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lunes, 16 de julio de 2012

¿Pueden ver y oír los fetos?


A los siete u ocho meses de gestación, cuando el feto abre los párpados que antes tenía pegados, los ojos están ya bien desarrollados y pueden ver. Además, las paredes del abdomen y del útero de la madre se han dilatado tanto que a través de ellas puede entrar algo de luz. Cuando una mujer en esta etapa del embarazo toma el sol en bikini, el feto se ve envuelto en una penumbra rojiza como la que produce la mano al ponerla contra la luz de una vela.

Los embriones poseen un sentido completo del oído, es decir, pueden diferenciar los timbres de voz y altura del tono. Son, por ese motivo, muy superiores a los adultos. Oyen el latido del corazón de su madre, los gorgoteos del intestino, el sonido de su voz e incluso el ruido de un portazo o la sonoridad de una sinfonía. Las investigaciones demuestran que un ruido fuerte e imprevisto puede acelerar el ritmo cardíaco del feto, y con el ultrasonido se ha visto cómo se voltea hacia el tintineo de una campana o el destello de una luz.

Por cierto, los fetos pueden incluso filtrar y hacer desaparecer de forma gradual las frecuencias muy graves, gracias a lo cual el pequeño no sufre con los ruidos del tracto digestivo o el latido del corazón de su madre. Si no dispusiera de esta capacidad, el embrión sería sordo desde antes de nacer.
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martes, 10 de julio de 2012

1913- KANDINSKY – COMPOSICIÓN VII



Una noche de 1910, Wassily Kandinsky entró en su estudio de Múnich y vio una tela que, sin darse cuenta, habían colgado del revés y se quedó embelesado. Comprendió, de súbito, que era un cuadro de “extraordinaria belleza, que brillaba con resplandor interior”. Como contaría algún tiempo después, en aquel momento, el emigrado ruso supo, en un relámpago inspirador, qué significa realmente la abstracción. En relación con el arte, “abstracción” no significaba “cualquier cosa que pueda ser percibida por los sentidos; significaba tratar de representar el contenido intelectual de algo”. Esto no significaba pintar a una pareja abrazándose, por ejemplo, sino expresar sus sentimientos de alegría, amor y seguridad solo por medio de un enfoque no representativo.

Se ha discutido largo y tendido sobre quién fue el primero que pintó un cuadro abstracto y que, por lo tanto, debería ser considerado el fundador de ese arte. Durante toda la vida Kandinsky estuvo convencido de que el honor tendría que haberle correspondido a él. Hoy es un hecho bien conocido que otros artistas, como Hans Schmithals, pintaron cuadros abstractos antes que él. Sin embargo, Kandinsky se merece todo el mérito por la forma vanguardista en que permitió que el color y la forma se hicieran independientes en sus composiciones.

Kandinsky rechazó una cátedra universitaria de Derecho para convertirse en pintor. Su avance hacia la abstracción fue largo y arduo. Al principio de su carrera artística, cualquier tipo de pintura que no correspondiera a la realidad, lo desconcertaba. A la edad de treinta años, vio una exposición de los impresionistas franceses en Moscú y permaneció horas delante del Almiar, de Monet, garabateando notas: “Fue solo al leer el catálogo cuando comprendí que era un almiar. No había sabido verlo. Me sentí avergonzado por no haber sido capaz de hacerlo. También sentía que un pintor no tenía derecho a pintar de forma tan confusa. Percibía torpemente que el verdadero tema del cuadro estaba ausente”. Luego, Kandinsky se fue familiarizando con la tela y observó, feliz: “El cuadro no solo nos atrapa, sino que se graba de forma indeleble en nuestra memoria, para aparecer, siempre de forma inesperada, ante nuestros ojos con todos sus detalles… La pintura ha cobrado un poder y una magnificencia mágicos. De todos modos, de forma inconsciente, el tema ha quedado desacreditado como elemento inevitable del cuadro. Tenía la impresión general de que una diminuta partícula de mi Moscú de cuento de hadas, bañado por el sol, ya tenía una existencia propia en la tela”.

