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martes, 12 de mayo de 2015

Viganella y su sol de mentira.





El pueblo italiano de Viganella es completamente real. Se sitúa en la región del Piamonte, en la provincia de Verbano-Cusio-Ossola, a unos 120 km al norte de Turín. Sólo tiene 13 km2 cuadrados de superficie, así como una población de poco menos de 200 habitantes. Se puede pisar, se puede vivir en él, la gente que vive allí es de carne y hueso. Sin embargo, el sol que brilla en su cielo es tan de mentira como el de una obra de teatro.

El problema de Viganella, situado al norte del país, es que se encuentra en el punto más bajo de un valle flanqueado de altas montañas. Con esas paredes tan altas rodeando el pueblo, durante los meses invernales no llegaba ni un rayo de sol al pueblo, que permanecía sumido en la sombra más absoluta, como si hubiese sido condenado a la oscuridad. Los lugareños no eran muy felices durante esos meses, así que un arquitecto y diseñador de relojes de sol, un tal Giacomo Bonzani, optó por fabricar su propio sol.

Como concebir un generador nuclear que quemara hidrógeno en lo alto del pueblo era una ida tecnológicamente fuera del alcance del ser humano y poner una bombilla muy grande en la plaza del pueblo sería un gasto demasiado elevado, Bonzani recurrió a una solución mucho más ingeniosa y barata: un gran espejo que reflejara el sol de verdad.

El enorme reflector rectangular de acero bruñido de unos 40 metros cuadrados (ocho metros de alto por cuatro de ancho) fue instalado en una de las montañas que rodean Viganella, el monte Scagiola, a 870 metros de altura. El diseño del espejo es del ingeniero Emilio Barlocco.

Un software se encarga de girar el espejo automáticamente, siguiendo la trayectoria del sol para reflejarlo siempre hacia el pueblo. Capta y refleja el sol durante seis horas, siendo especialmente eficaz a las 11 de la mañana. Así que desde el momento de su instalación, el 17 de diciembre de 2006, en Viganella ya brilla el sol, aunque el sol sea de mentira y cueste casi 100.000 euros.

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sábado, 9 de mayo de 2015

Comercio a escala mundial – Hacia el supermercado planetario


Repasar nuestra lista de la compra o nuestro equipamiento doméstico puede resultar una eficaz lección de geografía mundial. La magnitud de los intercambios comerciales internacionales es proporcional al grado de especialización de nuestras sociedades. La especialización incrementa la productividad y el nivel de vida, pero no puede tener lugar sin el comercio. Las intensas relaciones comerciales están empujando a países muy diversos hacia nuevas formas de integración económica y política. El final de este camino podría ser el Estado Mundial.

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martes, 5 de mayo de 2015

¿Por qué la carne sabe tan bien?




Nuestra historia de amor con un gran bistec de solomillo se remonta a dos millones de años. Entonces, una jornada entera de merodeo por la relativamente árida sabana africana reportaba muy pocos nutrientes vegetales. Así que el ser humano tuvo que dedicarse a cazar animales ricos en proteínas. No puedes caminar docenas de kilómetros cada día sin tu tripa llena.

Además de ser rica en proteínas, una ayuda para el desarrollo de los músculos, la carne es una buena fuente de sodio, un importante ión para la comunicación celular y la transmisión de señales por el sistema nervioso. También es una buena fuente de grasas, que además de aportar su textura jugosa, son fundamentales para la absorción de ciertas vitaminas, proporciona ácidos grasos esenciales para la fabricación de hormonas, y protege a los órganos más delicados.

Un bistec bien preparado nos resulta tan delicioso porque, con el tiempo, nuestro cuerpo aprendió a asociar el sabor de la grasa, de la proteína y de la sal con sus valores nutricionales implícitos.

