la fabricación de herramientas y armas, su comercio se extendió por todo el Mediterráneo oriental. Así se pusieron en contacto las tierras europeas de Grecia e Italia con las asiáticas de Anatolia, Siria y Palestina y con las africanas de Egipto y Libia. Las islas del Egeo y otras, como Creta, Rodas o Chipre, se usaron como puentes en una navegación que se hacía empleando barcos de remos primero y de remos y velas después. Así, hasta el año 2200 a.C. el dominio de esta zona perteneció a las islas Cícladas, donde se desarrolló la principal cultura de la primera etapa de la Edad de Bronce. Los barcos cicládicos se movían por todo el Egeo llevando productos de un lado a otro, y la flota formó lo que se denomina la primera talasocracia (potencia marítima) de Europa.

Durante el Bronce Medio (2000 al 1500 a. C.), la civilización minoica o cretense ejercía el control de todo el Mediterráneo oriental mediante una gran flota. Su organización social mostraba una fuerte cohesión y armonía, como se puede deducir por el hecho de que en sus inmensos palacios no existen muros que defiendan o separen unas casas de otras. Tampoco hay restos de fortificaciones. El final de la cultura minoica está ligado a un fenómeno natural: la explosión de la isla de Thera hacia el 1500 a.C. Esta isla, que se encuentra a unos 120 km al norte de Cnossos constituye el actual archipiélago de Santorini. La gran bahía central es una caldera originada por la erupción mencionada. En una primera fase, los efectos de la erupción probablemente se limitaron a Thera, donde piedras y bombas volcánicas podrían haber cubierto la mitad oriental de la isla. Parece que los habitantes tuvieron tiempo de abandonarla. Luego, el volcán entró en una fase relativamente pacífica hasta que la erupción se reanudó.

Análogamente a lo que ocurrió siglos después con la erupción del Krakatoa en el Pacífico, se ha supuesto que, cuando la pared exterior del volcán de Thera se agrietó, el mar entró en el interior y debió de generar inmensas fuerzas que hicieron explotar la isla, formando una ola que se habría propagado por todo el Egeo. La teoría es que si las naves cretenses estaban en la costa habrían sido destruidas inmediatamente. La explosión expulsó 60 km3 de materiales y las cenizas pudieron alcanzar un espesor de 40 metros. Por otra parte, las colinas y valles de la Creta oriental se habrían visto cubiertos de una gruesa capa de cenizas. Se ha calculado que un depósito de cenizas puede dejar estériles los campos durante varios años, de manera que la agricultura y el comercio cretenses habrían sufrido sendos golpes mortales. La situación permitió la llegada de los griegos micénicos a Creta y la conquista y control de la isla por parte de los nuevos señores.

Hacia el 2000 a. C., los aqueos, pueblo del norte, tomaron la Península Balcánica, se instalaron en sus
costas, mezclándose con otras tribus, y configuraron una población genéricamente eólica. Estos aqueos se hacían llamar a sí mismos helenos –habitantes de la Hélade-. Esta sociedad era esencialmente guerrera y estaba encabezada por un príncipe que cumplía con el triple papel de rey, jefe militar y sacerdote. Acabó dominando el Egeo durante el Bronce reciente (1600-1200 a.C.) y ampliando aún más las rutas comerciales. Así, en Micenas aparecieron objetos hechos con ámbar del Báltico, piedras de Oriente Medio, loza egipcia, marfil africano, cerámicas de Asia y metales de todas partes, desde los Balcanes hasta Sicilia y Chipre. Otros pueblos, como los argivos, constituían las tribus jónicas que habitaban el Peloponeso. Ambos grupos se asimilaron a la cultura cretense y heredaron sus costumbres y conocimientos, conformando lo que se ha dado en llamar civilización micénica.

La civilización micénica era una de las más brillantes del Mediterráneo. El comercio era uno de los motivos de su esplendor y la sociedad estaba bien organizada. Añádase a ello los perfeccionados conocimientos técnicos que permitían edificar puentes, ciudadelas, tumbas de forma circular… y realizar trabajos de drenaje y de irrigación.

Aunque podríamos detenernos en abundantes detalles sobre los micénicos, cabe destacar que algunas de las innovaciones tecnológicas más importantes tuvieron lugar en el campo de la metalurgia del bronce, sobre todo en la fabricación de las armas. Entre ellas destaca la aparición de las espadas tipo Naue II, que presentaban una empuñadura con rebordes y acanaladuras a lo largo de la hoja. Las espadas micénicas anteriores eran armas más estrechas, apuntadas, dotadas de una moldura central y apropiadas para clavar y atravesar. A finales del siglo XIII a. C., se adoptó el nuevo tipo de espadas más largas y robustas de procedencia centroeuropea. Gracias a la forma de su hoja, estas espadas podían utilizarse de forma más versátil, con la doble función de clavar y cortar. Las espadas Naue II eran ya conocidas en Europa y su penetración en Grecia se produjo alrededor del año 1200 a. C. Siguieron siendo el tipo predominante en la siguiente fase histórica, la Edad del Hierro, cuando se fabricaban de ese metal. En el mismo periodo se documenta un nuevo tipo de lanzas, también de origen europeo.

Las formidables murallas que ceñían los palacios micénicos no bastaron para evitar la ruina de
aquellas fortalezas, las mayores que jamás se habían levantando en Grecia. Entre los siglos XIII y XII a. C., las ciudadelas de Tirinto, Pilos y la propia Micenas, desde las que apenas cien años antes sus señores desafiaban orgullosamente a sus rivales, fueron devastadas y nunca más volvieron a recuperar su antiguo esplendor. Los imponentes recintos quedaron destruidos uno tras otro, y con ellos desaparecieron las manifestaciones de cultura elevada, desde la escritura silábica hasta la arquitectura monumental de piedra: los muros ciclópeos, las vastas residencias reales y las majestuosas tumbas de cúpula donde recibían sepultura los soberanos.

