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sábado, 19 de abril de 2014

Jan van Eyck




“El Matrimonio Arnolfini” parece a primera vista un cuadro corriente. Es una acogedora escena doméstica, completada con un perro peludo y zapatos sucios. Los detalles sólo aparecen cuando se lo inspecciona detenidamente: los reflejos que brillan en el candelabro, las sombras que caen sobre un pináculo de madera esculpida y los cerezos en flor de un árbol que hay fuera. Y cuando la mirada se detiene en la pared del fondo de la habitación, vemos una recargada inscripción en latín donde se lee: “Jan van Eyck estuvo aquí. 1434”.

Se trata de una firma; una de las primeras firmas de artista de la historia. Dirigir tanto la atención hacia sí mismo era algo sin precedentes para un pintor. Los artesanos pintaban de manera anónima para la gloria de Dios, y no se preocupaban de cosas como las sombras, la perspectiva o la profundidad. Y en ese momento, llega caído del cielo este cuadro puramente secular de un hombre y una mujer con su perro. Tiene sombras, una representación tridimensional y está firmado. No se trataba sólo de un nuevo cuadro, era algo revolucionario.

No sabemos gran cosa de Van Eyck, aparte de que nació en Flandes (una parte de la actual Bélgica), pero démosle al tipo un respiro. Mientras estaba redefiniendo la idea de artista, a nadie se le ocurrió tomar nota de su biografía.

La primera noticia que se tiene de él data de 1422, cuando estaba trabajando en La Haya como pintor de corte del conde de Holanda. En el año 1425, Van Eyck pasa a ser pintor de corte y valet de chambre, un puesto de honor, de Felipe el Bueno, duque de Borgoña. Felipe apreciaba al artista, y lo envió a diversas misiones diplomáticas, lo hizo padrino de su hijo y dio una pensión a su viuda. Los informes del duque incluyen una carta en la que regaña a sus empleados por haberse demorado en entregar la paga al artista.

Uno de los primeros cuadros conocidos de Van Eyck es tambén uno de los más famosos. El “Políptico de Gante” es un enorme retablo creado para la catedral de San Bavón, en Gante. Incluye una inscripción que declara que fue empezado por Hubert van Eyck, pero que lo acabó Jan en 1432. De Hubert no sabemos nada de nada y aunque la inscripción asegura que “no existe mejor” artista; los historiadores creen que fue el hermano mayor de Jan.

El retablo ignora siglos de tradición artística. En lugar de ser una representación plana y simbólica,
consigue crear una sensación de tridimensionalidad sin precedentes, especialmente a través de la luz y la sombra. Van Eyck también revolucionó el uso del color utilizando pintura con base de óleo en lugar de témpera (con base de huevo). Las pinturas al óleo pueden aplicarse en capas para crear un color traslúcido; también se secan lentamente, lo que permite el retoque (Por esa razón a Miguel Ángel no le gustaba el óleo, creía que era para las personas sin carácter) El resultado es de más profundidad y brillantez, y un mayor control.

La restauración del Políptico de Gante, entre 1950 y 1951, descubrió muchos retoques y restauraciones anteriores de manos poco habilidosas, de manera que los expertos en arte se propusieron reparar el daño. Cuando estaban estudiando el cuadro con rayos X, observaron que la imagen del Cordero de Dios había sido totalmente pintada de nuevo, y que el cordero original había quedado tapado bajo una torpe imitación. Los restauradores empezaron a descubrir el cordero más antiguo, empezando por la cabeza, pero los de Gante estaban impacientes y pidieron que les devolvieran el retablo. Los expertos no tuvieron más remedio que devolver la pintura con el trabajo a medias. En la actualidad, si se mira de cerca el Cordero, se puede ver que no tiene dos orejas, sino cuatro.

Volvamos de nuevo al más famoso cuadro de Van Eyck, “El Matrimonio Arnolfini”, que data de
1434. El hombre va vestido con una capa de piel con adornos, y lleva un enorme y fofo sombrero negro (de rigor en la indumentaria de moda de los borgoñeses); la mujer lleva un tocado blanco, un vestido verde y blusa azul. De la pared del fondo cuelga un espejo convexo con un marco decorado, que refleja la ventana, a la pareja y, lo que es más intrigante, a dos figuras apenas visibles de pie en el umbral de la puerta, exactamente donde se colocaría uno si estuviera mirando hacia dentro de la habitación. Encima del espejo está la extraña firma: “Jan van Eyck estuvo aquí. 1434”. ¿Qué hace que este cuadro sea tan importante? Primero, el tema. No es religioso: se trata de gente corriente, no de santos, vírgenes o mártires, ni siquiera de la realeza. Segundo, su extraordinario realismo. La luz entra por la ventana bañando el rostro de la mujer con un brillo suave. La piel de la capa del hombre parece ser suave y mullida; se pueden ver los detalles de la piel de las naranjas que hay en el alféizar de la ventana.

La reacción de la mayoría de la gente ante “El Matrimonio Arnolfini” es: “¡Vaya, esa mujer está muy embarazada!”. Un comentario siempre acompañado de risitas maliciosas, porque se supone que el cuadro representa una boda, o, lo que es peor, un compromiso de matrimonio. ¿Se trataba de un matrimonio a la fuerza, en vista de lo que había en perspectiva?

Resulta que la mujer iba simplemente vestida a la moda de la época. En el siglo XV los vestidos tenían tanta ropa extra en la parte delantera que las mujeres se veían obligadas a levantárselos incluso para poder caminar. De modo que no podemos suponer que la señora Arnolfini está con bombo sólo porque parezca que le faltan cinco minutos para dar a luz.

Queda por descubrir a quién y qué representa el cuadro. Los primeros inventarios lo describen como un retrato de un hombre llamado Hernoul le Fin, y un estudioso del siglo XIX relacionó este nombre con el de los Arnolfini, una familia italiana de mercaderes textiles que trabajaban en Brujas. Durante más de un siglo se creyó que el cuadro
representaba a Giovanni di Arrigo Arnolifini y a su esposa, Giovanna Cenami, hasta que se descubrió que la pareja se había casado treinta años después de la fecha del cuadro. En este momento los estudiosos están divididos. Algunos creen que representa a Giovanni con su anterior esposa, mientras que otros piensan que se trata de un Arnolfini completamente diferente.

Tras la muerte de Van Eyck, el 9 de julio de 1441, su reputación como “el rey de los pintores” se extendió por toda Europa. Uno de los grandes herederos de su tradición fue el pintor holandés Johannes Vermeer (1632-1672), cuyos interiores de clase media bañados de luz deben mucho al legado de Van Eyck. En todas sus obras llama la atención su firma; algunos cuadros llegan a proclamar: “Van Eyck me hizo”. Puede que no sepamos mucho de él, pero su destacada firma sugiere que creía firmemente en la importancia de su papel en el mundo artístico.

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