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martes, 29 de marzo de 2011

OVNIS: la gran alucinación colectiva (2)


Si alguna vez nos preguntasen cuál es la imagen que asociamos con la ciencia-ficción, puede que una gran parte contestásemos que la silueta de un platillo volante surcando el cielo o las profundidades del espacio interestelar. Incluso fuera del mundo del celuloide o de la literatura sobre el tema, existen miles de personas que juran y perjuran, sin ningún género de duda, haber visto y/o subido a bordo de estas naves de supuesto origen extraterrestre. En la mayoría de los avistamientos, los testigos afirman que los platillos volantes cambian el sentido de su movimiento de forma repentina y a unas velocidades muy superiores a las de un avión. También suelen coincidir en señalar la total ausencia de ruido en su sistema de propulsión.

La expresión “platillo volante” nació el 24 de junio de 1947, cuando el piloto estadounidense Kenneth Arnold afirmó haber avistado nueve objetos voladores mientras sobrevolaba el monte Rainier, en el estado norteamericano de Washington. Arnold afirmó que se encontraban a unos 3.000 metros de altura y se desplazaban a la increíble velocidad de 2.000 km/h. La paranoia que surgió aquella tarde de verano aún se deja sentir en nuestros días, más de 60 años después.

¿Por qué entonces? ¿Cuál fue el motivo de que la gente creyera y elaborara más y más aquella historia puntual? En los periódicos había cientos de historias de naves de otros mundos en los cielos de la Tierra. Parecía bastante creíble. Había muchas otras estrellas y, al menos algunas de ellas, probablemente tenían sistemas planetarios como el nuestro. Muchas eran tan antiguas como el Sol o más, por lo que había tiempo suficiente para que hubiera evolucionado la vida inteligente. El Laboratorio de Propulsión a Chorro de Caltech acababa de lanzar un cohete de dos cuerpos al espacio. El camino a la Luna y otros planetas estaba abierto. ¿Por qué otros seres más viejos y más inteligentes no podían ser capaces de viajar de su estrella a la nuestra? ¿Por qué no?

Eso ocurría pocos años después del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki. Quizá los ocupantes de los ovnis estaban preocupados por nosotros e intentaban ayudarnos. O quizá querían asegurarse de que nosotros y nuestras armas nucleares no fuéramos a molestarlos. Mucha gente –miembros respetables de la comunidad, oficiales de policía, pilotos de líneas aéreas comerciales, personal
militar- parecía ver platillos volantes. Y, aparte de algunas vacilaciones y risitas, mucha gente no conseguía encontrar argumentos en contra. ¿Cómo podían equivocarse todos esos testigos? Lo que es más, los “platillos” habían sido detectados por radar, y se habían tomado fotografías de ellos. Salían en los periódicos y revistas ilustradas. Incluso se hablaba de accidentes de platillos volantes y de unos cuerpecitos de extraterrestres con dientes perfectos que languidecían en los congeladores de las Fuerzas Aéreas en el suroeste de Estados Unidos.

Había algo extraño en la mera invención de la expresión “platillo volante”. El 7 de abril de 1950,
el famoso locutor de la CBS Edward R.Murrow entrevistó a Kenneth Arnold, el piloto que, como acabamos de ver, vio algo peculiar cerca de Mount Rainier, y que en cierto modo acuñó el término. Arnold afirmó que los periódicos “no me citaron adecuadamente… Cuando hablé con la prensa no me entendieron bien y, con la excitación general, un periódico y otro lo embrollaron de tal modo que nadie sabía exactamente de qué hablaban… Esos objetos más o menos revoloteaban como si fueran algo así como barcos en aguas muy movidas… Y cuando describí cómo volaban, dije que era como si uno cogiera un platillo y lo lanzara a través del agua. La mayoría de los periódicos lo interpretaron mal y también citaron esto incorrectamente. Dijeron que yo había dicho que eran como platillos; yo dije que volaban al estilo de un platillo”.

Arnold creía haber visto una sucesión de nueve objetos, uno de los cuales producía un
“extraordinario” relámpago azul”. Llegó a la conclusión de que eran una nueva especie de artefactos alados. Murrow lo resumía: “Fue un error de citación histórico. Mientras la explicación original del señor Arnold se ha olvidado, el término “platillo volante” se ha convertido en una palabra habitual”. El aspecto y comportamiento de los platillos volantes de Kenneth Arnold era bastante diferente de lo que sólo unos años después se caracterizaría rígidamente en la comprensión pública del término: algo como un frisbee muy grande y con gran capacidad de maniobra.

El ambiente general fue resumido en la revista “Life” unos años más tarde con estas palabras: “La ciencia actual no puede explicar esos objetos como fenómenos naturales, sino únicamente como mecanismos artificiales, creados y manejados por una inteligencia superior”. Nada “conocido o proyectado en la Tierra puede dar razón de la actuación de esos mecanismos”. Y, sin embargo, ningún adulto parecía sentir la menor preocupación por los ovnis. ¿Por qué? En lugar de eso, se preocupaban por la China comunista, las armas nucleares, el macartismo o el alquiler de las viviendas.

