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sábado, 19 de marzo de 2011

¿Perciben los perros el tiempo?



La mayoría de los perros nunca llegan tarde a una comida. Saben exactamente dónde estar y a qué hora todos los días. También saben cuándo llegará su amo a casa y, como un reloj, se plantan delante de la puerta esperando que se abra. Cuando vemos ese comportamiento, asumimos que los perros tienen un sofisticado sentido del tiempo. Pero, ¿cómo es de verdad el tiempo para un perro?

Se dice que un año humano equivale a siete años caninos. Pero, ¿nos dice algo esa extendida teoría acerca de la comprensión del tiempo por parte de los perros? En realidad no. La idea de los "años caninos" proviene de la comparación entre la esperanza de vida de los perros con la de los hombres y no sería correcto trasladar esa escala al concepto de percepción temporal.

Para comprender cómo perciben el tiempo los perros, primero debemos saber cómo lo hacemos nosotros, los humanos. Cada persona experimenta el transcurso del tiempo de diferentes maneras en distintos momentos. Albert Einstein explicó una vez el principio de la relatividad de esta manera: "cuando un hombre se sienta con una chica bonita durante una hora, le parece un minuto. Pero haz que se siente sobre una estufa caliente un minuto... le parecerá más largo que una hora. Eso es relatividad".

Aunque la experiencia temporal es relativa para cada persona, todos pensamos en el tiempo de forma muy parecida. Por ejemplo, nuestros recuerdos están estrechamente unidos a la manera en que interpretamos el transcurso del tiempo. Nuestra capacidad para recordar acontecimientos en un orden preciso es fundamental en nuestra memoria y percepción temporal. También somos capaces de predecir cosas. Aunque no todos afirmamos tener poderes psíquicos, todos contamos con que determinadas cosas sucederán en el futuro, aunque sea algo tan sencillo como que el sol saldrá por la mañana. Estas capacidades tienen consecuencias importantes; por ejemplo, la memoria y la predicción nos dotan de un sentido de la continuidad, la historia personal y la autoconciencia.

¿Tienen los perros esas mismas habilidades? Si pudieras meterte en el cerebro de un perro, ¿verías el recuerdo del hueso que estuvo royendo esa misma mañana?


Lo cierto es que las investigaciones sobre la sensibilidad temporal de los perros no abundan, pero podemos extrapolar lo que se ha aprendido tras muchos años de observación y experimentación con otros animales, como roedores, aves o primates. En sus estudios sobre percepción animal del tiempo, el etólogo William Roberts llegó a algunas conclusiones interesantes respecto a los recuerdos y anticipación de los animales. Afirma que los animales están "atrapados en el tiempo", es decir, sin las sofisticadas habilidades mentales necesarias para percibir el tiempo -como dar forma a los recuerdos- los animales viven únicamente el presente. Según Roberts, los animales están "atrapados en el tiempo" porque no pueden "viajar en el tiempo" mentalmente hacia el pasado o el futuro. Los humanos, consciente y voluntariamente, podemos recuperar recuerdos específicos o pensar en el futuro y anticipar acontecimientos. Los animales no.

Para muchos, esta teoría es falaz. Después de todo, ¿no podemos adiestrar a los animales? Y ese adiestramiento ¿no depende de los recuerdos generados por los animales?

Según Roberts, esto no es necesariamente así, al menos según como nosotros entendemos los recuerdos. Los animales pueden ser entrenados para hacer cosas de la misma forma que los niños. De acuerdo con estudios realizados con niños, a la edad de cuatro años los pequeños ya han aprendido muchísimas cosas -gatear, caminar...- pero sin recordar dónde o cómo lo hicieron. En otras palabras, no tienen la habilidad de memoria episódica o de recordar acontecimientos individuales del pasado. Un perro puede saber cómo responder a la orden "siéntate" sin guardar memoria de cómo lo aprendió.

Por supuesto, esto no es todo lo que interviene en el cerebro de un perro cuando predice la hora
de llegada de su amo. Los ritmos biológicos intervienen en esto. Los investigadores han descubierto a través de la experimentación con palomas que un "reloj interno" les enseña cuándo y dónde encontrar comida. Del mismo modo, los perros pueden usar los ritmos circadianos -fluctuaciones diarias en las hormonas, temperatura corporal y actividad neuronal- para saber cuándo habrá comida en el bol o la hora aproximada en la que sus amos regresan de trabajar. En lugar de recordar cuánto tiempo media entre comidas o a qué hora se sirve la comida, los perros reaccionan a un estado biológico dado en un momento concreto del día. Y reaccionan a ese estímulo de la misma forma a la misma hora todos los días.

Si los perros no pueden almacenar recuerdos como los humanos, ¿pueden hacer planes para el futuro? Como acabamos de ver, los humanos contamos con dos habilidades muy importantes para ayudarnos a comprender el tiempo: la capacidad de recordar secuencias ordenadas de acontecimientos y de anticipar necesidades o sucesos que tendrán lugar en el futuro. Los estudios muestran que los animales podrían tener también esas capacidades, aunque en menor medida.

Los científicos han investigado las memorias a corto y largo plazo de los animales para ver cómo
son de precisas las secuencias de acontecimientos que recuerdan. En los experimentos de memoria a corto plazo, palomas y primates deben recordar lo suficientemente bien una secuencia como para repetirla en el mismo orden y obtener una recompensa. Los animales lo hicieron bastante bien en estas tareas, pero sus recuerdos se desvanecieron muy rápido. Es posible que lo que hicieran es aprender a ir desde el recuerdo más débil al más fuerte en lugar de "aprender" o "recordar" propiamente dicho.

Otros investigadores averiguaron que palomas y simios se las arreglaban bien en tests memorísticos en los que debían recordar una secuencia determinada tras una pausa de tiempo variable entre el aprendizaje y la repetición. Sin embargo, necesitaron muchísimo entrenamiento, sugiriendo que la habilidad de recordar no era algo natural para ellos. Parece que los animales perciben el tiempo de forma diferente a los humanos, cuya memoria temporal es mucho más sofisticada.