La población disminuyó de forma dramática: cerca de un 70% entre 1250 y 1100 a. C. y las comunicaciones con otras zonas del Mediterráneo –como Creta, Chipre, Egipto y Asia Menor- quedaron interrumpidas durante más de un siglo. Todo un período cultural y político, el del poderoso mundo micénico, llegaba a su fin, y comenzaba lo que los historiadores modernos han llamado la “Edad Oscura” de Grecia.

Pero los griegos de esta última época nunca olvidaron el brillo del mundo que había desaparecido con la gran destrucción. Rememoraban la época micénica como un pasado glorioso, un tiempo de empresas extraordinarias y semidioses magnánimos; el símbolo de ese esplendor era el bronce, el metal de las armas que blandían los campeones micénicos. Así se refleja en el mito de las edades, que refiere Hesíodo en “Trabajos y Días”, obra compuesta a finales del siglo VIII a. C. Según Hesíodo, a continuación de las primordiales edades de Oro y de Plata vino la de Bronce y luego la de los Héroes, que vivieron antes de la penosa Edad de Hierro en la que lamenta vivir el poeta. Pues, en efecto, el hierro fue el metal con el que las gentes de la Edad Oscura fabricaron sus armas, sus herramientas e incluso sus joyas.

¿Cómo interpretar la gran crisis que terminó con una civilización tan refinada y vigorosa como la micénica? En la actualidad muchos historiadores consideran que la causa principal del hundimiento fue interna: el lento y fatal declive de las ciudades, a pesar de sus fuertes muros, una época de hambrunas y tal vez alguna epidemia de peste. Es indudable, en efecto, que plagas, sequía y guerras marcaron la agonía de la sociedad micénica. En todo caso, como los palacios habían controlado gran parte de la economía y centralizaban la distribución de mercancías y productos, su completa ruina trajo consigo un desastre ingente.

Los relatos míticos sobre la guerra de Troya y los Siete contra Tebas, que relata el ataque de Argos
contra esta última ciudad, atestiguan y recogen ecos de esos tiempos revueltos, en los que caudillos micénicos se enrolaban en empresas de conquista o marchaban con el heterogéneo conjunto de “pueblos del mar” a saquear las costas de Egipto o a abatirse sobre la próspera ciudad de Ugarit, en las costas de Siria. Por la misma época, otros pueblos venidos del norte acabaron con el Imperio hitita y arrasaron su capital, Hattusa; y también Italia sufrió la invasión de gentes diversas. El héroe “saqueador de ciudades” de los relatos épicos pertenece a esa última etapa del mundo micénico. Aquiles y Agamenón no son tanto recuerdos de los príncipes micénicos que vivían en sus palacios rodeados de comodidades y seguridad, como de sus descendientes más próximos, hombres desheredados cuyos regresos al hogar resultaron trágicos o se retrasaron indefinidamente.

En este contexto de crisis, marcado por repetidas contiendas guerreras, hubo también invasiones y migraciones que tuvieron un gran impacto en el territorio dominado por los micénicos.

De hecho, historiadores griegos de la época clásica, como Heródoto y Tucídides atribuyeron la destrucción del mundo micénico a una invasión violenta, la de los dorios. Según esta versión tradicional, los dorios eran un conjunto de belicosas tribus procedentes de zonas nórdicas y hablantes de un dialecto griego, que en el siglo XII a. C. conquistaron las ciudades fortificadas de los aqueos o micénicos. Fueron ellos quienes arrasaron Pilos, Micenas, Tirinto, Tebas, Esparta y también Cnosos en Creta, y acaso Enkomi en Chipre. Según la versión mítica, también se lanzaron contra la antigua Atenas, pero ésta resistió heroicamente bajo su rey Codro, aunque la arqueología moderna no ha hallado indicios de ese ataque. Solamente el Ática –la región de Atenas- y la montañosa Arcadia se salvaron de la invasión; el resto de la Hélade y en particular el Peloponeso, quedaron bajo el dominio de los invasores.

El eco de esta migración se encuentra en el relato mítico de los Heraclidas. La historia cuenta cómo, tras la muerte del semidios Heracles (el Hércules latino), sus descendientes se refugiaron en Atenas, donde participaron en la defensa de la ciudad contra el asedio de Euristeo, rey de Tirinto, que había sido el gran enemigo de Heracles. Tras derrotarlo volvieron por fin al Peloponeso.

Debemos notar, sin embargo, que muchos historiadores modernos han puesto en duda la tesis de una
conquista de Grecia por los dorios. Existen, en efecto, escasos testimonios de una invasión. Los datos de tipo lingüístico indican el asentamiento de comunidades de hablantes griegos en las distintas regiones de la península griega, pero este movimiento no tuvo por qué ser fruto de una conquista. Además, la instalación de nuevos pobladores en la Grecia meridional debió de ser un proceso paulatino y no una migración torrencial. Parece muy probable que la clave del éxito de los recién llegados se encontrara no sólo en su poderío militar, sino en el derrumbe previo del poder micénico. Lo que es seguro es que los invasores dorios no tenían grandes reyes, ni construían palacios, ni poseían cortes con funcionarios, impuestos y tributos. Tampoco practicaban el comercio marítimo. Eran gentes rudas que labraron sus tierras, cuidaron sus rebaños y establecieron nuevos núcleos de población.