El cine no se pudo resistir a la tentación de aprovechar la ocasión. Ya figuran entre los clásicos de las ensaladeras voladoras películas como “Ultimátum a la Tierra” (1951), “Regreso a la Tierra” (1955), “La Tierra contra los platillos volantes (1956), “Encuentros en la Tercera Fase” (1977) o “E.T. el extraterrestre” (1982). ¿De dónde vienen? ¿Qué quieren? ¿Son pacíficos o belicosos? Éstas y otras preguntas similares aparecen continuamente en la prensa cuando se hace eco de algún “contacto” o más comúnmente “encuentro”.

Aceptar que en nuestros cielos hay ovnis no es comprometerse a mucho: la palabra “ovni”, siglas de “objeto volador no identificado”, es un término que incluye algo más que “platillo volante”. Que haya cosas que el observador ordinario, o incluso el extraordinario, no entiende, es inevitable. Pero, ¿por qué, si vemos algo que no reconocemos, llegamos a la conclusión de que es una nave de las estrellas? Se nos presenta una gran variedad de posibilidades más prosaicas.

Una vez eliminados de la serie de datos los fenómenos naturales, los engaños y las aberraciones psicológicas, ¿queda algún residuo de casos muy creíbles pero extremadamente raros, sobre todo casos sustentados por pruebas físicas? ¿Hay una “señal” oculta en todo este alboroto? Desde mi punto de vista, no se ha detectado ninguna. Hay casos de los que se informa con fiabilidad que no son raros, y casos raros que no son fiables. No hay ningún caso –a pesar de más de un millón de denuncias de ovnis desde 1947- en que la declaración de algo extraño que sólo puede ser una aeronave espacial sea tan fidedigna que permita excluir con seguridad una mala interpretación, tergiversación o alucinación.

Se nos bombardea regularmente con extravagantes declaraciones sobre ovnis que nos venden en porciones digeribles, pero muy rara vez llegamos a oír algo de su resultado. No es difícil de entender, ¿qué vende más periódicos y libros, qué alcanza una mayor valoración, qué es más divertido de creer, qué es más acorde con los tormentos de nuestra época: un accidente de naves extraterrestres, estafadores experimentados que se aprovechan de los crédulos, extraterrestres de poderes inmensos que juegan con la especie humana o las declaraciones que derivan de la debilidad y la imperfección humanas?

La manera de proceder de mucha gente está altamente predeterminada. Algunos están
convencidos de que el testimonio de un testigo ocular es fiable, que la gente no inventa cosas, que las alucinaciones o tergiversaciones a esta escala son imposibles, y que debe de haber una vieja conspiración gubernamental de alto nivel para ocultarnos la verdad a los demás. La credibilidad en el tema de los ovnis prospera cuando aumenta la desconfianza en el gobierno, que se produce de forma natural en todas aquellas circunstancias en que –en la tensión entre bienestar público y “seguridad nacional”- el gobierno miente. Como se han revelado engaños y conspiraciones de silencio del gobierno en tantos otros asuntos, es difícil argumentar que sería imposible encubrir un tema tan extraño, que el gobierno nunca ocultaría información importante a sus ciudadanos. Una explicación común de la razón de tal encubrimiento es evitar el pánico a nivel mundial o la erosión de la confianza en el gobierno.

Las Fuerzas Aéreas norteamericanas investigaron el fenómeno ovni a través del llamado “Proyecto Libro Azul”, aunque antes, significativamente, se había llamado “Proyecto Grudge” (Fastidio). El esfuerzo que se estaba realizando era desganado y desechable. A mediados de la década de los sesenta, el cuartel general del “Proyecto Libro Azul” se encontraba en la base de las Fuerzas Aéreas Wright-Patterson de Ohio, donde también estaba la base de la “Inteligencia Técnica Extranjera” (dedicada principalmente a averiguar qué armas nuevas tenían los soviéticos). Contaban con una sofisticada tecnología para la consulta de expedientes.

Pero lo que había en esos expedientes no tenía gran valor. Por ejemplo, ciudadanos respetables declaraban haber visto flotar luces sobre una pequeña ciudad de New Hampshire durante más de una hora, y la explicación del caso era que había una escuadrilla de bombarderos estratégicos de una base cercana de las Fuerzas Aéreas en ejercicios de instrucción. ¿Podían tardar una hora en atravesar la ciudad los bombarderos? No. ¿Sobrevolaban los bombarderos la ciudad en el momento en que se decía habían aparecido los ovnis? No. ¿Nos pueden explicar cómo puede ser que se describa que los bombarderos estratégicos “flotaban”? No. Las negligentes investigaciones del Libro Azul tenían un papel poco científico, pero servían para el importante propósito burocrático de convencer a gran parte del público de que las Fuerzas Aéreas se aplicaban a la tarea y que quizá no había nada tras las denuncias de ovnis.

