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domingo, 1 de febrero de 2015

Q-Whitehall






Londres fue severamente bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, y gracias a varias atracciones turísticas como las Cabinet War Rooms sabemos que la ciudad construyó su alter ego subterráneo. Sin embargo, la existencia de una red de túneles desde Parliament Square a Trafalgar Square para proteger a los trabajadores de Whitehall (el corazón del Gobierno británico) sigue siendo un rumor sin confirmar.


A finales de 1939, cuando la guerra daba sus primeros pasos, el servicio de correos británico inició un plan conocido con el número de referencia 2845. El plan consistía en construir una red de túneles a unos 30 metros de profundidad para proteger el sistema de cables que aseguraba el funcionamiento de las comunicaciones telefónicas y telegráficas del Gobierno. Se cree que esos túneles se pueden haber ampliado entre 1,6 y 3,2 km y que se accede a ellos a través de una serie de ascensores y escaleras. Se han sugerido dos vías de acceso para el personal: por la central de Whitehall situada en Craig´s Court, y por la vieja estación de metro de trafalgar Square.

La primera sección importante del túnel estaba operativa hacia 1941, y unía la Oficina de Guerra, el Ministerio del Aire y el Almirantazgo. Una posterior ampliación debió llegar hasta Cabinet War Rooms (Estancias del Gabinete de Guerra). Con la ciudad en situación tan vulnerable, no cuesta imaginar que estos túneles se adaptaran para poder transportar a grupos grandes de trabajadores del Gobierno en caso de emergencia, como por ejemplo un ataque con gases. De hecho se sabe que en 1955 la red, conocida como Q-Whitehall (cuyo nombre podría proceder del código postal QWHI), se usó para probar cómo afectaría en superficie un ataque con gases en los túneles.

En 1946, se habló con detalle del plan del servicio postal en una publicación de la propia institución llamada The Post Office Electrical Engineers Journal, pero, inmerso en el clima de la Guerra Fría, el Gobierno tuvo que tomar medidas drásticas para poner fin a esos artículos. La mayoría de los ciudadanos recordaba aún el eslogan, famoso durante la guerra, “hablar sin cuidado cuesta vidas”.

Sea como fuere, se sabe que en los años cincuenta se hicieron mejoras significativas (y posiblemente una ampliación) en los túneles del servicio postal, aunque los documentos relacionados con este tema se guardan en el Archivo Nacional esperando a ser desclasificados, lo cual no ocurrirá, al menos, hasta 2026. A tenor de las pruebas, algunos creen que Q-Whitehall se sigue usando hoy día para que los funcionarios accedan de manera cómoda y rápida a los edificios del Gobierno.

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¿Por qué nos hacen llorar las cebollas?


Pelar o trocear una cebolla provoca una cadena de reacciones químicas que llevan a que acabemos hechos un mar de lágrimas.

Las células de la cebolla que hemos dañado liberan dos tipos de sustancias químicas: moléculas orgánicas, sulfóxidos de aminoácidos que confieren a las cebollas su sabor, y enzimas, las alinasas. Las enzimas transforman los sulfóxidos en un tercer compuesto, el syn-propanotial-S-óxido, responsable del picor ocular.

A modo de defensa, los ojos responden generando lágrimas que diluyen la concentración de las sustancias químicas; o por lo menos lo intentan hasta que nos da por restregárnoslos con los dedos impregnados de los componentes químicos.

A lo largo de los años, he oído numerosos remedios para esta situación. Mi método preferido es cortar las cebollas dentro de un cuenco con agua, porque así se evita que los vapores asciendan hasta los ojos. Hay gente que insiste en otras soluciones –como chupar un azucarillo, limón o incluso un trozo de pan-, para las cuales no encuentro ninguna explicación.

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1313-Lamentación sobre Cristo muerto – Giotto di Bondone


En “Lamento sobre Cristo Muerto” (un fresco localizado en la Capilla de los Scrovegni, Padua), Giotto di Bondone creó, por primera vez en la historia del arte, una imaginería imbuida de naturalismo y auténtica humanidad. Con esta poderosa obra, el artista atrae inmediatamente la atención del espectador expresando mediante la pintura emociones genuinas y terrenales. Una figura reclinada, el cuerpo muerto de Cristo, es sostenido cariñosamente por sus seres queridos en duelo. Su madre, María, acuna el torso de su hijo como si aún fuera un niño y su cara muestra auténtico sufrimiento y angustia.