Frente a la sofisticada civilización micénica, las sociedades de la Edad Oscura son más sencillas y condicionadas a la economía de subsistencia. Además, los nuevos pobladores no sintieron necesidad de dejar ningún testimonio escrito tras de sí. Se inauguró, de esta forma, un periodo de aislamiento y aparente oscuridad que, sin embargo, tuvo una importancia capital en la historia griega, pues en él se
gestó la civilización clásica que cristalizaría a partir del siglo VIII a. C.

En las últimas décadas, los arqueólogos se han ocupado mucho de esta época para disipar en lo posible su oscuridad y precisar el desarrollo de la sociedad y la cultura en esos cuatro siglos, que han dividido en periodos según la decoración de la cerámica y sus motivos geométricos. El rasgo más visible que define a este periodo es el uso habitual del hierro, metal que sustituyó al bronce. Hay que tener en cuenta que el cobre y el estaño, necesarios para la fundición del bronce, tenían que ser importados; no así el hierro, que era más accesible, y, por tanto, más adecuado para las comunidades aisladas y autosuficientes de la Edad Oscura.

También se abandonaron las grandes tumbas de cúpula y los enterramientos colectivos característicos del mundo micénico. Ahora se encuentran tumbas aisladas, individuales, modestos sepulcros de cista (formados por losas hincadas en el suelo, cubiertas por otras losas), a veces excavados en rocas, y las ofrendas fúnebres son mucho más pobres. Se practicaba la inhumación en general, pero también la incineración; ambos métodos variaban según las zonas y el momento.

Una de las transformaciones más visibles que se produjeron a lo largo de esta época fue el modo de poblamiento. La destrucción de los centros de poder micénicos y la quiebra de su sistema económico, basado en la producción ordenada de bienes y mercancías, hicieron que la población se dispersara y se refugiara en regiones diversas, donde formaron pequeñas comunidades que se fortificaron o aprovecharon las ruinas de los anteriores centros habitados. Se crearon, de esta manera, nuevos núcleos urbanos que cabe considerar como semillero de las futuras ciudades-estado griegas, las
poleis.

Durante largo tiempo, estos poblados permanecieron aislados, sin contactos comerciales ni culturales con otros territorios. Sin embargo, a comienzos del siglo X a. C., los griegos realizaron los primeros intentos de colonizar la zona costera de Asia Menor, que pronto se convirtió en una franja de prósperas ciudades helénicas. Sin duda fue la penuria y la sobrepoblación de la península griega la que empujó a muchos de sus habitantes a cruzar el mar hacia Oriente en busca de tierras más prósperas. De esta forma se continuó con renovado empeño la tradición marinera que había florecido ya en la antigua Creta minoica, quinientos años atrás, y además sirviéndose del mismo tipo de naves, tan frágiles y audaces como las cretenses.

Según la tradición mítica, el primer contingente de colonos de estirpe jonia (procedentes del Ática y Eubea) partió de Atenas a la costa asiática, donde fundaron (o en el algún caso refundaron) las ciudades de Mileto, Éfeso y Esmirna, y poblaron islas como Samos o Quíos. Poco después, otros colonos dorios se establecieron más al sur y algunos eolios originarios de Tesalia- lo hicieron más al norte y en la isla de Lesbos. Nuestra información sobre estos primeros tiempos de la colonización deriva de los datos lingüísticos, que muestran la extensión geográfica de los diversos dialectos griegos (jonio, eolio y dorio), aunque hay que tener en cuenta que la población helénica se mezcló pronto con los nativos de cada región, como los lidios y los carios.

Las ciudades griegas que surgieron en esas comarcas ricas y abiertas al comercio y a las influencias de Oriente florecieron como poleis ilustres y prósperas, y se convirtieron en la avanzadilla cultural y artística del mundo helénico. Poco después, los colonos griegos llegaron al sur de Italia y más allá, hasta llegar al siglo VIII a. C., la gran época de la colonización, en competencia con los fenicios.

Aunque en los núcleos surgidos tras el derrumbe de la civilización micénica se conservó la lengua griega que se hablaba en la península desde el III milenio a. C., se perdió, en cambio, el uso de la escritura. La época micénica había conocido varios sistemas de escritura (llamados Lineal A y Lineal B por los investigadores), como atestiguan unas 3.000 tabillas de arcilla aparecidas en las ruinas de los palacios de Cnosos, Pilos y Tebas, y que se han preservado gracias a que, de modo accidental, se cocieron en el incendio de los archivos. Esa escritura se perdió luego. Resulta un hecho muy infrecuente el olvido total de un sistema gráfico, pero en este caso podría explicarse porque se trataba de una escritura sólo manejada por funcionarios y de utilidad restringida, básicamente de uso económico y palaciego.

Siglos después, a finales del IX o comienzos del VIII a. C., los griegos importaron de los fenicios
otro sistema de escritura, un alfabeto en el que cada signo representaba una letra y no una sílaba, como en el caso micénico. Lo mejoraron notablemente inventando signos para la notación de las vocales, imprescindibles para escribir una lengua indoeuropea. Con la creación y difusión de ese alfabeto comenzó una nueva época cultural. Vale la pena destacar que algunas de las primeras inscripciones en vasos griegos nos ofrecen ya líneas escritas en hexámetros, es decir, en versos como los de la Ilíada y la Odisea, las grandes composiciones de Homero.