Desde luego, eso no excluye la posibilidad de que en alguna otra parte se desarrollara otro
estudio de los ovnis más serio, más científico. Es incluso probable que fuera así, no porque nos visiten extraterrestres sino porque, ocultos en el fenómeno de los ovnis, debe haber datos considerados en otros tiempos de importante interés militar. Desde luego, si los ovnis son como se dice –aparatos muy rápidos y maniobrables-, los militares tienen la obligación de descubrir cómo funcionan. Si los ovnis eran construidos por la Unión Soviética, las Fuerzas Aéreas norteamericanas tenían la responsabilidad de proteger su país. Teniendo en cuenta las notables características de actuación que se les adjudicaba, las implicaciones estratégicas de que hubiera ovnis soviéticos sobrevolando impunemente las instalaciones militares y nucleares norteamericanas eran preocupantes. Si, por otro lado, los ovnis eran construidos por extraterrestres, podrían copiar la tecnología (si pudieran apoderarse de un solo platillo) y conseguir una clara ventaja en la guerra fría. Y, aunque los militares no creyeran que los ovnis fueran fabricados por soviéticos ni por extraterrestres, tenían una buena razón para seguir los informes de cerca.

En la década de los cincuenta, las Fuerzas Aéreas norteamericanas utilizaban ampliamente los globos-sonda, no sólo como plataformas de observación meteorológica, como se anunciaba de manera destacada, y como reflectores de radar, algo que se reconocía, sino también, secretamente, como aparatos de espionaje robótico, con cámaras de alta resolución e intercepción de señales. Mientras los globos en sí no eran muy secretos, sí lo eran la serie de reconocimientos que hacían. La forma de los globos de gran altitud puede parecerse a la de un platillo cuando se ve desde el suelo. Si no se calcula bien la distancia a la que se encuentran, es fácil imaginar que llevan una velocidad absurdamente grande. En ocasiones, propulsados por una ráfaga de viento, hacen un cambio de dirección abrupto, poco característico de un avión y en aparente desafío de la ley de la inercia… si uno no atina a ver que son huecos y no pesan casi nada.

El sistema de globos militares más famoso, que fue probado ampliamente en todo Estados Unidos a principios de los cincuenta, se llamaba Skyhook. Otros sistemas y proyectos de globos se denominaron “Mogul”, “Moby Dick”, “Grandson” y “Genetrix”. Aunque decir que todos los ovnis denunciados eran globos militares es ir demasiado lejos, no se ha apreciado suficientemente su papel. No ha habido ningún experimento de control sistemático y deliberado en el que se lanzaran secretamente globos de gran altitud, se hiciera un seguimiento y se anotaran las visiones de ovnis por parte de observadores visuales y por radar.

En 1956, globos de reconocimiento estadounidenses empezaron a sobrevolar la Unión Soviética.
En su momento culminante, había docenas de lanzamientos de globos al día. A continuación, los globos fueron sustituidos por aeronaves de gran altitud, como los U-2 y los SR-71, que a su vez fueron reemplazados en gran parte por satélites de reconocimiento. Es evidente que muchos ovnis que datan de este período eran globos científicos, como lo son algunas veces desde entonces. Todavía se lanzan globos de gran altitud, incluyendo plataformas que llevan sensores de rayos cósmicos, telescopios ópticos e infrarrojos, receptores de radio que sondean la radiación cósmica de fondo y otros instrumentos por encima de la mayor parte de la atmósfera de la Tierra.

Continuará...
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sábado, 26 de marzo de 2011

OVNIS: la gran alucinación colectiva (1)


Los ovnis existen. ¿Quién lo duda a estas alturas? El que se convertiría en presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, a la sazón gobernador del estado de Georgia, vio un ovni en la ciudad de Leary el 6 de enero de 1969. Otro similar fue divisado sobre el Mediterráneo el 25 de febrero de ese año por el piloto de Iberia Jaime Ordovás, comandante del vuelo IB-435 Palma-Madrid, y su tripulación. Miles de ciudadanos canarios observaron el 5 de marzo de 1979 un ovni sobre sus cabezas. El 11 de noviembre de 1979, dos ovnis hicieron que el comandante Javier Lerdo de Tejada, al mando de un avión de la compañía TAE, desviara su rumbo y aterrizara de emergencia en el aeropuerto de Manises (Valencia). Todo el pueblo de Frontera (en la isla canaria de El Hierro) observó las luces intermitentes de un ovni que flotaba sobre la población en fiestas el 12 de agosto de 1995 y fue recogido por las cámaras de televisión. Los monitores de vigilancia infrarroja del Polvorín del Ejército de As Gándaras (Lugo) recogieron la imagen de un ovni el 27 de noviembre de 1995… la evidencia de estos casos es abrumadora. ¿O no?

