Durante el siglo XVI, Europa se vio agitada por un gran número de movimientos reformistas que desafiaban a la Iglesia católica, que se había vuelto mundana y perdido gran parte de su autoridad. Estos movimientos, conocidos colectivamente como la Reforma, alteraron la faz de la cristiandad. Iniciaron un nuevo tipo de relaciones entre las personas y Dios, y las autoridades religiosas y el pueblo. Y dieron origen a las iglesias protestantes, llamadas así porque “protestaban” contra la Iglesia católica romana.
El movimiento reformista más importante fue el originado por Martín Lutero, un monje agustino alemán de humildes orígenes que llegó a ser profesor de teología. Su figura, y es lógico que así haya sucedido, ha sido objeto durante siglos de exposiciones que han ido de la alabanza más rendida al juicio denigratorio más encarnizado. Si para Durero podía ser un profeta o un padre, para Denifle era una sentina de vicios y maldades. Ninguna de esas versiones hace justicia a la documentación histórica.
Remontémonos un poco en el tiempo para obtener algo de perspectiva. El siglo XV estuvo

No resulta extraño que en un contexto tan crispado como el del siglo XV los mejores teólogos de Occidente sostuvieran la tesis de la superioridad del concilio general sobre el Papa (¿quién podía asegurar que el Papa no podía convertirse en un hereje tras antecedentes en ese sentido como los de Honorio o Vigilio?) o que se iniciaran los primeros intentos de publicar textos críticos del Nuevo Testamento en su lengua original.
Desde luego, si algo parecía indiscutible a finales del siglo XV era que la Iglesia necesitaba una reforma, que ésta tenía que operarse en profundidad y que el momento de su inicio no podía verse retrasado indefinidamente. Una posición de ese cariz era defendida por personajes que iban de Lorenzo Valla a Erasmo, de Tomás Moro a Luis Vives.
Curiosamente, los primeros pasos para realizar esa reforma no fueron dados en aquellos países donde

Cisneros otorgó, por ejemplo, una enorme importancia a la lengua vernácula en medios religiosos e impulsó la traducción de obras latinas a aquélla. De esa forma, antes de que se produjeran las primeras traducciones protestantes del Nuevo Testamento, los españoles contaban con versiones impresas de los evangelios y de las Epístolas en lengua vulgar. Asimismo, decidió fundar una escuela o universidad donde un Colegio de Artes Liberales debía formar al estudiante en el conocimiento del latín, del hebreo y de otras lenguas semíticas, y tendría que dar una especial importancia al aprendizaje del griego, ya que en esta lengua se había redactado originalmente el texto del Nuevo Testamento. Esta visión cristalizó en buena medida en la fundación de la Universidad de Alcalá, que buscó inspirarse sobre todo en el estudio del Nuevo Testamento con la intención de formar de manera especialmente atenta a la gente de a pie.

El impacto de Cisneros tuvo una repercusión considerable no sólo entre el sector más culto de la sociedad, sino muy especialmente entre la gente del pueblo, que comenzó (décadas antes que los anabaptistas suizos, por ejemplo) a reunirse en las casas para estudiar sencilla y libremente los textos del Nuevo Testamento. Una universalización de sus puntos de vista es posible que hubiera evitado la fractura histórica que significó la lucha entre Reforma y Contrarreforma, las guerras de religión relacionadas con ella y también la destrucción, no por lenta menos real, del Imperio español. No fue así. Finalmente, la Reforma iba a convertirse en una llama que destruiría en buena medida un mundo antiguo para, sobre sus ruinas purificadas, levantar uno nuevo. La chispa de esa hoguera no vendría, sin embargo, de España sino de Alemania, aunque el que la encendería sería también un monje, en este caso agustino, llamado Martín Lutero.
Martín Lutero nació en 1843 en Eisleben, Alemania. Su padre, de origen campesino, trabajaba en las

Durante el verano de 1505, Martín fue sorprendido por una tormenta y en medio de los rayos, aterrado por la perspectiva de la muerte y del castigo eterno en el infierno, prometió a Santa Ana en oración que si lograba escapar con bien de aquel trance se haría monje. Así fue y, como el mismo Lutero confesaría tiempo después, en ello influyó no sólo la promesa formulada a la santa, sino también el deseo de escapar de un hogar demasiado riguroso y de los deseos de su padre, que pretendía que cursara los estudios de Derecho. Éste se sintió muy contrariado por la decisión del joven, pero no pudo impedirla.