Pese a su lealtad a la abstracción, Kandinsky se inspiraba únicamente en el mundo visible, empezando por las tallas de las casas de los campesinos rusos y llegando a las máscaras africanas y las tablillas votivas de la Alta Baviera. No era su propósito representar la nada en sus obras; trataba de revelar el caos primario del cual surgía la fuerza creadora, esa fuerza que una vez formó el mundo. “Composición VII”, la obra más importante del pintor en el período anterior a la Primera Guerra Mundial no da fe de la destrucción, sino que transmite el mensaje de un principio creativo.
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viernes, 6 de julio de 2012

Santa Úrsula




La historia de santa Úrsula fue construyéndose a lo largo de los siglos y su versión más conocida es la que aparece recogida en “La leyenda áurea”, de la época medieval.

Santa Úrsula era una princesa cristiana, hija de un rey bretón que pretendía casarla con un príncipe pagano. Ella accedió a casarse con la condición de que se le asignasen diez damas de honor vírgenes y que tanto ella como las diez damas tuvieran a su servicio otras mil vírgenes cada una. Santa Úrsula y su enorme séquito de vírgenes fueron en peregrinaje hasta Roma para bautizar al pretendiente pagano. Tras remontar el Rin hasta Colonia, donde soñó su martirio, prosiguieron viaje hacia Basilea y, finalmente, hasta Roma, donde tuvieron una audiencia con el papa. A su regreso, se encontraron con que los hunos de Atila habían ocupado Colonia y las once mil vírgenes murieron a flechazos.

Existen indicios arqueológicos que permiten afirmar la existencia histórica de esta figura. Aunque el nombre de Úrsula no empieza a aparecer mencionado hasta el siglo IX, una inscripción de hacia el año 400 hallada en la iglesia de Santa Úrsula, en Colonia, sostiene que dicha iglesia se había restaurado en memoria de varias vírgenes mártires. Hacia el siglo X, el grupo de mártires que acompañaba a la santa creció hasta una cifra total de once mil, despropósito éste que tal vez se explique por la lectura incorrecta de una inscripción donde se puede leer “XIMV”, que significa XI Martyres Virgines (“Once mártires vírgenes”), y no XI Millia Virgines (“Once mil vírgenes”), tal como se interpretó.

El culto a santa Úrsula (que se suele representar con corona, flechas, prendas de peregrino y un barco en las cercanías), gozó de una enorme popularidad durante toda la Edad Media. Sus representaciones suelen contar de series en las que se recrean diversos episodios de la vida de la santa. Como es obvio, santa Úrsula es la santa patrona de las vírgenes, de ahí que a veces se la represente protegiendo bajo su manto a alguna muchacha.

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miércoles, 4 de julio de 2012

1925-Mein Kampf (y 3)




(Continúa de la entrada anterior)

No se trataba de privar a los judíos de la ciudadanía o de expulsarlos de determinados terrenos sociales. Se trataba de su exterminio físico. De haberse dado éste, según Hitler, Alemania no habría perdido la Primera Guerra Mundial. El gaseamiento de unos cuantos millares de judíos habría tenido, según él, un efecto salvífico sobre los obreros alemanes:

Si al principio de la Guerra y durante la Guerra se hubiera arrojado gas venenoso sobre doce o quince mil de estos hebreos corruptores del pueblo como sucedió con centenares de miles de nuestros mejores obreros alemanes en el campo de batalla, el sacrificio de millones en el frente no habría sido en vano.

Sin embargo, Mein Kampf no solo anunciaba un nefasto futuro para las libertades alemanas, los enfermos mentales, los inválidos y los judíos. Preconizaba el estallido de una guerra en pro de la expansión de Alemania, que se convertiría en el mayor conflicto de todos los siglos. La base legitimadora se encontraba una vez más en el carácter darwiniano de la ideología hitleriana que creía en una lucha por la supervivencia de la que sólo la raza aria debería emerger como vencedora.

Una raza más fuerte expulsará a los débiles porque el impulso vital en su última forma, una y otra vez, acabará con todas las limitaciones de la denominada humanidad de los individuos para reemplazarla por la humanidad de la Naturaleza que destruye a los débiles a fin de entregar su lugar a los fuertes.

(…) la Naturaleza como tal no ha reservado este suelo para la posesión futura de ninguna nación o raza particular; por el contrario, este suelo existe para la gente que posee la fuerza para tomarlo y la industria para cultivarlo. La Naturaleza (…) confiere el derecho del amo a su hijo favorito, el más fuerte en el valor y la habilidad.

