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jueves, 15 de noviembre de 2012

El origen de la corbata



 
La moda sirve para marcar distinciones sociales y de clase. ¿Cómo no ver un símbolo de reconocimiento social en el inevitable traje y corbata que lucen el joven ejecutivo dinámico, el empresario conquistador o el director autosuficiente? Llevar traje y corbata se ha convertido en una especie de uniforme que revela la pertenencia a un grupo determinado.

Para demostrar que este hábito que llevan pegado a la piel pertenece al registro de los signos de distinción, no hay más que observar los denodados esfuerzos de los empresarios y los ministros para aparecer, en ocasiones muy elegidas, sin corbata y con el cuello de la camisa desabrochado, Porque, al renunciar a ponerse la corbata, esperan a menudo….reanudar el diálogo.

Lejos de significar una señal de reconocimiento, las primeras corbatas aparecen en el cuello de los legionarios romanos. Más que un accesorio, se trataba de una prensa necesaria que, anudada al cuello, servía para empapar el sudor. Después, la corbata no se utilizó durante diez siglos. Reaparece hacia el XVI en forma de collarín o de grandes cuellos de encaje. Después, en la segunda mitad del XVII, los soldados de Luis XVI empezaron a llevar una especie de pañuelo al cuello.

La verdadera corbata aparece en 1668. Era más parecida a una bufanda que se anudaba tras dar dos o tres vueltas al cuello. Generalmente blanca, esta corbata estaba la mayoría de las veces adornada con puntillas en sus extremos. En esa época aparece la palabra corbata, deformación de “croata”, porque había un regimiento de esa nacionalidad que llevaba ese tipo de accesorio.

A finales del siglo XVII se produjo un episodio miliar que, según cuenta la leyenda, iba a marcar la historia del uso de la corbata. En 1692, en la batalla de Steinkerque (Bélgica), las tropas del mariscal de Francia François-Henri de Montmorency, duque de Luxemburgo (1628-1695) se enfrentaron a las de Guillermo III de Orange (1650-1702). Defensor del protestantismo frente a la hegemonía católica, Guillermo III subió al poder cuando Luis XIV invadió Holanda (1672) y en 1692 reinaba también sobre Inglaterra, Escocia e Irlanda.

En aquella famosa batalla de Steinkerque (1692), las tropas del Duque de Luxemburgo obtuvieron
una brillante victoria. Sin embargo, el mariscal habría dado una orden de ataque precipitada que impidió a los oficiales franceses anudarse bien la dichosa corbata. En el fragor del momento, habrían pasado el extremo del pañuelo por un ojal de su guerrera (el sexto, según los puristas). Sin quererlo, habían inaugurado un look algo desaliñado. Debidamente festejado a su vuelta a la capital, el regimiento habría exhibido esa manera apresurada, original y “descuidadamente elegante” de llevar la corbata. No hizo falta otra cosa para que la aristocracia parisina adoptara la moda de la corbata Steinkerque y para que numerosas señoras siguieran también el ejemplo.

En ese final del siglo XVII aparecieron diversas formas de corbata, desde simples cintas de encaje hasta pañuelos de muselina muy elaborados con puntillas de encaje y anudados en sus extremos. A pesar de esta afición, la corbata desapareció durante buena parte del siglo XVIIII y después volvió a las calles francesas bajo el Directorio (1795-1799). Blanca, con motivos de cachemir o negra, resultaba muy envarada. A partir de ahí, dio lugar a la corbata romántica de la que cada uno se encargaba de hacer el nudo.

A partir de los años veinte del siglo XIX, la corbata se impuso como uno de los accesorios más apreciados del dandismo, y los que se complacían en el culto de lo bello y lo inútil hasta en sus mínimos detalles se dedicaron a venerar su uso. En la época del dandismo, que cuenta en sus filas a Charles Baudelaire, Oscar Wilde, o Mariano José de Larra, circulaban manuales sobre el arte de la elegancia en el vestir, y más concretamente sobre el modo de llevar, ajustar y anudar mejor la corbata.

Considerado como árbitro de la elegancia, George Brummell (1778-1840) creó un auténtico ritual en la elección y el modo de llevar la corbata. La leyenda dice que se probaba decenas de ellas cada día antes de decidirse por una. Después venia la elaboración del nudo, que debía alcanzar la perfección en el arte supremo de lo natural, como para sugerir mejor que la improvisación se nutre del aprendizaje invisible de una técnica laboriosa.

Vendrá después el simple nudo alrededor del cuello y la corbata plastrón, sujeta con un alfiler y que cubre todo el pecho. Aparecida al final del Segundo Imperio, la regata (o corbatita de nudo) se parecía mucho a la que conocemos hoy: era un nudo del que salían dos cintas verticales superpuestas. A finales del siglo XIX tuvo un gran éxito entre artistas, poetas y escritores la lavallière o chalina, una banda ancha de tela fina anudada sobre la camisa y formando dos caídas.

2 comentarios:

Christian Troncoso dijo...

Estimado Manuel, me ha parecido muy interesante tu artículo. Quisiera saber si has utilizado alguna fuente o es de completa redacción tuya, en tal caso, ¿podrías darme tu apellido? es para citarlo en un artículo.
Desde ya, muchas gracias y felicitaciones por tu blog.

manuel dijo...

Puedes encontrarlo en El Por qué de las Cosas, escrito por Daniel Lacotte. Un saludo y gracias por pasarte por aquí!