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sábado, 26 de febrero de 2011

Casanova, amante y fracasado


La palabra Casanova ha pasado a casi todas las lenguas como sinónimo de libertino y seductor. Equivalente de don Juan –uno de los prototipos nacidos en el seno de la literatura española-, la diferencia con Casanova es que éste fue un personaje real y que además no le faltó el interés por el mundo esotérico ni por aventuras que excedieron del mundo de lo amoroso.

Giacomo Girolamo Casanova nació en Venecia el 2 de abril de 1725, en la calle de la Commedia, quizá como un indicativo premonitorio de lo que seria su vida. Sus padres eran también actores y se llamaban Gaetano Giuseppe Casanova y Zanetta Farussi. Con posterioridad, Casanova pretendería que su verdadero padre era un noble veneciano llamado Michele Grimani, pero no está suficientemente documentado y resulta más que posible que el vividor tan sólo pretendiera dotarse de sangre aristocrática.

Las frecuentes ausencias de sus padres –a fin de cuentas, cómicos de profesión- hizo que la educación del pequeño Giacomo recayera en su abuela materna, Marzia Farussi. De creer a Casanova, sus primeros años se caracterizaron por un estado de perpetua dolencia que sólo desapareció en 1733 gracias, según él, al uso de la magia. Fue precisamente este mismo año en el que falleció su padre.


En 1734, Casanova fue enviado a Padua, donde estudiaría con el doctor Gozzi, Sería precisamente en esta casa donde conocería por vez primera las delicias del amor al enamorarse de Bettina, la hija pequeña de su preceptor.

En 1738, Casanova era ya un estudiante de Derecho en Padua, aunque fue común que se presentara sólo a los exámenes y que pasara el resto del año en Venecia. Dos años después, con el respaldo del sanador y aristócrata Alvise Malipiero, fue tonsurado con la intención de seguir la carrera eclesiástica, posiblemente la más democrática de la época en la medida en que permitía ascender socialmente a gente de la extracción más humilde pero dotada de talento. El joven Casanova ansiaba ciertamente trepar por la escala social, pero, sin duda, no estaba hecho para llevar los hábitos. Aunque recibió las órdenes menores en enero de 1741 y se convirtió en abate, no se privó de vivir distintas aventuras amorosas.

En 1742, Casanova se doctoró en Derecho civil y canónico en la Universidad de Padua e ingresó en el seminario de San Cipriano. Duró poco. El muchacho apuntaba ya más que de sobra las maneras que lo caracterizarían en los años siguientes y lo acabaron expulsando por conducta inmoral.

Durante los años inmediatamente posteriores, Casanova desempeñó un par de cargos relacionados con eclesiásticos, pasó por la cárcel en alguna ocasión y siguió viviendo aventuras amorosas, como la mantenida con Bellino, un castrato que, al fin y a la postre, resultó ser una mujer llamada Angiola Calori.

En 1746, Casanova conoció a un aristócrata veneciano llamado Matteo Giovanni Bragadin que le
permitiría aprovecharse de su capacidad para engañar al prójimo. Bragadin tenía, como tantos nobles de la época, un cierto interés por lo esotérico y Casanova llegó a convencerle de que sus conocimientos de medicina procedían de una fuente sobrenatural. Como consecuencia de ello, Bragadin convirtió a Casanova en una especie de hijo adoptivo y le proporcionó una abundante cantidad de dinero que permitió al joven vividor llevar la existencia de un aristócrata adinerado durante un trienio.

Sin embargo, aquel coqueteo con el ocultismo –que, posiblemente, no pasó de mera charlatanería encaminada a obtener dinero- acabó teniendo sus consecuencias. En 1749, Casanova tuvo que huir de Venecia porque había llamado la atención de la Inquisición.

Trasladado a Cesena, Casanova viviría uno de los grandes amores de su vida, el que tuvo como objeto a una mujer llamada Henriette. La historia concluiría en febrero de 1750, cuando Henriette decidió abandonar a Casanova y regresar con su familia. Fue precisamente entonces cuando el joven veneciano, de camino a París, fue iniciado en la masonería.

La ceremonia tuvo lugar en Lyon, mientras se dirigía a París, y, desde luego, no puede decirse que resultara exenta de beneficios. A partir de ese momento, Casanova, que hasta entonces se había movido tan sólo por el norte de Italia, decidió conocer mundo y su pertenencia a la masonería le proporcionaría una pléyade de contactos que le serían de especial ayuda. Naturalmente, cabe pensar por qué nadie en la masonería se preguntó sobre la conveniencia de permitir la iniciación de Casanova. Sin embargo, bien mirado, no le faltaban credenciales: había abandonado el sacerdocio, le perseguía la Inquisición, supuestamente contaba con conocimientos ocultistas y debía de tener un cierto encanto personal. En conjunto, resultaba más que suficiente.

En 1750, Casanova llegó a París. Su primera estancia estuvo fundamentalmente destinada a
dominar las costumbres francesas y a seducir a Manon Balletti, la hija de una familia de intachable conducta. Tras pasar por Dresde, Praga y Viena, tres años después Casanova volvía a encontrarse en Venecia. En esta ciudad, el aventurero intentaría conseguir la mano de Caterina Carpeta, la hija de un próspero comerciante. Sin embargo, el padre de la muchacha no estaba dispuesto a ver a su hija en manos de un libertino y procedió a recluirla en un convento.

Casanova, que no tenía mucha intención de trabajar como el resto de los seres humanos, volvió a reanudar su relación con Bragadin, que tan pródigo había sido con él, y a explotar sus presuntos poderes ocultos. Como no podía ser menos, la Inquisición volvió a fijarse en él y durante la noche del 25 al 26 de julio de 1755 lo arrestó, confinándolo en una prisión que se hallaba en el palacio ducal. De manera nada sorprendente, entre las pruebas incriminadoras que encontró la policía veneciana se encontraban sus vestimentas de masón.

