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sábado, 15 de febrero de 2014

1969- El hombre en la Luna (y 2)




 


(Viene del artículo anterior)

Después de viajar durante cuatro días, recorriendo unos 368.000 km, el sábado 19 de julio comenzaron las maniobras de inyección en órbita lunar. El motor cohete del módulo de servicio fulguró dos veces. La primera para frenar el conjunto y colocarlo en órbita elíptica; la segunda para modificarla en otra circular a 115 km de altura, nivel teórico idóneo para las maniobras de atraque y acoplamiento entre el modulo de mando, el de servicio y la cabina de ascenso del módulo lunar al regreso de la misión. Todas las maniobras realizadas hasta aquel momento habían sido experimentadas ya durante el vuelo del Apolo 10, pero en adelante todo, o casi todo, pertenecía al reino de lo desconocido.

A mediodía, hora estadounidense, del 20 de julio, Armstrong y Aldrin abrieron las escotillas y pasaron del Módulo de Mando al Lunar. Cuatro horas después descendían en una órbita elíptica de acercamiento, desapareciendo tras la cara oculta de la Luna, perdiendo la conexión con la Tierra. Cuando volvieron a aparecer, 22 minutos más tarde, se comunicaron con Charlie Duke, el responsable de las comunicaciones con la cápsula (“capcom”) en el centro de control de Houston, Texas. “Eagle, Houston”, anunció Duke, “si me recibes comienza a realizar el descenso”.

En ese momento estaban a 15.000 metros sobre la superficie lunar, y a 309 km de la zona de aterrizaje seleccionada gracias a los datos proporcionados por anteriores misiones Apolo, por ser aparentemente una zona llana: el “Mar de la Tranquilidad”. Arrancaron el motor de descenso para comenzar el proceso de desaceleración, ayudado por 16 válvulas para asegurar la estabilidad del Eagle. Era fundamental que el aterrizaje fuera suave: el módulo lunar era un vehículo ligero y frágil, diseñado especialmente para el medio ingrávido del espacio. Parte de su superficie estaba protegida tan sólo por una fina película de metal: era incapaz de sobrevivir al más mínimo choque.

Cuando el motor llevaba cuatro minutos funcionando, el Eagle se encontraba a 1.828 metros de altura. De repente se encendieron los pilotos de alarma. El ordenador del Módulo Lunar dio una alarma: la 1202. Armstrong no sabía a qué se refería este número, y mientas su compañero Aldrin buscaba su significado en la documentación, Armstrong se preparó para abortar el alunizaje. En Houston, el oficial de dirección Steven Bales, un genio de los ordenadores de 26 años de edad, se devanaba los sesos para interpretar la señal. El director de vuelo Gene Kranz le presionaba para que diera una respuesta. ¿Seguir adelante o abortar la misión? Bales estudió la gran cantidad de datos que aparecían en su ordenador y decidió que la señal de alarma era una crisis controlable producida por una sobrecarga en el ordenador; es decir, una “sobrecarga del programa”. Y es que los ordenadores de a bordo del Apolo tenían menos capacidad de procesamiento que un moderno teléfono móvil. Decidió que la misión podía continuar. Charlie Duke, un astronauta en activo que actuaba como único autorizado para hablar desde Houston con los que estaban en vuelo (Capcom), transmitió el mensaje: “Sigan adelante e ignoren la alarma”.

Los astronautas, con la frialdad que les caracteriza y sin inmutarse, desoyeron la alarma del
computador y continuaron con el trabajo programado. Aunque es de suponer que por unos segundos pensaran: “si realmente no pasa nada, ¿por qué ha habido una alarma?” y temieran que algo grave pudiera ocurrir.

A medida que el modulo lunar seguía descendiendo, se encendían más pilotos de alarma. De nuevo, Bales lo consideró una sobrecarga del programa. Pero entonces apareció un nuevo problema. Cuando el Eagle se separó del orbitador, la cabina estaba totalmente despresurizada, lo que provocó un estallido de gas equivalente al del tapón de una botella de champán, desplazando el módulo a 6.4 km del objetivo previsto. En lugar de aterrizar en el previsto Mar de la Tranquilidad (un lugar plano como una playa de arena), se dirigían hacia una zona plagada de cráteres y rocas “del tamaño de un Volkswagen”. Si se pretendía que el Eagle pudiera despegar de la Luna, más valía que se posara en una zona plana.

Armstrong conectó el control manual para evitar que el piloto automático les hiciera aterrizar entre las rocas. Mantuvo el motor a todo gas, consumiendo cuarenta segundos más de combustible. Pasaron sobre un gran cráter y luego sobre uno más pequeño. En esos momentos, su único contacto con la Tierra era la Estación de Seguimiento de Fresnedillas, Madrid.

Aldrin seguía leyendo los datos de los instrumentos y transmitiendo a Houston detalles de su posición sobre la superficie, la velocidad del descenso, el ángulo en que navegaban y la cantidad de combustible disponible. Los hombres del control de misión empezaban a impacientarse. Si se cortaba de repente el suministro de combustible, el módulo lunar se precipitaría sin más sobre la superficie de la Luna y sufriría daños irreparables. “Capcom” iba contando los segundos de combustible que quedaban: “sesenta segundos”.

Aldrin, con increíble sangre fría, seguía transmitiendo a Houston: “setenta y cinco pies… seis menos…luces de alarma”. Se había encendido el piloto de alarma. Armstrong continuó dirigiendo la nave hacia una zona plana que había avistado. A tan sólo quince metros de altura, no se podía abortar el aterrizaje: no había suficiente altura como para separarse del módulo de aterrizaje.