Resulta paradójico que fuera en esa época de ausencia de escritura –en los siglos que median entre el ocaso del mundo micénico y la invención del nuevo alfabeto- cuando se generara el núcleo de temas que alimentarían la literatura griega clásica. En esos siglos creció y se mantuvo en la memoria popular un fabuloso recuerdo de hazañas de otro tiempo: la guerra de Troya, el regreso de los Heraclidas, el asalto a Tebas, la gesta fabulosa de los Argonautas en pos del vellocino de oro… Estas sagas heroicas muy pronto se entrelazaron con la más vieja mitología religiosa para sugerir argumentos a los cantares épicos, mucho antes de que esa poesía pudiera quedar fijada en la escritura. Se desarrolló, así, una tradición oral que los aedos, los poetas, ya iban difundiendo en palacios y plazas siglos antes de que Homero compusiera sus grandes poemas, en el siglo VIII a. C.

Los cultos locales de los héroes evocados por Hesíodo en “Trabajos y Días” pueden remontarse también a esta época. El relato de la decadencia del mundo humano a través de épocas de nombres metálicos (como las edades de oro, de plata, de bronce y de hierro) es un mito muy antiguo y de procedencia oriental, pero Hesíodo lo modificó para introducir en el esquema a esos héroes, los de la épica griega. Del mismo modo, en los poemas homéricos, los héroes pelean con armas de bronce y el poeta evita mencionar el hierro, excepto en alguna metáfora, como la mención a un “corazón de hierro”.

Ya en el siglo X a.C., la sociedad griega se había forjado un tipo de orden muy distinto de la anarquía
que caracterizó el final del mundo micénico. Las ideas de una comunidad de hombres libres, bajo la dirección de una élite de guerreros con ciertos ideales heroicos, animaban a una civilización que tenía una mentalidad muy distinta de la micénica. Aquí están las raíces de la Grecia arcaica y clásica, su ideología aristocrática y sus tendencias igualitarias. En los combates y ritos funerarios plasmados en la cerámica geométrica se percibe ya el sentido trágico de la vida como una audaz aventura.

En definitiva, en la Edad Oscura se forjó el principio de una comunidad política realizada con éxito en muchas ciudades autónomas y pujantes, abiertas al intercambio y ansiosas de renombre, que fueron cobrando prosperidad en la época arcaica. El brillante y agitado siglo VIII a. C., la época homérica, se afirmó enraizado en esa edad anterior, una época que gracias a arqueólogos e historiadores nos va resultando cada vez menos oscura.

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viernes, 29 de agosto de 2014

El Centro de Detención de Guantánamo






Guantánamo –conocido a veces también como Gitmo-, se estableció en 2002 tras los ataques al World Trade Centre y el Pentágono, y se puso en funcionamiento para la detención de los sospechosos de actos terroristas durante la lucha en Afganistán y, posteriormente, Irak. Hay presiones sobre EEUU por parte de la comunidad internacional para que cierre el centro. Organizaciones pro derechos humanos como Amnistía Internacional lo describen como “el gulag de nuestros tiempos”.

La base naval de EEUU en la Bahía de Guantánamo existe desde 1898, cuando la isla pasó a manos estadounidenses después de la guerra de Cuba. En 1902 Cuba consiguió la independencia y al año siguiente su gobierno acordó el arrendamiento de la Bahía de Guantánamo a los americanos a perpetuidad –aunque el régimen comunista que gobierna desde la revolución cubana de 1959 no reconoce la legalidad de este acuerdo.

La base naval tiene una extensión de 120 kilómetros cuadrados y es la única base estadounidense situada en un país con el cual no tiene relación diplomática. Después de los ataques de 2001 en Nueva York, Washington y Filadelfia, George Bush declaró la famosa “guerra contra el terrorismo” y estableció este campo de detención para aquellos individuos considerados una amenaza potencial para la seguridad nacional. Con la protección natural del mar y las ciénagas que lo rodean, los campos de minas y la vigilancia
permanente de la guardia militar, Guantánamo es uno de los centros de detención más seguros del planeta.

Muchos de sus internos fueron capturados durante la intervención militar en Afganistán e Irak tras 2001, pero un gran número llegó de otros lugares y fue entregado por terceras partes a cambio de recompensas. El campo central de Guantánamo, el Campo Delta –con capacidad para 600 prisioneros y junto a un acantilado al lado del mar- se abrió en abril de 2002 para sustituir al Campo X-Ray, que cerró ese mes.

Las imágenes de los prisioneros esposados y con el mono naranja, arrodillados en jaulas al aire libre
mientras los guardias les vigilan, se convirtieron en las imágenes más vistas a principios del siglo, especialmente entre aquellos que sospechaban que Washington estaba negando un juicio adecuado a los sospechosos de terrorismo.

La Administración Bush declaró a los presos de Guantánamo “combatientes enemigos”. Esto les negaba sus derechos como prisioneros de guerra que establece la Convención de Ginebra, así como el derecho a ser juzgados por el sistema penal estadounidense. En lugar de ello se creó una comisión militar. Según Amnistía Internacional, de los casi 800 prisioneros hasta 2009, solo 26 habían sido juzgados y solo tres condenados.

Poco después de su apertura, Guantánamo ya atraía la atención de la comunidad internacional porque los internos eran retenidos de manera indefinida y sin juicio. También se alertó de posibles malos tratos, desde el uso excesivo del aislamiento hasta palizas, privación de sueño, exposición prolongada a ruido y luz extremos, y un trato irrespetuoso del Corán por parte de los guardias. Antiguos internos han hablado hasta de degradación sexual. Naciones Unidas ha solicitado su cierre, pero Washington ha insistido en que es necesario para la defensa de la nación y ha negado todas las acusaciones de trato inhumano.