Todos los elementos gestuales presentes en este desgarrador trabajo narrativo tienen como misión crear una descorazonadora sensación de dolor y pena. Detrás de María aparecen figuras importantes con gesto de horror. San Juan –personaje central en la composición- se inclina hacia delante moviendo sus brazos hacia atrás con desesperación; incluso los diez ángeles del cielo reflejan el lamento de los humanos bajo ellos.

Arriba a la derecha se pueden ver brotes verdes de una nueva vida que surgen de un árbol desnudo y solitario. Estas tímidas señales de la Naturaleza son los únicos elementos en la escena que expresan esperanza y redención.

A través de esta pintura podemos ver que Giotto no sólo fue un artista genial que liberó al arte de las fórmulas estéticas medievales y la tradición bizantina para llevarlo a un nuevo mundo de realismo, sino alguien que vivió, amó y lloró.

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La Carta de las Naciones Unidas




El estallido de la Segunda Guerra Mundial tuvo, entre otras consecuencias, el de que la Humanidad tuviera conciencia de la perentoria necesidad de crear mecanismos que impidieran que el mundo se viera sumergido de nuevo en un desastre de características similares. Antes del estallido de la guerra, había existido un organismo de ese tipo, la Sociedad de Naciones. Sin embargo, la política de los fascismos italiano y alemán –en buena medida ayudada por los temores y pasividades de las democracias- tuvo como resultado directo el de su eclipse, primero, y el de su final, después.

No deja por ello de ser significativo que el primer compromiso de establecer una nueva organización internacional quedara plasmado en la denominada Carta del Atlántico de 14 de agosto de 1941, un documento en que el presidente norteamericano Roosevelt, cuyo país aún no había entrado en guerra contra Alemania, y el primer ministro británico Churchill se comprometían a crear un sistema permanente y más amplio de seguridad general en el que deberían quedar engranadas todas las naciones en el plano económico.

En diciembre de 1941, el bombardeo japonés de Pearl Harbor provocó la entrada en guerra de Estados Unidos, lo que no sólo alteró el signo del conflicto, sino que además amplió la perspectiva del documento anterior y generó el concepto de Naciones Unidas, acuñado por Roosevelt. Éstas fueron identificadas con los 26 países que combatían en aquellos momentos contra el Eje y que firmaron la Declaración de las Naciones Unidas el 1 de enero de 1942.

Esta última circunstancia implicaba de manera nada encubierta que la nueva organización tenía una vocación de internacionalidad, pero que ese carácter internacional incluiría de manera irrenunciable
la división del mundo en áreas de influencia relacionadas con los tres aliados más importantes en la causa anti-Eje. En 1943, en una conferencia celebrada en Moscú, se dieron los primeros pasos para proporcionar su forma definitiva a esta nueva organización y se firmó el 30 de octubre un acuerdo al respecto entre la URSS, Gran Bretaña y Estados Unidos además de China, a la que se contemplaba no como una gran potencia pero sí como el poder que tendría la posibilidad de sustituir en su dominio hegemónico al Japón. En noviembre del mismo año, en la conferencia de Teherán, Roosevelt, Churchill y Stalin volvieron a afirmar su voluntad de crear esa organización encaminada a desterrar el azote y el terror de la guerra.

En el otoño de 1944, representantes de las cuatro potencias se reunieron en Dumbarton Oaks, en Washington, y aprobaron un borrador de carta de las Naciones Unidas. El método de votación que debería seguir el Consejo de Seguridad se reveló entonces como el mayor problema en la medida en que de éste derivaría la puesta en práctica de las zonas de influencia que ya habían acordado las potencias. Esta cuestión no quedó resuelta hasta febrero de 1945 cuando Stalin, Roosevelt y Churchill se reunieron por última vez en la conferencia de Yalta y se aceptó la tesis estalinista del derecho al veto en cuestiones esenciales.