Quizá otra persona se hubiera sentido acabada tras un episodio de ese tipo. No fue, desde luego, el caso del veneciano. Durante la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre de 1756 consiguió escapar de su encierro y se encaminó a París, adonde llegó a inicios de 1757. Había escapado de la Inquisición y contaba con el respaldo de sus hermanos masones, de manera que fue recibido en la capital francesa como un verdadero héroe.

No resulta extraño que tras ver la reacción de la sociedad bien pensante ante sus acciones decidiera perseverar por ese camino. Se convirtió así en uno de los creadores de la lotería nacional francesa –lo más tolerable de sus actividades en aquellos años- y encontró a otra persona a la que estafar con sus supuestos poderes mágicos. En esta ocasión se trató de la marquesa de Urfé. Como antes y después habían hecho otros charlatanes, Casanova se refirió a un conocimiento oculto que poseía e incluso prometió a la aristócrata que podría garantizarle el hecho de volver a nacer, pero esta vez dotada de sexo masculino. La marquesa creyó en todo a pies juntillas y durante los siguientes siete años se convirtió en la víctima ideal de Casanova. En el curso del tiempo que duró su relación, el habilísimo masón aventurero logró aligerarla del peso de no menos de un millón de francos de la época.

Con todo, el tren de vida que llevaba Casanova era demasiado despilfarrador como para depender únicamente de estafar a la pobre marquesa de Urfé. Así, en 1759 vendió su participación en la lotería e invirtió en una fábrica de seda. El negocio concluyó con Casanova encarcelado por sus socios y acreedores que le culpaban de fraude. Logró salir de la prisión gracias a la marquesa de Urfé, pero antes de que acabara el año era encausado por falsificar documentos mercantiles. Obligado por las circunstancias, el veneciano decidió abandonar Francia.

En el curso de los años siguientes, Casanova se dedicó a recorrer distintos lugares de Europa, llevando un tipo de vida aún más escandaloso si cabe. No le fue bien. En Colonia le acusaron de impago; en Stuttgart se vio mezclado en un turbio asunto de juego y encarcelado… no sorprende
que en medio de tantos avatares, a su paso por Suiza, llegara a acariciar la idea de hacerse monje y abandonar aquella suma de desazones. La vocación religiosa le duró hasta que conoció a la joven baronesa de Roll, a la que se dedicó a perseguir. Desde luego, hay que reconocer que la capacidad para el engaño del veneciano era verdaderamente prodigiosa. Antes de que acabara el año –masón y delincuente- fue recibido por el papa Clemente XIII, que le nombró caballero de la orden papal de la Santa Espuela. No era la primera vez que un masón engañaba a la Santa Sede. No iba a ser tampoco la última y, desde luego, resulta bien revelador el comentario que Casanova realiza en sus memorias sobre el clero de Roma al afirmar que varios cardenales y prelados pertenecían a la masonería. Quizá ahí se encuentre la clave del reconocimiento que el papa dispensó al hermano Casanova.

En 1762, tras un dilatado periplo italiano, Casanova se hallaba de nuevo en París. Necesitaba dinero y recurrió, como era de esperar, a madame de Urfé. Sin embargo, a esas alturas, la
aristócrata deseaba, lógicamente, alguna prueba más sustancial de los poderes ocultos del veneciano. Sin arredrarse, Casanova anunció a la marquesa que su regeneración estaba a punto de llevarse a cabo e incluso se procuró la colaboración de su amante de la época, Marianne Corticelli. El primer intento se llevó a cabo en el castillo familiar de la dama, situado en Pontcarré. Resultó fallido y entonces se fijó como lugar para una segunda acción Aix-la-Chapelle. Fue justo en ese momento cuando la situación comenzó a complicarse para el veneciano. La Corticelli pidió más dinero so pena de contar a madame de Urfé que Casanova tan sólo pretendía estafarla y el aventurero –por enésima vez- engañó a la crédula aristócrata. No fue difícil. Bastó con que le dijera que la Corticelli estaba poseída por un espíritu inmundo y con que anunciara que la ansiada regeneración tendría que esperar.

No esperó mucho. Al año siguiente, 1763, y esta vez en Marsella, madame de Urfé fue sometida a la ceremonia de regeneración. Se trataba, sin duda, de una apuesta arriesgada porque aquélla consistía, nada más y nada menos, en que Casanova mantuviera relaciones sexuales con la aristócrata y así la “impregnara”. Del embarazo fruto de ese coito mágico debía nacer, según las promesas de Casanova, una criatura que causaría la muerte de la marquesa y, a la vez, serviría de receptáculo para que siguiera viviendo otra existencia, esta vez como varón. No existen datos de que Casanova hubiera sido muy fecundo hasta ese momento y, para desgracia suya, tampoco
lo resultó en la supuesta ceremonia de regeneración. Las consecuencias fueron fatales. Al descubrir que no estaba encinta, madame de Urfé perdió totalmente la fe en el hombre que la había estado estafando a lo largo de siete años y Casanova se vio privado de una generosa fuente de ingresos. El año terminó muy mal. El veneciano, a pesar de su experiencia, se enamoró de Marianne Charpillon, una prostituta que lo humilló una y otra vez y lo arrastró prácticamente a la ruina. No sorprende que el propio Casanova asegurara tiempo después que en ese momento había dado inicio el declive de su existencia.

Con todo, Casanova podría haber salido adelante con relativa facilidad. Su hermano masón, Federico de Prusia, le ofreció precisamente un puesto como jefe de un cuerpo de cadetes de Pomerania que le aseguraba un buen pasar. Sin embargo, el veneciano ignoraba que lo peor estaba por venir, era aún joven, ansiaba nuevos placeres y, bastante desilusionado, rechazó el ofrecimiento.