Dejando a un lado los aspectos dietéticos, hay elementos gustativos a nivel molecular que convierten unas costillas a la barbacoa en algo irresistible. La carne está llena de moléculas denominadas ribonucleótidos, como el ácido glutámico (abundante también en el queso parmesano y los tomates). Cuando ambos reaccionan, el producto estimula los receptores de la lengua y crea un fuerte sabor denominado umami, descrito generalmente como “carnívoro” o “sabroso” y descubierto hace un siglo por científicos japoneses. Ello explicaría por qué nos relamemos ante un buen cochinillo asado.

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domingo, 3 de mayo de 2015

Fordlandia






Una ciudad fantasma, abandonada en mitad de un lugar donde resalta como una Disneylandia en mitad del Polo norte, surgió de la megalomanía y la falta de previsión de un poderoso hombre de negocios, el equivalente de Preston Tucker, pero en la marca Ford: Henry Ford.

Su ciudad, Ford Land, fue construida a principios de los años 30 a orillas del río Tapajós, afluente del Amazonas, en mitad de la selva, donde Henry Ford había establecido más de 20.000 hectáreas de cultivos de planta de caucho a fin de satisfacer la demanda de caucho de la marca Ford.

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viernes, 1 de mayo de 2015

Centro de Comunicaciones del Gobierno británico


El Centro de Comunicaciones del Gobierno (GCHQ por sus siglas en inglés), que opera en Cheltenham, Inglaterra bajo el mando del Comité Conjunto de Inteligencia, es el encargado de recabar información para el gobierno del Reino Unido y sus fuerzas armadas mediante un sistema de escuchas e interceptación de comunicaciones en todo el mundo. Tiene su sede en un complejo de máxima seguridad conocido como “el Donut”.

Los orígenes del GCHQ datan de 1919, cuando se estableció la Escuela del Gobierno de Códigos y Claves (GCCS por sus siglas en inglés) para descifrar mensajes. Durante la Segunda Guerra Mundial, el GCCS se encontraba en Bletchley park, cerca de Londres, dedicado a la crucial y altamente secreta misión de descifrar la máquina Enigma y el código Lorenz de los alemanes, y desarrollando, paralelamente, los primeros ordenadores automáticos. Los detalles relativos a este trabajo fueron de dominio público solo décadas más tarde. En 1946 se le cambió el nombre por el de GCHQ y se trasladó a Eastcote, en Londres, hasta 1951, y cuando se dividió entre dos lugares diferentes (Oakley y Benhall) en Cheltenham y Gloucestershire.

En los noventa, el GHCQ tuvo que hacer frente a dos grandes desafíos. Por un lado, el fin de la Guerra Fría hizo que se cuestionara su existencia. Por otro, Internet significó nuevos retos tecnológicos. Sin embargo, la guerra contra el terrorismo iniciada el 11 de septiembre de 2001 le asignó un nuevo objetivo, y el personal del centro dedica ahora la misma energía que antes ponía en las llamadas telefónicas y en la interceptación de correo postal a espiar el contenido de mensajes electrónicos, foros o páginas web.

Para sobrevivir en la nueva era, el GCHQ se trasladó en 2003 a un edificio diseñado ex profeso en Benhall. De estructura circular y reforzado en acero –la construcción costó 337 millones de libras-, pronto se ganó el cariñoso sobrenombre de “el Donut”. Sin embargo, ese apodo hace que parezca un lugar mucho más acogedor de lo que en realidad es.

En el interior, unos 5.500 empleados se afanan en identificar y hacer el seguimiento de posibles amenazas a la seguridad nacional. Los detalles de este trabajo son confidenciales y al personal no se le permite divulgar ni sus apellidos. Las visitas no son bien recibidas –el perímetro de la valla que rodea las instalaciones está bajo constante vigilancia- y las llamadas externas no se pasan a no ser que la persona que llama se identifique o provenga de un número de extensión a la centralita. En resumen, ellos te vigilan mucho mejor a ti que tú a ellos.

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