El 25 de abril de 1945, menos de dos semanas antes del final de la Segunda Guerra Mundial en
Europa, se reunieron en San Francisco delegados de cincuenta países. El resultado fue la redacción de una carta que recogía los extremos bosquejados en Dumbarton Oaks y modificados en Yalta. Su aprobación se llevó a cabo el 25 de junio y su firma, el día siguiente. Una vez ratificada por la mayoría de los delegados, entró en vigor el 24 de octubre de 1945. El 10 de diciembre del mismo año, el Congreso de los Estados Unidos cursó una invitación a la ONU para que estableciera su sede en este país. La respuesta fue afirmativa y así, en agosto de 1946, se produjo un establecimiento provisional en Lake Success (Nueva York). A mediados de 1952, se produjo el traslado a su sede definitiva en Manhattan, donde se hallan actualmente la sala de la Asamblea General, el edificio del Secretariado, el edificio de Conferencias y la biblioteca Dag Hammarskjöld. Para aquel entonces, tanto la Carta de las Naciones Unidas como la Organización derivada de la misma ya habían comenzado a cambiar la historia.
 

En buena medida, la Carta de las Naciones Unidas es un documento asentado sobre notables contradicciones, derivadas del deseo de alumbrar una organización internacional con participación democrática de todas las naciones del mundo y, a la vez, de mantener la posición hegemónica de cinco potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. Esa circunstancia provoca que exista en primer lugar un espíritu igualitario recogido en el Preámbulo de la Carta y en los Propósitos y Principios incluidos en el capítulo primero y, a la vez, un funcionamiento de carácter semihegemónico sometido a las grandes potencias descrito en los capítulos siguientes. Los propósitos pretenden ante todo mantener la paz mediante la adopción de medidas colectivas de seguridad:

1. Mantener la paz y la seguridad internacionales, y con esa finalidad: tomar medidas colectivas efectivas para la prevención y la eliminación de las amenazas contra la paz, y para la supresión de actos de agresión o de otras rupturas de la paz, y solucionar mediante medios pacíficos y de conformidad con la ley internacional las disputas internacionales o las situaciones que pudieran conducir a un quebrantamiento de la paz.

2. Desarrollar relaciones amistosas entre las naciones basadas en el respeto al principio de los
derechos iguales y a la autodeterminación de los pueblos, y a tomar otras medidas apropiadas para fortalecer la paz universal;

3. Conseguir la cooperación internacional en la resolución de problemas internacionales y de carácter económico, social, cultural o humanitario, y promover y estimular el respeto en favor de los derechos humanos y de las libertades fundamentales para todos sin distinción de raza, sexo, lengua o religión, y

4. Ser un centro de armonización de las acciones de las naciones en la consecución de estos fines comunes.


El Artículo 2 de la Carta exige que los miembros solventen sus disputas de manera pacífica y que eviten el recurso a la guerra, aunque se insiste en que la Organización no intervendrá en los asuntos nacionales de cada país miembro. Los nuevos miembros son admitidos a propuesta del Consejo de Seguridad y deben ser aceptados por una mayoría de dos tercios en la Asamblea General.

El Capítulo III de la Carta establece la existencia de seis órganos principales, que son la Asamblea
General, el Consejo de Seguridad, el Consejo Económico y Social, el Consejo de Tutela, el Tribunal Internacional de Justicia y el Secretariado o Secretaría General. En la Asamblea General (art.10-22) se hallan representados todos los estados miembros y constituye el principal organismo deliberativo de la ONU. Aunque la Asamblea es un órgano democrático que se reúne o bien anualmente en sesiones regulares o bien en sesiones especiales a petición de una mayoría de sus miembros o del Consejo de Seguridad, su carencia de poder es notable. De hecho, no tiene autoridad para imponer el cumplimento de sus resoluciones, que no pasan de ser recomendaciones a los Estados miembros. Semejante limitación –realmente esencial- apenas queda paliada por el hecho de que la Asamblea pueda establecer agencias y programas encargados de traducir sus recomendaciones a la práctica.

Una situación muy distinta es la que la Carta contempla para el Consejo de Seguridad (arts. 23-32). A
diferencia de la Asamblea, este órgano se encuentra reunido en sesión permanente y, por su propia naturaleza, constituye la institución encargada de mantener la paz. Su constitución, sin embargo, no fue concebida como democrática, sino como hegemónica. Así, de sus 15 miembros, un tercio son fijos y con derecho a vetar las resoluciones aprobadas por la mayoría. Esos cinco miembros no son otros que las grandes potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial: China, Francia, Gran Bretaña, Rusia y los Estados Unidos. Los dos tercios elegidos lo son por dos años y renovables en su mitad anualmente.

