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jueves, 8 de marzo de 2012

Jackson Pollock

Jackson Pollock no podía conseguir que el lápiz hiciera lo que él quería. Se inclinaba sobre su cuaderno de dibujo con una mueca de concentración mientras trataba de dirigirlo. A su alrededor había montones de estudiantes de arte realizando sin esfuerzo un dibujo tras otro. Pollock ni siquiera podía trazar líneas correctamente. Aun así, y a pesar del visible desdeño de sus compañeros estudiantes, Pollock no se dio por vencido. Sabía que tenía algo que decir en pintura, pero sencillamente no sabía cómo hacerlo.

Con el tiempo, llegaría a demostrar a todos el gran talento que poseía y se convirtió en el máximo exponente del expresionismo abstracto estadounidense. Su éxito iba a tener corta vida, fatalmente marcado desde el principio por sus propios demonios autodestructivos, pero durante varios años sorprendentes Pollock les pasó por la cara su triunfo a todos aquéllos que habían dudado de él.

Pero nunca aprendió a dibujar.

Roy Pollock era un obrero del Oeste sin pretensiones, pero su esposa Stella, lectora de revistas para mujeres, tenía una idea de lo que era la vida elegante, que la familia no podía permitirse. Jackson, el pequeño de la familia, nació en 1912 en Cody, Wyoming, poco antes de que los Pollock se trasladaran a Phoenix, Arizona. Roy se esforzó al máximo en una mísera granja, pero cuando los tiempos empeoraron, Stella se negó a ahorrar y la granja acabó siendo subastada. La familia se trasladó a California y estuvo dando bandazos de fracaso en fracaso hasta que Roy los abandonó en 1921. Jackson era muy mal estudiante y la única clase que le interesaba era la de arte, en parte porque su hermano mayor, Charles, se había marchado a Nueva York para convertirse en artista. Cuando al final Pollock fue expulsado del instituto, Charles lo animó a que se trasladara al Este.

Pollock entró en la Liga de Estudiantes de Arte, pero, además de sus grandes dificultades para el dibujo, hizo pocos progresos debido a su afición a la bebida. A pesar de la Prohibición, Nueva York ofrecía numerosas posibilidades de emborracharse, y Pollock las aprovechaba todas. Cuando se emborrachaba, se enzarzaba en peleas con desconocidos y corría por las calles amenazando a los coches que pasaban. Una vez atacó los cuadros de Charles con un hacha, y con frecuencia toqueteaba a desconocidas. En una ocasión, despareció durante cuatro días, y al final lo localizaron en el hospital Bellevue. La familia consiguió que Pollock fuera admitido como paciente de caridad en un hospital psiquiátrico privado. Pero, ¿sabían que admitir que se tiene un problema es el primer paso para solucionarlo? Pollock siempre se negó a reconocer que era alcohólico. Cuando estuvo sobrio, aseguró al personal del hospital que estaba totalmente curado. Por alguna razón, le creyeron.

De regreso a Nueva York, Pollock encontró un nuevo patrocinador, John Graham, quien lo invitó a participar en una exposición que estaba organizando. En la lista de Graham estaba también una joven artista llamada Lee Krasner. Ella había conocido a Pollock en 1936 en una fiesta del Sindicato de Artistas. Pollock, borracho, se había abalanzado sobre ella y le había susurrado: “¿Te gusta follar?”. Krasner lo había abofeteado con fuerza en la cara. Parece ser que no sabía su nombre, o lo había olvidado, porque en noviembre de 1941, cuando oyó que Pollock estaba entre los que participaban en la exposición de Graham, decidió que tenía que conocerlo. Se presentó en su estudio, donde lo encontró completamente borracho, pero todavía capaz de enseñarle su obra. A pesar de lo que afirmaría después, se quedó más impresionada por el artista que por su arte, pero en todo caso Krasner persiguió a Pollock con una idea fija, y muy pronto empezaron a vivir juntos.

La dura Krasner, que nunca antes había cocinado ni un plato y había puesto todas sus energías en sus propios cuadros, se convirtió de la noche a la mañana en un ama de casa modelo, excelente cocinera y promotora de primera fila. No volvió a tocar su obra.

Con el apoyo de Krasner y con una razón para mantenerse alejado de la bebida, Pollock se convirtió, en un espacio de tiempo relativamente corto, en una fuerza a la que había que tener en cuenta. En 1942, Peggy Guggenheim lo financió mientras pintaba exclusivamente para su galería y realizaba un mural para su casa. Cuando se inauguró su primera exposición individual, un año más tarde, atrajo la atención de la crítica.