Hasta el 15 de noviembre de 1774, en que se le permitió regresar a Venecia aunque de manera temporal, la vida de Casanova fue un continuo vagabundear por diferentes naciones europeas –Polonia, Rusia, Francia, España…- sin conseguir asegurarse una fortuna y dando con sus huesos más de una vez en la cárcel.

El regreso a su ciudad natal estuvo cargado de esperanzas. Sin embargo, la realidad no resultó halagüeña para el ya maduro aventurero. Intentó, primero, ganarse la vida con actividades literarias, pero no lo consiguió. Finalmente, acabó sirviendo como informador de la Inquisición, la misma institución que le había tenido encarcelado tiempo atrás, y complementando esos ingresos con los derivados de actuar como secretario a ratos perdidos de un diplomático genovés llamado Carlo Spinola. Fue precisamente la relación con ese personaje la que precipitó un nuevo descenso de Casanova en la escala social.

Carlo Spinola tenía un pleito pendiente a causa de una deuda con un tal Carletti. Casanova se prestó, a cambio de una comisión, a solventar la situación y con esa finalidad se dirigió al palacio de un noble llamado Carlo Grimani, donde se encontraba Carletti. Lo que debía haber servido para zanjar un problema, ocasionó otro. Carletti rechazó las pretensiones económicas de Casanova y, en un momento determinado, Grimani le apoyó. Finalmente, la discusión concluyó a golpes y Casanova, un hombre de cierta edad y de no buena situación social, llevó la peor parte. Sin embargo, una cosa era que se le humillara y se dudara de su valor y otra bien distinta que estuviera dispuesto a abandonar la idea de la venganza. Al poco tiempo salió a la luz una alegoría titulada Né amori né donne, en la que se podía ver con bastante facilidad que Casanova alegaba que era hijo ilegítimo de Michele, el padre de Carlo Grimani, y que éste, a su vez, era el bastardo de otro noble veneciano. La satisfacción del desquite duró poco. El 17 de enero de 1783, Casanova tuvo que abandonar Venecia perseguido por las autoridades.

Durante los siguientes meses, la vida de Casanova fue un continuo vagabundear por Europa a la busca de un empleo que le asegurara la supervivencia. Del apuro le sacaría un hermano masón, el conde Josef Karl Enmanuel von Waldstein, que tenía un interés enorme por el ocultismo y que ofreció al veneciano un puesto como bibliotecario en su castillo de Dux, en la actual República Checa. En otro tiempo, Casanova hubiera rechazado la oferta como había hecho, por ejemplo, con la de Federico el Grande años atrás. Sin embargo, ahora no podía permitirse ese lujo. Aceptó el cargo y dio inicio a un periodo de su vida especialmente amargo.

Aprovechando que el trabajo que tenía que realizar no era pesado y le dejaba mucho tiempo libre, intentó relanzar su nunca triunfante carrera literaria y encontrar un empleo que le permitiera abandonar Dux. Fracasó en ambas pretensiones. Sus escritos –no pocos de ellos inéditos al tener lugar su fallecimiento- no alcanzaron el éxito y los empleos también brillaron por su ausencia, a pesar de que, una vez más, recurrió a sus hermanos masones, como fue el caso de Mozart, con el que se encontró en Praga en 1787.

La amargura de verse sin recursos, dependiente, humillado incluso por algunos de los si
rvientes del castillo, acabó precipitando a Casanova en una depresión de cuyos efectos intentó liberarse redactando la “Historia de mi vida”. Iniciada en 1790, la primera redacción estaba concluida dos años después y constituye un fresco interesantísimo de la vida en el siglo XVIII, un siglo que se ha presentado propagandísticamente como el de las Luces y en el que, por el contrario, las clases y los personajes más supuestamente iluminados estaban inficionados por la afición al ocultismo, la credulidad más supersticiosa y la más despiadada amoralidad. De manera bien significativa, el relato se detiene en 1774, con su regreso –ilusionado y frustrado- a su Venecia natal. La obra no sería publicada completa hasta la década de los años sesenta, ya en pleno siglo XX.

En 1797, la República de Venecia desapareció tras ser invadida por las tropas de Napoleón. Es posible que Casanova hubiera deseado regresar entonces a su ciudad natal, pero en abril de 1798 una infección del tracto urinario convirtió en imposible un viaje semejante. Moría el 4 de junio de 1798. El príncipe de Ligne, testigo de sus últimos momentos en este mundo, afirmaría que había dicho: “He vivido como un filósofo y muero como un cristiano”.
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domingo, 30 de enero de 2011

Canibalismo: un ritual de posesión


La ingestión de carne humana puede ser un acto de desesperación en situaciones de extrema carencia de alimentos. Sin embargo, lo más habitual es que los motivos de las tribus antropófagas sean de tipo ritual. Devorar los ojos de los enemigos muertos para adquirir su fuerza; sus testículos para absorber su valor, o todo su cuerpo en una fiesta-orgía a modo de venganza fueron costumbres propias de las tribus antropófagas, que todavía perduran en ciertas zonas de las regiones ecuatoriales.

Al acto de ingerir carne humana se lo denomina antropofagia. Por extensión se denomina también así a la costumbre de realizar tal acto. El término proviene de las palabras griegas anthropos (“hombre”) y fagein (“comer”). En ocasiones, este mismo término se usa como sinónimo la palabra “canibalismo”, por alusión a las tribus antropofágicas de las Antillas denominadas caníbales.

El acto de comer individuos de la propia especie no es una desviación exclusiva del ser humano: la hembra de mantis religiosa devora al macho tras el apareamiento; ciertos peces que incuban a sus crías en la boca pueden llegar a devorarlas; los propios peces de un acuario, en ocasiones, devoran a sus semejantes… Todos estos ejemplos naturales y otros muchos, son debidos, en todos los casos, a motivos que nada tienen que ver con algo que no sea el propio instinto.