Además, los animales no parecen anticipar bien las necesidades futuras, sugiriendo a los investigadores que no tienen el concepto mental de "futuro". Por ejemplo, cuando se les da la opción, palomas y ratas prefirieron una recompensa pequeña pero inmediata que una futura pero mayor.

En una de las pruebas, los científicos presentaban a los primates una elección entre un plátano y dos plátanos. Como se puede esperar, siempre elegían dos plátanos. Pero cuando ambas opciones comenzaban a aumentar en número de bananas, los animales dejaron de tener claras sus preferencias: como no estaban suficientemente hambrientos en ese momento como para comerse 10 plátanos, la mitad de las veces preferían la opción de cinco plátanos sin darse cuenta de que podían guardar el excedente para más tarde, es decir, satisfacían la necesidad inmediata sin planificar para una posible necesidad futura. Esto no es probable que le pase a un humano, que a menudo utiliza el raciocinio y la anticipación.

Pero entonces, ¿qué ocurre con las ardillas, por ejemplo, que acumulan provisiones para los
meses de invierno? Tal comportamiento ¿no parece demostrar que los animales sí pueden anticipar necesidades futuras?. Lo más seguro es que no sea así. Varios estudios han averiguado que esos animales no paran de acumular incluso cuando lo ya almacenado desaparece inexplicablemente. Esto podría significar que los animales no entienden por qué recogen comida, lo que ello significa para su futuro o incluso de qué futuro se trata. Simplemente, les empuja el instinto. Los humanos, por el contrario, sí entienden el propósito de sus acciones y son capaces de cambiar de estrategia si los resultados no son los deseados.

Por tanto, si los animales están "atrapados en el tiempo", como sugiere Roberts, los humanos serían los únicos seres vivos capaces de comprender el tiempo. Es tu elección si prefieres ignorar ese hecho o tratar de aprender algo del espíritu canino de "vivir el momento".
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martes, 15 de marzo de 2011

¿El sobrepeso tiene algo que ver con los huesos pesados?


No, la mayoría de las veces es una excusa. El hecho es que la estructura ósea del ser humano supone, aproximadamente, un 12% del peso corporal total. Son muy escasas las diferencias individuales. Este porcentaje es válido en las personas de peso normal, por supuesto; en caso de sobrepeso, ese dato porcentual baja.

Quien tenga un BMI (Body Mass Index o Índice de Masa Corporal) situado en el ámbito ideal de los 70 kg de peso, dispondrá de unos 8,5 kg de hueso. Si alguien tuviera realmente unos huesos que fueran más pesados que los del término medio, llegarían a alcanzar, como mucho, los 10 kg. Naturalmente, cuando se adelgaza, no se modifica el peso de los huesos.
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domingo, 13 de marzo de 2011

¿Arte o juego de niños?


El arte es omnipresente en nuestra vida diaria. La vemos y oímos hablar de ella en los medios de comunicación. Pero, ¿has pensado alguna vez sobre ello? ¿Qué es exactamente el arte? El hombre se ha estado preguntando esta cuestión durante siglos y no es posible dar con una definición tan precisa como la de un perro o un tenedor.

Una definición sacada de un diccionario podría ser: “el uso consciente de la imaginación creativa, especialmente en la producción de objetos estéticos”.

El Arte implica esfuerzo, intención, planificación. Muchas de las definiciones de arte incluyen además palabras como producción, expresión, disposición... Esto es, hay una diferencia esencial en sentarse en una roca que nos encontramos por casualidad que arrastrar la misma roca y llevarla a nuestro jardín junto a otras cuatro para hacer un círculo de asientos "naturales". Esto último es arte porque hemos elegido los materiales y los hemos colocado de una manera no solamente útil, sino también satisfactoria para nuestro sentido estético. Así que el arte tiene tanto que ver con las intenciones del artista como con el arte propiamente dicho.

Bien, así que buena parte del arte es intencionalidad. Pero, también, el arte es arte cuando es declarado como tal. En el Museo de Arte Moderno de San Francisco se celebró una vez una exposición de animales disecados cubiertos de barro. Algo muy parecido hacen continuamente niños de todo el mundo utilizando el barro de sus jardines y parques. La diferencia entre las piezas del museo y el resultado del juego de un niño es, precisamente, la intencionalidad y el esfuerzo. El creador de la exposición de San Francisco pretendía que su trabajo fuera una expresión artística personal. Las pegajosas figuras modeladas por los niños no son más que subproductos de un juego. A menos que tu hijo pretenda crear intencionadamente una obra de arte, sus pringosas manipulaciones con el lodo no serán más que porquería. Por otro lado, si realmente el objetivo de tu hijo no era jugar, sino expresarse de algún modo a través del barro, entonces estamos ante un desgraciado y común hecho en la vida artística: que el público no siempre aprecia el trabajo del artista. Y es que el reconocimiento popular es un elemento práctico pero fundamental en el arte.

El Arte comenzó probablemente como una forma de comunicación o conservación de información. Arqueólogos y antropólogos han especulado con que las primeras pinturas rupestres
eran "archivos" relacionados con las actividades de caza de la tribu. Más adelante, es probable que esas figuras cobraran algún tipo de importancia simbólica. De la misma forma que tendemos a pensar que cada vez que llevamos una determinada prenda de vestir nos suceden cosas buenas, quizá aquellos primeros hombres asociaron ciertos animales, plantas o personas con la buena y la mala suerte, cambios estacionales como nieve o inundaciones, caza exitosa y otros acontecimientos relevantes en la vida de una tribu de cazadores-recolectores.

Los objetos y piezas descubiertos demuestran que, en la elaboración de los mismos, al ir pasando el tiempo, había algo más que la mera utilidad. Incluso herramientas diarias, como puntas de flecha o cuchillos, comienzan a mostrar intentos de embellecimiento artístico. Aquellos primeros artesanos -o artistas- no sólo buscaban el utilitarismo, sino un refinamiento en su apariencia.

