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domingo, 10 de enero de 2010

¿Podemos recordar nuestro nacimiento?


Intenta pensar en tu primer recuerdo. Quizá imágenes de una fiesta de cumpleaños o pasajes de unas vacaciones familiares. Ahora procura ubicar temporalmente esos recuerdos. Lo normal es que la memoria no se extienda más atrás del tercer cumpleaños. De hecho, sólo se recuerdan cosas aisladas del periodo que va de los 3 a los 7 años aunque los álbumes de fotografías familiares puedan recuperar más imágenes del fondo de la mente.

Los psicólogos se refieren a esta incapacidad de la mayor parte de los adultos a la hora de recordar acontecimientos de su primera infancia, incluido el nacimiento, como amnesia infantil. Sigmund Freud fue el primero en acuñar ese término en 1899 para explicar los pocos recuerdos que los adultos conservan de sus primeros años. Freud teorizaba que se trataba de un medio de reprimir impulsos sexuales traumáticos. Para bloquear esos latigazos involuntarios del inconsciente y proteger el ego consciente, Freud creía que los humanos dan forma a una especie de recuerdos “pantalla” o versiones reelaboradas de los acontecimientos de sus primeros años.

Más de cien años después, los investigadores aún tienen que dar con una explicación precisa de por qué sucede la amnesia infantil. Sólo desde hace veinte años se viene investigando la memoria infantil a la búsqueda de una respuesta satisfactoria. Por el contrario, esas investigaciones han dado con una nueva serie de preguntas acerca de los matices de la memoria en los niños.

Durante mucho tiempo, la explicación para la amnesia infantil se basaba en la creencia de que las partes del cerebro infantil responsables de la fijación de la memoria se encontraban aún sin desarrollar. A partir de los tres años, las habilidades memorísticas de los pequeños se incrementaban rápidamente hasta niveles adultos.

Sin embargo, los psicólogos han descubierto que niños de tres y seis meses pueden guardar recuerdos durante mucho tiempo. La diferencia estriba en qué tipo de recuerdos son los que “graban”. Por ejemplo, parece que los bebés nacen con una serie de recuerdos implícitos, inconscientes. Al mismo tiempo, la memoria explícita o episódica –la que registra acontecimientos específicos- no guarda información acerca de ese periodo de tres años, lo que explica el por qué la gente no recuerda el momento de su nacimiento.

Pero, ¿por qué sucede esto y qué cambios tienen lugar en esos años? Y, si como bebés podemos tener recuerdos, ¿por qué no los conservamos al ir creciendo?

Para dar forma a los recuerdos, los humanos creamos sinapsis o conexiones entre las células cerebrales. Ello sirve para codificar la información sensorial de una vivencia en nuestra memoria. Desde ahí, nuestros cerebros “organizan” la información en categorías y la unen a datos similares, lo que recibe el nombre de consolidación. Para la que la memoria perdure, debemos “revivir” periódicamente esos recuerdos y “recorrer” las sinapsis iniciales, “reforzando” las conexiones existentes.

Los estudios han refutado la opinión de que los bebés son incapaces de codificar información que sirva de recuerdo. Por ejemplo, en un experimento con niños de dos y tres meses, se conectó las piernas de los bebés a un cablecito unido a un colgante con figuras móviles colocado sobre ellos. Aprendieron (y, por lo tanto, recordaron) que pateando sus piernas hacían moverse el colgante. En una fase posterior del experimento, se puso a los niños bajo el colgante, esta vez sin cuerda atada a las piernas. Los niños recordaban que debían mover sus piernas para agitar el colgante, y así lo hacían, aunque esta vez su truco no les daba resultado. Cuando se repitió el experimento con niños de seis meses, éstos aprendieron la relación “mover piernas-colgante móvil” mucho más rápidamente, lo que indicaba que su habilidad para codificar información como recuerdos se aceleraba gradualmente con el tiempo en lugar de producirse un único y súbito “empujón” a los tres años.