En efecto, se cuentan por cientos de miles los avistamientos de luces en el cielo, objetos con forma definida, encuentros cercanos y hasta apariciones de figuras extrañas cerca de naves aterrizadas. Y fotos. Y huellas. Y casos de efectos fisiológicos provocados por la cercanía de estas naves. Y abducciones. Se trata de lo que se puede definir como “argumento acumulativo” y es el que emplean generalmente los vendedores de misterios en los programas de televisión. Apabullan contando en unos minutos una serie de incidentes misteriosos de toda procedencia, avistados por numerosos testigos ante los que la audiencia no tiene más remedio que rendirse.

La verdad es más compleja. Si bien son ciertos los avistamientos referidos al comienzo de este artículo, su exhaustivo examen ha demostrado que Jimmy Carter y el piloto de Iberia se confundieron con el brillo del planeta Venus; que el espectacular objeto visto desde el archipiélago canario por miles de personas fue un misil intercontinental Poseidón lanzado por un buque de la Marina de los Estados Unidos que navegaba 1.000 km al oeste de las Canarias; que lo que obligó a aterrizar en Valencia al comandante Lerdo de Tejada fue una confusión óptica con las luces de dos torres de gases en combustión de la refinería de petróleo de Escombreras; que un globo del que pendía una plataforma con bombillas que se encendían y apagaban fue lo que causó tanto impacto a los habitantes de la isla de El Hierro; y que fueron simples luces distantes a nivel del suelo lo que grabaron las cámaras infrarrojas del Ejército de Tierra en Lugo.

Pero claro, lo que causa impacto es la noticia. Los medios de comunicación no se ocupan luego de seguir los años de mucho trabajo, tanto de campo (entrevistas a testigos, mediciones in situ) como de gabinete (cálculos, estudio, gestiones informativas) necesarios para llegar al fondo de estas cuestiones y desvelar el supuesto enigma. Esto no interesa a los periodistas, no vende, no capta la atención.

Cincuenta años de investigación ufológica (UFO es el equivalente en inglés a OVNI) han
permitido concluir pocas cosas, pero algunas de ellas son universales. Por ejemplo, se ha comprobado que la gente ve cosas que no sabe explicar porque estamos rodeados de estímulos naturales y artificiales que producen visiones coloristas y aparentemente asombrosas, que engañan al lego, pero que, a la vista de un experto, se convierten en reentradas de chatarra espacial, lanzamientos de misiles, globos sonda de investigación, nubes lenticulares, bólidos, cuerpos celestes y un largo etcétera. Otra, que la vista es el menos fiable de los sentidos y que cualquier persona -y un piloto de aviación, no es más infalible por llevar un uniforme e insignias- puede engañarse cuando un fenómeno poco habitual se cruza en su camino.

A veces uno escucha a un ufólogo que se las da de objetivo decir que “aunque el 90% de los informes se puede explicar, aún hay un 10% que se resiste a ser aclarado”. Eso es una gran verdad, pero lo curioso es que todas las historias de ovnis que llegan a las manos de esos autoproclamados estudiosos se encuadran precisamente en el diez por ciento residual. Muchas de las revistas que comercian con la creencia en seres extraterrestres falsifican la realidad y convierten en platillo volante todo lo que tocan. ¿La razón? Según los criterios de esta prensa amarilla, sólo lo morboso, esotérico, maravilloso e inexplicable vende. De ahí que no les convenga desentrañar la verdad.

La fenomenología presuntamente extraña se halla en ese diez por ciento de casos que no sabemos explicar. Pero la cuestión es si son misteriosos porque no se pueden explicar de ninguna manera, ni natural ni tecnológicamente, o sencillamente porque los testigos han aportado datos que falsean la observación. En la jerga ufológica, ¡los casos negativos son aquellos que se han logrado explicar! Los investigadores científicos conservan tanto los expedientes solventados como los informes de observaciones inexplicadas, porque la contrastación entre los dos grupos puede decirnos si se trata de dos universos de datos diferentes o no.

En un estudio de informes de “aterrizajes de ovnis” ocurridos en la península Ibérica entre 1900 y 1985, donde 355 casos quedaron resueltos y 230 no, se demostró que los dos grupos estaban directamente relacionados (la magnitud de ambos aumenta o disminuye a la vez); su aparición coincide sobre todo con la época estival y, concretamente, con el mes de agosto; las curvas de distribución horaria de ambos tipos de sucesos se solapan; y, por último, el reparto de casos por provincia sigue un patrón común (hay más informes en zonas con más investigadores y medios de comunicación). En suma, el conjunto de incidentes ovni “auténticos” no se distingue de los que se encuentran en los ficheros de casos explicados, lo que indicaría que ambos grupos tienen una naturaleza similar.