El caso del ser humano, sin embargo, es mucho más complejo. Llegar a comprender el por qué de las actitudes antropofágicas es harto complicado. Desde un punto de vista psicológico, los estudios más exhaustivos relacionan el acto de comer con la idea de posesión del objeto engullido. En la primerísima infancia, cuando aún ninguna desviación cultural puede haber afectado al niño, se aprecian dos etapas diferentes, a saber, un estadio o fase oral y otro sádico-oral o canibalístico. En la primera etapa, el niño tiende a succionar los objetos, mientras que, en la segunda, predomina ya el mordisco. En esta última surge la relación entre la libido y la agresividad, relación que converge en la boca como zona erógena.

El austríaco Sigmund Freud relató en su libro “Tótem y tabú” (1912) el mito de la comida totémica: el asesinato del padre por parte de los hermanos miembros de la horda primitiva con el único fin de adquirir su fuerza y su poder ante las mujeres. Cinco años más tarde, publicó Freud “Duelo y melancolía”, obra en la que expresaba la relación existente entre el deseo de poseer el cuerpo del amante y las conductas agresivas orales.

En otro plano, entender la conducta de las tribus antropófagas implica necesariamente la consideración de sus motivos rituales. En pocos casos la antropofagia ha venido dada por motivos alimenticios: de hecho, las grandes orgías caníbales solían realizarse en las épocas de recolección y, por tanto, de bonanza alimentaria.

Con estos antecedentes, tal vez sea más fácil la comprensión de los dos tipos esenciales de
antropofagia que existen o han existido en las diversas tribus. El primero de ellos es el que está íntimamente relacionado con la guerra y la agresividad intertribal: se ingieren los cuerpos de los enemigos derrotados en la batalla –o, al menos, algunas de sus partes- con fines rituales. Así, por ejemplo, en los habitantes de las islas Marquesas, era práctica común la ingestión de la carne de los enemigos en una fiesta por la victoria, tras someterlos a toda clase de torturas en caso de haber sido capturados vivos. En las tribus caníbales del sudeste africano, se realizaban rituales de incineración e ingestión de las partes más simbólicas de los cuerpos calcinados de los enemigos. Así, con sus testículos se ingería y se adquiría su valor; con la piel del entrecejo, su perseverancia; con las orejas, su inteligencia, y con el hígado, su energía.

Más ejemplos de este simbolismo orgánico se encuentran en las tribus zulúes, para las cuales la ingestión del entrecejo de los enemigos equivalía a adquirir la facultad de mirar a los ojos de los adversarios sin pestañear en un futuro combate. Con el mismo fin se comían ciertas tribus aborígenes australianas el hígado, las manos y los pies de los contrarios asesinados. En Borneo, la tribu de los dayak engullía las palmas de las manos y la carne de las rodillas de los enemigos en la creencia de que de esta manera sus manos y sus piernas serían más fuertes. El corazón también ha sido un órgano muy apreciado entre las diversas tribus caníbales, como por ejemplo, los sioux americanos, los basutos y los ashantis.

Todos estos rituales guerreros quedan incluidos dentro del denominado exocanibalismo –en
referencia a que en este tipo de prácticas sólo pueden ser devorados los miembros de otras tribus. Por el contrario, el endocanibalismo es aquel que se da entre los miembros de una misma tribu. El endocanibalismo está relacionado con los rituales funerarios. El hecho de ingerir los cuerpos de los difuntos ha sido tanto una señal de respeto como una muestra de la intención de permanencia del espíritu de los muertos en el cuerpo de los vivos. Este ritual se suele dar en las culturas matriarco-agrarias, en las que el hecho de la ingestión de carne muerta y la fertilidad están íntimamente relacionados.

Lo más curioso de todo es que no se conoce antropológicamente el caso de la existencia conjunta de ambos tipos de canibalismo.

Los orígenes de las prácticas antropofágicas se remontan en el tiempo tanto como la propia humanidad. En las cavernas de Chu-ku-tien, en China, se encontraron señales inequívocas de antropofagia: cráneos fracturados en su base –muy probablemente para facilitar la ingestión de los sesos-, junto a restos de Sinanthropus (“Hombre de China”). El Australopithecus sudafricano y el Hombre de Neanderthal también debieron practicar la antropofagia, pues junto a los restos de hogueras se han encontrado huesos calcinados de seres humanos. Ya a finales del Neolítico, el mapa del canibalismo incluía la isla de Capri, Irlanda, Francia y Gran Bretaña.

El mito de Polifemo, entre otros, da cuenta de la existencia de antropofagia en las leyendas griegas. Los aztecas mexicanos seguían practicando ritos caníbales ya en los tiempos de la conquista española, así como los bataks de Sumatra. Y en el siglo XV, los descubridores españoles relataron la existencia de tribus antropófagas en las Américas. Se trataba, entre otras, de la tribu de los caníbales. Este término es, de hecho, una derivación del vocablo que estos indios caribes –propios, como su nombre indica del Caribe- utilizaban para referirse a la antropofagia.

En África, Melanesia, Polinesia o Filipinas, siguieron dándose durante algún tiempo las prácticas antropófagas. Los bagobos filipinos, por ejemplo, devoraban el corazón y el hígado de sus víctimas para adquirir su fortaleza. Otra de las peculiaridades del canibalismo, la prohibición –el tabú- de comer miembros de la propia tribu, salvo en casos de rituales funerarios, aparece en la tribu batak de Sumatra, en la que quienes la incumplían eran tratados, en todos los sentidos, como enemigos: eran, por tanto, susceptibles de ser, a su vez, devorados. En las islas Fidji, el ritual de ingestión de carne humana incluía la utilización de recipientes especiales para la presentación de las viandas humanas.

En la tribu norteamericana de los kwakiutl, la antropofagia representaba una parte importante del rito secreto de iniciación. El canibalismo también perduró, hasta bien entrada la Edad Moderna, entre los maoríes neozelandeses y entre los aborígenes australianos. En estos dos últimos casos, algunos autores apuntan la idea de que la antropofagia no se realizaba con fines rituales o guerreros, sino alimenticios: la escasez de fuentes de proteínas en la región se veía compensada por la carne humana obtenida en la guerra.