El Consejo Económico y Social (ECOSOC) (arts. 61-72) se reúne una vez al año y cuenta con 54 miembros. Éstos ejercen un mandato trianual y son renovados anualmente por tercios por la Asamblea General. Las funciones del ECOSOC son de tipo económico y social, como indica su nombre, y colaboran con él agencias como la OMS, la UNESCO, la FAO y la OIT que, en la práctica, disfrutan de una autonomía considerable.

El Consejo de Tutela (arts.75-91) aparece en la Carta como el órgano que debía supervisar la situación de once territorios sometidos a control colonial que se encontraban en régimen de fideicomiso en 1945. La emancipación total de estos territorios comenzó ya en la misma década en que se fundó la Organización de las Naciones Unidas, pero no concluyó hasta 1994, cuando el archipiélago de las Palau accedió a la independencia.

El Tribunal Internacional de Justicia (arts.92-96) tiene, siguiendo una tradición anterior a la guerra, su
sede en La Haya (Holanda) y constituye el organismo judicial, y también consultivo, de la organización. Está compuesto por quince jueces elegidos por la Asamblea General y el consejo de Seguridad por un mandato de nueve años.

Finalmente, el Secretariado General (arts. 97-101) es un organismo concebido al servicio de los demás pertenecientes a la ONU como ejecutor de las decisiones de los mismos. Al frente del Secretariado se encuentra el Secretario General, que es nombrado por la Asamblea General pero siguiendo una recomendación del Consejo de Seguridad.

La existencia de la ONU ha sido objeto de ataques desde el inicio de su fundación. Se ha insistido en su escaso poder operativo para llevar a cabo los objetivos que los artículos 33 a 38 de la Carta atribuyen al Consejo de Seguridad y que pueden resumirse en la resolución de los conflictos internacionales por medios pacíficos, como las negociaciones, la investigación, la mediación, la conciliación, el arbitraje y la vía legal. Resulta obvio que la existencia de la ONU no ha significado el final de las guerras y que incluso éstas han sido, y son, más numerosas ahora que en 1945. Con todo, no debería afirmarse que la Carta haya sido un documento totalmente estéril. De hecho, puede decirse que ha cambiado la historia de manera decisiva al menos en cuatro aspectos: la determinación de la
hegemonía compartida, la intervención en determinados conflictos para lograr su detención o su extensión, la descolonización y la ayuda internacional.

En primer lugar, es obvio que la ONU proporcionó, sobre todo a los dos grandes vencedores de la Segunda Guerra Mundial, un escenario desde el que hacer presente el nuevo orden mundial emergido del conflicto, pero también un medio para que sus diferencias no pasaran del enfrentamiento diplomático. El mecanismo del veto proporcionó, en términos generales, una vía para impedir que cualquiera de los grandes poderes lograra imponer sus decisiones al otro o quebrara el equilibrio fraguado en las conferencias de Teherán, Yalta o Potsdam.

En segundo lugar, la Carta permitió que determinados conflictos quedaran localizados o incluso se
detuvieran en condiciones de relativa solución. Así, cuando las tropas de Corea del Norte atacaron el Sur el 25 de junio de 1950, la organización (aprovechando la ausencia en el Consejo de Seguridad del representante de la URSS) respondió creando un ejército bajo mando de la ONU y dirección real de Estados Unidos que impidió que triunfara la invasión y que finalmente, logró que se volviera a la situación previa a ésta con la firma del armisticio el 27 de julio de 1953. La guerra de Corea fue en buena medida un precedente (hasta cierto punto con éxito) de lo que serían otras intervenciones de la ONU para preservar la paz. Las intervenciones de la ONU en zonas especialmente conflictivas se han extendido así a Oriente Medio desde 1956, Chipre desde 1964, Congo desde 1960 hasta 1964, Angola, Sáhara Occidental, Sudáfrica, Mozambique, Camboya, las guerras del Golfo, Somalia, la antigua Yugoslavia…

Con todo, posiblemente donde el influjo de la ONU ha sido mayor es en el terreno de la descolonización. De hecho, el artículo 73 de la Carta constituyó una promesa de emancipación para
todas las colonias existentes al final de la Segunda Guerra Mundial y, en términos generales, esa promesa no tardó en comenzar a hacerse realidad. Cuando en los años sesenta entraron a formar parte de la ONU un conjunto de Estados que habían accedido recientemente a la independencia, la mayoría de la Asamblea votó a favor de ampliar los objetivos del artículo 73, que condenaba el colonialismo. Es discutible si los imperios coloniales se hubieran desintegrado o no de no existir la ONU, pero, en cualquier caso, y sea cual sea la respuesta que se dé, lo cierto es que la organización prestó un apoyo esencial a la descolonización. No sólo es que algunas de las cuestiones más candentes se solventaron ya en la década de los cuarenta (como el caso de la partición de Palestina en dos Estados, uno árabe y otro judío, o en el de la independencia de la India) sino que en adelante el proceso se mantuvo imparable hasta sus últimas consecuencias.