“Cuarenta pies, menos dos y medio…se está levantando algo de polvo…treinta pies…dos y medio
menos…vemos una sombra…cuatro menos…girando hacia la derecha…medio menos…” Houston: “treinta segundos”. Aldrin: “Hacia adelante…girando a la derecha…” Entonces oyeron en Houston: “¡Luces de contacto!” Una sonda conectada a una de las patas del módulo de aterrizaje había tocado el suelo y, por fin, las cuatro patas se posaron sobre la blanda superficie lunar. “OK, apagar motores…” Aldrin hizo las últimas comprobaciones y poco después se oyó claramente la voz de Armstrong: “Houston, aquí la base del Mar de la Tranquilidad. El Eagle ha aterrizado”. Eran las 22.18 hora española, del domingo 30 de julio de 1969.

En Houston respiraron aliviados. Capcom contestó “Roger Tranquilidad. Recibido. Tenemos a un montón de gente a punto de ponerse azules. Pero ya estamos respirando. Muchas gracias”. El módulo lunar había aterrizado con tan sólo dieciséis segundos de combustible disponibles y a treinta y ocho metros de un cráter.

Una vez concluido el aterrizaje, Armstrong y Aldrin tenían que completar las comprobaciones y ajustarse a un estricto horario. Tenían 124 minutos para desactivar los motores y comprobar el estado del Módulo de Descenso, 35 minutos para comer, 4 horas para dormir, 2 horas para preparar la salida y, al fin, más de 8 horas después de llegar a la Luna, los astronautas darían el primer paseo fuera del Módulo. Pero Armstrong y Aldrin se sentían completamente incapaces de dormir antes de haber dado un paseo por la Luna, por lo que pidieron permiso a Houston para salir. Aquel cambio era algo insólito dentro de la rígida disciplina de los vuelos tripulados. Además, suponía trastocar muchos planes, incluso la estación terrena que apoyaría a los astronautas en la superficie de la Luna. Sin embargo, Houston cedió y les dio permiso, con lo que la salida se adelantó al periodo de sueño.

Según hora española, a las 0.39 del día 21 de la misión, Armstrong empezó a descender por la
escalerilla guiado por Aldrin. Un traspiés ahora podría haber sido fatal. Transcurrieron 17 interminables minutos desde que Armstrong inició su salida por la angosta escotilla hasta que puso su pie en la Luna. Una cámara, colocada bajo la plataforma de aterrizaje, iba filmando sus pasos y esta difusa imagen en blanco y negro era recibida por millones de personas alrededor del mundo.

A las 10.56 p.m. hora de la costa este estadounidense, Armstrong bajó el último metro desde el peldaño inferior y se convirtió en el primer ser humano en poner los pies sobre la Luna. Pero decidió convertir esto en un logro conjunto de la
raza humana: “Este es un pequeño paso para un hombre… pero un gran salto para la Humanidad”. (Por cierto, el “pequeño paso para el hombre” no fue tan pequeño. Armstrong posó tan suavemente la nave que los amortiguadores no se comprimieron. Tuvo que dar un salto de un metro desde la escalerilla del Eagle hasta la superficie.

Armstrong colocó otra cámara para grabar el descenso de Aldrin a la superficie lunar quince minutos más tarde (Aldrin tuvo que asegurarse de no cerrar la escotilla del Eagle, puesto que no había manija exterior). Prolongaron el primer paseo lunar durante 151 minutos. Inspeccionaron el Módulo Lunar y comprobaron que sus patas se habían clavado dos centímetros en el suelo, saltaron para probar el nivel de gravedad de la Luna, hicieron fotografías, instalaron un detector sísmico, un retrorreflector láser que mediría con gran precisión la distancia entre la Luna y la Tierra y un estandarte para recoger partículas de viento solar; recogieron veintidós kilos de rocas y colocaron la bandera estadounidense, lo que constituyó la tarea más difícil. Porque los estudios elaborados por la NASA sugerían que el suelo lunar era blando, pero Armstrong y Aldrin se dieron cuenta de que había roca dura bajo una fina capa de polvo. Consiguieron clavar el asta lo suficiente para que pudiera realizarse la transmisión, teniendo buen cuidado en no derribarla.

El traje espacial utilizado por estos astronautas del programa Apollo era distinto al de los programas
Mercury y Gemini. Constaba de quince capas superpuestas de diferentes materiales prácticamente ininflamables, en especial los tejidos beta y teflón. El primero es un derivado de la fibra de vidrio que puede resistir temperaturas de más de 600ºC sin descomponerse; el teflón, en cambio, arde, pero se apaga espontáneamente cuando se retira o extingue la causa que provoca la ignición.

Continuamente iban transmitiendo información a Houston sobre el increíble contraste entre la luz y la sombra y sobre la extraña suavidad del suelo. Armstrong describió el paisaje: “Es de una belleza un tanto desoladora…Es muy diferente, pero es bello”.

De repente, el presidente Nixon se puso al micrófono y los felicitó personalmente por radio. Los astronautas debían cumplimentar toda una serie de formalidades. Fijaron una placa metálica a una pata del módulo de aterrizaje que decía: “Aquí los hombres del planeta Tierra llegaron a la Luna por primera vez en julio de 1969 d.C. Vinimos en son de paz en nombre de toda la Humanidad”. Además, dejaron medallas e insignias en honor a los cinco astronautas estadounidenses y soviéticos que habían muerto hasta ese momento: las tres víctimas del Apolo 1, Vladimir Komarov y Yuri Gagarin.