El problema fundamental de los avistamientos ovni positivos reside en su singularidad: cada caso es una unidad que no encaja en ningún rompecabezas lógico. Apenas existen fenómenos idénticos, cada explicación es un rico inventario de detalles, pero sin correlación con otros. La mayoría de los informes de encuentros cercanos dependen en última instancia de la credibilidad que tenga el testigo que presenta los hechos. Cuando hay vestigios físicos –los más habituales son huellas o marcas en la vegetación- se trata sólo de pruebas circunstanciales, ya que podrían haber sido producidas por animales, rayos, enfermedades… o bromistas. En cuanto a observaciones aéreas, nunca tenemos a la vez un radar que detecta una traza, un reactor que sale en interceptación, un piloto de caza que ve el fenómeno extraño y un radar a bordo que lo corrobora. No. Si un radar detecta un eco extraño, desde el avión interceptador no se ve nada. Y cuando un piloto cree ver un ovni, el radar de tierra no detecta nada. ¿Fantasmas extraterrestres o más bien fallos de la tecnología, efectos ópticos, alucinaciones y fenómenos astronómicos? Porque, eso sí, cuando se trata de un globo sonda estratosférico o de un avión sin plan de vuelo, tanto el radar como el piloto del avión de combate coinciden en sus apreciaciones. ¿La evidencia fotográfica? Las mejores tomas consisten en manchas discoidales que aparecen en los negativos sin que los fotógrafos hubiesen visto nada relevante en el momento de capturar la instantánea. En inglés se usa la palabra "artifact" para denotar esos errores en el procesado o de la película, que nada tienen que ver con los artefactos extraterrestres que algunos creen identificar en estas imágenes.

Esencialmente, todos los casos de ovnis son anécdotas, algo que afirma alguien. Los describen de varias formas, como de movimiento rápido o suspendidos en al aire; en forma de disco, de cigarro o de bola; en movimiento silencioso o ruidoso; con un gas de escape llameante o sin gas; acompañado de luces intermitentes o uniformemente relucientes con un matiz plateado, o luminosos… La diversidad de las observaciones indica que no tienen un origen común y que el uso de términos como ovnis o “platillos volantes” sólo sirve para confundir el tema al agrupar genéricamente una serie de fenómenos no relacionados.

La mayoría de la gente cuenta lo que ha visto con toda sinceridad, pero lo que veían eran fenómenos naturales, si bien poco habituales. Algunos avistamientos de ovnis resultaron ser aeronaves poco convencionales, aeronaves convencionales con modelos de iluminación poco usuales, globos de gran altitud, insectos luminiscentes, planetas vistos bajo condiciones atmosféricas inusuales, espejismos ópticos y nubes lenticulares, rayos en bola, parhelios, meteoros, incluyendo bólidos verdes y satélites, morros de cohetes y motores de propulsión de cohetes entrando en la atmósfera de modo espectacular. Es concebible que algunos pudieran ser pequeños cometas que se disipaban en el aire. Al menos, algunos informes de radar se debieron a la “propagación anómala”: ondas de radio que viajan por trayectorias curvadas debido a inversiones de la temperatura atmosférica. Tradicionalmente, también se llaman “ángeles” de radar: algo que parece estar ahí pero no está. Puede haber apariciones visuales y de radar simultáneamente sin que haya nada “allí”.

Cuando captamos algo extraño en el cielo, algunos de nosotros nos emocionamos, perdemos la capacidad de crítica y nos convertimos en malos testigos. Desde el principio existió la sospecha de que aquél era un campo atractivo para pícaros y charlatanes. Muchas fotografías de ovnis resultaron ser falsas: pequeños modelos colgados de hilos finos, a menudo fotografiados a doble exposición. Un ovni visto por miles de personas en un partido de fútbol resultó ser una broma de un club de estudiantes universitarios: un trozo de cartón, unas velas y una bolsa de plástico fino, todo bien preparado para hacer un rudimentario globo de aire caliente.

El relato original del platillo accidentado (con los pequeños extraterrestres y sus dientes perfectos) resultó ser un puro engaño. Frank Scully, columnista de “Variety”, comentó una historia que le había contado un amigo petrolero, convirtiéndose en el espectacular reclamo del exitoso libro de Scully de 1950 “Tras los platillos volantes”. Se habían encontrado dieciséis extraterrestres de Venus, de un metro de altura cada uno, en uno de los tres platillos accidentados. Se habían recogido cuadernos con pictogramas extraterrestres. Los militares lo ocultaban. Las implicaciones eran importantes.

Los estafadores eran Silas Newton, que dijo que utilizaba ondas de radio para buscar oro y petróleo, y un misterioso “doctor Gee” que resultó ser un tal señor GeBauer. Newton presentó una pieza de la maquinaria del ovni y tomó fotografías de primer plano del platillo con flash. Pero no permitía una inspección detallada. Cuando un escéptico preparado, haciendo un juego de manos, cambió el engranaje y envió el artefacto a analizar, resultó estar hecho de aluminio de batería de cocina.