Esta tendencia tuvo continuidad en la mayoría de las civilizaciones más antiguas y no hay duda
de que las imágenes en los sarcófagos de las momias egipcias, las estatuas griegas, los mosaicos bizantinos y los bajorrelieves budistas, todas ellas con intencionalidad religiosa, son algo que es universalmente considerado como arte. El mayoritario carácter religioso del arte antiguo se explica quizá porque la religión proporcionaba un muestrario de símbolos fácilmente reconocibles que podían producirse en masa y, como el arte era sobre todo simbólico, las creencias, los mitos, eran un tema más accesible que cualquier otro.

Sea como fuere, vemos en ciertas culturas el nacimiento y desarrollo de un nuevo arte secular, centrado en la gente, en los acontecimientos cotidianos en lugar de figuras idealizadas de carácter espiritual o mítico. Retratos, bustos y monumentos hacen su aparición. Por supuesto, en muchos casos se producían solapamientos entre temas religiosos y seculares (los gobernantes, por ejemplo, eran representados como Zeus o Poseidón o los bajorrelieves indios de mujeres se parecían mucho a las representaciones de diosas). Este fue el panorama hasta finales del siglo XIX.

Junto al arte secular vino el desarrollo del arte decorativo, que comprende desde objetos tan grandes como un edificio o el diseño de jardines, a tan pequeños como un camafeo pintado a mano. En todos ellos, sin embargo, hay un esfuerzo visible de creación, de cuidado por la estética más allá del propósito meramente utilitario.

Hoy, el concepto y el mundo del arte se ha complicado enormemente. Y no han cesado los debates sobre la naturaleza y propósito del arte, debates de los que jamás saldrá una respuesta definitiva y universal. Después de todo, si alguien afirma "La Mona Lisa es arte porque es hermosa" y otra persona dice "La Mona Lisa no es arte porque no es hermosa", no hay manera de decidir entre las dos proposiciones. Otros debates giran alrededor de si el arte debería tener un propósito didáctico o basta con que apele a nuestros sentidos creando objetos hermosos ("el arte por el arte"). Hoy, mucha gente cree que el arte no tiene que ser necesariamente bello; básicamente: "La Mona Lisa no es hermosa, pero es arte". La respuesta inmediata es "¿Y cómo lo sabes?"

Este tipo de polémicas complican aún más el asunto, especialmente cuando nos enfrentamos al
arte moderno. ¿Es arte un lienzo vacío? ¿Es arte un retrete sobre un pedestal? ¿Es arte un montón de latas aplastadas colocadas en un cubo de basura de alambre? En último término, solo podemos estar de acuerdo en calificar todo ello de arte en cuanto que implican esfuerzo, intención y manipulación, pero no podremos llegar a ninguna otra conclusión, especialmente si pretendemos compararlo con otras formas artísticas que se han venido cultivando desde hace siglos, ya sea la pintura o la porcelana.

Lo mismo es válido para la música, la literatura, la danza... aunque no han sido objeto de debates tan encendidos como en el caso de las artes visuales (con la posible excepción de la literatura). ¿Cómo clasificar la televisión y el cine que se nos ofrece en los medios de comunicación? ¿Qué estándares son válidos para calificarlo como arte o no?

En resumen, el arte ha servido durante siglos, y de esto no cabe duda alguna, como medio de
estimular la imaginación y la creatividad, ya fuera arte religioso, secular, pintura, escultura, decorativo, figurativo o conceptual. Quizá la mejor manera de definir el arte es como un trabajo elaborado, calculado para causar algún tipo de efecto, ya sea en el público o en el propio artista. A menudo está pensado para agradar y tiene un significado simbólico oculto en él. Pero existen tantas excepciones que en realidad no hay una regla estricta y fácil que permita abarcar todas las manifestaciones artísticas.

Como última reflexión, si cuando eras pequeño decidiste decorar tu cuarto con la sola ayuda de tus dedos y un bote de pintura, a menos que tuvieras padres con una mente extraordinariamente abierta y comprensiva, lo que hiciste no fue arte. Si, ya adulto, haces lo mismo y afirmas que es una expresión artística personal, entonces sí es arte. Que el resto del mundo aprecie tu arte es otra cuestión.
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jueves, 10 de marzo de 2011

La Escuela Nueva y María Montessori: el niño no es un adulto en pequeño


“Dejar hacer lo que quiera al niño que no ha desarrollado su voluntad es traicionar el sentido de la libertad. Porque la libertad es, por el contrario, una consecuencia del desarrollo de la personalidad, alcanzada mediante el esfuerzo y la experiencia personal”. Estas palabras de María Montessori expresan el sentido de su método: ayudar al niño a desarrollar, libre y conscientemente, su personalidad. Toda una apasionante aventura que ella quiso seguir desde un primer momento.

Desde la aparición de las primeras escuelas institucionalizadas en la Edad Media, las universidades, y a lo largo de todo el siglo XIX en que aparecieron las primarias, la escuela se había centrado siempre en los contenidos que había que enseñar y en cómo hacer que el profesor los expusiera con la mayor eficacia docente. Se partía de un supuesto comúnmente aceptado: “El niño es un adulto en pequeño”. Un supuesto falso, como demostró, entre otros, María Montessori.

La llamada Escuela Nueva representa un deseo de entender al ser humano, buscando en la psicología infantil el origen de qué es el hombre. Por eso, aunque la eclosión de este movimiento tuvo lugar en el primer cuarto del siglo XIX, su origen ha de buscarse mucho más atrás. Se reconocen como precursores a personajes tan diversos como Rousseau y Pestalozzi (siglo XVIII) y Froëbel y Leon Tolstoi (siglo XIX). Aunque sólo Pestalozzi y Froëbel dedicaron su vida a la enseñanza y crearon escuelas y métodos –Froëbel fundó los jardines de infancia-, Tolstoi creó una efímera escuela, a la que llamó Yasnaia Poliana, y la principal aportación de Rousseau fue una obra de honda repercusión pedagógica: el “Emilio”. En ella, propone una educación sin disciplina, cercana a la Naturaleza y que respete las inclinaciones naturales del niño. En tal sentido, Rousseau formuló –sin saberlo- los principios básicos de la que después sería llamada Escuela Nueva.