De hecho, por aquel entonces, la Unión Soviética estaba tratando de sacar adelante el módulo Luna 15, que no transportaba pasajeros. Desde el dramático fracaso de los cohetes N-1, los soviéticos habían defendido la idea de que la navegación espacial con pilotos humanos no era necesaria, y ahora querían demostrarlo. El 4 de julio de 1969, el Nositel-1 fue lanzado sin tripulación y estalló a los cien metros. La URSS había quedado fuera de la carrera. Para entonces, la NASA había conseguido ya situar a astronautas en órbita a 112 km de la superficie del satélite –Apolo 8, diciembre de 1968-.

Los rusos intentaron deslucir e incluso obstaculizar la misión del Apolo 11. Pocos días antes del
lanzamiento del Apolo enviaron una sonda no tripulada, la Luna 15, de la que no facilitaron los parámetros orbitales a pesar de la insistencia de los técnicos de la NASA. Entró en órbita dos días antes de que el Apolo 11 se aproximara a la Luna. La NASA temía una colisión. Apenas se sabía nada de esa misión pero se sospechaba que su propósito era alunizar suavemente, recoger algunas muestras lunares y traerlas a laTierra mediante un Módulo de Retorno especialmente diseñado por los técnicos soviéticos. Si hubiera sido así, la hazaña de los astronautas de la NASA hubiera quedado parcialmente devaluada. El 21 de julio, poco después de que Armstrong y Aldrin pusieran sus pies sobre la Luna, la Luna 15 empezó la maniobra de descenso. Pero los soviéticos tenían una racha de mala suerte aquel mes: uno de los cohetes de retrofrenado tuvo un fallo y la sonda quedó fuera de control. Se precipitó sobre una región adecuadamente denominada Mar de las Crisis, a 800 km de la base del Mar de la Tranquilidad. La victoria de la NASA fue completa.

Cuando Armstrong y Aldrin completaron su paseo por la Luna, volvieron a subir al módulo lunar, durmieron a ratos durante unas cinco horas y, después de 21 horas en la Luna, se prepararon para lo más difícil: regresar. Los dos astronautas, incómodamente alojados en la pequeña cabina de la Etapa Ascendente del Módulo Lunar, realizaron una meticulosa cuenta atrás, imprescindible en todo lanzamiento. La frágil Etapa Descendente debía servirles a la vez de plataforma de lanzamiento y de torre umbilical. La situación era mucho más dramática de lo que aparentaba, porque cualquier pequeño fallo hubiera podido tener consecuencias fatales. Tanto la Etapa Descendente como la Etapa Ascendente, que los llevaría de nuevo al Módulo de Mando en órbita alrededor de la Luna, eran muy endebles. Cualquier pequeño fallo podría destruir las etapas y dejarlos aislados en la Luna. Si el motor no se encendía, estarían perdidos. Pero el motor se encendió como estaba planeado y el Eagle se encaminó hacia su encuentro con el módulo de comando.

Se produjeron unos momentos de tensión cuando el Eagle tenía que conectarse al Columbia; ambas
naves estaban mal alineadas pero, gracias a la rápida reacción de los pilotos, consiguieron unirlas. Para Michael Collins que había soportado una larga y solitaria vigilia en órbita alrededor de la Luna, la reunión con sus colegas fue un momento de gran alegría y alivio. El módulo lunar fue abandonado a su suerte y acabaría estrellándose contra la Luna unas tres semanas después.

A las 18.56 del día 22 se produjo otro encendido del motor del Módulo de Servicio para producir la inyección en órbita transterrestre Luna-Tierra. Era otra operación muy delicada por el peligro de no alcanzar la órbita de regreso y quedarse en una órbita lunar sin posibilidad alguna de retorno. La nave se aceleró hasta la velocidad de escape de la Luna (8.450 km/h). Finalmente, después de algo menos de una hora de silencio, en Houston hubo otro estallido de alegría, en el preciso momento en que se restablecieron las comunicaciones con la nave al salir de la zona de sombra. Si este momento hubiera sido después de lo previsto, significaría que el encendido del motor no había funcionado correctamente, pero al coincidir con el momento calculado teóricamente era muestra evidente de que la nave ya estaba regresando hacia la Tierra.

El resto del viaje (unas cincuenta y siete horas) fue tan perfecto que, a pesar de la emoción del regreso, se hizo aburrido. El 24 de julio cayeron sobre el océano Pacífico, donde el buque estadounidense Hornet los recogió.

Por miedo a una posible contaminación por gérmenes desconocidos, los astronautas tuvieron que vestirse con trajes y máscaras de cuarentena y pasaron sus primera horas en la Tierra en un módulo de cuarentena. Posteriormente, fueron recibidos por el presidente Nixon. Después de varios exhaustivos tests médicos en Houston, pudieron reunirse con sus familias y el 13 de agosto los recibió uno de los mayores desfiles en la historia de Nueva York.

El primer paseo por la Luna fue televisado en directo a unos 600 millones de personas en todo el
mundo. Se instalaron enormes pantallas en varios lugares públicos, entre ellos Central Park en Nueva York, donde se reunieron unas 10.000 personas. En Verona, durante una interpretación de la ópera Aida, se anunció la llegada de los astronautas a la Luna durante el descanso, noticia que fue recibida con un enorme aplauso. La transmisión llegó incluso hasta Moscú (pero varias horas más tarde y en versión reducida). La historia del Apolo 11 llenó las páginas de periódicos y revistas. Ese mismo año, miles de personas fueron a ver los fragmentos de rocas lunares distribuidas por museos de todo el mundo.

