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jueves, 17 de abril de 2014

Diógenes – El cinismo como forma de vida



 Diógenes fue un filósofo griego atípico. Combativo, irónico, mordaz, enemigo de la especulación filosófica, fue ante todo un provocador. Formuló la visión cínica de la vida y legó a la Historia una ingente cantidad de anécdotas –algunas verídicas- que revelan, mucho mejor que su pensamiento, su particular visión del papel social del filósofo.

Cuenta Diógenes Laercio –en su obra Vidas, Opiniones y Sentencias de los Filósofos Más Ilustres- que, en cierta ocasión, su homónimo Diógenes el Cínico (400-323 a. C.) paseaba por el ágora ateniense a plena luz del día con un farol encendido en la mano; cuando, asombrados, sus conciudadanos le preguntaron la razón, él repuso: “Estoy buscando un hombre honesto”.

La doctrina filosófica de Diógenes no se halla en las obras que escribió –de las que casi nada se ha conservado-, sino más bien en su forma de entender y vivir la vida; en su plena y radical coherencia y, sobre todo, en su afán de convencer no con argumentos, sino con burlas y provocaciones. Sólo concedía importancia a la ley natural, negándose a respetar convención social alguna, ni siquiera las relativas a las necesidades fisiológicas más íntimas-incluso se masturbaba en público-; para él, no había nada de vergonzoso en utilizar remedios naturales para satisfacer necesidades naturales. Defendía como lícito el incesto y rechazaba la familia y el matrimonio por considerarlos costumbres impuestas. En definitiva, asumió la condición estrictamente animal del ser humano, preconizando la vuelta a la naturaleza y el abandono de unos valores sociales, para él, enviciados y caducos.

Diógenes fue un filósofo que sorprendió a sus coetáneos con una actitud vital mordaz, provocadora y sarcástica. Renunció a toda comodidad material para vivir en una tinaja (el famoso tonel de Diógenes), al creer que la felicidad humana exige austeridad y recogimiento interior. Como desconocía el concepto de vergüenza (aídos), sus conciudadanos le llamaron El Perro –en griego, kynicós, “perruno”, de donde procede nuestro adjetivo cínico, en el sentido de “procaz” o “impúdico”-, al representar este animal entre ellos la desvergüenza (anaídeia).

Diógenes nació en Sínope, ciudad del Ponto, al sur del Mar Negro, entonces bajo influencia helénica y hoy en territorio turco. Cuentan las imprecisas crónicas que, involucrado con su padre en un caso de falsificación de moneda, tuvo que abandonar su tierra natal, no se sabe bien si desterrado o huyendo. Ese suceso marcó su vida y también su pensamiento ético, pues para los griegos el exilio era una condena terrible, al suponer la separación definitiva del hogar y la pérdida de la ciudadanía. Tiempo después, el propio Diógenes, tratando de restar importancia a esta pérdida, se declaró cosmopolita o “ciudadano del mundo”.

Llegado a Atenas, Diógenes conoció a Antístenes –discípulo de Sócrates y precursor del cinismo-,
tratando repetidamente de que, pese a su negativa a tenerlos, le admitiera como discípulo. Harto Antístenes de su perseverancia, en cierta ocasión le amenazó con su bastón, dispuesto a descargarle un buen golpe que le hiciera desistir. Diógenes le detuvo, diciéndole: “¡Pega! Pero no encontrarás un palo tan duro que me aparte de ti mientras yo crea que dices algo importante”. Tenaz y convincente, Diógenes lograría que finalmente le aceptara como discípulo. De él aprendería, llevándolos hasta sus últimas consecuencias, algunos importantes conceptos éticos, como el de la búsqueda interior de la virtud mediante el contacto con la naturaleza; la autoexigencia de la vida austera e, incluso, la sencillez estética: la túnica como única vestimenta, el morral como única propiedad y el bastón y la barba como signos externos del filósofo. Diógenes, como su maestro, siempre pensó que la riqueza del hombre no se halla en su casa, sino en su alma y que, por tanto, el sabio debe rechazar toda apetencia material, esforzándose por seguir el camino ascético de la verdadera felicidad: la autosuficiente individual. En tal sentido, consideraba que su pobreza material era el precio a pagar por su libertad. Mendigo como era, y con su habitual tono provocador, llegó a decir que no vivía peor que el gran rey de Persia, ya que ambos cambiaban de residencia cuando llegaba el verano. Era cierto: Diógenes invernaba en Atenas en su tonel de barro y veraneaba al aire libre en los jardines de Corinto.