En el caso de las colonias portuguesas en África, por ejemplo, ya durante los años sesenta tanto el
Consejo de Seguridad como la Asamblea General condenaron a la metrópoli y a partir de agosto de 1974 el Gobierno portugués inició un proceso que tuvo como consecuencia la independencia de Guinea-Bissau (10 de septiembre de 1974), Mozambique (25 de junio de 1975), Cabo Verde (5 de julio), Santo Tomé y Príncipe (12 de julio) y Angola (11 de noviembre de 1975). De manera similar, el Gobierno de la minoría blanca de Rhodesia del Sur fue condenado en 1965 por la Asamblea General y en 1980 pasó a ser un régimen de mayoría negra denominado Zimbabwe. En el caso de Namibia, ya en 1962 el Tribunal Internacional de Justicia declaró ilegal la aplicación de la política del apartheid y en 1971 dictó una resolución similar relativa a la continuación de la presencia surafricana en el territorio. En diciembre de 1988, Sudáfrica accedió de modo oficial a permitir que Namibia accediera a la independencia, y se llegó formalmente a esa situación el 21 de marzo de 1990.

Dentro de esa misma lucha contra el colonialismo, hay que incluir el acoso a que la ONU sometió durante décadas al régimen de apartheid. A partir de 1971, Sudáfrica no pudo participar en la Asamblea General y en 1977 el Consejo de Seguridad estableció un embargo de armas obligatorio a Sudáfrica. En 1991 quedó derogada la base legal del apartheid y en 1993, tras producirse las primeras reuniones entre blancos y gente de color para establecer las bases de una nueva constitución, la ONU decretó el final de las sanciones.

Finalmente, la ONU ha desempeñado un papel que no siempre es estimado en lo suficiente en la tarea de paliar las calamidades que asolan a los países miembros a través de organizaciones como el PNUD, la UNICEF y la UNCTAD. Sin embargo, como en el caso de la contraposición entre la democrática Asamblea General y el hegemónico Consejo de Seguridad, estas organizaciones se encuentran en buena medida
sometidas al control de las naciones más poderosas. Así, la propuesta de países del Tercer Mundo encaminada en 1952 a crear un Fondo Especial de las Naciones Unidas para el Desarrollo Económico fue malograda por la acción de los países más desarrollados, que han preferido actuar a través del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo (BIRD), en el que las decisiones no se toman democráticamente, sino en función de la escala de las contribuciones de sus miembros. De esta manera, las instituciones financieras de los países industrializados, como principales contribuyentes, conservan la mayoría en lo que al voto se refiere.

Aunque se critica con frecuencia la efectividad de las resoluciones de la ONU, lo cierto es que en no pocas ocasiones su papel ha sido cuestionado precisamente por los países más afortunados económicamente, que consideran que se ha convertido en un instrumento demasiado poderoso de presión de las naciones tercermundistas. Semejante juicio (que en algún caso ha llevado a suspender
las ayudas económicas a la organización) seguramente es exagerado, pero, a la vez, indica que el papel ejercido por ella no es tan mínimo como se indica habitualmente.

Ciertamente, la Carta fundacional no ha logrado contemplar el triunfo de todos sus planteamientos y objetivos. Sin embargo, nadie puede negar que ha cambiado la historia. La creencia en la necesidad de una fuerza internacional de intervención así como su articulación en casos concretos, la colaboración internacional en la ayuda a niños y refugiados, la conjuración del peligro de un holocausto nuclear, la descolonización, la conciencia identitaria de un Tercer Mundo, el final del apartheid y el cuestionamiento del orden económico mundial y de sus efectos sobre el medio ambiente no se han debido única y exclusivamente a la Carta y a la organización derivada de ella. Sin embargo, sin ambas habrían sido más arduas y difíciles y quizá en algún caso imposibles.