El éxito de la misión Apolo 11 se repitió en noviembre de 1969 con el Apolo 12. Este viaje fue mucho más relajado, proporcionó menos sorpresas y se consiguió alunizar donde estaba previsto. La misión tenía como objetivo instalar instrumental científico que midiera los movimientos sísmicos de la Luna, su campo magnético y el viento solar. La misión transcurrió con tal normalidad y tan ajustada a los planes que viajar al satélite parecía ya rutina.

Hasta que el Apolo 13, cuando llevaba casi 56 horas de vuelo, sufrió una explosión a bordo que provocó la segunda frase más famosa de la exploración espacial –después de la de Armstrong-: “Houston, tenemos un problema”. La explosión estuvo a punto de costarle la vida a los tres astronautas, que tuvieron que regresar a la Tierra con la cantidad justa de oxígeno, refugiados en un habitáculo pensado para dos personas. La agonía del viaje de regreso duró 90 horas. Este accidente hizo que se recuperara el estado de alerta en las sucesivas misiones y el número de naves Apolo llegó a 17 –con un total de 6 viajes con alunizaje-.

Con el Apolo 17 se puso fin a las expediciones del hombre a la Luna, un tiempo que duró apenas tres
años y medio. Un total de 12 astronautas recorrieron 110 km en 70 horas –la mayoría en vehículos todoterreno-, trajeron 400 kg de rocas, arena y polvo lunar y se instaló material científico, aunque en mucha menor cantidad y peor programado de lo que los científicos hubieran querido.

Hubo una gran euforia durante los éxitos del Apolo. Todo parecía posible a corto plazo. El vicepresidente de los EEUU, Spiro Agnew, propuso en septiembre de 1969 un viaje tripulado a Marte para 1986. Otros planes propusieron construir varias estaciones espaciales, algunas de ellas en órbita lunar, que constituirían una colonia. Pero tras la clausura del programa lunar, los presupuestos se recortaron y al final se optó por el Skylab y el Transbordador Espacial.

Gene Cernan, el último hombre que pisó la Luna, abandonó su superficie camino a la escalerilla de su nave en la mañana del 14 de diciembre de 1972. Diecisiete horas después, Cernan y Jack Schmitt, el otro caminante lunar en la misión del Apolo 17, partían del Mar de la Serenidad para reunirse con el otro miembro de la tripulación, Ron Evans, que orbitaba en el módulo de mando. Mientras subía la escalerilla, Cernan dijo que creía que no pasaría mucho tiempo antes de que alguien volviera a visitar la Luna.

Pero han pasado cuarenta años y aún no hemos vuelto. ¿por qué? Sencillamente, porque, para quienes tienen que tomar la decisión de volver, no hace ninguna falta hacerlo. Tan pronto como Neil Armstrong pisó la Luna en 1969, los objetivos de Kennedy se alcanzaron, se había ganado la carrera espacial y la voluntad política para mantener un programa lunar multimillonario se evaporó. ¿Volveremos? Tal vez, pero quien quiera hacerlo debe estar preparado para desembolsar una buena cantidad.

Ahora la NASA tiene la intención de enviar hombres al planeta Marte, expedición aún por concretar pero que duraría unos tres años. Cuando esos astronautas miren a la Luna desde su nave, seguirán admirando el extraordinario logro del Apolo 11.

Y cuáles fueron esos logros? La inmediata consecuencia tecnológica del programa Apolo fue
contribuir a un sistema de misiles balísticos intercontinentales, dominado por los de gran alcance de la Unión Soviética, que superaban en tamaño y potencia a los estadounidenses. En términos de ciencia pura, los resultados de los descensos sobre la Luna apenas merecieron el esfuerzo. Los astronautas ejecutaron experimentos sísmicos y de radiación y trajeron 170 kg de piedras lunares, pero hicieron poco más de lo que se habría hecho con robots.

Sin embargo, la tecnología se aplicó a satélites artificiales que orbitan la Tierra; éstos a su vez, han transformado la astronomía, las comunicaciones y la predicción del tiempo. También se aplicó a otras misiones planetarias no tripuladas.

Las imágenes transmitidas desde la Luna revelaron una nueva Tierra, un hermoso globo azul en la negra infinitud del espacio tachonado de estrellas. Por primera vez, la Humanidad pudo apreciar que es verdaderamente “Una Tierra”.

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martes, 11 de febrero de 2014

1969- El hombre en la Luna (1)


“Creo que esta nación debería tratar de conseguir la meta, antes de que acabe la década, de poner a un hombre en la Luna y devolverlo a la Tierra sano y salvo”. Cuando el presidente John. F.Kennedy hizo estas declaraciones el 25 de mayo de 1961, a muchos les parecieron demasiado optimistas. Después de todo, éste era el año en que el ruso Yuri Gagarin se convirtió en el primer hombre en órbita alrededor de la Tierra, un triunfo relativamente sencillo, que incluía un viaje de 89 minutos por el espacio. El éxito del primer vuelo orbital tripulado soviético había sorprendido a la opinión pública mundial y particularmente a la estadounidense. La conquista del espacio implicaba logros científicos y técnicos en los que Estados Unidos no podía quedar rezagado, so pena de hipotecar su futuro económico.

Un mes más tarde, veinte días antes del discurso de Kennedy, los estadounidenses pusieron a su primer hombre en el espacio: Alan Shepard, cuyo vuelo duró 15 minutos. Este logro estaba aún muy lejos de un aterrizaje seguro en la Luna.