Pero todavía tenía que acabar el mural de Guggenheim, de 2 por 8 metros. La noche de la
víspera de la entrega, Pollock empezó a pintar y se pasó quince horas en pie. El resultado fue un palpitante desfile de gruesas rayas negras verticales con remolinos de colores turquesas, amarillo y rojo intercalados. En cuanto la pintura se secó, él y Krasner enrollaron el lienzo y se apresuraron a llegar al apartamento de Guggenheim, donde con horror se dieron cuenta de que era demasiado grande.

Pollock llamó a Guggenheim y ésta envió en su ayuda a Marcel Duchamp, que le sugirió tranquilamente que cortara 20 cm del cuadro. para entonces, Pollock había encontrado el armario de las bebidas de Guggenheim y estaba más allá de la comunicación racional, de manera que cortaron el lienzo por un lado y lo colgaron en la pared. El artista se presentó en el apartamento en medio de una fiesta, se dirigió a la chimenea de mármol, se desabrochó los pantalones y orinó. Había sido un día infernal.

También fue el principio de un infierno que duraría varios meses. Para acabar con sus borracheras, Krasner pidió a Pollock que se casara con ella. Luego encontró una casa en Spring, una comunidad rural de Long Island, y ambos se marcharon de la ciudad. Poco a poco, la tranquilidad del campo fue como un embrujo para Pollock. Dejó de beber y empezó a pintar. Convirtió en estudio un viejo granero, un enorme espacio apropiado para sus grandes cuadros. Pero los lienzos eran difíciles de manejar, así que decidió colocarlos en el suelo. El siguiente paso fue, de forma extraña, algo lógico: haría gotear la pintura sobre ellos desde arriba.

Se cuentan un montón de historias sobre cómo inventó Pollock la pintura por goteo –que disolvió
demasiado la pintura por accidente, que lanzó una brocha enfadado, que dio una patada a un bote de pintura-, pero en realidad no inventó nada. Otros vanguardistas habían goteado la pintura, por no mencionar los que la habían salpicado, vertido, disparado y lanzado. Lo diferente no era sólo la manera en que Pollock cubría todo el lienzo con el goteo de pintura, sino también la maestría que demostró en esta técnica. Consiguió tal control que podía hacer que las manchas del goteo fueran exactamente a donde él quería. Para alguien que había pasado tanto tiempo peleándose con la maestría artística, para alguien que no sabía dibujar –ni siquiera trazar líneas-, tener un control tan completo y total era muy gratificante.

La primera reacción a las pinturas por goteo fue vacilante, pero al cabo de unos cuantos años se abrieron las esclusas y empezaron a llover los elogios. Lo que hizo que se inclinara la balanza fue un reportaje de agosto de 1949 en la revista Life, que incluía una fotografía de Pollock apoyado contra uno de sus cuadros, vestido con pantalones tejanos y con un cigarrillo colgando de sus labios. Había algo insolentemente yanqui en Pollock, y al público le encantó la idea de un arte que no debía nada a Europa.

Y lo mejor de todo era que Pollock había dejado de beber. En 1948 se había caíd
o de la bicicleta cuando pedaleaba por un camino polvoriento en pendiente con una caja de cervezas bajo el brazo. El médico que le curó las heridas trató de ayudarlo. Le dijo a Pollock que el alcohol era su veneno personal (cuanto más lejos, mejor), que no debería volver a beber (de acuerdo…) y que en lugar de eso podía tomar tranquilizantes (¡oh, vaya!). Por extraño que suene, aquello pareció funcionar. Durante dos años Pollock apenas tocó el licor, aunque tenía una botella de vino para cocinar enterrada en el jardín trasero de su casa –sólo por si acaso-, y utilizó los tranquilizantes sólo de manera ocasional.

Fue por entonces cuando sucedió otra de las anécdotas relacionadas con el pintor. La casa de Spring estaba al final de la carretera de East Hampton, uno de los barrios más ricos de Nueva York. Una noche Pollock iba en coche con un amigo cuando pasaron por la propiedad de un rico hombre de negocios llamado William Seligson, cuya casa estaba ubicada en un enorme e inmaculado césped. “¿Has visto alguna vez un césped como éste? –preguntó Pollock. Es un maldito lienzo verde. Dios, me gustaría pintar en él”. Aquel mismo verano, tras varios días de lluvia, Pollock volvió con el coche hasta aquella casa y condujo por el césped derrapando y haciendo curvas sobre la verde superficie, con lo que creó grandes surcos que muy pronto se llenaron de lluvia.