Los defensores del centro sostienen que ha proporcionado información clave para impedir futuros
ataques terroristas en EEUU y en otros lugares. Sin embargo, surgieron preguntas sobre las técnicas de interrogación que abrieron el debate sobre qué practicas se consideran tortura. Por ejemplo, la técnica del “submarino”, que se usaba con ciertos internos, consistía en la inmovilización del prisionero para tirarle agua por encima y así crear sensación de ahogo.

Algunos han argumentado que el “submarino” es una forma de coacción que no se puede calificar como tortura, aunque muchos otros –incluyendo el presidente Obama- han concluido que sí es un método de tortura, haciendo que toda la información conseguida con esta práctica carezca de validez legal. Cabe señalar que el exsecretario de Defensa de EEUU Donald Rumsfeld rechazó las afirmaciones acerca de que este método se utilizaba en la prisión y lo calificó de “mito”.

El centro de detención de Guantánamo ha sido objeto de debate en los tribunales durante años, especialmente en lo que respecta al estado legal de los internos. Durante su carrera por la presidencia en 2008, Barack Obama se refirió a Guantánamo como “un triste capítulo de la historia estadounidense”. Más tarde diría que habría sido un tremendo fracaso si, después de dos años en el poder, su administración no hubiera “cerrado Guantánamo de una manera responsable, puesto fin a la tortura y restablecido el equilibrio entre nuestra obligación de garantizar la seguridad y nuestra constitución”. Aun así, los planes para trasladar prisioneros a instalaciones de alta seguridad en territorio estadounidense encontraron una fuerte oposición por parte de sus ciudadanos y, a día de hoy, el campo sigue operativo.

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martes, 26 de agosto de 2014

Magia Blanca y Magia Negra – Un modo de pensar inherente al ser humano




La práctica de la magia se remonta a los comienzos de la humanidad, cuando los fenómenos naturales eran entendidos como una expresión de la voluntad de los dioses y la lógica para explicarlos era más poética que racional. Sin embargo, hoy, cuando el conocimiento científico está más presente que nunca, se ha dado también un resurgimiento de las prácticas y de las creencias mágicas.

La magia pretende lograr efectos físicos con una aplicación literal de las principales herramientas de formación de figuras poéticas: la semejanza entre dos elementos –la metáfora- y la identificación entre causa y efecto o del poseedor con la cosa poseída –metonimia y sinécdoque-. En palabras del antropólogo inglés James George Frazer (1854-1941), la primera invoca el principio de que “todo parecido llama a su parecido”; la segunda es que “dos cosas que han estado en contacto en cierto momento continúan actuando la una sobre la otra, aunque este contacto hubiera cesado. Llamaremos al primer principio Ley de la Semejanza –Magia Homeopática o Imitativa-y al segundo, Ley del Contacto o del Contagio –Magia Contagiosa-“.

La magia imitativa se basa en procesos como invocar la lluvia realizando una danza que imita los sonidos de los truenos o las agujas que se clavan en un muñeco que representa a la persona que se quiere dañar –por ejemplo, por tener el mismo color de pelo o de piel-; la magia contagiosa intentaría influir sobre una persona manipulando sus cabellos o una fotografía. La teoría de Frazer aseguraba también haber detectado un patrón general en la evolución de los modos de pensamiento, que irían siempre de lo mágico a lo
religioso y desembocarían en lo científico. Este planteamiento ha sido descartado por la antropología moderna, pero sí ha sido bastante aceptada su distinción entre magia y religión: la magia intenta controlar los acontecimientos mediante técnicas basadas en un razonamiento defectuoso; la religión es una petición de ayuda a principios espirituales. El sociólogo Émile Durkheim (1858-1917) distinguía mucho más pragmáticamente entre ambas diciendo que el religioso tiene una congregación, mientras que el mago tiene una clientela.

El pensamiento mágico parece inherente al ser humano: aunque no ha podido ser demostrado, los investigadores han interpretado muchas pinturas rupestres no sólo como adornos, sino como invocaciones. De Mesopotamia y Egipto nos han llegado documentos que describen el uso de palabras mágicas que debían proteger del poder de brujas y magos, además de solicitar ayuda a los
dioses, al fuego o a los muertos –necromancia-.

Lo que actualmente conocemos como la muñeca de vudú apareció ya en Egipto en el siglo XII a. de C. y su uso se extendió hasta Grecia y Roma –donde las muñecas se llaman imaguncula-. También en Roma tuvieron especial importancia las invocaciones para asegurarse la victoria en los negocios, los amores, los juegos e, incluso, la oratoria. La Europa medieval fue muy dada a la magia, y la Iglesia se sintió amenazada cuando la práctica dejó de estar restringida a las clases inferiores –especialmente, en Italia y en España-.

Aunque no seamos conscientes, en el lenguaje cotidiano persisten muchas expresiones de origen antiguo que tenían como objetivo invocar la protección sobrenatural: el decir “salud” después de un estornudo era, en su origen, un sortilegio para evitar que el demonio aprovechara la oportunidad y entrara en el cuerpo por la nariz; cada vez que nos despedimos diciendo “adiós” estamos empleando la fórmula resumida de “a Dios encomiendo tu espíritu”.

Por otro lado, la palabra “amuleto” deriva del árabe himalat (“cosa llevada”). Los amuletos siguen siendo ampliamente utilizados en todas las sociedades: trozos de pelo, medicinas, medallones o símbolos religiosos como crucifijos o iconos budistas. Entre los hebreos, es común portar una mezuza que lleva escrito el nombre de Jehovah. Los amuletos pueden ser específicamente diseñados como protección contra el mal de ojo, la prisión, la pérdida de la propiedad u otros desastres. Por ejemplo, solía decirse que la figura de un escorpión cubierta de los símbolos apropiados protegía contra las pesadillas inducidas por íncubos y súcubos. Las brujas romanas preparaban amuletos contra enfermedades concretas y, en la mitología hindú, hay una piedra considerada de poderes ilimitados: la salagrama, que confería la invulnerabilidad a quien la llevara.