La carrera hacia la Luna fue básicamente una carrera hacia el prestigio, tanto para la Unión Soviética –nave Soyuz y cohete Nositel- como para los Estados Unidos –nave Apolo y cohete Saturno V-. El objetivo en realidad no era la Luna, sino humillar al oponente. Hasta tal punto que la NASA no empezó a diseñar experimentos científicos hasta 1967, y ello porque la comunidad científica protestó contra el absurdo de mandar a gente a la Luna sólo para pasear.

El lanzamiento directo de un cohete hacia la Luna con regreso garantizado, naturalmente, era una posibilidad, pero soviéticos y americanos la descartaron. Los primeros –que nunca declararon públicamente su intención de llegar a la Luna- parecieron inclinarse por el ensamblaje en órbita terrestre de dos vehículos convertibles después en una sola astronave, con autonomía de ida y vuelta.

Los americanos, en cambio, escogieron el encuentro en órbita lunar, es decir, el envío de un vehículo compuesto por dos módulos, uno de aterrizaje sobre la superficie del satélite y otro en órbita de apoyo y de regreso. En 1962, la NASA emprendió un proyecto de grandes proporciones y enorme complejidad que costó 25.000 millones de dólares y en el que participaron 400.000 personas, llamado Apolo. El 26 de febrero de 1966 comenzaron los lanzamientos específicos del programa Apolo.

Los seis primeros vuelos, sin tripulantes, estuvieron dedicados principalmente al estudio del lanzador
más adecuado. La misión lunar requería vehículos con una capacidad de inyección en órbita aún no alcanzada por la NASA en 1962. La misión Apolo definitiva exigiría impulsar 130 toneladas en hombres y material hasta la órbita terrestre, en una primera fase, y las 43 toneladas del vehículo Apolo más módulo lunar en dirección al satélite, en una segunda etapa. La solución fue el más gigantesco de los lanzadores americanos conocidos hasta entonces: el Saturno, un coloso perfeccionado a través de sucesivas versiones.

Los primeros modelos tenían dos etapas, pero hasta mediados sus diez lanzamientos experimentales sólo se utilizó la primera, de queroseno y oxígeno líquido. Una versión mejorada, el Saturno IB con mayor empuje en la segunda fase activa, impulsaría los tres primeros vuelos Apolo en 1966 –dos suborbitales y uno orbital no tripulados- e incluso los Apolo 5 y Apolo 7 en 1968, hasta que se adoptó definitivamente el Saturno V, cohete de tres escalones, 3.000 toneladas de peso, 111 m de altura. Para lograr sus 2.810 toneladas de empuje quemaría 2.3 millones de litros de combustible en los primeros 2.5 minutos de vuelo. Fue montado en la sala más grande del mundo, de más de 152 metros de altura, y llevado a su rampa de lanzamiento por el vehículo más grande del mundo, que pesaba 3.000 toneladas.

Su primera prueba tuvo lugar en noviembre de 1967, con el vuelo del Apolo 4 que dio el nombre oficial al programa; después volvió a ser experimentado con éxito en el Apolo 6 y a partir de la octava misión fue el inyector indiscutible del proyecto.

La misión Apolo, de gran complejidad, estaba basada en la inyección hacia la Luna de una cápsula con tres secciones diferentes. El módulo de mando, de forma cónica y con capacidad para tres personas, alojaba a los astronautas durante el viaje hacia la Una y el regreso a la Tierra. Pensado con la máxima funcionalidad, como si se tratara de la cabina de mando de cualquier avión comercial, ultramoderno pero acogedor hasta cierto punto, tenía además la ventaja de su habitabilidad sin trajes presurizados.

El módulo de servicio contenía los elementos de propulsión necesarios para la inyección en órbita lunar y para el escape de ésta, el regreso, y los sistemas para el mantenimiento vital de los astronautas (depósitos de oxígeno, hidrógeno y helio, equipos de producción de energía eléctrica); su forma era cilíndrica y permanecía unido al módulo de mando hasta la reentrada de ése en la atmósfera.

Por último, el Módulo Lunar, el único sin forma aerodinámica porque permanecería plegado hasta la fase de acercamiento al satélite, era el vehículo de descenso en su superficie; su sección inferior alojaba los retrocohetes para el descenso y el tren de aterrizaje y la superior, con capacidad para dos pilotos, el motor cohete de ascenso.

La NASA calculó que harían falta unos 20 lanzamientos para probar el Saturno V y obtener una
seguridad razonable. Pero la carrera obligó a asumir riesgos y reducir el número de ensayos a la mitad. Las misiones Apolo, compuestas por tres astronautas cada una, avanzaban hacia la meta establecida por Kennedy a pesar del trágico incendio del Apolo I, el 27 de enero de 1967, que mató a los astronautas Grissom, White y Chaffe. Este accidente obligó a la NASA a rediseñar la nave y a invertir más tiempo. Esto le dio un respiro a la Unión Soviética, que estaba teniendo éxitos con su cohete Protón pero problemas con el Nositel.

La primera misión tripulada del proyecto Apolo, el Apolo 7, despegó de Cabo Cañaveral el 11 de octubre de 1968. Durante once días, Walter M.Schirra, Don F.Eisele y Walter Cunningham orbitaron la Tierra desarrollando un extenso programa de experiencias, que incluía la comprobación en activo de un nuevo sistema de ambientación de la cápsula (el anterior había sido desechado por la NASA tras el mortal incendio mencionado en el párrafo anterior). Ante el éxito del Apolo 7, las autoridades espaciales americanas decidieron forzar la suerte sin más preámbulos con un vuelo directo alrededor de la Luna.