Avanzado el siglo XIX, el filósofo estadounidense John Dewey sería el alma máter de la Escuela Nueva. Su célebre lema “Learning by Doing” (“Aprender haciendo”), resume y, a la vez, pone de manifiesto todo su renovador programa educativo. Su contemporáneo, el alemán Herbart, reconocido como el padre de la pedagogía científica, generó por su parte una forma de entender la educación y el papel docente totalmente centrados en la acumulación de conocimiento por el alumno –logocentrismo-, a los que se opondría el propio Dewey –junto a la sueca Ellen Key-, formulando su instrumentalismo, que propugnaba, como base del aprendizaje, que el niño actuara en libertad. La educación, así, se tornaba por primera vez experimental, conectada con los intereses infantiles reales y mucho más cercana a la vida real.

En 1899, Ferriére fundó en Ginebra la Oficina Internacional de la Escuela Nueva, centro que fue el primero de una cadena cuya mayor importancia fue la de introducir la expresión Escuela Nueva. Ya en el siglo XX, antes de la Primera Guerra Mundial, Claparéde fundó en Francia el Instituto de Ciencias de la Educación Jean-Jacques Rousseau, que pronto vería nacer su homólogo en EEUU con el nombre de The New Education Fellowship.

Pero la Primera Guerra Mundial frenó el proceso de crecimiento de esta nueva corriente
educativa, aunque también tuvo, no obstante, un efecto positivo: el desolado panorama del momento influyó en la Escuela Nueva, añadiendo la voluntad de que la educación en los valores sociales y la solidaridad evitaran que el género humano se permitiera de nuevo tal devastación. Con ese fin, en 1920, nacería la Liga Internacional para la Nueva Educación. Lo que en un principio fueron teorías y prácticas aisladas comenzó a consolidarse cuando, en 1940, se convirtió en ley en Francia, a iniciativa de Wallon. La legislación educativa francesa se propagó luego –al menos como fuente de inspiración- a todo el mundo occidental. Esta nueva educación parte de la atención a la psicología del niño –que no aprende como un adulto- para adecuar el contenido a cada caso particular.

Además, la escuela ha de tener relación y adaptarse a la vida extracolegial, basarse en la experiencia vital del propio docente, promover ideales pacifistas y respetuosos del prójimo, valorar la opinión de las familias de los alumnos y, por último, dar el papel de guía del proceso de aprendizaje al maestro.

Por esa vía, la enseñanza llegó, desde el desconocimiento de las diferencias individuales, a colocar en el lugar central la forma personal de aprender de cada alumno. Se pasó de tener a los niños pegados a los pupitres a hacerlos actuar y aprender bajo la guía de la experiencia y del conocimiento de un adulto. Esa evolución, sin embargo, no fue un proceso fácil ni mucho menos. Y en ella tuvo un papel primordial María Montessori.

María Montessori imprimió un gran impulso a la pedagogía científica. Su afán por negarse a las filósofías –“a mí me inspira sólo la realidad”- le hizo aplicar las enseñanzas de las nuevas ciencias al campo del conocimiento del hombre y del niño. Fue la creadora de un método absolutamente empírico, en el que el niño va descubriendo todo por sí mismo, aprendiendo de sus aciertos y errores.

María Montessori nació en la población italiana de Chiaravalle, en la provincia de Ancona, a fines del verano de 1870. Era hija única de un funcionario italiano, austero y riguroso, descendiente de una vieja familia de la nobleza de Bolonia, y de su esposa, una persona creyente, de religión católica, de carácter dulce y bien educada. La pequeña María destacó por su afición al estudio, concretamente hacia las matemáticas –nadie imaginaba por aquel entonces una mujer ingeniero- y la medicina. Finalmente, cuando ya la familia residía en Roma, cursó esta carrera, pero pronto notó cierto vacío profesional a su alrededor. Una mujer médico sólo debía dedicarse a las enfermedades propias de su sexo, y no era este el camino de la joven María. Así, aunque en 1896 se convirtió en la primera mujer doctora en medicina de Italia, en pocos años alcanzó otro doctorado: en pedagogía. María Montessori, a la que no arredraban las dificultades, había encontrado su camino: sería maestra de niños, pero con un alto nivel universitario.

En los albores del feminismo, María siguió también los progresos de la mujer en su lucha social. Colaboró con el movimiento feminista, que tenía su centro en Londres, pero no tardó en darse cuenta que su lugar estaba al lado de los niños: “Trabajar a favor del niño, con la intención prodigiosa de salvarlo, equivaldría a conquistar el secreto de la humanidad”, afirmaría más tarde en uno de sus libros, titulado, sencillamente, “El niño”.

Marginada de la enseñanza universitaria, María Montessori se introdujo en un campo poco
apreciado: la psiquiatría. Fue nombrada ayudante de la Clínica Psiquiátrica, visitó los manicomios y los orfelinatos, interesándose por las patologías infantiles de tipo mental. Luego continuaría sus estudios en Londres y París, donde se centró en el estudio del caso del salvaje de Aveyron, un niño encontrado en estado salvaje y que, a pesar de no hablar, era totalmente normal. Lo que escribieron sobre él el psicólogo Itard –que convivió con él- y el médico Seguin, que profundizó en su estudio, cayó en manos de María, que lo utilizó como base para su trabajo con niños frenasténicos. Su entusiasmo y su eficacia hicieron que el ministro de Instrucción Pública le encargase una serie de conferencias dedicadas a docentes en educación especial y, posteriormente, la dirección de la Escuela Normal de Ortofonía durante dos años. En 1898, asistió en Turín a un congreso sobre educación especial y preparación del maestro de niños deficientes. Poco a poco, su seguridad en que un método mejor adaptado era clave a la hora de educar la llevó a aseverar que los métodos empleados con sujetos especiales eran igualmente idóneos para sujetos normales.