Todo esto podría estar relacionado con el desarrollo del córtex prefrontal. Esta zona del cerebro, que se activa durante la codificación y recuperación de recuerdos explícitos, no está totalmente operativa al nacer. Sin embargo, a los 24 meses, el número de sinapsis del córtex ya ha alcanzado el nivel adulto. Además, el tamaño del hipocampo en la base del cerebro crece gradualmente hasta el segundo o tercer año de vida. Y este es un dato importante, porque el hipocampo determina qué información sensorial va a ser transferida a la “memoria a largo plazo”

Pero, ¿qué hay acerca de la memoria implícita? Almacenada en el cerebelo, la memoria implícita es esencial para los recién nacidos, ya que les permite asociar sentimientos de calidez y seguridad con el sonido de la voz de su madre, dirigiéndose instintivamente hacia ella para alimentarse. Habiendo confirmado la presencia de esta memoria a tan temprana edad, los estudios han revelado que experimenta pocos cambios a medida que envejecemos. Incluso en muchos casos de amnesia en adultos, las habilidades implícitas como montar en bicicleta o tocar el piano, a menudo sobreviven al trauma cerebral que causó la amnesia.

Ahora que sabemos que los bebés tienen una fuerte memoria implícita y que son capaces de codificar datos en la memoria explícita, podríamos deducir que la amnesia infantil puede provenir de algún fallo a la hora de recuperar recuerdos explícitos. A menos que estemos pensando específicamente en un acontecimiento pasado, ha de tener lugar algún tipo de “chispa”, de estímulo que dispare el mecanismo de recuperación de un recuerdo explícito.

Nuestros primeros recuerdos pueden permanecer bloqueados y aislados de nuestro mundo consciente debido a que en el momento de codificarse carecíamos de habilidades verbales. Un estudio del año 2004 rastreó la relación que existía entre el aprendizaje del lenguaje en niños de 27 a 39 meses y su capacidad para recordar un acontecimiento vivido. Los investigadores averiguaron que si los niños no conocían las palabras para describir el hecho cuando sucedió, aunque luego aprendieran el lenguaje necesario para ello, no podían describirlo.



El acto de reconocerse en el espejo es uno de los primeros indicadores del desarrollo de la memoria autobiográfica. Verbalizar nuestros recuerdos personales contribuye a este tipo de memoria, que nos ayuda a definir nuestro sentido del “yo” y la relación que establecemos con la gente que nos rodea. Estrechamente relacionado con ello está la habilidad de reconocerse uno mismo. Algunos investigadores han propuesto la teoría de que los niños no desarrollan la capacidad de reconocerse y una identidad personal hasta los 16-24 meses.

Además de todo esto, desarrollamos una memoria de nuestro pasado cuando comenzamos a organizar los recuerdos dentro de un contexto. Muchos niños de preescolar pueden detallar las diferentes partes de un suceso en orden secuencial, como por ejemplo lo que pasó el día que fueron al zoo. Pero no es hasta que cumplen cinco años cuando son capaces de comprender las ideas de tiempo y pasado y situar aquella visita al zoo dentro de una línea temporal mental.

Los padres juegan un papel fundamental en el desarrollo de la memoria autobiográfica de sus hijos. Las investigaciones muestran que la manera en que los progenitores recuerdan verbalmente acontecimientos con sus hijos se relaciona con el estilo narrativo de éstos incluso años después. En otras palabras, niños cuyos padres les cuentan en detalle cosas como fiestas de cumpleaños o viajes al zoo, serán capaces de describir más vívidamente sus propios recuerdos. Y, curiosamente, la memoria autobiográfica tiene un componente cultural: los recuerdos personales de los occidentales se centran más en uno mismo, mientras que los orientales lo hacen situándose en contextos de grupo.