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martes, 27 de enero de 2015

El Concilio Vaticano II – Un paso hacia la modernización de la Iglesia




En plena Guerra Fría y en el mismo año -1962- en que se produjo la crisis de los misiles de Cuba y en que Argelia obtuvo su independencia de Francia, el papa Juan XXIII inauguró solemnemente el Concilio ecuménico Vaticano II. En ese marco de inestabilidad política mundial, en el que la sociedad cristiana había evolucionado mucho más rápido que la Iglesia, el pontífice apostó por la reforma y la actualización eclesiásticas, propugnando la unidad de todas las ramas del cristianismo.

El año 1962 estuvo marcado por el cenit de la Guerra Fría. La sociedad mundial, al borde de la hecatombe nuclear, vivía momentos de globalización e interdependencia en un contexto de dualidad política. La vieja Europa, partida en dos, dividida entre capitalismo y comunismo, entre la OTAN y el Pacto de Varsovia, entre los Estados Unidos y la Unión Soviética… Sin embargo, la profunda transformación social, política y económica que aconteció durante el último medio siglo no había afectado, en absoluto, a la Iglesia Católica Romana, que seguía estancada en una concepción decimonónica de las relaciones entre Dios y la sociedad humana.

A mediados del siglo XX, entre convulsiones sociales y asombrosos progresos científicos, la Iglesia debía renovarse y replantearse el papel de los fieles en el mundo eclesial. Esta necesaria modernización pasó a la historia como el Aggiornamiento (“Puesta al día”).

La institución vaticana se hallaba muy jerarquizada y no cabía la desobediencia o el cuestionamiento de los dogmas, las opiniones y la jerarquía de las altas esferas piramidales de Roma. Mientras tanto, la sociedad laica tendía hacia la democratización de sus instituciones políticas. Por tanto, si la religión no secundaba dicha tendencia, no tendría cabida en el nuevo orden mundial. Además, la globalización del planeta también tuvo su reflejo en el Vaticano. La Iglesia estaba demasiado europeizada; en ella, predominaban los altos
cargos de origen italiano. A partir de este momento, la nueva orientación que marcó el futuro de la Iglesia fue el ecumenismo, que habría de dar acceso a todo prelado, sin límites geográficos ni raciales, a los sillones decisorios de la Iglesia vaticana.

Los preparativos para el Concilio comenzaron en mayo de 1959, aunque fue anunciado por Juan XXIIII (1958-1963), cuatro meses antes. El pontífice pidió sugerencias a todos los obispos católicos del mundo, a las facultades teológicas y a las universidades católicas de todo el mundo: Trece comisiones preparatorias, con más de mil miembros, fueron seleccionadas para revisar las versiones preliminares sobre un amplio abanico de temas. Se prepararon 677 documentos o “esquemas”, que posteriormente quedaron reducidos a 17.

A este vigésimo primer concilio ecuménico del cristianismo acudieron no sólo los casi 2.400 obispos y superiores de las órdenes religiosas masculinas, sino también representantes de las iglesias ortodoxas y protestantes, en calidad de observadores, y un nutrido grupo de oyentes laicos y, por
primera vez, representantes femeninas.

El 11 de octubre de 1962, Juan XXIII inauguró solemnemente el Concilio Vaticano II. En su discurso de apertura, el sumo pontífice señaló que el principal objetivo de aquel Concilio era la unión de todos los cristianos del mundo.

Desde el día de la inauguración hasta su clausura, pasaron casi tres años y dos meses. Durante este tiempo, como resumen y fruto de todas las reuniones y sesiones de trabajo, se publicaron 16 documentos, entre los que destacan los relativos a la revelación divina Dei Verbum-, el papel de la Iglesia –Lumen Gentium- y la nueva relación entre el mundo moderno y la Iglesia pastoral –Gaudium et Spes-.

El papa apostó firmemente por la puesta al día de la Iglesia y por el acercamiento al resto de los cristianos, así como a las demás religiones no cristianas. Para lograr estos fines, el Vaticano debía cambiar, en primer lugar, su organización interna y, a continuación, desarrollar una “diplomacia evangélica” acorde a la creciente globalización de los tiempos modernos. Una mención especial merece el rechazo público que hizo el Concilio de “todas las acciones de odio, persecuciones y demostraciones de antisemitismo llevadas a cabo en cualquier momento o a partir de cualquier fuente contra los judíos”.