Fue entonces cuando decidió emprender una obra apasionante. En 1907 abrió en Roma la primera de sus escuelas especiales, las “Case dei Bambini”. En ella, se acogía a todos los niños menores de seis años que por diferentes motivos, no podían ser atendidos por sus familias durante el día. Pronto, la Casa de los Niños comenzó a ser reconocida, incluso internacionalmente, y empezó a atraer a una auténtica riada de pedagogos y educadores de todo el mundo.

María Montessori pensaba que dentro de todo niño duerme un hombre al que hay que facilitar que salga creando un ambiente adecuado, libre y respetuoso con las espontáneas manifestaciones del niño, aunque manteniendo un constante seguimiento de él. En su época, la escuela funcionaba con una rígida disciplina de premios y castigos, incluso corporales. Su rechazo de tales métodos la llevó a pensar que educar es dejar que se desarrolle el niño, más que intentar que se adapte.

Por entonces se hizo mayoritaria la opinión de que el desarrollo de la inteligencia proviene primordialmente de las sensaciones. De ahí que la estimulación sensorial fuera la base del método Montessori. Para ello creó un material específico, muy novedoso, que permitiera al alumno experimentar con los cinco sentidos. Así, en pocos años, el “método Montessori” aportó algunos elementos inéditos hasta entonces en las escuelas: ábacos de colores, cubos de madera de distinto tamaño, letras de alfabeto recortadas en papel de lija, pegadas a gruesos cartones, que los niños podían reseguir con los dedos mientras tenían los ojos vendados…

Pero no sólo el material era importante para ella; el mismo ambiente del aula debía ser hermoso, estéticamente estimulante y atractivo. Ésta es una de las características externas más innovadoras de la Escuela Nueva. Montessori fue la primera que adaptó lavabos, percheros, libreros, estanterías… para que el niño pudiera manejarlos como lo hace un adulto.

Durante las clases, sólo se impone al niño una restricción: antes de utilizar un material, ha de
devolver a su sitio el anterior. El maestro recibe el nombre de director, pero su papel es casi inapreciable, ya que lo único que tiene que hacer es guiar: fijar conceptos básicos y presentar el material, de modo que el alumno descubra e identifique los conceptos, pero mediante un conocimiento propio, no impuesto. Por ejemplo, el maestro no explicará qué es un cuadrado, sino que lo enseñará en diferentes tamaños, con diferentes texturas y colores y sugerirá al niño un juego con cuadrados. Al fin, éste accederá por sí solo a la noción de cuadrado, yendo de la realidad al concepto.

En este tipo de escuelas no había castigos ni premios: “ni palo ni zanahoria”, como decía. Eran, sencillamente, las “casas de los niños”. Y los pequeños se encontraban tan a gusto en ellas que algunos lloraban porque el domingo no podían ir.

La científica María era a la vez hegeliana y cristiana: su espíritu le aconsejaba sumar, no restar. No todo el mundo lo entendía así, pero la joven no sólo era testaruda, sino que creía en su propia causa y su propia moral. Una moral que le causaría bastantes problemas. Tuvo un hijo, al que llamó Mario y al que amó tiernamente, pero de cuyo padre no habló jamás. Y sin embargo, ella afirmó rotundamente: “Los niños tienen un profundo sentimiento de su dignidad personal. Su alma queda con frecuencia herida más allá de lo que un adulto pueda imaginar. Por eso, una característica esencial de nuestro método consiste en respetar la dignidad del niño en un grado jamás alcanzado hasta ahora”.

Las escuelas se fueron extendiendo más allá de Italia: Inglaterra, Francia, Holanda, España, Norteamérica, Japón, la India… donde tuvieron una magnífica acogida. Incluso un personaje conflictivo como Mussolini admiró el método Montessori y protegió las nuevas escuelas. Pero cuando ella se dio cuenta de que el fascismo quería manipular a la infancia, se enfrentó con el dictador. La respuesta fue inmediata: clausura de las escuelas en Italia y expulsión de la “doctora”, que se instaló en la España republicana, concretamente en Cataluña. Por poco tiempo: la guerra de 1936 provocó su huída a Inglaterra, y en 1939, al estallar la Segunda Guerra Mundial, a la India. Allí fue muy bien recibida: su amistad con Gandhi le había abierto nuevos caminos. Sin embargo, al poco tiempo fue internada por los ingleses en un campo de prisioneros hasta el final de la guerra.

Otra persona se hubiera rendido pero la infatigable doctora Montessori no. Volvió a Europa, se instaló en Holanda, y desde allí coordinó la red mundial de escuelas esparcidas por todo
el mundo. Pero todo tiene su fin y María Montessori, profundamente apenada por todo lo que había significado la Guerra Mundial, murió cerca de su escuela de Amsterdam, en 1952.

Montessori hizo una aportación trascendental a la pedagogía, al introducir elementos de análisis
científico en la escuela. Sus prácticas se basan en estudios psicológicos, no en teorías no contrastadas. En suma, María Montessori fue un genio de la pedagogía que partió de su saber médico para crear un método muy avanzado, cuya repercusión es evidente en la enseñanza actual. Su testamento es un método, sus escuelas y sus libros. En el último que publicó, “La mente absorbente del niño”, escribió un pensamiento que deberíamos meditar siempre: “No eduquemos a nuestros hijos para el mundo de hoy. Este mundo ya no existirá cuando ellos sean mayores. Por eso, debemos ayudar al niño a cultivar sus facultades de creación y de adaptación”. Toda una lección.
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martes, 1 de marzo de 2011

Apariciones marianas


El ser humano, en todas las culturas y lugares, ha estado viendo desde siempre dioses y demonios. Sus respectivas religiones y creencias daban forma a lo que veían y oían y el cristianismo no ha sido ajeno a este fenómeno. Las apariciones de santos, especialmente de la Virgen María en la Europa occidental desde finales de la época medieval hasta la moderna, están bien atestiguadas. En la tecnificada civilización occidental del siglo XX, se vieron OVNIS. Entonces, en un mundo azotado por el horror y la incertidumbre, se veían vírgenes –sobre todo por parte de pastores, campesinos y niños-

Un caso típico es el de una mujer o una niña campesinas que dicen haber encontrado a una niña o mujer extrañamente pequeña –algo así como de un metro de altura- que se le revela como la Virgen María, la Madre de Dios. Ésta le pide a la sorprendida testigo que vaya a las autoridades civiles y de la Iglesia locales y les ordene decir plegarias por los muertos, obedecer los mandamientos o construir un santuario en aquel mismo lugar. Si no acceden, los amenaza con temibles castigos, quizá una plaga. Otras veces, en épocas de epidemia, María promete curar la enfermedad, pero sólo si se cumplen sus demandas.