Fueron muchos a los que martirizó con su constante sátira; en especial, a los filósofos, que buscaban explicaciones y teorías para problemas que nada tenían que ver con la realidad del hombre. En aquel siglo IV a. de C., la sociedad griega, pasado ya el esplendor de las ciudades-estado, había entrado en una crisis de valores que acabaría con la inminente consolidación del imperio macedónico de Alejandro Magno y el definitivo ocaso de las polis helenas. En aquel tiempo de cambio, el ágora ateniense hervía de pensadores y filósofos a los que Diógenes no se cansaba de desconcertar con sus desvergonzados actos. Por ejemplo, al gran filósofo Xenón, que negaba ontológicamente el movimiento, le replicó Diógenes poniéndose en pie y andando. Al oír que Platón –que le llamaba Sócrates enloquecido tras sostener con él numerosas controversias- definía al hombre como “un animal bípedo sin plumas”, le rebatió desplumando un pollo y diciendo: Éste es el hombre de Platón”, lo que –según la tradición- obligó a que el aquél matizara: “El hombre es un animal bípedo, sin plumas… y con las uñas anchas”.

Provocación, procacidad y austeridad; esos fueron los pilares de su actitud vital. Las anécdotas que de él se cuentan son casi infinitas. Por ejemplo, tras haber sido esclavizado en Creta y antes de ser subastado públicamente, al preguntarle el pregonero qué sabia hacer, él, sin pensárselo mucho, contestó: “Gobernar hombres”. Oída tal respuesta, impropia de un esclavo, el pregonero, irónico, preguntó a los compradores “si alguien querría hacerse con los servicios de un amo”.

Pese a su arrogancia, Diógenes fue comprado por Jeníades de Corinto, en cuya casa cuidó de la
educación de los hijos, aunque, muy pronto, pasó efectivamente, a gobernarla. En aquella tarea educativa, que llenó sus últimos años, Diógenes aplicó también sus valores éticos. Disfrutaba con la tarea y con su condición de esclavo, y cuando, en alguna ocasión, sus amigos se ofrecieron a comprar su libertad, él replicó tajante: “¡Qué simples sois! Los leones no son esclavos de quienes los alimentan, sino que los que los alimentan lo son de los leones”. Al alcanzar la madurez, Diógenes radicalizó aun más sus planteamientos. Ya anciano y aún esclavo, no quiso reducir su actividad o dulcificar las condiciones de su vida, sino que continuó fiel y su estilo, y aún lo reforzó, diciendo a quienes le sugerían un descanso: “Si corriese la carrera de fondo, ¿debería descansar al acercarme al final, o más bien apretar más?”.

El legado de la vida y las ideas de Diógenes no se agotó en la pervivencia de la escuela cínica. Más allá de la figura de algunos de sus seguidores –Crates de Tebas, Mónimo de Siracusa, Onesícrito de Astipalea…- y de la influencia que ejerció sobre los estoicos, la actitud vital cínica ha perdurado hasta nuestros días con una vigencia que se puede considerar universal. La Historia está llena de movimientos y personajes que, como Diógenes, han reclamado, generalmente en épocas de crisis de valores, una vuelta a la sencillez, la naturalidad y la libertad humanas; pensadores singulares que han buscado con la luz del raciocinio a aquel mismo hombre honesto que Diógenes buscaba inútilmente con un farol.

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