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lunes, 26 de abril de 2010

Valeria Mesalina: la vergüenza de la familia


Adúltera, lasciva, libertina, depravada, aborto de mujer… Con tales calificativos se referían los autores antiguos a Valeria Mesalina, tercera esposa del emperador Claudio. Tácito, Dión Casio, Suetonio o Plinio el Viejo se complacen en relatar, descendiendo a los detalles más escabrosos, las intrigas sangrientas y los devaneos sexuales que protagonizó Mesalina durante su breve período como emperatriz, desde el acceso de Claudio al trono hasta su temprana muerte, cuando apenas tenía 28 años. Sin embargo, al menos parte de esos ataques de los historiadores tenían como fin descalificar indirectamente al gobierno de Claudio. Las historias de depravaciones y asesinatos hay que verlas dentro del contexto de las mortales rivalidades dentro de la dinastía Julio-Claudia, a la que Mesalina pertenecía.

Nacida en torno al año 20 d.C., Mesalina estaba emparentada por partida doble con Augusto, el fundador del Imperio. Su padre era el nieto de un general que se había casado con Octavia, la hermana de Augusto. La misma Octavia tuvo dos hijas de un segundo enlace con Marco Antonio: Antonia la Mayor, abuela de Mesalina, y Antonia la Menor, madre del futuro emperador Claudio.

Cuando Calígula ascendió al trono, Mesalina contaba apenas 17 años y aún no estaba casada, a pesar de ser una de las mujeres más deseadas de Roma por su belleza, su doble ascendencia Julia e incluso su patrimonio. Calígula la entregó en matrimonio a su tío Claudio, quizá por temor a que los Julios se mezclasen con otras influyentes familias aristocráticas, que podrían hacer peligrar la continuidad monárquica de los descendientes del divinizado Augusto, o, simplemente, como producto de su refinada crueldad. Claudio era un hombre treinta años mayor que ella, tartamudo, cojo y considerado por su propia madre como “un aborto que la naturaleza había creado sin concluir”. Mesalina pronto se ganó la devoción de su marido, a quien dio dos hijos, Octavia y Tiberio Claudio Germánico. Este segundo, más conocido con el sobrenombre de Británico, nació veinte días después de que Claudio fuera aclamado emperador por la guardia pretoriana en el año 41 d.C.

Pese al afecto de su marido, Mesalina se lanzó pronto a una vida de libertinaje sexual. A juzgar por el testimonio de sus biógrafos, la emperatriz fue uno de los mejores ejemplos en el mundo clásico de la perversión y la ninfomanía más desatadas. Insatisfecha con sus amoríos constantes con los más jóvenes cortesanos –muchos de los cuales murieron por haber accedido a sus deseos, mientras otros lo hicieron por haberse negado-, acudía todos los días a uno de los más zafios burdeles de Roma situado en el barrio de peor fama, Suburra, donde, bajo el nombre “artístico” de Lycisca, y adornada con la peluca amarilla distintiva de las prostitutas romanas, vendía sus favores a quien quisiera comprarlos, generalmente gladiadores y obreros de los muelles del Tíber.

Obligaba a mujeres de familias prestigiosas a prostituirse en presencia de sus maridos, a cambio de honores y cargos en la ciudad. En una ocasión, tras cruzar una apuesta con otra famosa cortesana de la época, Mesalina tuvo relaciones sexuales en público con 25 hombres consecutivamente. En palabras del historiador Suetonio, esta actividad incesante dejaba a la emperatriz “lassata, sed non satiata” (es decir, “cansada, pero no saciada”). Con la edad, lógicamente, fue perdiendo su lozanía, contra lo que ella luchó denodadamente, sirviéndose de cuantos cosméticos y remedios estaban en su mano. A ese respecto, Marco Valerio llegó a decir: “Las tres cuartas partes de sus encantos se hallan en las cajas de su tocador. Cada noche se quita los dientes, así como la ropa. Sus atractivos están en cien potes diversos. Su cara no se acuesta con ella”.