La patraña del platillo accidentado fue un pequeño interludio en un cuarto de siglo de fraudes de Newton y GeBauer, que vendían principalmente máquinas de prospección y contratos petroleros sin valor. En 1952 fueron arrestados por el FBI y al año siguiente se los acusó de estafa. Sus proezas deberían haber servido de advertencia a los entusiastas de los ovnis sobre historias de platillos accidentados en el suroeste americano alrededor de 1950. No cayó esa breva.

El 4 de octubre de 1957 se lanzó el Sputnik 1, el primer satélite artificial en órbita alrededor de la Tierra. De los 1.118 avistamientos de ovnis registrados ese año en Estados Unidos, 701, o sea, el 60% -y no el 25% que se podía esperar-, ocurrieron entre octubre y diciembre. Es evidente que el Sputnik y la publicidad consiguiente habían generado de algún modo visiones de ovnis. Quizá la gente miraba más el cielo de noche y veía más fenómenos naturales que no entendía. ¿O podría ser que miraran más hacia arriba y vieran más las naves espaciales extraterrestres que están ahí constantemente?

La idea de los platillos volantes tenía antecedentes sospechosos que se remontaban a una broma
consciente titulada “¡Recuerdo Lemuria!”, escrita por Richard Shaver y publicada en el número de marzo de 1945 de la revista de ciencia ficción Amazing Stories. En ella se informaba de que hacía ciento cincuenta mil años los extraterrestres se habían establecido en continentes perdidos, lo que llevó a la creación de una raza de seres demoníacos bajo tierra que eran responsables de las tribulaciones humanas y de la existencia del mal. El editor de la revista, Ray Palmer –que, como los seres subterráneos sobre los que advertía, medía poco más de un metro-, promovió la idea, mucho antes de la visión de Arnold, de que la Tierra era visitada por naves espaciales extraterrestres en forma de disco y que el gobierno ocultaba su conocimiento. Con las portadas de esas revistas en los quioscos, millones de americanos estuvieron expuestos a la idea de los platillos volantes bastante antes de que fuera acuñado el término.

Con todo, las pruebas alegadas parecían pocas, y a menudo caían en la credulidad, la broma, la alucinación, la incomprensión del mundo natural, el disfraz de esperanzas y temores como pruebas y un anhelo de atención, fama y fortuna. En ciencia, todo depende de la prueba. En una cuestión tan importante, la prueba debe ser irrecusable. Cuanto más deseamos que algo sea verdad, más cuidadosos hemos de ser. No sirve la palabra de ningún testigo. Todo el mundo comete errores. Todo el mundo hace bromas. Todo el mundo fuerza la verdad para ganar dinero, atención o fama. Todo el mundo entiende mal en ocasiones lo que ve. A veces incluso ven cosas que no están.

Si nadie ha podido demostrar que el diez por ciento de los casos sin explicación sean naves de otros mundos, ¿por qué tanta gente cree a pies juntillas que lo son? El desarrollo del fenómeno ovni ha seguido la típica dinámica de generación de un mito socio-cultural inducido por los medios de comunicación, tal y como veremos en las siguientes entradas
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jueves, 24 de marzo de 2011

¿Quién inventó la batidora de cocina?


Los mecánicos estadounidenses George Schmidt y Fred Osius, residentes en el estado de Wisconsin, fabricaron en 1904 las primeras batidoras industriales de la historia. Seis años después, en 1910, ampliaron su empresa junto con el ingeniero Chester Beach, que había desarrollado un nuevo motor eléctrico, ideal para ser aplicado en las batidoras domésticas, mercado al que trataban de acceder sus socios. Sin embargo, su invención no obtuvo todo el éxito que cabía esperar.

La primera máquina batidora doméstica lanzada con verdadero éxito al mercado apareció en 1923, desarrollada y comercializada por la compañía estadounidense Air Mix Incorporated. Aquellos prototipos utilizaban un motor externo, sujeto a la batidora mediante unos tirantes. Hasta 1931 no se fabricó una batidora con motor incorporado, en una mejora desarrollada por la compañía Flexible Shaft de Chicago.
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lunes, 21 de marzo de 2011

¿Cómo se mide el peso de un planeta?


El peso (o la masa) de un planeta viene determinado por el efecto gravitatorio que ejerce sobre otros cuerpos. La ley de la gravitación universal de Newton establece que toda la materia del universo, por escasa que sea, atrae al resto con una fuerza gravitatoria proporcional a su masa. Cuando se trata de objetos del tamaño de los que encontramos en la vida cotidiana, esta fuerza es tan minúscula que no la notamos, pero adquiere gran relevancia en el caso de objetos de dimensiones planetarias o estelares.