La policía se imaginó quién era el responsable de aquellos daños, y un enfadado Seligson se dirigió a la casa de Pollock. El artista simplemente le explicó que ahora estaba en posesión del cuadro más grande firmado por Pollock. Seligman, sin impresionarse, insistió en que el artista debía pagar los 10.000 dólares que necesitaba para arreglar el césped, pero en lugar de eso, Pollock se ofreció a regresar allí y firmar el césped, y añadió: “Entonces me podrá pagar usted a mí”. La respuesta de Seligman se ha perdido para la historia, pero no lo llevó ante los tribunales cuando se dio cuenta de que jamás iba a ver ni un céntimo para el arreglo.

El caso es aquel periodo de paz relativa no duró demasiado. En el invierno de 1951, Pollock volvió
a caer en la bebida, y fue una mala recaída. Empezó a amenazar con matarse o con matar a Krasner. Ya antes le había pegado, pero ahora los abusos se convirtieron en una rutina. Al principio ella trató de negar lo que estaba pasando, pero luego tuvo lugar una especie de reflejo de autodefensa. Empezó a hacer terapia y se puso de nuevo a pintar. Su obra puso furioso a Pollock, quien siempre había envidiado su talento. Era inevitable la ruptura, aunque al final la provocó algo inesperado. Pollock, que nunca se acostaba con otras, encontró de pronto una amiguita: Ruth Kligman, una morena voluptuosa que lo persiguió con más determinación todavía que Krasner quince años antes. Alardeó de su lío amoroso ante Krasner, que le contestó con un ultimátum: “Deja de ver a Ruth o me marcharé”. “Bien –le dijo-, pues vete”. Y ella lo hizo.

Pollock se quedó sorprendido. Krasner se marchó a Europa y la encantada Kligman se trasladó a la casa de Spring. Todo fue bien durante más o menos una semana, pero de repente dirigió su furia contra ella. Sólo tres semanas más tarde Kligman se marchó.

A la semana de que se marchara, Pollock se sentía tan solo como nunca lo había estado en su vida. Cuando Kligman regresó a casa para pasar el fin de semana, con una amiga llamada Edith Metzger, Pollock estaba de un humor de perros. Los tres se disponían a ir a una fiesta, pero cuando el artista se puso al volante ya estaba completamente borracho. Se lanzaron a toda velocidad por la carretera y, al llegar a una pequeña curva, Pollock perdió el control. El coche se estrelló contra un árbol y acabó dando varias vueltas de campana. Kligman salió ilesa, sin un rasguño, y Metzger murió aplastada cuando el vehículo le cayó encima. Pollock había caído a unos 20 metros del coche; murió instantáneamente cuando chocaron contra el árbol.

Cuando el teléfono de Krasner sonó en París, a la mañana siguiente, ella parecía que ya imaginaba lo que iban a decirle. Alzó la mirada y dijo, “Jackson ha muerto”.

La influencia de Jackson Pollock fue enorme. Junto con artistas como Willem de Kooning y Mark Rothko, tiene el honor de haber inventado el expresionismo abstracto. Al ser el primer movimiento artístico que se originó en Estados Unidos, el expresionismo abstracto se convirtió en la principal contribución de Estados Unidos al arte moderno, y ayudó a que Nueva York arrebatara a París el título de capital cultural del mundo.

El estilo de Pollock es único, pero tan fácil de imitar que en varias ocasiones ha sido difícil distinguir un Pollock auténtico de una imitación. Un documental de 2006 titulado “¿Quién $#%& es Jackson Pollock?” trata de los esfuerzos de un hombre por averiguar si un cuadro que había comprado por 5 dólares en una tienda de artículos de segunda mano podría ser un auténtico Jackson Pollock. Un ex director del MoMA dice que sí, un amigo de Pollock dice que no.

El Museo de Arte de la Universidad McMullen de Boston expuso en 2007, 32 supuestos cuadros de Pollock, que se habían descubierto en un almacén de East Hampton, cuyo dueño era un amigo del artista. (Una vez más, algunos expertos dicen que los cuadros son originales, pero otros piensan que son falsificaciones).

Es difícil imaginar hasta dónde habría llegado Pollock con su arte de haber vivido, pero todo terminó con su suicidio, pues su muerte fue un suicidio tan seguro como lo fue la de Van Gogh. ¡Cuánta fuerza despilfarrada por un hombre que no necesitó dibujar para ser un gran artista!

2 comentarios:

gebece dijo...

Gracias por este elaborado resúmen de la vida de Pollock y lo que representa.

Anónimo dijo...

Excelente artículo, muy bien escrito y muy detallado.