Obviamente, Hitler era consciente de que el intento de arrebatar el territorio de otro país provocaría un
conflicto armado de dimensiones mundiales. Sin embargo, afirmaba que existían distintas legitimaciones para semejante acción bélica. La primera era que el hecho de que Alemania privara a otros pueblos de su tierra sólo podía ser considerado un acto de justicia divina. La segunda era, nuevamente, darwiniana y se definía como la convicción de que la Naturaleza ha establecido la ley del más fuerte y por lo tanto éste debía conquistar cualquier territorio en disputa. Alemania, por lo tanto, sólo tenía una salida para sus problemas, y ésa no era otra que la guerra de expansión en el continente europeo, una guerra encaminada sobre todo a despojar a Rusia de sus territorios:

En consecuencia para Alemania la única posibilidad de llevar a cabo una política territorial saludable descansa en la adquisición de nuevo territorio en la misma Europa. Si se deseaba tierra en Europa, podía ser obtenida sólo en la medida deseada a costa de Rusia y esto significaba que el nuevo reich tiene que caminar de nuevo por la senda de los Caballeros Teutónicos de antaño, para obtener gracias a la espada germánica terreno para el arado alemán y pan diario para la nación.

Para lograr esos objetivos, Alemania debía aliarse no sólo con su congénere racial (Gran Bretaña) sino también con su congénere político (la Italia fascista) y lograr aislar a Francia, la segunda potencia territorial de Europa.

El testamento político de la nación alemana para gobernar su política exterior debería ser y tiene que ser: nunca tolerar el surgimiento de dos poderes continentales en Europa. Considerar cualquier intento de organizar una segunda potencia militar en las fronteras alemanas, incluso si eso significara solamente la creación de un estado capaz de tener fuerza militar como un ataque contra Alemania, y en ello ver no sólo el derecho, sino también el deber de emplear todos los medios incluyendo la fuerza armada para prevenir el surgimiento de un estado así o, si ya hubiera surgido, destrozarlo (…).

Puesto que para esto necesitamos poder, y puesto que Francia, el enemigo mortal de nuestra nación
de manera inexorable, nos estrangula y nos priva de nuestra fuerza, tenemos que aceptar cualquier sacrificio cuyas consecuencias están calculadas para contribuir a la aniquilación de los esfuerzos franceses encaminados a la hegemonía en Europa (…) ninguna renuncia puede parecer inaceptable si el resultado final que ofrece es la posibilidad de acabar con tan vil enemigo.

La visión geopolítica de Hitler no podía quedar más claramente establecida. Se trataba de crear, mediante la utilización de una visión militar-racista de corte darwiniano, un imperio ario construido a expensas de los países del Este. Los aliados indispensables serían los británicos y los italianos. Francia, por su parte, se vería reducida a un puesto subordinado. En cuanto al resto de los países europeos, quedarían convertidos en meros satélites destinados a proveer a Alemania de aquello que pudiera necesitar:

La protección poderosa de nuestro flanco, por un lado, y la garantía completa de nuestros alimentos y materias primas, por el otro, constituirían el efecto benéfico de la nueva constelación de estados. Pero casi más importante sería el hecho de que la nueva liga incluiría estados que en su productividad técnica casi se complementan entre sí en muchos aspectos. Por primera vez, Alemania tendría aliados que no drenarían nuestra economía como parásitos, sino que podrían contribuir y de hecho lo harían a suplir de la mejor manera nuestro armamento técnico.

En buena medida, los planes y propósitos expuestos por Hitler en Mein Kampf parecían más propios de una utopía (siniestra, pero utopía al fin y al cabo) que de un análisis político y social que pudiera contar con unas mínimas posibilidades de éxito. Sin embargo, el libro (que, curiosamente, convertiría en multimillonario a su autor) iba a verse cumplido de manera meticulosa.