Para usar la gravedad con el fin de conocer la masa de un planeta, hay que medir de algún modo la intensidad del “tirón” que imprime sobre otro cuerpo. Si el planeta en cuestión cuenta con algún satélite natural, entonces la naturaleza habrá hecho el trabajo por nosotros. Tras observar el tiempo que tarda el satélite en orbitar alrededor del planeta, se pueden aplicar las ecuaciones de Newton para deducir la masa del ese planeta.

Pero si el planeta carece de satélites naturales, hay que aplicar más ingenio. Aunque Mercurio y Venus, por ejemplo, no tienen lunas, ejercen un pequeño empuje el uno sobre el otro y sobre el resto de planetas del sistema solar. Como consecuencia de ello, los planetas recorren órbitas algo distintas de las que seguirían si no existiera ese efecto perturbador. Aunque hay que aplicar unas matemáticas un poco más complejas, e intervienen más incertidumbres, la astronomía se sirve de estas desviaciones para determinar la masa de los planetas que carecen de lunas.

¿Y con objetos tales como los asteroides, con masas tan exiguas que no causan ninguna alteración mensurable en las órbitas de otros planetas? Hasta años recientes, solo existían estimaciones de la masa de estos cuerpos basadas en sus diámetros aparentes y en suposiciones sobre su composición mineral.

En la actualidad, en cambio, varios asteroides han recibido la visita de sondas espaciales. Igual que un satélite natural, cuando una nave pasa cerca de un asteroide su trayectoria experimenta una desviación que depende de la masa del planetoide. Esta desviación se evalúa desde la Tierra mediante un seguimiento cuidadoso del artefacto y la medida del efecto Doppler que experimentan sus emisiones de radio.
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sábado, 19 de marzo de 2011

¿Perciben los perros el tiempo?



La mayoría de los perros nunca llegan tarde a una comida. Saben exactamente dónde estar y a qué hora todos los días. También saben cuándo llegará su amo a casa y, como un reloj, se plantan delante de la puerta esperando que se abra. Cuando vemos ese comportamiento, asumimos que los perros tienen un sofisticado sentido del tiempo. Pero, ¿cómo es de verdad el tiempo para un perro?

Se dice que un año humano equivale a siete años caninos. Pero, ¿nos dice algo esa extendida teoría acerca de la comprensión del tiempo por parte de los perros? En realidad no. La idea de los "años caninos" proviene de la comparación entre la esperanza de vida de los perros con la de los hombres y no sería correcto trasladar esa escala al concepto de percepción temporal.

Para comprender cómo perciben el tiempo los perros, primero debemos saber cómo lo hacemos nosotros, los humanos. Cada persona experimenta el transcurso del tiempo de diferentes maneras en distintos momentos. Albert Einstein explicó una vez el principio de la relatividad de esta manera: "cuando un hombre se sienta con una chica bonita durante una hora, le parece un minuto. Pero haz que se siente sobre una estufa caliente un minuto... le parecerá más largo que una hora. Eso es relatividad".

Aunque la experiencia temporal es relativa para cada persona, todos pensamos en el tiempo de forma muy parecida. Por ejemplo, nuestros recuerdos están estrechamente unidos a la manera en que interpretamos el transcurso del tiempo. Nuestra capacidad para recordar acontecimientos en un orden preciso es fundamental en nuestra memoria y percepción temporal. También somos capaces de predecir cosas. Aunque no todos afirmamos tener poderes psíquicos, todos contamos con que determinadas cosas sucederán en el futuro, aunque sea algo tan sencillo como que el sol saldrá por la mañana. Estas capacidades tienen consecuencias importantes; por ejemplo, la memoria y la predicción nos dotan de un sentido de la continuidad, la historia personal y la autoconciencia.

¿Tienen los perros esas mismas habilidades? Si pudieras meterte en el cerebro de un perro, ¿verías el recuerdo del hueso que estuvo royendo esa misma mañana?


Lo cierto es que las investigaciones sobre la sensibilidad temporal de los perros no abundan, pero podemos extrapolar lo que se ha aprendido tras muchos años de observación y experimentación con otros animales, como roedores, aves o primates. En sus estudios sobre percepción animal del tiempo, el etólogo William Roberts llegó a algunas conclusiones interesantes respecto a los recuerdos y anticipación de los animales. Afirma que los animales están "atrapados en el tiempo", es decir, sin las sofisticadas habilidades mentales necesarias para percibir el tiempo -como dar forma a los recuerdos- los animales viven únicamente el presente. Según Roberts, los animales están "atrapados en el tiempo" porque no pueden "viajar en el tiempo" mentalmente hacia el pasado o el futuro. Los humanos, consciente y voluntariamente, podemos recuperar recuerdos específicos o pensar en el futuro y anticipar acontecimientos. Los animales no.