En 1320, una bula papal clasificó como herejías la brujería y la magia, la cual se practicaba principalmente en la forma de misa negra, parodia demoníaca de la misa cristiana y que incluía el uso de las sagradas escrituras con fines diabólicos. Pero había otra práctica, considerada como buena o blanca, inserta en la tradición hermética y atribuida al rey Salomón: consiste, básicamente, en invocar a los ángeles buenos.

La magia negra o geocia es el arte de comerciar con los demonios y servirse de su poder. Los
practicantes de esta modalidad, en la mayoría de los casos adeptos también de la alquimia, podían adquirir su conocimiento por un pacto con el diablo –como en la leyenda de Fausto- pero esto no era sentido como una amenaza mientras se mantuvieran dentro de la tradición cristiana y sus actividades no pudieran ser tachadas de asociales. La utilización de muñecos y agujas reapareció en el siglo XVI en el tratado de Baptista Porta Magiae naturalis (1558), en donde defendía el aspecto mágico de éstas; decía Porta que si dos agujas eran fabricadas partiendo del mismo pedazo de hierro, después magnetizadas y luego colocadas sobre un soporte móvil, una apuntaría siempre en dirección de la otra sin importar la distancia entre ellas –idea que mereció el aplauso del cardenal Richelieu-.

Una de las grandes paradojas del mundo actual es que, a medida que el conocimiento científico va siendo cada vez más extenso y complejo, existe un resurgir del pensamiento irracional y mágico –lo cual ha despertado el interés de la antropología, de la psicología y de la sociología-. Los miembros de la sociedad occidental moderna pueden caer en el pensamiento mágico por varias razones: algunos pertenecen a subculturas que defienden este tipo de pensamiento, como el movimiento Nueva Era; otros, sencillamente, no conocen la explicación convencional de determinado fenómeno e inventan explicaciones mágicas –como quien atribuye a un principio espiritual el funcionamiento de una brújula-. Pero aparece también con mucha frecuencia en enfermedades mentales como la esquizofrenia: un ejemplo clásico es el de un paciente que observó que el Sol salía cada mañana después de que abriera las persianas; su conclusión fue que su operación era un ritual con el que controlaba el movimiento del Sol.

En la actualidad, entre los adeptos persiste la distinción entre magia blanca y negra: en la primera, se
incluyen todas las técnicas que intentan favorecer un acontecimiento o protegerse de otros –uso de velas, amuletos, rituales de purificación, invocación de espíritus o ángeles… ; la magia negra persiste en el satanismo o magia satánica, en donde el demonio reemplaza a Cristo y los demonios, a los ángeles: sus intenciones oscilan desde la obtención de poder hasta intentar causar enfermedades a los enemigos.

Los rituales mágicos modernos no han variado mucho y, en especial, destaca la pervivencia del recitado de palabras mágicas o sortilegios. Suelen ser términos arcaicos o esotéricos y, puesto que en muchas sociedades se utiliza junto a éstas el nombre de las personas a quienes se quiere dañar, es
frecuente que alguien tenga dos nombres: el cotidiano que todo el mundo conoce y el secreto o real que el individuo guardará celosamente. Esta estrategia se extiende a los dioses o espíritus, que tienen también un nombre secreto que sólo los iniciados conocen.

Aunque el fin principal es conseguir efectos concretos, la magia tiene también una función de cohesión y expresión del grupo: un ritual propiciatorio suele poner en juego la estructura jerárquica del grupo, integra al individuo en esa jerarquía y sirve de recordatorio de la escala de valores del grupo.

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sábado, 23 de agosto de 2014

Las pinturas rupestres …. Y el hombre aprendió a pintar.


Durante veinte mil años, los seres humanos que habitaron las cavernas desarrollaron el movimiento pictórico más duradero y enigmático de la historia. Pero, ¿qué impulsó al artista prehistórico a decorar las paredes de sus cuevas con obras, en ocasiones, de tan extraordinaria belleza? A pesar de las múltiples teorías, la respuesta sigue siendo un enigma.

Cuando en el verano de 1879, el ingeniero y arqueólogo aficionado Marcelino Sanz de Sautuola, acompañado de su hija pequeña, María, descubrió casi por casualidad las pinturas que cubrían las paredes y el techo de la cueva de Altamira, apenas podía creer lo que estaba viendo.

No fue el único, porque, cuando poco después dio a conocer al mundo su descubrimiento, tuvo que afrontar la acusación de falsario y embaucador por parte de los más prestigiosos historiadores de la época. En la mentalidad de la comunidad científica de finales del XIX no se podía concebir la idea de que los seres humanos que vivieron durante el Paleolítico fueran capaces de confeccionar un arte tan elaborado y de tanta perfección formal y estética.

Tuvieron que pasar más de dos décadas y varios descubrimientos de pinturas similares en otras cuevas, esta vez francesas, para que la autenticidad de Altamira fuera por fin unánimemente admitida. Para entonces, Sautuola ya había fallecido.