Nada más llegar al poder, Hitler puso de manifiesto cuál iba a ser el resultado del conflicto ario-judío. En su
discurso de 30 de enero de 1933, afirmó que una nueva guerra mundial (precisamente la que había anunciado en “Mein Kampf”) concluiría con la aniquilación de la raza judía en Europa. No se trataba de retórica. El 29 de marzo de ese mismo año, el partido nazi constituyó un comité encargado de la defensa contra el horror judío y el boicoteo. Se trataba sólo del inicio. A continuación se expulsó a los judíos de áreas como las escuelas (25 de abril de 1933), la prensa y el arte. Dos años después, en septiembre de 1935, las leyes de Nüremberg proscribieron el matrimonio y las relaciones sexuales entre arios y judíos, y disolvieron los matrimonios entre ambos. Desde entonces a 1938, los judíos fueron excluidos del funcionariado, de los negocios y del trabajo, obligándoseles incluso a cerrar y liquidar sus negocios por cantidades casi simbólicas. Después del pogromo conocido como la Kristallnacth, los judíos no sólo no fueron indemnizados sino que además se les impuso colectivamente una pesada multa. Sin embargo, aún quedaba por llegar lo peor.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial puso en manos de los nazis a millones de judíos, que fueron hacinados en gigantescos guetos a la espera de que llegara el momento más oportuno para proceder con ellos según lo indicaba “Mein Kampf”. La prolongación del conflicto, la entrada en guerra de un país tan importante como Estados Unidos y la invasión de la URSS (que se esperaba concluyera con una rápida victoria) permitió iniciar un proceso en gran escala de asesinatos masivos de judíos. Las fuentes nazis nos muestran, vez tras vez, un ansia por aumentar el número de exterminados a la vez que por reducir el tiempo necesario para llevar a cabo esta tarea. En los guetos morían decenas de miles por hambre, enfermedad y miseria, y de la misma manera los fusilamientos en masa llevados a cabo por los Einsatzgruppen significaban la posibilidad de acelerar el proceso de exterminio asesinando a millares de personas casi diariamente. Pero no era bastante. Finalmente, se recurrió al uso del gas, como se había hecho antes de estallar la guerra, para asesinar a los enfermos mentales. De hecho, buen número de los encargados de utilizarlo para exterminar a los judíos ya habían adquirido experiencia en la eliminación de inválidos y enfermos.

Hasta entonces el nazismo no se había diferenciado excesivamente en sus campos de trabajo esclavo del horror del Gulag o de otros sistemas de muerte a medio plazo. A partir de entonces, se caracterizó por la creación de un nuevo tipo de campo, el de exterminio, en el que los ejecutores, como los matarifes, esperarían a las víctimas para eliminarlas al cabo de apenas unas horas de su llegada.

Las castraciones, las esterilizaciones, los experimentos médicos, los asesinatos en masa tradujeron así a la realidad los proyectos de Hitler expresados en “Mein Kampf”. El 23 de marzo de 1943, el inspector de estadística del Reichsfürher de las SS, el doctor Korherr, enviaba a Rudi Brandt, el secretario de Himmler, un informe sobre “La solución final de la cuestión de los judíos europeos”. Sus conclusiones no podían resultar más obvias:

(…) cuando se produjo en 1933 la toma del poder, el número de judíos en Europa era superior a los
diez millones. Esa cifra ha descendido a la mitad. El descenso de unos cuatro millones se debe a la influencia alemana.

A más de dos años del final de la guerra, los nazis habían logrado deshacerse de cuatro millones de judíos. De no haberse producido la serie de ofensivas soviéticas que destrozaron al ejército alemán en el frente del Este y que lo obligaron a retroceder, la cifra de judíos asesinados, que hoy podemos situar entre los seis y los siete millones de personas, habría sido aún mayor. Sin embargo, nadie podía llamarse a engaño sobre un proyecto que Hitler había anunciado ya en 1923.

Algo similar había sucedido con el estallido de la guerra mundial. El 14 de octubre de 1933, Alemania abandonó la Conferencia de Desarme; en marzo de 1935, Htiler implantó el servicio militar obligatorio, denunció las cláusulas militares del Tratado de Versalles e inició una política abierta de rearme; en la primavera de 1936, denunció el tratado de Locarno y remilitarizó Renania; en julio del mismo año, prestó ayuda a Franco en su sublevación contra la II República española, etc. No resulta extraño que el 5 de noviembre de 1937 anunciara su propósito de iniciar una guerra en Europa a los jefes de los tres ejércitos y al ministro de asuntos exteriores (Protocolo Hossbach). El 4 de febrero de 1938, Hitler asumía el mando de los tres ejércitos. En marzo, invadió Austria y en la primavera cursó órdenes para que se procediera a invadir Checoslovaquia. Si el estallido del conflicto, largamente planeado por Hitler, se retrasó entonces se debió únicamente a la política de apaciguamiento de Gran Bretaña y Francia, que entregaron Checoslovaquia en manos del dictador.