Para muchos, esta teoría es falaz. Después de todo, ¿no podemos adiestrar a los animales? Y ese adiestramiento ¿no depende de los recuerdos generados por los animales?

Según Roberts, esto no es necesariamente así, al menos según como nosotros entendemos los recuerdos. Los animales pueden ser entrenados para hacer cosas de la misma forma que los niños. De acuerdo con estudios realizados con niños, a la edad de cuatro años los pequeños ya han aprendido muchísimas cosas -gatear, caminar...- pero sin recordar dónde o cómo lo hicieron. En otras palabras, no tienen la habilidad de memoria episódica o de recordar acontecimientos individuales del pasado. Un perro puede saber cómo responder a la orden "siéntate" sin guardar memoria de cómo lo aprendió.

Por supuesto, esto no es todo lo que interviene en el cerebro de un perro cuando predice la hora
de llegada de su amo. Los ritmos biológicos intervienen en esto. Los investigadores han descubierto a través de la experimentación con palomas que un "reloj interno" les enseña cuándo y dónde encontrar comida. Del mismo modo, los perros pueden usar los ritmos circadianos -fluctuaciones diarias en las hormonas, temperatura corporal y actividad neuronal- para saber cuándo habrá comida en el bol o la hora aproximada en la que sus amos regresan de trabajar. En lugar de recordar cuánto tiempo media entre comidas o a qué hora se sirve la comida, los perros reaccionan a un estado biológico dado en un momento concreto del día. Y reaccionan a ese estímulo de la misma forma a la misma hora todos los días.

Si los perros no pueden almacenar recuerdos como los humanos, ¿pueden hacer planes para el futuro? Como acabamos de ver, los humanos contamos con dos habilidades muy importantes para ayudarnos a comprender el tiempo: la capacidad de recordar secuencias ordenadas de acontecimientos y de anticipar necesidades o sucesos que tendrán lugar en el futuro. Los estudios muestran que los animales podrían tener también esas capacidades, aunque en menor medida.

Los científicos han investigado las memorias a corto y largo plazo de los animales para ver cómo
son de precisas las secuencias de acontecimientos que recuerdan. En los experimentos de memoria a corto plazo, palomas y primates deben recordar lo suficientemente bien una secuencia como para repetirla en el mismo orden y obtener una recompensa. Los animales lo hicieron bastante bien en estas tareas, pero sus recuerdos se desvanecieron muy rápido. Es posible que lo que hicieran es aprender a ir desde el recuerdo más débil al más fuerte en lugar de "aprender" o "recordar" propiamente dicho.

Otros investigadores averiguaron que palomas y simios se las arreglaban bien en tests memorísticos en los que debían recordar una secuencia determinada tras una pausa de tiempo variable entre el aprendizaje y la repetición. Sin embargo, necesitaron muchísimo entrenamiento, sugiriendo que la habilidad de recordar no era algo natural para ellos. Parece que los animales perciben el tiempo de forma diferente a los humanos, cuya memoria temporal es mucho más sofisticada.

Además, los animales no parecen anticipar bien las necesidades futuras, sugiriendo a los investigadores que no tienen el concepto mental de "futuro". Por ejemplo, cuando se les da la opción, palomas y ratas prefirieron una recompensa pequeña pero inmediata que una futura pero mayor.

En una de las pruebas, los científicos presentaban a los primates una elección entre un plátano y dos plátanos. Como se puede esperar, siempre elegían dos plátanos. Pero cuando ambas opciones comenzaban a aumentar en número de bananas, los animales dejaron de tener claras sus preferencias: como no estaban suficientemente hambrientos en ese momento como para comerse 10 plátanos, la mitad de las veces preferían la opción de cinco plátanos sin darse cuenta de que podían guardar el excedente para más tarde, es decir, satisfacían la necesidad inmediata sin planificar para una posible necesidad futura. Esto no es probable que le pase a un humano, que a menudo utiliza el raciocinio y la anticipación.

Pero entonces, ¿qué ocurre con las ardillas, por ejemplo, que acumulan provisiones para los
meses de invierno? Tal comportamiento ¿no parece demostrar que los animales sí pueden anticipar necesidades futuras?. Lo más seguro es que no sea así. Varios estudios han averiguado que esos animales no paran de acumular incluso cuando lo ya almacenado desaparece inexplicablemente. Esto podría significar que los animales no entienden por qué recogen comida, lo que ello significa para su futuro o incluso de qué futuro se trata. Simplemente, les empuja el instinto. Los humanos, por el contrario, sí entienden el propósito de sus acciones y son capaces de cambiar de estrategia si los resultados no son los deseados.

Por tanto, si los animales están "atrapados en el tiempo", como sugiere Roberts, los humanos serían los únicos seres vivos capaces de comprender el tiempo. Es tu elección si prefieres ignorar ese hecho o tratar de aprender algo del espíritu canino de "vivir el momento".
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