Ya en la época moderna, la antropofagia ha sido documentada en ciertas tribus africanas y
americo-ecuatoriales. Pero la antropofagia también ha sido practicada, en circunstancia extremas, por gentes de los países “civilizados”. Se relatan historias de ingestión de carne humana en ciudades asediadas, en campos de concentración o entre náufragos o supervivientes de accidentes aéreos.

Ahora bien, entre estos últimos casos y los anteriores existe una diferencia fundamental: la carne humana es ingerida en ellos por imperiosa, estricta y perentoria necesidad, y, por lo común, sólo tras la muerte natural del sujeto.
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jueves, 27 de enero de 2011

Brahma y la creación del Cosmos


La mitología hindú, una de las más antiguas y diversas del mundo, tiene varios mitos diferentes sobre la creación del universo. En uno de ellos, un carpintero divino construye el universo y todo lo que contiene. En otros, el panteón divino surge de la procreación de un dios y una diosa primigenios. Pero el más popular y que más ha sobrevivido al paso del tiempo es el del dios Brahma/Prajapati, quien usa sus poderes de meditación y su sexualidad para crear todo, desde el amanecer hasta las plantas y la gente.

En la antigua mitología hindú había un dios supremo llamado Prajapati, Señor del Universo, una deidad eterna que existía antes de todo. Fue Prajapati quien comenzó el proceso de génesis del cosmos creando a Brahma, a su vez el dios creador. En mitos posteriores, la figura de Prajapati se fundiría con la de Brahma, uno de los tres dioses más poderosos y adorados en la India junto a Vishnu (el preservador) y Siva (el destructor).

Mientras Prajapati, Señor del Universo, meditaba, apareció una semilla en su ombligo. De ella nació una planta de loto que, a medida que crecía, era bañada por una brillante luz. De este loto y de la luz que le rodeaba nació Brahma. La luz se extendió por todo el cosmos, llevando consigo a Brahma, por lo que éste pasó a formar parte de la esencia de todas las cosas. Brahma se convirtió también en la esencia del tiempo: un día de su vida equivale a 4.320 millones de años humanos. Cuando transcurra ese lapso de tiempo, el ciclo de la creación comenzará de nuevo, dando lugar a una nueva edad cósmica .

Según el mito que narra la creación del cosmos por Brahma, el dios contempló el universo, que no era nada más que un caos sin forma. Mientras meditaba, el cosmos comenzó a ordenarse, separándose del caos. Pero el creador se dio cuenta de que aún no sabía qué forma tendría el universo y esa ignorancia se convirtió en una entidad oscura que Brahma, decepcionado, despreció. Ese fue el origen de la Noche. El dios siguió meditando, dando origen a otros cuerpos y seres, desde dioses hasta estrellas, antes de que producir una hermosa hija: el Amanecer.

Cuando Brahma vio a su hija, experimentó atracción sexual hacia ella e intentó seducirla, pero ella le rechazó, huyendo convertida en un ciervo. Brahma respondió transformándose también en un venado. De acuerdo con una versión de la historia, su hija siguió negándose a tener relaciones con él y su semen cayó al suelo, donde se convirtió en el primer hombre y la primera mujer. En la otra versión del mito, la pareja copuló una y otra vez mientras mutaban continuamente sus formas, por lo que sus hijos se convertirían en los primeros especímenes de cada animal y planta del planeta.

Cuando la creación se hubo completado, Brahma trasladó su morada a lo alto del Monte Meru (aunque también se dice que continúa estando presente en cualquier sitio), donde sigue meditando para darle fuerza al universo.

El monte Meru es una montaña mítica considerada sagrada en varias culturas, como el hinduismo y el budismo. Para los hindúes tradicionales, el monte Meru es una montaña dorada ubicada en el centro del mundo, tiene 450.000 kilómetros de altura, forma de cono truncado muy alargado, un solo pico, y se encuentra en el centro de Eurasia, quizá en la meseta del Pamir.

Los primeros relatos hablaban de que el dios del cielo, Indra, construyó su paraíso en la cima.
Versiones posteriores situaban el palacio de Brahma en la cumbre, mientras que los de las otras divinidades se asentaban más abajo. La montaña descansaba sobre siete mundos inferiores o continentes concéntricos separados unos de otros por océanos (también concéntricos) de distintas sustancias: el océano más interno (el único que conocemos los seres humanos) es de agua salada, el siguiente de caña de azúcar, de vino, de ghi (mantequilla clarificada), de cuajada, de leche, y finalmente de agua dulce. Más allá de este último océano concéntrico hay cuatro puertas (una por cada punto cardinal. Más allá de estas cuatro entradas está el inmenso océano primordial.

Brahma se sirve de un hamsa o cisne divino como vehículo. En el hinduismo, el cisne tiene el poder de comer perlas y de separar la leche del agua (si se le ofrece una mezcla de ambos). Es una metáfora de que el bien y el mal están entrelazados en nuestro universo, y debemos aprender a separar uno de otro, conservando lo que es valioso y descartando lo que no lo es.
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martes, 25 de enero de 2011

El origen del chupa chups


El chupa chups fue inventado en 1959 por el empresario confitero catalán Enric Bernat, nieto de un confitero barcelonés, en cuya fábrica comenzó a trabajar. En los primeros años cincuenta, pasó a dirigir la industria Granjas Asturias. Deseoso de encontrar un producto estrella que hiciera remontar el vuelo a su empresa, concibió la idea de lanzar al mercado un caramelo que acabase con uno de los mayores inconvenientes de todas las confituras: que los niños, sus principales consumidores, se pringasen las manos.