Aunque Hitler afirmó, en un alarde de cinismo político, que los Sudetes constituían su última reivindicación
territorial en Europa, lo cierto es que sabía que el estallido de la guerra se acercaba. En marzo de 1939, Alemania creó con los restos de Checoslovaquia un Estado satélite que recibió el nombre de protectorado de Bohemia-Moravia, exigió de Polonia la devolución de Dantzig y la construcción de una carretera y un ferrocarril, obligó a Eslovaquia a colocarse bajo la protección del Reich y a Lituania a entregarle Memel, unció a la España de Franco al Pacto antikomintern y concluyó con Italia la alianza militar denominada Pacto de Acero. Finalmente, el 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia. El día 3 del mismo mes, Francia y Gran Bretaña le declararon la guerra. Acababa de empezar la conflagración más espantosa de todos los tiempos.

En los meses siguientes, ante el avance imparable de los ejércitos nazis, cayeron Polonia, Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Francia. Así concluyó con un extraordinario éxito la primera fase del programa bélico de Hitler: se había evitado la guerra en dos frentes, Francia había quedado aniquilada como potencia, Italia había actuado como una fiel aliada y un buen número de naciones estaba situado bajo la explotación nazi. El paso siguiente, según “Mein Kampf”, era ampliar el territorio del Reich atacando Rusia. Efectivamente, así sucedió.

Al mes siguiente de firmado el armisticio con Francia, Hitler anunció al Alto Mando de la Wehrmacth su proyecto de atacar a la URSS. Previamente, el Führer intentó llegar a una paz, como había anunciado en “Mein Kampf”, con Gran Bretaña. Sin embargo, sus argumentos chocaron con la resolución del primer ministro británico, Winston Churchill, que contaba con la entrada en guerra de Estados Unidos.

Sólo las derrotas de su aliado italiano en Grecia y África, así como la invasión de Yugoslavia retrasaron unas
semanas el ataque nazi contra la URSS. Finalmente, se llevó a cabo el 22 de junio de 1941. Los mandos habían sido instruidos en el sentido de que se trataría de una guerra de exterminio en la que no se respetaría ninguna convención militar. Asimismo, se habían organizado los Einsatzgruppen, que llevarían a cabo las matanzas masivas de judíos en el territorio de la URSS. Hasta finales de 1942, las armas alemanas resultaron imbatidas en todos los frentes y hasta la primavera de 1945 no se produciría su derrota definitiva. Para entonces, habrían muerto más de cincuenta millones de personas, correspondiendo el mayor número de víctimas a eslavos y judíos. Además, media Europa quedó sometida al comunismo, se inició el período denominado guerra fría y la misma Alemania fue dividida y perdió una parte de su territorio oriental a favor de Polonia.

De todas aquellas catástrofes, sólo la derrota de Alemania y el avance del comunismo no habían sido anunciados por Hitler. La visión expresada en su “Mein Kampf” había cambiado el mundo, pero el resultado había sido mucho peor, más terrible y sangriento, que el del contexto que él conoció y que tanto se esforzó por destruir.

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viernes, 29 de junio de 2012

1925-Mein Kampf (2)




(Continúa de la entrada anterior)


Por supuesto, para Hitler (que pasa por alto las aportaciones históricas de otras etnias) la raza verdaderamente superior, cuya pureza debe ser mantenida a cualquier coste y cuyo dominio debe ser impuesto sobre las demás es la aria.