El arte rupestre –del latín rupes: “roca”- es el que se realiza pintando o esculpiendo directamente sobre la roca de techos y paredes de cuevas o bien en abrigos rocosos exteriores, normalmente de difícil acceso. Las más antiguas manifestaciones rupestres encontradas hasta el momento datan de unos 30.000 años antes de nuestra Era, en el Paleolítico inferior. Las últimas muestras importantes de pinturas y grabados sobre roca, casi siempre en abrigos exteriores, corresponden a la época de transición entre el Paleolítico y el Neolítico, aproximadamente unos 5.000 años antes de nuestra era.

Varias culturas prehistóricas han utilizado la pintura rupestre o parietal (de “pared”) como modo de expresión, aunque sin duda las mejores y más variadas muestras coincidieron con la última glaciación, durante el Paleolítico medio y el superior, localizándose muy especialmente en torno a la cornisa cantábrica y el sur de lo que hoy es Francia. En estas zonas, el arte rupestre alcanzó su máximo apogeo con pinturas como las encontradas en las cuevas de Lascaux, en la Dordoña francesa, o en Altamira, en Cantabria.

Sin duda, las pinturas de Altamira –calificadas unánime y tópicamente como la Capilla Sixtina del
arte rupestre- suponen el punto culminante en cuanto a perfección artística y técnica de todo el arte parietal, pues sus figuras de animales expresan con total realismo la fuerza y el movimiento. La cueva contiene cerca de 300 pinturas, agrupadas principalmente en dos salas o estancias. No muy lejos de la entrada, se halla una gran sala, decorada con figuras polícromas, entre las que destacan una cierva de gran tamaño junto a un jabalí, una cabeza de caballo, una figura antropomorfa y varios bisontes, algunos de los cuales aprovechan los salientes de la roca para sugerir la idea de relieve. La segunda estancia, de acceso más difícil, está decorada con grabados y figuras negras de bisontes, bóvidos, caballos e, incluso, un alce, un mamut y un gran felino. Éstas últimas son las pinturas más antiguas, posiblemente del magdaleniense inferior (14.000 a. de C.); pudiéndose datar las pinturas polícromas de la gran sala en el magdaleniense medio y superior, entre el 13.000 a.de C y el final del Paleolítico.

En 1940, fueron halladas –como no es raro, por casualidad- las pinturas rupestres de la gruta de Lascaux, en la Dordoña francesa. Desde el primer momento, los historiadores fueron conscientes de que se encontraban ante uno de los hallazgos más importantes del arte Paleolítico, tanto por la cantidad de pinturas y grabados encontrados –que se mantenían, además, en un magnífico estado de conservación-, cuanto por la riqueza y variedad de sus formas. Como en la mayoría de las cuevas importantes, existen testimonios de su ocupación durante varios miles de años, aunque las investigaciones más recientes coinciden en fechar la mayoría de las pinturas en el magdaleniense inferior y medio, en torno a los 14.000 años a.de C..

En Lascaux, los investigadores han podido catalogar más de 800 pinturas, distribuidas en varias salas
en prácticamente toda la extensión de la cueva. Destaca la sala principal o Rotonda de los Toros, en la que vacas y toros blancos de colosal tamaño (hasta cinco metros) se complementan con caballos y bóvidos rojos mucho más pequeños, entre los que resalta la extraña presencia de un fantástico unicornio. En otra de las salas se encuentra una de las más bellas representaciones de caballos de todo el arte Paleolítico. Y al fondo de la cueva se localiza el pozo, en el que está la famosa y extraña escena que representa a un cazador que cae abatido ante la embestida de un bisonte herido.

Uno de los enigmas más importantes que nos han dejado las pinturas rupestres es el de su motivación o su utilidad. ¿Para qué servían? ¿Eran una forma de decoración creada para agradar el gusto estético de los habitantes de las cavernas o, en cambio, tenían un sentido mágico o religioso?

Las primeras teorías apuntaban que se trataba de una manifestación ornamental, sin más utilidad que la meramente estética. Según esta hipótesis, el hombre del Paleolítico, dedicado a la caza y a la recolección de vegetales en un clima ya relativamente favorable, disponía de tiempo libre para dedicarlo a la decoración de las cuevas en las que pasaba largas temporadas.

Numerosos datos demostraron pronto que esta teoría del arte por el arte carecía de consistencia; entre otros, el hecho de que la mayoría de las pinturas aparecen en lugares casi inaccesibles de la cueva, donde apenas llega la luz natural y, desde luego, muy alejados de la entrada y de los espacios destinados a vivienda. No es, por tanto, un arte para ser contemplado por todo el grupo, sino tan sólo por unos pocos iniciados.

Surgió entonces una interpretación mágica que explica las pinturas como manifestaciones de diversos rituales destinados fundamentalmente a propiciar la caza o a favorecer la fertilidad en las especies más deseables. Todavía en ciertos pueblos primitivos del centro de África los cazadores clavan sus lanzas contra la silueta de un animal dibujada sobre la tierra como augurio de buena suerte durante la caza.

De igual manera, los artistas del Paleolítico bien pudieron tener una motivación parecida para pintar
durante generaciones las figuras de los animales que deseaban cazar que, en muchas ocasiones, aparecen con flechas y lanzas clavadas o en actitud de dirigirse hacia lo que parece una trampa. Esa misma magia ritual serviría para atraer la fertilidad sobre algunas especies, como parece demostrar la abundancia de hembras preñadas o de machos en celo o en claras actitudes sexuales, en un deseo de ahuyentar el fantasma de una futura escasez de alimentos.

Los estudiosos no se ponen de acuerdo a la hora de afirmar si el hecho mismo de pintar un animal constituía parte del ritual –como una especie de posesión del alma a través de su representación- o si, por el contrario, se trataba simplemente de una imagen ante la cual el hechicero de la tribu realizaba sus ritos y conjuros, de los que, obviamente, no nos ha quedado ningún testimonio definitivo.