La testigo intenta hacer lo que le dicen. Pero cuando informa a su padre, su marido o el sacerdote, le ordenan que no cuente la historia a nadie; es una tontería femenina, una frivolidad o una alucinación demoníaca. Así, ella no dice nada. Días después se le vuelve a aparecer María, un poco molesta porque no se ha honrado su petición. “No me creerán –se lamenta la testigo-. Dame una señal”.

Se necesita una prueba.

Así, María –que no había previsto que tendría que proporcionar una prueba- le da una señal. Los del pueblo y los curas se convencen enseguida. Se construye el santuario. Ocurren curaciones milagrosas en la vecindad. Llegan peregrinos de todas partes, la economía local mejora. Se nombra a la testigo original guardiana del sacro santuario.

En la mayoría de los casos que conocemos, se creó una comisión de investigación, formada por
autoridades civiles y eclesiásticas, que atestiguaban si la aparición era genuina… a pesar del escepticismo inicial, casi exclusivamente masculino. Pero el nivel de las pruebas no solía ser alto. En un caso se aceptó seriamente el testimonio delirante de un niño de ocho años dos días antes de morir por una epidemia. Algunas comisiones siguieron deliberando durante décadas o incluso hasta un siglo después del acontecimiento.

En “Sobre la distinción entre visiones verdaderas y falsas”, un experto sobre el tema, Jean Gerson, alrededor del año 1400, resumió los criterios para reconocer la credibilidad del testigo de una aparición: uno era la disponibilidad a aceptar consejo de la jerarquía política y religiosa. Así, aquél o aquella que viesen una aparición molesta para los que estaban en el poder era ipso facto un testigo poco fiable, y se podía hacer decir a santo sy vírgenes lo que las autoridades querían oír.

Las “señales” que supuestamente proporcionaba María, las pruebas que se ofrecían y que se consideraban irresistibles eran cosas como una vela ordinaria, un trozo de seda o una piedra magnética; un pedazo de ladrillo de color; huellas; una recolección extraordinariamente rápida de cardos por parte de la testigo; una sencilla cruz de madera hincada en la tierra; verdugones y heridas en la testigo; y una variedad de contorsiones –una niña de doce años con la mano en extraño gesto, o las piernas dobladas hacia atrás, o una imposibilidad de abrir la boca que la deja muda temporalmente- que se “curan” en cuanto se acepta la historia.

En algunos casos es posible que los relatos de compararan y coordinaran antes de dar testimonio. Por ejemplo, en una ciudad pequeña podía haber múltiples testimonios de la aparición de una mujer alta y reluciente la noche anterior, toda vestida de blanco, con un niño en el regazo y envuelta en una luz que iluminaba la calle. Pero, en otros casos, personas que estaban físicamente junto a la testigo no pudieron ver nada, como en este informe de una aparición en Castilla en 1617:

“Ay, Bartolomé, la dama que me ha venido a ver esos días pasados se acerca a través del prado, y se arrodilla y abraza la cruz… ¡mira, mírala!” Aunque el joven puso toda su atención en ello, no vio más que unos pájaros que volaban por encima de la cruz”.

No es difícil encontrar motivos posibles para inventar y aceptar estas historias: trabajo para los
curas, notarios, carpinteros y mercaderes, y otros estímulos a la economía regional en una época de depresión; el ascenso de condición social de la testigo y su familia; nuevas oraciones para familiares enterrados en cementerios que fueron abandonados más tarde a causa de la plaga, la sequía y la guerra; exaltación del espíritu público contra los enemigos, especialmente los moros; mejor urbanidad y obediencia a la ley canónica, y confirmación de la fe de los piadosos. El fervor de los peregrinos en esos santuarios era impresionante: no era raro que mezclaran fragmentos de roca o barro del santuario con el agua y se la bebieran como medicina. Pero no pretendo sugerir que la mayoría de testigos inventaran la historia. Había algo más:

Es de destacar que casi todas las apremiantes peticiones de María fueran de lo más prosaico, como por ejemplo en esta aparición de 1483 en Cataluña:

“Te exhorto por tu alma que exhortes a las almas de los hombres de las parroquias de El Torn, Milleras, El Sallent y Sant Miquel de Campmaior a exhortar a las almas de los curas para que pidan a la gente que pague los diezmos y todos los impuestos de la Iglesia y restituya lo que poseen encubierta o abiertamente que no sea suyo a sus verdaderos propietarios en el plazo de treinta días, porque será necesario, y que observen la santificación del domingo. Y, segundo, que dejen de blasfemar y ejerzan la caridad correspondiente ordenada por sus antepasados muertos”.
A menudo el testigo ve la aparición justo después de despertar. Francisca la Brava atestiguó en 1523 que se había levantado de la cama “sin saber si tenía el dominio de sus sentidos”, aunque en un testimonio posterior declaraba estar totalmente despierta. (Era la respuesta a una pregunta que permitía una serie de posibilidades: totalmente despierta, adormecida, en trance, dormida) A veces la ausencia de detalles es total, como en el aspecto de los ángeles acompañantes; o se describe a María alta y baja a la vez, madre e hijo a un tiempo… características que indudablemente sugieren el material de un sueño. En el “Diálogo sobre milagros”, escrito alrededor de 1223 por Caesarius de Heisterbach, las visiones clericales de la Virgen María ocurrían con frecuencia durante los maitines, que se rezaban a medianoche.