Toda la cultura humana, todos los resultados del arte, de la ciencia, de la tecnología que vemos ante nosotros hoy en día son casi en exclusiva el producto creativo del ario (…) Él es el Prometeo de la Humanidad de cuya brillante frente la divina llama del genio ha brotado en todas las ocasiones (…)


Si tuviéramos que dividir la humanidad en tres grupos, los fundadores de cultura, los portadores de cultura y los destructores de cultura, sólo el ario podría ser considerado representante del primer grupo. De él se originan los cimientos y los muros de toda creación humana y sólo la forma externa y el color son determinados por los rasgos cambiantes de carácter de los distintos pueblos.


Como horrible contrapartida a esta raza aria –que acabará vendiendo a todas las demás porque en ella se refleja de la manera más exacta la mano de Dios- Hitler presenta a los judíos. Si el ario es el paradigma de lo bueno, de lo hermoso, de lo creativo, el judío constituye el de lo perverso, lo feo, lo parasitario:

La contrapartida más poderosa del ario aparece representada por el judío. Apenas en ningún pueblo
del mundo se ha desarrollado con más fuerza el instinto de conservación que en los llamados elegidos. La mejor prueba de esto es el simple hecho de la supervivencia de esta raza (…) Pero su inteligencia no es el resultado de su propio desarrollo sino de la instrucción visual a través de los extranjeros (…) carece completamente del requisito más esencial para un pueblo de cultura, la actitud idealista.

Porque el judío es perverso por sí mismo y no por lo que pueda creer o sustentar, Hitler sostiene que la lucha contra él no debe confundirse con un conflicto religioso, como hizo la Iglesia católica durante la Edad Media. Se trata, por el contrario, de una guerra entre razas en la que la superior, la aria, debe eliminar a su auténtica antítesis, la judía:

Su vida (la del judío) en el interior de otros pueblos sólo puede aguantar durante algún tiempo si consigue crear la opinión de que no es un pueblo sino una comunidad religiosa, aunque de una clase especial. Y ésta es la primera gran mentira.

Para desarrollar su existencia como un parásito sobre otros pueblos, se ve forzado a negar su naturaleza interior. (…) El judío siempre ha sido un pueblo con características raciales definidas y nunca una religión (…) Debido a su propia naturaleza especial y original el judío no puede poseer una institución religiosa, por lo menos porque carece de cualquier forma de idealismo y por eso la creencia en el más allá le resulta absolutamente extraña (…).


Para imponer esa cosmovisión racista, Hitler propugna la creación de un nuevo Estado al que denomina
patriota. Su meta esencial no puede ser otra que la de garantizar que la raza sea el centro de la vida y para ello debe poner en funcionamiento leyes eugenésicas que impidan la posibilidad de que los no considerados racialmente aptos tengan descendencia:

El estado patriota debe hacer todo aquello que los demás han descuidado en este terreno. Tiene que colocar la raza en el centro de toda la vida. Tiene que preocuparse de mantenerla pura. Tiene que declarar que el niño es el tesoro más precioso del pueblo. Tiene que ocuparse de que sólo los sanos engendren hijos. Porque sólo hay una desgracia: a pesar de las propias enfermedades y deficiencias traer hijos al mundo.

Un estado patriota debe por tanto comenzar por elevar el matrimonio del nivel de contaminación continua de la raza y otorgarle la consagración de una institución que está llamada a producir imágenes del Señor y no monstruosidades a mitad de camino entre el hombre y el mono. (…) En el estado actual de la ley y el orden a los ojos de sus representantes, esta valiente sociedad nacional-burguesa, la prevención de la facultad procreativa de aquellos que sufren sífilis, tuberculosis, enfermedades hereditarias, de los inválidos y los cretinos, es un crimen, mientras que la supresión fáctica de la capacidad de procrear en millones de la gente mejor no es contemplada como algo malo y no ofende la moralidad de esta sociedad hipócrita (…)

Aquellos que son física y mentalmente insanos e indignos no deben perpetuar sus sufrimientos en el
cuerpo de sus hijos (…) Una prevención de la facultad y la oportunidad de procrear por parte de los físicamente degenerados y los mentalmente enfermos, durante un período de tiempo de sólo seiscientos años, no sólo liberaría a la humanidad de una inmensa desgracia, sino que la conduciría a una recuperación que hoy en día apenas parece concebible (…) el resultado será una raza que al menos habrá eliminado los gérmenes de nuestra decadencia física presente y por lo tanto de la espiritual.