Se enviaron una serie de sondas espaciales sin tripulantes, que fotografiaron el 90% de la superficie
lunar, así como seis naves Surveyor que efectuaron una serie de aterrizajes. El Apolo 8, tripulado por Frank Borman, James A.Lovell y William Anders, orbitó diez veces el satélite y regresó sano y salvo a la Tierra el 27 de diciembre de 1968. Hasta aquel momento se había comprobado el rendimiento de los módulos de servicio y mando en vuelo, pero no así el del módulo lunar en conjunción con ellos. La experiencia tuvo dos fases: una en órbita terrestre y otra en la lunar.

El Apolo 9 (James A.McDivitt, David R.Scott y Russell L.Schweickart) se ocupó de la primera en marzo de 1969. Dos meses más tarde, en mayo, el Apolo 10 (Thomas P.Stafford, John V.Young y Eugene A.Cernan) llevó a cabo un ensayo general, transportando un módulo lunar hasta una altura de 14.325 m sobre la superficie del satélite, por lo que, tan sólo ocho años después de la declaración de Kennedy –y siete meses antes de que terminara la década –ya estaban sentadas las bases para el aterrizaje del Apolo 11.

No se trababa tan sólo de una carrera contra el tiempo, sino de una carrera contra la Unión Soviética. Eran los tiempos de la llamada “carrera espacial” –enfrentamiento colateral a la guerra fría- y la Unión Soviética llevaba varios puntos de ventaja: primer hombre en el espacio, primer paseo espacial, primera sonda espacial sobre la Luna. Hasta febrero de 1969, tras una serie de fallos de los soviéticos con su enorme cohete N-1, no quedó claro que los Estados Unidos lideraban la carrera.

El miércoles 16 de julio de 1969, el Apolo 11 despegó de Cabo Kennedy. Miles de personas habían pasado la noche en las inmensas playas de cabo Kennedy y varios miles más, hasta sumar millón y medio, se les unieron en las primeras horas de aquel día. Los cohetes de la serie Apolo llevaban suficiente combustible como para lanzar partículas de hasta 45 kg de peso a una distancia de 4.8 km. La NASA no podía controlar la eventualidad de que todo explotara en el despegue, por lo que sus invitados VIP fueron acomodados a una distancia prudencial de 5.6 km de la rampa de lanzamiento.

La cuenta atrás estaba en menos dos horas y media cuando los tres astronautas con un altísimo nivel
de entrenamiento abordaron el módulo de mando: Neil Armstrong, el comandante, Edwin “Buzz” Aldrin y Michael Collins, todos ellos nacidos en 1930 y veteranos de la serie de misiones espaciales de dos tripulantes denominada Gemini que precedió a la serie Apolo. Armstrong tenía 38 años, había sido piloto miliar y trabajaba como piloto de pruebas para la NASA, antes de ser seleccionado para ser astronauta; Collins era Teniente Coronel del Ejército del Aire y Aldrin, Coronel. Armstrong y Aldrin llevarían el modulo lunar Eagle hasta la superficie de la Luna, mientras que Collins, en el módulo de mando y servicio, Columbia, recorrería la órbita de la Luna a 96 km de altura sobre la superficie.

A partir de aquel momento permanecerían aislados, a 130 m del suelo, en la cúspide del gigantesco Saturno V. Bajo tierra, la fantástica maquinaria humana y técnica de control de la NASA sintió acelerarse su pulso por momentos. Millones de impulsos eléctricos comunicaban aún el estado de cada elemento a la plataforma de lanzamiento, y de ésta a la sala ce control de puesta en órbita y a la general de la misión en Houston (Texas). Detener la misión era aún posible si alguna de las verificaciones previstas no resultaba satisfactoria. En la sala de control centenares de técnicos observaron en silencio los trazos de los osciloscopios, el abaniqueo de los cuadrantes, el aluvión de imágenes de televisión… Cada dato, cada respuesta electrónica, era una orden, pero la cuenta atrás seguiría avanzando mientras el dedo índice del oficial de vuelo no pulsase el botón rojo sobre el que descansaba.

Las nueve horas y veintinueve segundos. “T menos sesenta segundos”. Los astronautas, el equipo de tierra y la red de estaciones de rastreo o seguimiento palpitaban ya al ritmo del secuenciador automático. Tres, dos…, uno… Una señal eléctrica inició la combustión y el propergol comenzó a entrar a raudales en la cámara de combustión del cohete. Pero
el Saturno V continuó erguido en tierra, a pesar del ruido ensordecedor de sus cohetes trabajando al máximo, envuelto en la nube de vapor del torrente de agua que era lanzado a la plataforma para evitar su destrucción por la columna de humo y fuego que salía de las toberas. A las 9 horas y 32 minutos, las mordazas que mantenían al cohete sujeto a tierra se abrieron y el conjunto comenzó a elevarse, primero majestuosamente, como si careciera del empuje necesario; después, acelerándose hasta perderse de la vista de los espectadores.

Durante la primera parte de la trayectoria ascensional, mientras se consumía el primer escalón, el
módulo de mando permaneció acoplado a un sistema de rescate que, en caso de fallo del eyector en la rampa de lanzamiento o durante el ascenso, lo hubiera separado y desviado de la trayectoria. Pero esta vez no fue necesario. Once minutos después del despegue, la cápsula Apolo 11 se encontraba satelizada a 183 km de la superficie terrestre, formando un bloque con la tercera fase de propulsión, que aún conservaba operatividad suficiente como para impulsar al conjunto hacia la órbita lunar antes de desprenderse y ser destruida. Cuando los astronautas recibieron la orden de inyección en la trayectoria lunar, la tercera fase quemó hasta el último gramo del propergol que le restaba en comunicar al Apolo 11 los 38.400 km/h necesarios.