Es natural sospechar que muchas de esas apariciones, quizá todas, fueran una especie de sueño, en vigilia o dormido, compuesto por mistificaciones (y por engaños; había un negocio floreciente de milagros inventados: pinturas y estaturas religiosas halladas por casualidad o por orden divina). Se hablaba del tema en “Las Siete Partidas”, el códice de ley canónica y civil compilado bajo la dirección de Alfonso X el Sabio, rey de Castilla, alrededor de 1248. En él podemos leer lo siguiente:

“Hay hombres que descubren o construyen fraudulentamente altares en campos o ciudades, diciendo que son reliquias de ciertos santos en esos lugares y con la pretensión de que realizan milagros y, por esta razón, gente de muchos lugares se ve inducida a ir en peregrinaje a fin de llevarse algo de ellos; y hay otros que, influidos por sueño o fantasmas vacíos que se les aparecen, erigen altares y simulan descubrirlos en las localidades antes citadas”.

Al enumerar las razones de las creencias erróneas, Alfonso traza una línea continua que va desde la secta, la opinión, la fantasía y el sueño hasta la alucinación. Una suerte de fantasía llamada antoiança se define de este modo:

“Antoiança es algo que se detiene ante los ojos y luego desaparece, como si uno lo viera u oyera en trance, y por consiguiente sin sustancia”.

Una bula papal de 1517 hace una distinción entre las apariciones que afloran “en sueños o por inspiración divina”. Está claro que las autoridades seculares y eclesiásticas, incluso en épocas de extrema credulidad, estaban alerta ante las posibilidades de mistificación e ilusión.

A pesar de todo, en la mayor parte de la Europa medieval, estas apariciones eran recibidas
gratamente por el clero católico romano, especialmente porque las admoniciones marianas eran muy convenientes para el sacerdocio. Bastaban unas cuantas “señales” patéticas como prueba, una piedra o una huella, y nunca algo que no fuera susceptible de fraude. Pero, a partir del siglo XV, en los albores de la Reforma protestante, la actitud de la Iglesia cambió. Aquellos que declaraban tener un canal independiente con el cielo burlaban la cadena de mando de la Iglesia hasta Dios. Además, algunas apariciones –por ejemplo, las de Juana de Arco- tenían desagradables implicaciones políticas o morales. Los inquisidores describieron los peligros que representaba la visión de Juana de Arco en 1431 en estos términos:

“Se le mostró el gran peligro que corre quien tiene la pretensión de creer que tiene apariciones y revelaciones así y, en consecuencia, miente sobre asuntos que conciernen a Dios, expresando falsas profecías y adivinaciones no conocidas por Dios, sino inventadas. De lo que puede derivarse la seducción de personas, el comienzo de nuevas sectas y muchas más impiedades que subvierten a la Iglesia y los católicos”.

Juana de Arco fue quemada en la hoguera por sus visiones.

En 1516, el quinto Concilio Luterano reservó a “la sede apostólica” el derecho a examinar la autenticidad de las apariciones. Para los campesinos pobres cuyas visiones no tenían contenido
político, los castigos no alcanzaban la máxima severidad. La aparición mariana que tuvo Francisca la Brava, una madre joven, fue descrita por el licenciado Mariana, el señor inquisidor, como “en detrimento de nuestra fe católica y para disminución de su autoridad”. Su aparición “era todo vanidad y frivolidad”. “En derecho la podíamos haber tratado con más rigor” seguía el inquisidor, “pero en deferencia a ciertas razones justas que nos mueven a mitigar el rigor de las sentencias, decretamos como castigo a Francisca la Brava y ejemplo para que otros no intenten cosas similares la condena a ser puesta sobre un asno para recibir cien latigazos en público por las calles acostumbradas de Belmonte, desnuda de cintura para arriba, y el mismo número en la ciudad de El Quintanar del mismo modo. Y de ahora en adelante no dirá ni afirmará nada en público o en secreto mediante palabra o insinuación lo que ha dicho en sus confesiones o en otro caso será perseguida como impenitente y persona que no cree o no está de acuerdo con lo que ordena nuestra sagrada fe católica”.

A pesar de los castigos, asombra la frecuencia con que los testigos se mantenían en sus trece e –ignorando los estímulos que les ofrecían para confesar que estaban mintiendo o soñando o confusos- insistían en que real y verdaderamente habían tenido aquella visión.

En una época en la que prácticamente todo el mundo era analfabeto, antes de los periódicos, la radio y la televisión, ¿cómo es posible que los detalles religiosos e iconográficos de estas apariciones fueran tan similares? Quizá la respuesta se halle en la dramaturgia religiosa (especialmente en las representaciones de Navidad), en los predicadores itinerantes y peregrinos, en los sermones de las iglesias. Las leyendas sobre los santuarios se extienden con rapidez. A veces llega gente que vive a cien kilómetros de distancia o más con el fin, por ejemplo, de curar a su hijo enfermo con un guijarro pisado por la Madre de Dios. Las leyendas influían en las apariciones y viceversa. En una época acosada por la sequía, las epidemias y las guerras, sin servicios sociales o médicos disponibles para la mayoría, que desconocía la ilustración pública y el método científico, el pensamiento escéptico era raro.
¿Por qué las apariciones son tan prosaicas? ¿Por qué es necesaria la aparición de un personaje tan ilustre como la Madre de Dios para que en un pequeño lugar poblado por unos miles de almas se reconstruya un santuario o el populacho se abstenga de maldecir? ¿Por qué no entregan mensajes importantes y proféticos cuya significación se pueda reconocer en años posteriores como algo que sólo podía haber emanado de Dios o los santos? ¿No habría potenciado esto en gran manera la causa católica en su lucha a muerte contra el protestantismo y la Ilustración? Pero no se sabe de apariciones que adviertan a la Iglesia, por ejemplo, contra la ilusión de un universo centrado en la Tierra, o que censuren la complicidad con la Alemania nazi, dos temas de gran importancia moral además de histórica en los que, meritoriamente, el papa Juan Pablo II reconoció el error de la Iglesia.