Existen más explicaciones detalladas relacionadas con la amnesia infantil, pero la estructura cerebral, el lenguaje y el sentido del yo son sus bases. Y, por cierto, relacionado con todo esto, algunas personas afirman recordar acontecimientos pre-verbales e incluso fragmentos de la vida en el útero. Existe una forma de psicoanálisis llamado terapia primal, que se centra en tempranos recuerdos de corte traumático, algo parecido a lo que defendía Freud. La terapia primal trata de conectar el dolor del paciente con el de su nacimiento, “trasladándolos” mentalmente a los recuerdos de ese momento en un proceso al que se denomina “renacimiento”. A pesar de episodios anecdóticos, no existen estudios científicos que verifiquen la autenticidad de dichas experiencias ni que demuestren que en el cerebro existen realmente esos recuerdos almacenados en sitio alguno.
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jueves, 7 de enero de 2010

¿Qué es lo más grande que puede tragar una ballena azul?


Una uva.

Casi todo en la ballena azul es colosal. Con 32 metros de longitud media, es el animal más grande que jamás haya existido –tres veces más grande que el mayor de los dinosaurios-. Su lengua pesa más que un elefante; su corazón es del tamaño de un automóvil familiar; su estómago puede contener más de una tonelada de alimento. Y también emite el sonido más alto de la naturaleza: un gemido de baja frecuencia que puede ser escuchado por otras ballenas a 16.000 km de distancia.

Pero su garganta, curiosamente, tiene casi exactamente el mismo diámetro que su ombligo, algo así como un plato de postre. Es incluso más pequeña que su tímpano.

Durante ocho meses al año, la ballena no come prácticamente nada, pero cuando llega el verano se alimenta de manera continua, recogiendo tres toneladas de alimento al día. Como todos aprendemos en la clase de biología de la escuela o los documentales de la tele, su dieta consiste en pequeños crustáceos rosados parecidos a gambas llamados krill, que nadan en bancos tan grandes que pueden pesar 100.000 toneladas. La palabra krill es noruega. Proviene del término holandés kriel, que significa algo así como “poca cosa” y usado también para referirse a los pigmeos.

La estrecha abertura de la garganta de la ballena azul hace imposible que jamás se hubiera tragado a Jonás. La única ballena con una garganta lo suficientemente grande como para engullir a una persona es el cachalote y, una vez dentro, la intensa acidez gástrica del estómago del animal hubiera hecho la supervivencia imposible. El caso del “Jonás moderno” de 1891, en el que un tal James Bartley afirmaba haber sido tragado por un cachalote y rescatado por sus compañeros de tripulación quince horas más tarde, se demostró que era un fraude.
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miércoles, 6 de enero de 2010

1937-El ángel del hogar - Max Ernst


Cuadro pintado tras la finalización de la Guerra Civil española, el “ángel del hogar” de Ernst es un monstruo apocalíptico desbordante de energía destructiva, un ángel de la muerte que, como un King Kong, siembra el pánico y también el terror.

Ernst nació en 1891 en Brühl, cerca de Colonia, y como pintor era un completo “degenerado”; por lo menos, así es como lo describían los propagandistas del Tercer Reich. En 1921 se trasladó a París, donde se dedicó a la escultura, el grabado y el cine, además de la pintura. Allí participó en el movimiento dadaísta, de corta vida (1906-1922), una reacción anarquista al idealismo de las vanguardias y al horror de la guerra, que declaraba que la catástrofe de la Primera Guerra Mundial había vaciado de sentido todos los valores, la moral y la estética.

Más tarde, en 1924, Ernst se convirtió en miembro del movimiento surrealista que siguió al dadaísmo y se le considera uno de sus miembros más innovadores. Los surrealistas seguían pregonando la importancia del azar en su trabajo, igual que los dadaístas, pero le añadían más control y teorías tomadas del psicoanálisis, haciendo hincapié en el subconsciente, la exploración de la mente en el ámbito de la pintura y la importancia de la imaginería de los sueños.

Los artistas surrealistas subvertían el orden racional de la mente consciente al representar ideas y temas extraídos del subconsciente. Los estilos de sus seguidores (André Breton, Giorgio de Chirico, Joan Miró, Salvador Dalí, Man Ray o René Magritte entre otros) eran muy diferentes, pero en todos ellos se daba una fuerte combinación de elementos racionales e irracionales. Las formas humanas se metamorfoseaban en otros objetos, las figuras podían no tener cabeza y las extremidades podían estar flotando. Con “El ángel del hogar”, Max Ernst recogía elementos de las pesadillas y los terrores de la mente y el espíritu.

