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domingo, 14 de abril de 2013

El Concilio de Pisa


Hablar del concilio de Pisa suena, de entrada, aburrido, pero aquel concilio, que comenzó el 25 de marzo del año 1409, el que intentó poner fin al famoso Cisma de Occidente, es cualquier cosa menos aburrido, porque fue uno de los más tormentosos y animados que se recuerdan. Se trataba de acabar con un problema grave: había dos papas reinando en la cristiandad. Pues cómo sería la que allí se montó, que cuando terminó el concilio, en vez de dos papas, había tres.

Como el Cisma de Occidente merece capítulo aparte, sólo decir que en 1409, la situación de la Iglesia no era muy halagüeña. Hacía treinta años que había dos papas mandando en paralelo, uno desde Aviñón y otro desde Roma. Cada vez que se moría uno de los dos papas, los cardenales de cada bando elegían sucesor, con lo cual el cisma seguía y seguía y no se solucionaba nunca. Aquello era insostenible; hasta que el rey de Francia, Carlos VI, dijo “ya basta”. La única forma de solucionar esto era retirar toda obediencia a los dos y deponerlos; y, por cierto, uno de los dos papas era español, aragonés para más señas: Benedicto XIII, el papa Luna.

Los cardenales de uno y otro bando se alarmaron ante el enfado del rey francés, aparcaron sus diferencias y se reunieron a ver qué hacían. De esta reunión salió el Concilio de Pisa. Pero resulta que el único que puede reunir un concilio y firmar todo lo acordado es el papa. Y como había dos y ninguno quería ceder el poder, aquel concilio era, digamos, “ilegal”. Lógico, ninguno de los dos papas contendientes iba a convocarlo para facilitar su expulsión. Los papas se mantuvieron en sus trece (esta frase hecha procede precisamente de entonces, porque Benedicto XIII fue el que se mantuvo en sus ídem), así que el seudoconcilio los declaró herejes, los separó de la Iglesia y eligió a otro papa para sustituirlos, Alejandro V. No hay dos sin tres.

Y Alejandro V tuvo que buscarse otra sede, porque en Aviñón y Roma seguían amarrados a la silla los otros dos papas. Se fue a Bolonia y allí pasó su pontificado sin pena ni gloria hasta que lo envenenaron. Los otros dos estuvieron peleados todavía cinco años más.

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