Ni un solo santo criticó la práctica de la tortura y quema de “brujas” y herejes. ¿Por qué? ¿No eran conscientes de lo que ocurría? ¿No eran capaces de captar su maldad? ¿Y por qué María siempre da órdenes al pobre campesino de informar a las autoridades? ¿Por qué no las amonesta ella misma? O al rey. O al papa. En los siglos XIX y XX, es cierto, algunas apariciones han adquirido gran importancia: en Fátima, Portugal, la Virgen mostró su cólera en 1917 por la sustitución del gobierno de la Iglesia por un gobierno secular, y en Garabandal, España, en 1961-1965, amenazó con el fin del mundo si no se respetaban a partir de entonces doctrinas políticas y religiosas conservadoras.

Creo ver muchos paralelos entre las apariciones marianas y las abducciones por extraterrestres; aunque en el primer caso, los testigos no son llevados al cielo a gran velocidad ni sufren intromisiones en sus órganos reproductores. Las criaturas que se declaran ver son diminutas, casi siempre de apenas un metro. Vienen del cielo. El contenido de la comunicación, a pesar del supuesto origen celestial, es mundano. Parece haber una clara relación con el hecho de dormir y
soñar. A los testigos, normalmente mujeres, les da apuro hablar, especialmente después de enfrentarse a la ridiculización por parte de los varones en posiciones de autoridad. A pesar de todo, persisten: insisten en haber visto realmente lo que dicen. Hay distintas maneras de transmitir las historias; se comentan con afán y eso permite hacer coincidir los detalles entre testigos que no se han visto nunca. Otras personas que estaban presentes en el momento y lugar de la aparición no ven nada inusual. Las “señales” o supuestas pruebas, sin excepción, no son algo que los humanos no puedan adquirir o comprar por su cuenta. Ciertamente, María parece contraria a la necesidad de pruebas y, ocasionalmente, está dispuesta a curar sólo a los que habían creído el relato de su aparición antes de proporcionar “señales”. Y mientras no hay terapeutas, se extiende por la sociedad una influyente red de curas parroquiales y jerarcas que tienen un interés personal en la realidad de las visiones.

En nuestra época todavía hay apariciones de María y algunos ángeles, pero también de Jesús. Cuando Jesús le dice a una mujer con problemas por un matrimonio “intolerable” que eche de casa al pobre diablo, esto plantea problemas a los defensores de una posición coherente con las Escrituras. En este caso, quizá se podría decir que prácticamente toda presunta guía se genera en el propio interior. ¿Y si alguien contase un sueño en el que Jesús aconsejaba, por ejemplo, el aborto o la venganza? Y si, ciertamente, es necesario hacer distinciones entre sueños y concluir, pues, que algunos sueños son un invento del soñador, ¿por qué no todos?

En 1858 se informó de una aparición de la Virgen María en Lourdes, Francia; la Madre de Dios confirmó el dogma de su concepción inmaculada que había sido proclamado por el papa Pío XI sólo cuatro años antes. Algo así como cien millones de personas han ido desde entonces a Lourdes con la esperanza de curarse, muchas de ellas con enfermedades que la medicina de la época no podía vencer. La Iglesia católica romana rechazó la autenticidad de gran cantidad de las curaciones llamadas milagrosas: sólo aceptó sesenta y cinco en casi un siglo y medio (de tumores, tuberculosis, oftalmitis, impétigo, bronquitis, parálisis y otras enfermedades, pero no, por ejemplo, la regeneración de una extremidad o una columna vertebral partida). De las sesenta y cinco curaciones, hay diez mujeres por cada hombre. Las posibilidades de una curación milagrosa en Lourdes, por tanto, son de una entre un millón; hay tantas posibilidades aproximadas de curarse después de una visita a Lourdes como de ganar la lotería, o de morir en el accidente de un vuelo regular de avión…. Incluyendo el que va a Lourdes.

La tasa de remisión espontánea de todos los cánceres, agrupados, se estima entre uno por cada diez mil y uno por cada cien mil. Si sólo el 5% de los que van a Lourdes fueran a tratarse de un cáncer, debería de haber entre 50 y 500 curaciones “milagrosas” sólo de cáncer. Como sólo 3 de las 65 curaciones atestiguadas son de cáncer, la tasa de remisión espontánea en Lourdes parece ser inferior que si las víctimas se hubieran quedado en casa. Desde luego, si uno se encuentra entre los 65 curados, será muy difícil convencerle de que su viaje a Lourdes no fue la causa de la remisión de la enfermedad… Post hoc, ergo propter hoc (en latín, “después de esto, luego a consecuencia de esto”, o lo que es lo mismo, un razonamiento inadecuado desde el punto de vista científico: si después de ir a Lourdes me curo, es Lourdes lo que me ha curado).

Está demostrado que la mente puede causar ciertas enfermedades, incluso enfermedades fatales. Cuando se hace creer a pacientes con los ojos vendados que se les está tocando con una hoja de
hiedra o roble venenoso, generan una desagradable dermatitis de contacto roja. La curación por la fe puede ayudar en enfermedades placebo o mediatizadas por la mente: un malestar en la espalda, fiebre del heno, asma, parálisis histérica y ceguera, y falso embarazo (con cesación de períodos menstruales e hinchazón abdominal). Hay enfermedades en las que el estado mental puede jugar un papel clave. La mayoría de las curaciones de finales del Medievo que se asocian con apariciones de la Virgen María eran parálisis súbitas, de poco tiempo, parciales o de todo el cuerpo. Además, se mantenía en general que sólo se podían curar de este modo los creyentes devotos. No es sorprendente que la apelación a un estado mental llamado fe pueda aliviar síntomas causados, al menos en parte, por otro estado mental quizá no muy diferente.

(De "El Mundo y sus Demonios", de Carl Sagan) Leer Mas...