En 1937, el año en que pintó este cuadro, Ernst se enteró de que los nazis habían confiscado sus primeras obras, que había dejado en Alemania, y que pronto serían destruidas dentro de la campaña nacionalsocialista cuyo objetivo era “purificar” el arte alemán. Podemos suponer, pues, que cuando pintó el cuadro, la Guerra Civil española no era lo único que le preocupaba. Al empezar la Segunda Guerra Mundial, los franceses internaron a Ernst en Aix-en-Provence, en tanto que “extranjero enemigo”, pero sus amigos intercedieron en su favor. Fue liberado y le ordenaron que abandonara Francia. Marchó a Estados Unidos con la ayuda de la experta en arte Peggy Guggenheim, con quien posteriormente se casó.
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sábado, 2 de enero de 2010

El animal más peligroso del mundo

La mitad de los seres humanos que han fallecido a lo largo de la historia de nuestra especie, quizá unos 45.000 millones de personas, han sido asesinados por mosquitos hembra (los machos, como veremos, son vegetarianos).

Los mosquitos son portadores de más de un centenar de enfermedades potencialmente letales, incluyendo la fiebre amarilla, la malaria, el dengue, la encefalitis, la filariasis y la elefantiasis. Incluso en la actualidad, matan a una persona cada doce segundos.

Aunque resulte sorprendente, nadie tenía ni idea de lo peligrosos que eran los mosquitos hasta finales del siglo XIX. En 1877, el médico británico sir Patrick Manson –conocido como “Mosquito Manson”- demostró que la elefantiasis era provocada por las picaduras de mosquitos. Diecisiete años más tarde, en 1894, se le ocurrió que la malaria podía tener un origen similar. Animó a su alumno, Ronald Ross, un joven doctor que vivía en la India, a investigar la hipótesis.

Ross fue la primera persona que demostró, usando aves, cómo los mosquitos hembra transmiten el parásito conocido como Plasmodium en su saliva. Manson decidió ir más allá e infectó a su propio hijo –utilizando mosquitos que habían sido llevados a Inglaterra en valija diplomática desde Roma-. Afortunadamente, el muchacho se recuperó tras una dosis de quinina. Ross ganó el Premio Nobel de Medicina por su descubrimiento en 1902. Manson, por su parte, fue nombrado caballero y fundó la Escuela de Medicina Tropical de Londres.

Existen unas 2.500 especies conocidas de mosquito, 400 de las cuales son miembros de la familia Anófeles y, de estas, 40 son posibles portadoras de malaria. Pero, ¿por qué los mosquitos nos atacan? ¿Y por qué a mí?

Su aguijón es una probóscide, es decir, una jeringa elástica con una aguja hueca y una envoltura externa que sube cuando la aguja penetra nuestra piel y tantea la sangre. Sin embargo, acertar el punto exacto no es fácil. Menos del 5% de la epidermis está constituida por vasos sanguíneos, así que el mosquito tiene que explorar mucho. Arremete con su aguijón sobre la piel una y otra vez. Si logra encontrar algún capilar, chupa vertiendo flujos de saliva que dilatan los vasos y diluyen la sangre para que su comida fluya libremente. Y, por si alguna vez se lo preguntó, lo que nos produce la picazón y el enrojecimiento de la piel es una reacción alérgica a la saliva del mosquito.

Este insecto puede chupar dos o tres veces su peso en sangre. Eso equivale a que un hombre de 70 kilos ingiera de 140 a 120 kilos de comida de una sentada. En ese momento, los receptores elásticos que hay en el abdomen del mosquito, completamente hinchado y a punto de estallar, le envían un mensaje al cerebro: “¡Sal de ahí!”. Al parecer se trata de un reflejo mecánico. Existen vídeos que muestran lo que sucede cuando se impide que esos mensajes lleguen al cerebro: para los mosquitos, nunca es demasiado y comen hasta estallar.