El comportamiento de Mesalina no era excepcional en la cultura romana, que aceptaba sin demasiados miramientos la libre sexualidad. Eso sí, chocaba con el modelo de matrona romana encarnado por Cornelia, la primera esposa de Julio César. La ley contra el adulterio dictada por Augusto, el deseo de restablecer una moral pública en la que la mujer fuera ejemplo de virtud y la difusión del pensamiento estoico, convertido en referente moral en la primera fase del Imperio, obligaban a censurar todo comportamiento que no estuviera basado en la moderación y la continencia. Los Preceptos del Matrimonio que redactó Plutarco a fines del siglo I d.C. proponían un modelo de esposa educada y sumisa, opuesto radicalmente al tipo de mujer que representaba Mesalina.

Cuando los historiadores clásicos narraron los acontecimientos del reinado de Claudio varias décadas después de que éstos hubieran ocurrido, pusieron de relieve los comportamientos que les resultaban escandalosos, sin tener en cuenta las razones políticas que flotaban alrededor.

Desde el momento en que Claudio fue proclamado emperador a su pesar, Mesalina tuvo la posibilidad de convertir a su hijo en heredero del trono si conseguía que su marido sobreviviera hasta la mayoría de edad de Británico y eliminaba a todos sus oponentes, reales o potenciales. Para ello urdió cuantas intrigas fueron necesarias, apoyándose en los libertos de Claudio. Con la complicidad de éstos, Mesalina mantuvo a Claudio ignorante durante más de una década de cuanto sucedía en palacio, al tiempo que se ocupaba de asuntos de Estado de la máxima importancia y, sobre todo, se dedicaba a quitar de en medio a todos los potenciales rivales para el ascenso de su hijo al trono imperial.

Los adversarios de Claudio que podían hacer peligrar la ascensión de Británico al trono eran numerosos. Aunque ya no existían varones entre los Julios, aún vivían mujeres que podían abrir las puertas del poder a sus maridos e hijos. Las nietas de Augusto, Agripina y Livila, habían sido condenadas al destierro por su propio hermano, Calígula. Claudio, que pretendía fortalecer los lazos de consanguinidad con la familia Julia, las hizo regresar a Roma, donde fueron acogidas por el pueblo con gran entusiasmo, convertidas en mártires de la tiranía de Calígula. Agripina, antes de marchar al destierro, había dejado a su hijo Lucio Domicio Nerón (el futuro emperador) al cuidado de Domicia Lépida, madre de Mesalina. Tan pronto como Agripina regresó a Roma, Nerón se convirtió en el verdadero contrincante de Británico, pero también en el único que escaparía a las maquinaciones de la emperatriz. Livila, por su parte, no tenía hijos, pero estaba casada con Marco Vinicio, a quien el Senado había presentado como candidato al trono el mismo día del asesinato de Calígula.

Además, había otros familiares de la gens Julia que podían postularse como sucesores, y a ellos se añadían los descendientes de las grandes familias republicanas que, desde la guerra civil, anhelaban el puesto de princeps. Entre éstas, destacaban la familia de Marco Licinio Craso Frugi y la del dictador Lucio Cornelio Sila. Y por si esto fuera poco, sabedora de que el control de las armas otorgaba también el poder de deponer a cualquier emperador, Mesalina tuvo que cuidarse de eliminar a los comandantes provinciales que estaban al frente de las legiones más poderosas del Imperio.

El primero en encontrar la muerte por medio de un ardid de Mesalina fue precisamente el comandante de las tres legiones asentadas en la Hispania Tarraconense, Apio Silano, nombrado gobernador por Calígula. Según Dión Casio, Mesalina convenció a Claudio para hacer de Apio Silano uno de sus más cercanos colaboradores, al tiempo que le concedía la mano de Domicia Lépida, la madre viuda de Mesalina. Tras incluirlo en su círculo, Mesalina comenzó a requerir sus favores sexuales y ante su negativa, decidió eliminarlo. La falsa acusación que lo condujo a la muerte provino del liberto Narciso, que inventó un sueño premonitorio en el que afirmaba haber visto a Claudio asesinado por Silano.

Por medio de las intrigas palaciegas y sexuales, Mesalina continuó deshaciéndose de los rivales de Claudio y de Británico durante los cuatro años siguientes. A Livila, hermana de Calígula, la acusó de adulterio –hacía falta caradura- con el senador y filósofo cordobés Lucio Anneo Séneca. Mesalina temía la influencia que Livila podía ejercer sobre su tío Claudio, con el que mantenía una estrecha relación, y quería romper los lazos que unían a su esposo Marco Vinicio, favorito del Senado, con la familia Julia. Livila fue desterrada al sur de Italia, donde murió asesinada poco después. Séneca, por su parte, marchó a Córcega, donde escribió su “Consolación a Polibio”, una larga carta dirigida al secretario de Claudio, para conquistar su perdón. No lo logró hasta el 49 d.C., cuando Agripina la Menor lo hizo regresar como instructor del futuro emperador Nerón.