Al principio, elaboró el palo del por entonces todavía sólo chups en madera, para pasar al plástico en 1960. El nombre del caramelo se completó a raíz de una campaña publicitaria que insistía en la forma en que había de ser consumido.

En julio de 2006, la empresa italo-holandesa Perfetti Van Melle llegaba a un acuerdo con los herederos de Enric Bernat (fallecido en diciembre de 2003), para adquirir la mayoría del capital de la empresa Chupa Chups. La empresa ya no era española y puede no tardar en desaparecer físicamente de nuestro país: en enero de 2011, los dueños cerraron la fábrica que había en Villamayor, Asturias, decisión duramente criticada por parte de los trabajadores de la compañía en España. No se garantiza ni siquiera la continuidad de la división Chupa Chups en España pues no certifica la permanencia de la fábrica que les queda en Barcelona.

Hoy en día, la producción anual es de unas 17.000 toneladas; la producción diaria, de unos 12 millones de unidades y se venden más de 1.500 millones al año en unos 100 países.
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domingo, 23 de enero de 2011

1869-1955- GULBENKIAN: El señor 5%


“Vale más –decía Gulbenkian- tener un trozo pequeño de un pastel grande que un trozo grande de un pastel pequeño”. Y lo demostró.

Al final del siglo XIX, el petróleo no interesaba en absoluto a los franceses. Gentes rutinarias, basaban todo el desarrollo de su industria en el carbón que el subsuelo de su patria suministraba en abundancia. El nuevo recurso tenía mala reputación: no sólo despedía un olor pestilente que lo hacía impopular en los lugares donde se refinaba, sino que, además, para muchos su futuro comercial parecía muy incierto. En realidad, hasta el gran auge de la industria automovilística sólo se utilizó como combustible para el alumbrado, como grasa para las máquinas de vapor y como medicina, totalmente ineficaz, por cierto, contra la bronquitis, la tuberculosis y la gonorrea. Huelga decir que, a pesar de la relajación de las costumbres, todavía se vendía en cantidades muy pequeñas en las trastiendas de las droguerías y que nadie (o casi nadie) podía prever el gigantesco mercado que le iba a abrir la joven industria de los motores de explosión.

Por tanto, el artículo que la “Revue des Deux Mondes” publicó con fecha del 15 de mayo de 1891, firmado por un tal Calouste Sarkis Gulbenkian, pasó totalmente inadvertido. El autor, un desconocido, hacía una vibrante defensa de los hidrocarburos y en especial del petróleo de Bakú, el único capaz, según él, de permitir que Europa compitiera con la ya dominante Standard Oil del señor John Rockefeller. En su artículo exponía con entusiasmo su intención de “animar a algunos ingenieros franceses para que, por fin, se decidiesen a ir al país del petróleo” y en un arranque lírico, concluía hablando de “el próximo y definitivo triunfo del petróleo ruso”.

Por muy persuasivo que fuese, el joven sólo encontró un desierto de incomprensión. No consiguió convencer al gobierno ni a los financieros ni a los ingenieros franceses de lo bien fundadas que eran sus opiniones. Y esto (todo hay que decirlo), porque su demostración se basaba en una intuición cuyo carácter erróneo iba a demostrarse con el tiempo: la idea de que la industria petrolera americana, y en especial la Standard Oil de John Rockefeller, estaba condenada (no explicaba exactamente por qué) a un declive irremediable.

Además, en aquellos tiempos de esplendores imperiales y de Exposición Universal, los franceses no podían considerar seriamente que algo importante pudiese existir fuera de ese ombligo del mundo que para ellos era su país. Por tanto, no se dignaron conceder la menor atención a ese aceite maloliente que el joven armenio les ponderaba con un talento incomparable, y del que, por una extravagancia de la naturaleza, carecía su subsuelo. Si en su país había carbón en abundancia, ¿para qué se iban a embarcar en campañas de prospección tan costosas como inciertas? Escucharon, pues, al joven con el oído distraído, contemplaron con indulgencia teñida de desprecio su aspecto de comedor de lukums y resolvieron que en lugar de ir a darles lecciones a ellos sobre lo que era modernidad, más le valdría quedarse en su sitio y vender alfombras, como acostumbraban a hacer sus convecinos turcos.

Se necesitaba mucho más para desanimar a Calouste. Como buen oriental, tenía el comercio en la sangre. Había venido a Europa con la firme decisión de hacer fortuna y no pensaba regresar a su país con las manos vacías.

Una tradición hagiográfica doblemente errónea ha atribuido a Gulbenkian dos orígenes diferentes. Se afirmó, por una parte, que era hijo, nieto y descendiente desde tiempos inmemoriales de un oscuro linaje de limpiababuchas. Por otra parte, se aseguró que era un lejano retoño de los reyes de Armenia. Pero, evidentemente, estas dos leyendas contradictorias se forjaron para contribuir a la gloria del personaje, aureolarlo con un origen ilustre o aumentar su mérito atribuyéndole una procedencia más baja de la que tenía en realidad. Lo cierto es que Calouste Sarkis era hijo de un hombre de negocios armenio muy rico establecido en Estambul, cuyos establecimientos comerciales, bancos y factorías formaban en el Próximo Oriente un entramado tan tupido como una red de pesca.

En el Imperio Otomano, donde la diplomacia era para los armenios una simple cuestión de seguridad, bajo la dirección de su padre y de su tío, el chico se inició a partir de los 19 años en todos los matices del oficio de hombre de negocios, que iba a ser el suyo. Aprendió a desconfiar de todo, a informarse acerca de todo y especialmente a ocultar siempre sus pensamientos bajo un velo impenetrable, costumbre que contribuyó en gran parte a su éxito.

Infatigable, recorría continuamente el país a caballo: durante años fue de factoría en factoría, de banco en banco, de bazar en bazar, aprendiendo con un apetito voraz todo lo que algún día le podría servir. Como además gozaba de un prodigioso sentido para el cálculo mental, Calouste desarrolló en un tiempo record las dotes de negociante que la naturaleza y la herencia le habían legado.