Eliminados los considerados inferiores (minusválidos y enfermos mentales), el estado patriota debería poner en funcionamiento un sistema educativo centrado en la mejora de la raza y encaminado a resaltar la diferenciación sexual convirtiendo a los muchachos en soldados y a las jóvenes en madres. En palabras de Hitler: “la joven alemana es un súbdito y sólo se convierte en ciudadano cuando se casa”:
(El estado) debe educar a la progenie joven para que se convierta en un eslabón valioso en la cadena de la futura reproducción. Y como en general la condición previa del logro espiritual descansa en la cualidad racial del material humano, la educación en particular debe considerar y promover en primer lugar la salud física.

Esta educación en sus líneas generales puede servir como una preparación para el futuro servicio militar. El ejército no tendrá que enseñar a los jóvenes (hombres) los fundamentos de los manuales más elementales y no tendrá reclutas del tipo actual; no, sólo tendrá que transformar al joven que ya ha recibido una continua preparación física en un soldado. En el estado patriota, por tanto, el ejército (…) será la última y superior escuela de la educación patriótica (…) en esta escuela el joven tiene que ser transformado en un hombre (…)

Después de la conclusión de su servicio militar, se emitirán dos documentos: el diploma de
ciudadano, un documento legal que le permite dedicarse a la actividad pública, y su certificado de salud, confirmando su salud física para el matrimonio.

(…) el estado patriota debe dirigir la educación de la joven desde el mismo punto de vista. En este caso también el énfasis debe ser colocado sobre el entrenamiento físico (…) La meta de la educación femenina debe ser de manera invariable la futura madre.


Sin embargo, el estado patriota no sólo debía poner en funcionamiento unas estructuras jurídicas y políticas que preservaran la pureza de la raza aria, impidieran la reproducción de los enfermos y diferenciara a la población en una casta masculina de guerreros y otra femenina de madres. Además, ese estado debía procurar que se llevara a cabo el aislamiento primero y el extermino después de la raza perversa por antonomasia, la judía.

De los judíos afirma Hitler en Mein Kampf que son antialemanes, controladores de la prostitución y la trata de blancas, seres monstruosos dotados de un cerebro animal y no humano, contrarios al principio aristocrático, favorables a un sistema tan necio y antinatural como la democracia, engañadores de las iglesias, inspiradores del marxismo, emboscados en la guerra, controladores de las finanzas, directores de la revolución de noviembre de 1918, culpables de la derrota en la Gran Guerra, responsables de la sífilis, corruptores del arte, asesinos de Cristo, colaboradores de los negros en contra de los blancos e incluso conspiradores con afanes de dominio mundial. No hace falta señalar que la visión de Hitler no sólo no correspondía con la realidad, sino que lo único que hacía era crear un arquetipo de la maldad que, precisamente por ello, pudiera ser exterminado en masa sin levantar protestas. Sin embargo, lo verdaderamente trágico de la cosmovisión hitleriana era que su aceptación era concebida, por supuesto, como la condición indispensable para la resurrección alemana:

Sin el conocimiento más claro del problema racial y, por lo tanto, del problema judío nunca habrá una resurrección de la nación alemana. La cuestión racial proporciona la clave no sólo de la historia mundial, sino también de toda la cultura humana.

Partiendo de esa concepción, Hitler resulta bastante explícito sobre la importancia que concedía a la eliminación de todos los judíos. Ésta debía anteceder incluso a la creación del estado patriota:

(…) la primera tarea no es la creación de una concepción del estado patriota, sino sobre todo la eliminación de los judíos existentes. Y así, frecuentemente en la historia, la dificultad principal reside,
no en la forma del nuevo estado de cosas, sino en dar lugar al mismo.

Incluso la educación promovida por el Estado debía estar encaminada a mentalizar a las futuras generaciones de la justicia de este planteamiento:

La corona de la obra entera de educación y formación del estado patriota debe ser inculcar el sentido racial y el sentimiento racial en el instinto y el intelecto, estando entregados el corazón y el cerebro a ello. Ningún muchacho ni ninguna muchacha debe dejar la escuela sin haber sido llevado a una comprensión última de la necesidad y de la esencia de la pureza racial.


(Finaliza en la siguiente entrada)
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