Otra proposición conciliar fue el acercamiento y el diálogo con el mundo: para ello se sustituyó el latín por las lenguas vernáculas en la celebración de las misas y se proclamó que la Iglesia “compartía la alegría y la esperanza, el dolor y la angustia de la humanidad contemporánea, particularmente de los pobres y afligidos”.

La primera reacción en el seno de las altas esferas eclesiásticas ante el Concilio fue, en su mayor
parte, favorable. Pero, ante la rápida extensión de los aires renovadores, el sector más conservador –y más poderoso- de la Curia romana temió que las reformas fuesen demasiado radicales. Pronto surgieron grupos disidentes que desafiaron la autoridad del Concilio y la de los papas que posteriormente apoyaron y aplicaron las conclusiones del Concilio.

El líder más destacado de los católicos tradicionalistas fue el arzobispo francés jubilado Marcel Lefèbvre, quien fundó en 1970 el grupo internacional “Fraternidad Sacerdotal de Pío X”. Declaró que las reformas del Concilio “nacen de la herejía y terminan en ella”. Esta beligerancia provocó que, en 1976. Pablo VI (1963-1978) lo suspendiese en el ejercicio de sus funciones sacerdotales. Lefèbvre no sólo no obedeció, sino que ordenó sacerdotes que sirvieran a las iglesias tradicionalistas.

Más, pese a la dura oposición de esos sectores ultracatólicos, la renovación de la Iglesia se impuso a la inmutabilidad conservadora.

El significado del Concilio Vaticano II va estrechamente ligado a la aparición del papa Juan XXIII.
Angelo Giuseppe Roncalli (1881-1963) nació en el seno de una modesta familia campesina italiana. Se ordenó sacerdote en 1904. Enseñó en seminarios, se especializó en historia y fue capellán durante la Primera Guerra Mundial. Consagrado obispo en 1925, realizó una fructífera carrera diplomática. Accedió al cardenalato en 1953 como patriarca de Venecia. En 1958, tras la muerte de Pío XII, el cardenal Roncalli fue elegido sumo pontífice de la Iglesia Católica.

Su antecesor, Pío XII, fue un intelectual preocupado por los peligros de las ideologías de la época. A su muerte, los primeros años del pontificado de Juan XXIII estuvieron marcados por el continuismo. Ya consolidado en el papado, Juan XXIII desveló sus ideas progresistas e inició la renovación de la Iglesia con la convocatoria mundial del catolicismo. Pero no pudo ser testigo de la clausura del evento, ya que murió a finales de 1963, dos años antes de la sesión de clausura. En aquellos momentos, era papa Pablo VI, quien aprobó los propósitos de Juan XXIII y añadió, además, el
diálogo con el mundo moderno.

Desde aquel Concilio se viene reformando la Curia romana en el sentido de un mayor ecumenismo en detrimento de la preeminencia curial italiana. Se suprimieron los anatemas o excomuniones a escritores considerados como contrarios a la doctrina. Fue el caso del jesuita Pierre Teilhard de Chardin, quien se reafirmaba en la teoría de la evolución biológica del ser humano, frente a la concepción bíblica del origen del hombre y de la Tierra. Teilhard estuvo a punto de ser condenado, pero Juan XXIII se negó a firmar la condena.

La nueva concepción del papel que debían desempeñar obispos, sacerdotes, seminarios, misioneros… estaba basada en la de las primeras congregaciones. De éstas también deriva el abandono del latín, utilizado desde el bajo Imperio Romano, en beneficio de las lenguas propias de las distintas comunidades de fieles. Asimismo, el Concilio elaboró una política de acercamiento respetuoso y dialogante a las demás religiones, proclamando el derecho de todo hombre a la libertad religiosa.

Por último, la diplomacia vaticana se reafirmó en la independencia de la Iglesia respecto de los
partidos, los regímenes políticos y los bloques de poder. El Vaticano criticaba tanto al comunismo soviético como a la feroz economía de mercado estadounidense, y recibía en Roma tanto al presidente Kennedy como a Adjuvei, yerno de Kruschev. Pablo VI, además, de viajar a Tierra Santa, abrazó al primado ortodoxo Atenágoras.

Juan XIII sólo duró cinco años en el papado, pero ha pasado a la historia como el pontífice que logró que la Iglesia asumiese, en cierto grado, la cultura y la sociedad contemporáneas.

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