Pero fue en Bakú, durante uno de sus innumerables viajes, donde su vocación se reveló realmente. Había ido a aprender a una de las grandes firmas petroleras que los rusos habían instalado y que eran un ejemplo de impericia, ineficacia y falta de profesionalidad.

Allí, sin embargo, ya antes de la aparición del motor de explosión, anunció con acierto cuál sería el futuro del petróleo, y pronosticó –erróneamente- la supremacía que los yacimientos caucásicos iban a adquirir de forma inevitable a expensas de la industria americana de hidrocarburos. Seducido, subyugado, casi embrujado por el oro negro, decidió dedicarle su vida y convertirse en su propagandista por todo el mundo.

Calouste adoraba París, cuyos placeres saboreaba con una sensualidad muy oriental a pesar de trabajar muchísimo. Además, la pensión confortable que le pasaba su padre le permitía dedicarse a ellos sin problemas. Pero, ante la indiferencia de los parisinos, tuvo que decidirse, muy a su pesar, a embarcarse hacia una Inglaterra cuyas nieblas cargadas de humo de fábricas, cuya indigesta cocina y austera moral victoriana odiaba a partes iguales.

Sin embargo, Calouste encontraría muchas razones para felicitarse por este heroico sacrificio. En Londres, su idea encontró, si bien de forma indirecta, el eco que no encontró en Francia. Por supuesto, los súbditos de Su Graciosa Majestad vivían en un país cuyo subsuelo estaba también repleto de carbón, y no tenían más interés por los hidrocarburos que los habitantes de las orillas del Sena. Al igual que éstos, también odiaban el olor de las refinerías. Pero el Foreign Office
consideraba el Cáucaso un lugar estratégico importante en la ruta de las Indias. “Bakú –escribía en aquella época Charles Marvis- es el punto de partida de todas las futuras expediciones a Asia Central. Desde Bakú se pueden embarcar tropas y municiones para las guarniciones de Akhal y Merv”. De hecho, incluso antes de la llegada de Gulbenkian, el gobierno británico había decidido implantar la bandera de la Unión Jack en aquellas recónditas regiones fuera cual fuese la riqueza de su subsuelo. Oportunidad inesperada para el aprendiz de capitalista.

Por consiguiente, y a pesar de su juventud y del carácter poco realista de sus ideas acerca del petróleo –su entusiasmo siempre provocaba sonrisas-, Gulbenkian recibió una buena acogida por parte de los políticos y de los financieros del Reino Unido. Este armenio de aguda inteligencia se convirtió para todos en “el hombre de Bakú”. Negociador nato, con un conocimiento perfecto de la región, Gulbenkian lo tenía todo para convertirse en el hombre providencial con el que el gobierno iba a poder contar para llevar adelante una hábil diplomacia en esa parte del mundo.

En 1902, le concedieron a Calouste Sarkis Gulbenkian la nacionalidad británica y, con el apoyo de varios hombres influyentes, pudo iniciar seriamente sus propios negocios. Tal vez fuera una coincidencia, pero aquel año precisamente, Inglaterra decidió equipar a sus buques de guerra con calderas de fuel, y se produjo así una razón más para interesarse por el Cáucaso y su petróleo. Por consiguiente, las cosas se presentaban muy favorables para el armenio que, a pesar de todo, seguía siendo el único que creía verdaderamente en el radiante porvenir del oro negro.

Además, las vicisitudes de la política internacional iban a acelerar la realización de sus ambiciones. El proyecto alemán de una línea de ferrocarril que debía unir Estambul con la Meca y Bagdad, y que tenía como objetivo no declarado el dominio de Alemania sobre la producción y el comercio del petróleo en Europa, suponía una amenaza directa sobre la ruta de las Indias. La reacción inglesa iba precisamente en el sentido deseado por Gulbenkian: una política ambiciosa en el Próximo Oriente y una alianza cordial con Francia a fin de impedir los objetivos expansionistas de los alemanes… Ya conocemos el resto.

No obstante, en estos delicados asuntos políticos, las preocupaciones del Foreign Office seguían
siendo esencialmente estratégicas. Por aquel entonces, excepto algunos extravagantes al estilo de Gulbenkian, nadie creía aún en el futuro de aquel barro negruzco cuyo mercado parecía estar definitivamente copado por los americanos. El automóvil aún no se había incorporado a la vida cotidiana. Seguía siendo cosa de deportistas y de algunos privilegiados ociosos. La gasolina seguía vendiéndose a granel en la trastienda de las tiendas de ultramarinos y su comercio no era nada atractivo para los inversores, pues existía una dura competencia entre la Standard Oil de Rockefeller en la cumbre de su ambición y los ingleses de la Royal Dutch. Fue con Henry Deterding, presidente de esta última empresa, con el que Caluste Gulbenkian hizo finalmente negocios. Y, en 1912, consiguió montar la Turkish Petroleum Company. Esta sociedad, cuyos objetivos eran la explotación de los yacimientos de Mosul y Mesopotamia, tenía como fundadores al Banco Nacional de Turquía, a la Royal Dutch Shell, al Deutsch Bank y… a Gulbenkian, por supuesto, que participaba en el capital en calidad de persona privada y se había reservado nada menos que el 40% de las acciones.

La jugada genial de Calouste Gulbenkian consistió en vender, o más exactamente, canjear estas
acciones con algunas compañías extranjeras (francesas y americanas sobre todo) a cambio de una renta anual del 5% sobre los beneficios de la sociedad. A primera vista, si se tiene en cuenta la dimensión relativamente modesta de la empresa, el trato parecía absurdo. Al enterarse de la noticia, muchos financieros se llevaron el dedo a la sien con una sonrisa indulgente: “¡Está loco, loco de remate! ¡Más le valdría vender alfombras!” Esta fue la opinión general. Y, en efecto, en comparación al 40% de su participación inicial, el 5% de interés parecía una miseria. La única ventaja del acuerdo estaba, pensaban ellos, en permitir a Calouste salir airoso al retirarse de una asociación cuyos socios sólo deseaban eliminarse entre sí.