Los siguientes en ser eliminados por Mesalina fueron Marco Vinicio y Valerio Asiático, colegas en el consulado del año 46 d.C., partícipes ambos en el asesinato de Calígula y propuestos por el Senado como candidatos al trono en el 41 d.C. Mesalina temía que Vinicio tramara su destrucción como venganza por el asesinato de su mujer, Livila, por lo que decidió envenenarlo ella misma. En cuanto a Valerio Asiático, la emperatriz ansiaba no sólo su destrucción, sino los maravillosos jardines de Lúculo, que había remodelado.

Asiático era uno de los hombres más ricos e influyentes de Roma en aquel momento y controlaba las tropas de Germania y una numerosa clientela en la Galia Narbonense, a la que estaba ligado por nacimiento. Pero todo su poder quedó anulado por la astucia de Mesalina. Sosibio, preceptor de Británico, acusó a Valerio Asiático de adulterio con Popea, esposa de Escipión y madre de la futura amante de Nerón. Asiático fue arrestado en Bayas e interrogado en privado por Claudio y Mesalina. Se le condenó a muerte sin juicio previo en el Senado. Tras una cena y un baño tranquilos, Asiático se cortó las venas, comentando con ironía que había escapado a los perversos Tiberio y Calígula, pero había caído presa de las insidias de una mujer y de la credulidad de Claudio. Cuenta Tácito que “Mesalina se apresuró después a urdir la ruina de Popea, instigando a algunas personas a que la impulsaran al suicido por temor a la cárcel”.

Todavía hubo otras víctimas de la inquina de Mesalina, como Pompeyo Magno, yerno de Claudio y honrado con el triunfo por la conquista de Britania. Pero la emperatriz cometió un error fatal al lanzar una falsa acusación contra el liberto Polibio, con el que mantenía habitualmente ilícitas relaciones. Así perdió el fiel apoyo de los libertos imperiales, quienes arruinaron la última y más arriesgada intriga de Mesalina, dirigida a deshacerse de Claudio y apropiarse ella misma del poder.

Corría el año 48 d.C. Habían transcurrido once desde el matrimonio de Mesalina con Claudio, y éste se hallaba entonces cada vez más bajo la influencia de su sobrina Agripina la Menor. La emperatriz tenía entonces como amante a Gayo Silvio, un joven y atractivo senador por el que había enloquecido y al que había colmado de riquezas. Decidió casarse con él un día en que Claudio había acudido a Ostia a hacer un sacrificio, esperando que cuando regresara a Roma sería ya demasiado tarde para reaccionar. El palacio se convirtió en decorado de un festival dionisíaco en el que se celebraron a la vez la boda y las fiestas de la vendimia. Mesalina, con los cabellos desatados, se entregaba al desenfreno junto a Gayo Silvio, coronado de hiedra.

Pero los libertos de Claudio desbarataron el plan, convencidos de que si se hundía la casa imperial, también ellos serían eliminados. Calpurnia, una vieja amiga de Claudio, comunicó a éste lo que sucedía en Roma y sus amigos le urgieron a regresar para asegurarse el apoyo de las cohortes pretorianas. Al enterarse Mesalina de que la noticia de su boda había llegado a oídos de Claudio, marchó a palacio y solicitó la mediación de la vestal Vibidia para suplicar clemencia al emperador.

Después, convencida de que su presencia y la de sus hijos haría revivir el amor que Claudio les profesaba, atravesó a pie la ciudad y, montada en un carro, tomó el camino de Ostia. Pero el liberto Narciso impidió que se encontraran y obligó a Claudio, despechado y probablemente ebrio, a decretar la muerte de los dos amantes. Silio no opuso resistencia y pidió una muerte rápida. Mesalina, en cambio, se refugió en los jardines de Lúculo, presa de estallidos de histeria y haciendo súplicas continuas. El mismo Narciso ordenó su ejecución. A continuación, el Senado decretó que se borrara su nombre de todos los monumentos y que sus estatuas fuesen destruidas. Su memoria quedó así marcada por una condena de la que veinte siglos después, aún no ha escapado.