En circunstancias normales, cuando un mosquito ha comido hasta hartarse, está tan pesado que no puede volar. Busca donde recostarse y hacer lo que cualquiera haría tras un gran festín: excretar como loco. Después de unas horas ha reducido su merienda de sangre a la mitad.

Afortunadamente, menos de la mitad de los mosquitos pican. Eso se debe, primero, a que sólo las hembras se alimentan de sangre. Los machos son amantes del néctar de las flores. Segundo, las hembras sólo consumen sangre cuando necesitan proteínas para sus huevos. En realidad, alimentarse de sangre es una aventura compleja y peligrosa, por lo que las hembras tienen controles que les avisan cuándo no atacar más víctimas de lo necesario. Ello nos lleva a las preguntas que nos agobian: ¿Cómo escogen los mosquitos a sus víctimas? ¿Por qué prefieren a ciertas personas? Cuando era niño, su mamá le aplicaba una loción y lo consolaba diciendo: “Es porque tienes sangre dulce”.

Los entomólogos nos dicen que los mosquitos se guían por muchas señales para encontrar comida: el contraste de colores, el movimiento, la temperatura de la piel y la humedad. Pero, sobre todo, según los estudios, se guían por el olfato. Para los mosquitos nuestra estela de emanaciones es una pista fácil de seguir. Cada vez que exhalamos y emitimos dióxido de carbono, les estamos diciendo a los mosquitos (y a otros insectos detestables, como las garrapatas) que hay un vertebrado con sangre en las cercanías. Los mosquitos tienen receptores llamados palpos con los que detectan emanaciones a unos 16 metros a la redonda.

El problema se agrava con otra de las secreciones de nuestro cuerpo, un compuesto químico llamado ácido láctico. Los humanos exudamos esta sustancia por las manos, la cara y los hombros; en realidad, por cada poro, en forma de grasa y sudor. El ácido láctico también fluye por la boca, generalmente cuando hacemos ejercicios muy fuertes. Esto quizás explique por qué no todos somos picados con la misma intensidad. Existe una marcada diferencia entre nuestras emanaciones y su efecto en los mosquitos. Los entomólogos están seguros de que la clave está en la constitución química de la piel. Pero ésta exuda cientos de sustancias químicas y ¿quién puede decir cuáles son las predilectas de los mosquitos? Se cree que los alimentos que ingerimos podrían ser un factor importante.

Por otra parte, no hay duda de que los mosquitos son exigentes: distintas especies pican a diferentes individuos, e incluso en partes específicas del cuerpo, lo cual sugiere que responden a señales diversas. Por ejemplo, el Anofeles Gambiae, uno de los principales portadores de malaria, es tan “fanático” de los humanos que vuela sobre las vacas, ignorando sus olores, hasta llegar al campesino y picarlo. Los A.Gambie, además, prefieren los tobillos y los pies, mientras que otras especies optan por la cabeza y los hombros. Según su patrón de vuelo, parece que cada especie halla un lugar favorito siguiendo el rastro del aliento o del olor de los pies.

El caso es que hombre y mosquito libran una lucha sin cuartel desde tiempos inmemoriales. Se han utilizado desde fórmulas cercanas a la brujería hasta los más estrambóticos artilugios. Veamos algunos de ellos:

1- Trampas eléctricas: supuestamente dedicadas a incinerar al malévolo díptero, sería mejor que las desenchufe. Investigadores franceses realizaron un exhaustivo estudio del funcionamiento de estos aparatos y encontraron que no sólo atraen a muy pocos de ellos, sino que el 98% eran mosquitos machos –los que no pican-, así que la única que sale ganando es la empresa eléctrica.

2- Zumbadores: Robert Novak, profesor de entomología de la Universidad de Illinois, realizó un estudio de todos los modelos. Resultado: no sólo no repele el mosquito, lo atrae.

3- Repelentes químicos: no son recomendables más que para casos excepcionales. La mayoría usa en su fórmula grandes concentraciones de un insecticida conocido como DEET, lo que, además de estropear la ropa, pueda causar, utilizado en exceso, irritaciones en los ojos y la piel. Además, aquellos repelentes con un 20% de DEET en su fórmula ofrecen la misma protección que uno al 100%.
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martes, 29 de diciembre de 2009

Laberintos: trazos de enigma


¿Qué propósito persigue un laberinto? Con variantes que van desde el simbolismo religioso hasta el mero afán lúdico, el laberinto es único entre los motivos decorativos y los artificios, pues se le encuentra en el mundo entero, en todas las culturas.