El “salto hacia el satélite había comenzado, pero antes de orbitarlo aún era necesaria una posterior maniobra de reacoplamiento del módulo de mando (CM)-módulo de servicio (SM) con el lunar (LM): los dos primeros, que viajaban delante y con el módulo de mando a proa, se separaron del
tercero y, girando transversalmente 180º, volvieron a reacoplarse con él, pero esta vez con la sección de mando en posición intermedia.

La misión iba sobre ruedas. O casi. El agua potable se obtenía como subproducto de las pilas de combustible, pero los filtros de hidrógeno del Apolo 11 no funcionaron y el líquido se convertía en burbujas. Los efectos de la defecación y de la micción bajo una gravedad cero, por otro lado, no habían sido tomados en consideración, y al menos un astronauta tuvo que trabajar con antidiarréicos para evitar los efectos desagradables de la primera.



(Finaliza en la siguiente entrada)
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domingo, 9 de febrero de 2014

La lluvia ácida – El legado de la industrialización





Bosques, lagos y ríos cercanos a las zonas más industrializadas del planeta están gravemente deteriorados a causa de la lluvia ácida, o lo que es lo mismo, al aumento de la acidez del agua de lluvia producido por las enormes cantidades de óxido de azufre y de nitrógeno que emiten a la atmósfera vehículos, industrias y centrales térmicas.
A mediados de la década de los cincuenta, los pescadores de los lagos y ríos escandinavos comenzaron a percibir un importante descenso en el número de peces que poblaban aquellas regiones. En poco tiempo, el problema se puso de manifiesto en toda su intensidad: los cauces fluviales comenzaron a tomar un color azulado y transparente que denotaba la ausencia de microorganismos y nutrientes en el agua y la consiguiente desaparición de las especies animales mayores, como peces y anfibios; los grandes bosques de coníferas del norte y el centro de Europa comenzaron a deteriorarse rápidamente, con un importante descenso en su extensión, e incluso los monumentos en piedra, testimonio de siglos de cultura, iniciaron una corrosión mayor que la que habían sufrido en toda su historia.

La causa de todos estos males hay que buscarla en un aumento de la presencia de azufre y nitrógeno en la atmósfera que, tras reaccionar con el vapor de agua, se convierte en un peligroso ácido que deteriora gravemente la vida vegetal y animal en las zonas donde se producen las precipitaciones: es la llamada lluvia ácida. La solución pasa por la disminución en la emisión de estos gases, procedentes de la quema de combustibles fósiles como el petróleo o el carbón. Sin embargo, hoy por hoy la mayoría de los procesos industriales y de producción de energía, así como casi todos los medios de transporte, utilizan estos combustibles, y su restricción implica cuantiosos problemas económicos.

Otro problema añadido es que, frecuentemente, los gases nocivos son arrastrados por las corrientes de
aire muy lejos del lugar en el que se producen. Eso quiere decir que no siempre los países más afectados son los que más contaminan y que, por tanto, la solución debe ser fruto de un acuerdo a escala mundial.

La mayoría de los gases contaminantes, tarde o temprano, regresa al suelo transformada en elementos todavía más nocivos. La quema de los combustibles fósiles implica la emisión de azufre a la atmósfera, generalmente en forma de dióxido de azufre (SO2). Se calcula que los vertidos de dióxido de azufre provocados por la actividad humana superan los ochenta millones de toneladas al año. Una cantidad similar es emitida por la acción de los volcanes y de la descomposición de los microorganismos; sin embargo, mientras éstas se reparten por todo el globo, las primeras se concentran en las áreas industrializadas, incrementando hasta diez veces los niveles naturales.

Como resultado de complejos procesos químicos que se desarrollan en la atmósfera, gran parte del dióxido de azufre se transforma en ácido sulfúrico (H2SO4) que cae al suelo disuelto en gotas de lluvia. Algo parecido ocurre con los óxidos de nitrógeno, que reaccionan con el vapor de agua formando ácido nítrico (HN03). Ácido sulfúrico y ácido nítrico son, por tanto, los dos principales responsables de la lluvia ácida.

Una característica típica de los ácidos es su capacidad para liberar iones de hidrógeno. La concentración de estos iones es la medida de la acidez, que se expresa en la escala de Ph, numerada de 0 a 14, donde 0 es la máxima acidez y 14 la máxima alcalinidad. Una solución con un Ph7 es neutra; sin embargo, en la mayor parte de Europa y Norteamérica, el nivel medio de Ph en el agua de lluvia está por debajo de 4,5, e incluso se han registrado precipitaciones puntuales con un Ph por debajo de 2 –prácticamente el mismo del ácido de las baterías-.

Los efectos de la lluvia ácida sobre los organismos vivos no se conocen con total seguridad, pero sí se suponen algunos inmediatos y otros que se producen a largo plazo. En el caso de los peces, por ejemplo, una moderada acidez afecta relativamente poco a los individuos adultos, pero impide la maduración de los huevos, por lo que tarde o temprano, la especie entera desaparece. Niveles mayores de acidez, por debajo de Ph 5, provocan la muerte directa de los ejemplares adultos.