Sin embargo, cuando tras unos años la Turkish Petroleum consiguió el monopolio de la explotación petrolera y se convirtió en propietaria de la casi totalidad de los yacimientos de Irak y Mesopotamia (y todo esto sin que Calouste tuviese que desembolsar un céntimo), el miserable 5% se convirtió en un prodigioso maná de 50 millones de libras, que todos los años caía en su bolsa con sólo abrir las manos para recogerlo. Esta fue la prodigiosa jugada de póquer que convirtió a Gulbenkian en uno de los gigantes del oro negro. Con su barba hirsuta, su eterno puro y sus cejas enmarañadas, que le daban aspecto de fauno, el multimillonario inició su entrada en la leyenda y disfrutó de una vida afortunada de maharajá que nada, ni siquiera el “crack” del 29 vendría a turbar.

Después de la Primera Guerra Mundial, volvió a vivir en París, donde estaba su corazón y donde le esperaba el espléndido edificio que se había construido. Prefería, sin embargo, el ambiente animado y novelesco de los grandes hoteles de lujo, así que fijó su residencia en el Ritz; sólo utilizaba su magnífica vivienda para almacenar obras de arte, maravillas del siglo XVIII francés que los anticuarios del mundo entero venían a ofrecerle. Mientras que su mujer –que vivía del en hotel George V- alimentaba la actualidad mundana con su presencia en todos los lugares de moda, Calouste prefería el incógnito y sólo aparecía en público para satisfacer sus dos grandes pasiones de entonces: las carreras de caballos y el baile.

La actividad febril e incesante a la que debía su inmensa fortuna no había impedido que “el señor 5%” se casara y se reprodujera. De su esposa había tenido un hijo llamado Nubar, que se le parecía como una gota de petróleo se parece a otra gota de petróleo. Era de pelo y rasgos oscuros, pequeño y rechoncho, y cogía unas rabietas terribles. El choque de dos personalidades tan enteras tenía que ser explosivo, sobre todo porque el padre había hecho todo lo posible para forjar el carácter de su retoño a imagen del suyo.

Tras estudiar en Cambridge, Nubar entró en los negocios paternos, donde aprendió su oficio
empezando por las tareas más modestas; antes de iniciarlo en la diplomacia, en el mando de los hombres y en las diversas infamias de las finanzas, su padre le obligó a copiar inventarios, a despegar albaranes, a pegar sobres… En la puerta del despacho donde obligaba a su hijo a realizar estas tediosas tareas, Calouste ordenó colocar un cartel que decía: “No hay nada tan divertido como el trabajo”. Todo esto debió de ser una dura prueba para un joven nabab cuya fortuna crecía sin cesar sin que tuviese que mover un dedo y que, al contrario que su padre, sólo soñaba con deslumbrar a su público a fuerza de Rolls, de yates y de diamantes. Además de los Rolls, los yates y las mujeres (tuvo tres), Nubar sentía una pasión devoradora por las orquídeas. Allí donde estuviese no podía aparecer sin llevar una en la solapa. La gran responsabilidad de proporcionarle orquídeas frescas de forma permanente le correspondía a una empresa contratada a tal efecto.

Si bien la crisis económica no tuvo grandes consecuencias para la fortuna de Gulbenkian, la segunda Guerra Mundial alteró algo sus costumbres. Nadie está realmente a salvo de la desgracia. Ya en 1936, por temor a las excentricidades socialistas del Frente Popular, había considerado más prudente trasladar su residencia a Londres y confiar sus colecciones más valiosas a la custodia del British Museum. En 1943, los bombardeos le obligaron a mudarse de nuevo y buscar refugio en Portugal, uno de los raros países que tuvo la sabiduría de no entrar en la guerra con el pretexto de servir a la paz.

Al igual que en París, fijó su residencia en un hotel de gran lujo, el hotel más curioso que se pueda imaginar: el Hotel Aviz, que, en efecto, era una especie de palacio de las Mil y Una Noches cuyo extraño decorado neomorisco sólo se abría para recibir a los reyes, a los hombres de Estado y a los poderosos de este mundo. Calouste Gulbenkian alquiló para él solo el primer piso del edificio y le dio a entender al presidente Salazar que no se lo cedería a nadie, aunque se tratara del papa en persona. La “suite” alquilada constaba de salas de recepción y, sobre todo, de un cuarto de baño pompeyano en mármol de Estremoz veteado en rosa y malva que debía de ir muy bien, mejor que cualquier otro decorado, con su físico de sátiro de mirada enmarañada.

Dedicaba la mayor parte de su tiempo a ver crecer su fortuna y mantener con Nuba una relación pasional hecha de riñas, disputas y reconciliaciones temporales seguidas de nuevas peleas y posteriores reconciliaciones. Fue en este decorado mágico donde llegó al final de su lujosa existencia. Allí moriría un 20 de julio de 1955. Dejó a sus herederos –Nubar y su herm
ana- una fortuna valorada de forma aproximada en 33.600 millones de euros.

Nubar Gulbenkian heredó de su padre el sentido de la diplomacia. Su máxima era: “Si se puede
evitar, lo mejor es no discutir, sobre todo cuando se está en el petróleo. Murió en Grasse, en enero de 1972, sin hijos. La dinastía se acabó con él. Hoy, la Fundación Gulbenkian, que es también un prestigioso museo en Lisboa, guarda obras de arte que el multimillonario padre fue reuniendo pertenecientes a todas las épocas y en especial al siglo XVIII francés. Administra además unas 150 bibliotecas repartidas por todo Portugal así como varios institutos culturales en diferentes países.
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