Algunos investigadores consideran la teoría del arte rupestre como ritual propiciatorio demasiado simplista como para abarcar su significado más profundo, por lo que aventuran otras hipótesis que consideran las pinturas y su colocación en la cueva como manifestaciones de una forma primitiva de religión o, al menos, como una manera de entender la vida espiritual por parte de los habitantes del Paleolítico.

Según los defensores de esta teoría, los diferentes tipos de animales y dibujos abstractos, simbolizarían elementos masculinos o femeninos, interpretándose como símbolos masculinos animales, como el caballo, la cabra o el ciervo, y signos tales como puntos o bastones; mientras que el elemento femenino estaría representado básicamente por el bisonte, el toro o el mamut, así como por signos triangulares u ovales –en clara alusión al pubis y la vulva femeninos. Estas figuras, además, parecen distribuirse según un riguroso patrón, en el que es frecuente la presencia de elementos que simbolizan lo masculino a la entrada y al final de la cueva, mientras en la parte central se mezclan símbolos masculinos y femeninos. Tras un estudio detallado de muchas de estas cuevas, se ha llegado a la conclusión de que este tipo de distribución y composición se produce con demasiada frecuencia como para tratarse de una casualidad.

No sólo las pinturas estarían, pues, empapadas de esta simbología sexual, sino también la cueva
misma en la que se desarrolla el arte parietal tendría, desde este punto de vista, un marcado carácter simbólico femenino. Tal interpretación, por tanto, concede a las pinturas rupestres un significado mucho más amplio que el de mero vehículo de una magia ritual, elevándolo prácticamente a la categoría de explicación filosófica del mundo espiritual en el que se movía el hombre cavernícola.

Sea cual fuere la explicación acerca de la finalidad del arte rupestre del Paleolítico, lo cierto es que se basa fundamentalmente en la representación del mundo animal. En pocas ocasiones aparece la figura humana –siempre pintada de forma esquemática y desprovista del realismo que se aplicaba a las imágenes animales- y nunca el paisaje.

La iconografía empleada en estas pinturas nos muestra un amplio catálogo de las especies animales contemporáneas del hombre de Cromagnon. Se trata, por lo general, de grandes herbívoros adaptados al clima frío y estepario de la última era glacial del Cuaternario. Animales como el mamut o el rinoceronte lanudo, muy comunes en la Europa de aquella época, que se extinguieron coincidiendo con el final de la última glaciación o que, como en el caso del reno o el bisonte, emigraron hacia latitudes más septentrionales.

A lo largo de todo el periodo, pero sobre todo durante el magdaleniense medio y superior –entre los
14.000 y los 12.000 años a. de C., época de máximo esplendor del arte rupestre-, se da un esfuerzo por representar la imagen del animal de una forma naturalista, aunque empleando una gama limitada de colores –normalmente negro, ocre y rojo y, en raras ocasiones, blanco o púrpura- y atendiendo lo que parecen ciertos convencionalismos de la época. Por ejemplo, la práctica totalidad de las figuras aparecen de perfil; aunque, en el caso de toros o bisontes, en muchas ocasiones la figura se descompone, en una perspectiva imposible, para mostrarnos de frente su cornamenta. De la misma manera, aunque la mayoría de los dibujos representan animales en estado de reposo, algunos de ellos tratan de plasmar el movimiento por medio de la postura o mediante algún artificio, tal como la superposición de trazos de diferente solidez en las patas. Frecuentemente, el artista aprovecha los huecos y salientes de la pared rocosa para sugerir una cierta corporeidad que añade mayor realismo a la pintura.

Se puede decir que las pinturas rupestres del Paleolítico suponen la escuela pictórica más longeva de la historia, ya que se emplearon básicamente los mismos procedimientos y convenciones durante más de 20.000 años, toda una eternidad si lo comparamos, por ejemplo, con la infinidad de estilos artísticos cultivados en poco más de quinientos años, desde el Renacimiento hasta nuestros días.

No obstante, se puede observar una evolución en el estilo desde las primeras y esquemáticas muestras pictóricas, fechadas en el periodo auriñaciense, hace unos 30.000 años, y las pinturas de las últimas cuevas habitadas, del magdaleniense superior, hace unos 12.000 años.

La mayoría de los historiadores distingue al menos cuatro periodos en la pintura paleolítica: un estilo
primitivo, basado en líneas y motivos abstractos, en el que aparecen algunas cabezas de animales muy toscamente representadas; una segunda fase en la que surge la representación de animales completos, con sus contornos bien definidos por trazos todavía poco depurados; un tercer periodo, que se caracteriza por una delimitación más precisa de los contornos y por la aparición de la bicromía y las líneas interiores, que intentan definir el pelaje o la musculatura; y, por último, la fase que se podría llamar de auge pleno, que incluye las composiciones más logradas, en las que frecuentemente los animales pierden su hieratismo, para mostrarse en posturas complejas o, incluso, en movimiento.

La lenta evolución de esta escuela pictórica que abarcó los primeros veinte milenios de la cultura humana muestra bien a las claras que la pintura rupestre del Paleolítico supone un sistema de representación de unas creencias y una cultura bastante más complejas de lo que pensaban aquellos científicos del siglo XIX que negaron a Sautuola la autenticidad de las pinturas de Altamira.

El significado y la trascendencia de tan geniales obras posiblemente permanecerán durante mucho tiempo inaccesibles para nosotros, ocultos tras la belleza y la fuerza misteriosa que emanan de ellas y de las oscuras cuevas en las que se plasmaron.

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