Las espirales y los laberintos se cuentan entre las figuras abstractas más antiguas; son las más primitivas representaciones de ideas, más que de hechos reales, como la caza y la guerra. Aparecieron simultáneamente en partes del mundo tan distantes entre sí que su influencia mutua es imposible. Laberintos de época similar se han descubierto en Arizona, la India, Sumatra y Europa.


El laberinto estuvo asociado con ideas religiosas de muerte y resurrección, y fue convertido en motivo de rituales para asegurar la vuelta de la fertilidad primaveral tras la prolongada “muerte” del sol durante el invierno. Las comunidades primitivas del sur del Europa tallaron laberintos en las rocas de sus tumbas y monumentos. Otras, como las de Escandinavia, elaboraron laberintos auténticos, delineados con césped o piedras, en los que se escenificaban danzas rituales en el solsticio de primavera.





El laberinto mitológico más famoso de Occidente es el del rey Minos de Creta, que sirvió de guarida al Minotauro, criatura mitad hombre y mitad toro, muerto por Teseso, héroe ateniense que salió ileso del combate. En las excavaciones del palacio minoico de Cnosos, en Creta, no se ha hallado rastro del laberinto, aunque sí abundantes huellas de culto al toro, cuyo emblema es el hacha de hoja doble, o labrys, término del que quizá deriva “laberinto”.





Se ignora cuándo se construyó el primer laberinto. En el siglo V a.C., el historiador griego Herodoto visitó un famoso edificio de El Faiyum (Egipto), erigido en 1800 a.C. por Amenenhet III; lo describió como “laberinto”. La construcción era efectivamente irregular, con 12 patios y numerosas cámaras unidas por truculentos pasillos, pero nada indica que su diseño fuera deliberadamente laberíntico.






Una de las representaciones de 4est tipo más antiguas del norte de Europa, de 2500 a.C., es la espiral triple grabada en una roca en un túmulo en New Grange, condado de Meta (Irlanda), pero en todo el viejo continente se han hallado inscripciones semejantes, desde las espirales primitivas hasta el complejo laberinto tipo cretense, de una sola entrada y siete anillos en torno al centro.

Los laberintos se formaron como elemento decorativo común en las iglesias europeas a fines del siglo XII, grabados sobre las losas del piso. Abundan en catedrales medievales francesas, como las de Bayeux, Amiens, Chartres y Sens. Estos laberintos se emplearon en los actos de penitencia; el creyente seguía de rodillas las vueltas y circunvalaciones de la figura. Solían realizar esta práctica quienes no podían peregrinar a Tierra Santa; por eso los laberintos también fueron llamados chemis de Jerusalem, “caminos de Jerusalén”. En Italia, estas figuras se tallaban en pilares y muros donde podían seguirse con un dedo al orar. Uno de tales laberintos se conserva en la catedral de Lucca.

En los ritos populares derivados de prácticas paganas de fertilidad también se hacía uso de laberintos. En las festividades pascuales y primaverales inglesas se recurría a laberintos de césped, como el Julian´s Bower de Alkborough (Humberside). Las danzas en espiral, en las que jóvenes de ambos sexos giraban hacia un centro para alejarse después, seguían siendo muy populares en el siglo XIX. Las danzas laberínticas que aún se practican en Europa descienden del antiguo Baile de la Grulla, o geranos, supuestamente ejecutado en la isla griega de Naxos por Teso y sus amigos para celebrar su salida victoriosa.

El gusto europeo por grandes laberintos en los jardines arraigó en el siglo XVI. Formados por grandes setos, muchas de sus veredas culminaban en callejones sin salida, como en el laberinto de Hampton Court. El mayor laberinto de este tipo en el mundo, inaugurado en 1978, se halla en Longleat House (Wiltshire).
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