Para las especies vegetales, el daño es más complejo, puesto que la acidez actúa destruyendo los
nutrientes de árboles y otros tipos de plantas; con este déficit de nutrientes, los árboles se hacen más sensibles a las heladas y a la acción de los hongos y parásitos. La acidez del suelo libera además una mayor cantidad de metales pesados, como aluminio, cadmio o mercurio, que resultan extremadamente tóxicos para la mayor parte de las especies vegetales y animales, afectando a toda la cadena biológica –en Suecia se recomienda a las mujeres embarazadas que no consuman pescado de agua dulce por el temor a que estos metales, almacenados en el hígado de los peces, provoquen daños en el feto-.

Cuando, a principios de los setenta, Suecia y Noruega aseguraban que la lluvia ácida que estaba destruyendo sus lagos y sus bosques tenía su origen en Alemania o en el Reino Unido, pocos les creyeron. La poca capacidad de los suelos de estas regiones para contrarrestar el exceso de acidez hizo que los daños se manifestaran más rápidamente allí que en otros lugares de Europa o del resto del mundo. Pero eso no quiere decir que otras regiones no sufrieran los catastróficos efectos de la lluvia ácida, sino tan sólo que era cuestión de tiempo que estos daños se hicieran patentes.

Tras los países escandinavos, Canadá, Estados Unidos y Alemania observaron en sus propios territorios un marcado deterioro de las zonas boscosas. A finales de los ochenta, la mayor parte de Europa y enormes extensiones de Asia y América sufrían el problema con igual intensidad. Era necesario, por tanto, que todos los países tomaran medidas inmediatas.

Se comenzó por fomentar el uso de combustibles con un porcentaje menor de azufre –el petróleo del
mar Báltico, por ejemplo, tiene tan sólo unas décimas de azufre en su composición, mientras que, en el carbón del norte de España, la proporción es de 5 a 10%-. Hay otras formas de eliminar el óxido de azufre y el de nitrógeno de los gases de la combustión industrial mediante filtros y catalizadores que no siempre han dado el resultado deseado –hace unos años se descubrió que la presencia de algunas cenizas contrarresta el exceso de acidez y que su eliminación mediante filtros no hace más que agravar el problema-. En el caso de los gases de los vehículos, se ha logrado una importante reducción mediante el uso de catalizadores para la gasolina. Sin embargo, no existen todavía catalizadores eficaces para el gasóleo que usa la mayoría de los transportes pesados; en estos casos, la única medida posible es un aumento de las exigencias en la fabricación de motores menos contaminantes.

Éstas y otras medidas han logrado que en Europa, en poco más de dos décadas, se hayan reducido las emisiones de azufre en un 50% y en más de un 40% las de los óxidos de nitrógeno. Pero el problema está todavía lejos de haberse solucionado.

El descenso en las emisiones de azufre y nitrógeno en los países industrializados, con ser significativo, no es ni mucho menos suficiente, ya que para que el suelo recupere su Ph óptimo es necesaria una ausencia total de precipitaciones ácidas durante varias décadas. Además, hay que tener en cuenta que en los países en vías de desarrollo el consumo de combustibles fósiles está aumentando a pasos agigantados. Los acuerdos a nivel mundial, como se ha venido demostrando repetidamente, están lejos de ser una realidad. Por tanto, la solución a los problemas derivados de la lluvia ácida, como otros muchos problemas del medio ambiente –el efecto invernadero, el agujero de la capa de ozono y la deforestación- necesita de un profundo cambio de mentalidad tanto en los Estados como en los ciudadanos, de forma que todos seamos conscientes de que algunas medidas concretas, como un mejor aprovechamiento de la energía y el uso de transportes colectivos y de energías alternativas, son la mejor inversión y la única forma de garantizar un futuro mejor para todos.

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sábado, 8 de febrero de 2014

Los cactus – La capacidad de sobrevivir sin agua




La vida en los desiertos se plantea difícil. En estas inmensas extensiones, no hay agua y las precipitaciones son débiles e irregulares a lo largo del año. Sin embargo, crecen plantas xerófilas (“amigas de la sequedad”) que se han adaptado a estas condiciones extremas después de una larga evolución. Por el día, el Sol las abrasa en un terreno árido con una temperatura superior a los 40º C y, por la noche, sufren un descenso brusco de temperatura.

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domingo, 2 de febrero de 2014

¿A qué velocidad sale la saliva cuando estornudamos?


El mismo acto de estornudar supone una sucesión de reacciones en cadena que terminan con un sonoro “¡Aaaatchíssss!”… y con el lanzamiento de gotitas de saliva más o menos perceptibles que salen a una velocidad excepcional de la cavidad bucal, impulsadas exclusivamente por la presión producida de repente. El movimiento de atrás adelante que acompaña a veces al estornudo, con la boca bien abierta, no añade absolutamente nada a la velocidad de las partículas de saliva.

La acción de estornudar moviliza un gran número de sensores en cascada, cada uno de los cuales desencadena un proceso irreversible. Al principio, un ligero reflejo defensivo provoca un impresionante zafarrancho de combate. En cuanto se agita en la mucosa de las fosas nasales un cuerpo extraño (mota de polvo, grano de polen, bacteria…), las terminaciones nerviosas dan la alarma e informan al cerebro, que ordena una profunda inspiración (de dos a tres litros de aire) y a continuación la contracción de los músculos abdominales. Para terminar, ¡expulsión general!

El objetivo fundamental de este reflejo defensivo es expulsar al máximo número de intrusos potencialmente dañinos para el organismo. Y la expulsión de todo ese material se hace una velocidad ligeramente superior a 200 km/h, sea cual sea el tipo de estornudo: un sonoro y escandaloso atchis, un áspero y ceñudo atcha con el mentón pegado al esternón o un cursi atch reprimido. Porque en todos los casos, la presión del aire expectorado es prácticamente idéntica.

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