Lutero comenzó a padecer las consecuencias de esta perspectiva al poco tiempo de entrar en el

Para los católicos de todos los tiempos que no han sentido excesivos escrúpulos de conciencia, tal sistema no tenía por qué presentarse complicado, ya que el concepto de buenas obras resultaba demasiado inconcreto y, por otro lado, la confesión era vista como un lugar en el que podía hacerse borrón y cuenta nueva con Dios. Sin embargo, para gente más escrupulosa, como era el caso de Lutero, el sistema estaba lleno de agujeros por los que se filtraba la intranquilidad.

Resultaba obvio que aquel sistema no era suficiente para remediar el tormento que sufría. Fue entonces cuando su superior decidió que quizá la solución podría derivar de un cambio de aires espirituales. El ambiente del monasterio era muy estrecho y podía tener efectos asfixiantes sobre alguien tan escrupuloso como Lutero. Quizá la solución estaría en que dedicara más tiempo al estudio y en que después se dedicara a labores docentes, que le pondrían en contacto con un mundo más abierto. Así, se le ordenó que se preparara para enseñar Sagrada Escritura en la Universidad de Wittenberg, tarea que desempeñó desde 1508.
Dos años después visitó Roma –un viaje del que regresó profundamente decepcionado- y en 1515, fue nombrado vicario de su orden, teniendo a su cargo once monasterios. Pero su crisis espiritual no se había solucionado y su desconfianza hacia el sistema sacramental católico como garantía de que el hombre pueda ser perdonado y aceptado por Dios no hizo sino aumentar.
Su doctorado en Teología y su labor como docente en Sagradas Escrituras le proporcionó un

Con todo, el gran paso lo dio en 1515, cuando enseñaba la epístola de Pablo a los romanos. En ella, el apóstol insiste en el hecho de que la salvación nunca puede derivar de las propias obras, sino que es un regalo que Dios hace al ser humano por su gracia y que éste puede recibir sólo mediante la fe en el sacrificio expiatorio que Cristo realizó en la cruz.
Lutero, que leía estos escritos de Pablo a través de la teología de Agustín (en especial de sus tratados contra Pelagio, donde se resaltaba el papel de la gracia de Dios en la salvación humana), comenzó a percibir nueva luz al llegar al versículo 17 del capítulo primero de la carta, donde se indica que el evangelio es un mensaje de salvación pero de salvación por la fe ya que, como afirma el texto, "el justo por la fe vivirá". En otras palabras, no se es justo a través de las propias obras, sino que se es justo porque Dios imputa esa justicia al que cree en Jesús. Lutero confesaría posteriormente que aquel descubrimiento le había llevado a captar el amor de Dios, que no era tanto un juez terrible como Aquel que se había encarnado para morir en la cruz en pago por los pecados del género humano.

Pese a todo, Lutero no pensó al principio que sus tesis sobre la justificación por la fe chocaran con la ortodoxia católica. Esa actitud se debía a varias razones: la primera, que el peso de san Agustín en la teología católica continuaba siendo extraordinario en la relativo a la gracia; y la segunda, que la misma Iglesia no definiría de manera excluyente determinados aspectos relacionados con la justificación hasta el Concilio de Trento, ya en plena controversia protestante. Así que en los años inmediatamente posteriores a su descubrimiento de la enseñanza bíblica sobre la justificación por la fe, Lutero vivió una época de tranquilidad espiritual.
Muy posiblemente, no se habría percatado de la incompatibilidad entre ambas visiones de la salvación. El choque se produjo cuando Lutero cuestionó no tanto las prácticas eclesiales en sí como unas conductas que eran enorme (y repulsivamente) lucrativas.
(Continúa en la siguiente entrada)
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