“Todo lo que se cultive o fabrique en cualquier parte del mundo no solamente se puede comprar aquí, sino que, además, se ofrece en abundancia. Aquí llegan tantos comerciantes con sus mercancías de todo el mundo, durante cualquier época del año, y con cada nueva cosecha, que la ciudad de Roma es como un gran almacén de productos de todos los países (…) Los barcos no cesan nunca de llegar y zarpar”. Así se maravillaba Elio Aristides. “Y, por lo tanto, me resulta asombroso que los barcos tengan suficiente lugar para navegar en alta mar y, más aún, para atracar en los puertos”.
Roma, con sus enormes necesidades de grano, aceite y vino, y también de artículos de lujo para la élite que poseía grandes fortunas, era el centro de comercio del Imperio, el cual floreció durante los largos años de paz que se disfrutaron desde el gobierno de Augusto.
Todos los caminos conducen a Roma, centro administrativo del Imperio y de los voraces


Ninguna ciudad, y menos aún la capital, consiguió convertirse en un centro industrial autosuficiente, ya que no se disponía de ningún tipo de tecnología para la producción en cadena. La tierra era el foco principal de inversión y la mayoría de la población vivía en el campo. Los ricos terratenientes vendían en las ciudades los productos de sus granjas e invertían sus ganancias en artículos de lujo, ámbar, sedas y especias exóticas, que importaban de países allende las fronteras imperiales. Pero los ciudadanos menos privilegiados, libertos y esclavos, se veían obligados a trabajar duramente, cobrando míseras remuneraciones. Sólo una pequeña minoría lograba ganar lo suficiente para dejar atrás su agobiante pobreza.
Roma puede haber sido una gran ciudad, pero carecía de un volumen suficiente de comercio o de


Sin embargo, la vida en la ciudad también ofrecía ventajas y beneficios que no se disfrutaban en el campo, como los acueductos que, a todas horas, día y noche, suministraban agua para las fuentes y los baños. Algunas personas, con un permiso especial, disponían de cañerías que conducían el agua hasta su propia casa. Para evitar cualquier tipo de interrupción en el suministro de agua, un equipo permanente, compuesto por 240 esclavos, se encargaba de cuidar los acueductos y el flujo del apreciado líquido desde las afueras de la ciudad.

Los ciudadanos romanos estaban siempre dispuestos a criticar al emperador, sin ningún tipo de inhibición, cuando éste aparecía en público; ninguno de ellos podía darse el lujo de permitir que se produjeran disturbios políticos en su propia capital. De inmediato, Augusto se percató de la necesidad de contar con una eficiente administración de la ciudad si quería conservar su popularidad y su control sobre ella. A partir de entonces, el gobierno de la ciudad se convirtió en responsabilidad imperial y se estableció un nuevo cargo gubernamental: prefecto de la ciudad. Entre sus múltiples obligaciones, de las que tenía que rendir cuentas directamente al emperador, figuraba, por ejemplo, la supervisión de la venta de la carne a un precio justo, o que, durante los juegos, se mantuviera la debida disciplina.

El prestigio y la renovada magnificencia de Roma atraía a visitantes de todas partes del Imperio; muy pronto la ciudad se convirtió en un crisol de razas y culturas. Los griegos acudían a la ciudad para desempeñar cargos de filósofos, médicos y profesores de retórica; los habitantes de Asia Menor se convertían en negociantes, responsables de espectáculos, o bien, en esclavos; y los provincianos occidentales más adinerados, una vez que dominaban la lengua latina, se trasladaban a la ciudad para hacer fortuna.
Pero sólo los más hábiles y más afortunados tenían buenas oportunidades. En Roma se concentraban

Muchos de los grandes poetas del Imperio, por ejemplo Marcial, describen el espantoso ruido de la ciudad, el abarrotamiento de sus calles y la brutalidad de la vida cotidiana reflejada en los sangrientos deportes de los espectáculos púbicos. Según se expresa el mismo Marcial, “No existe ni un solo rincón en la ciudad en el que un pobre hombre pueda disfrutar de un momento tranquilo para

En las calles de la ciudad, había muy poca iluminación y una vigilancia rudimentaria, de la que se encargaban unos pocos policías. Como último recurso, para mantener la paz se disponía de las tropas estacionadas cerca de la ciudad.
En cambio, y en general, las condiciones de seguridad en el resto del Imperio habían mejorado. Casi al final de su vida, Augusto realizó un viaje a Capri, y durante el traslado, se encontró con un buque mercante procedente del puerto egipcio de Alejandría. Los comerciantes de a bordo le elogiaron por la paz lograda bajo su gobierno, que les permitía navegar por los mares con toda libertad para realizar sus transacciones comerciales y hacer fortuna. Fue un elogio justificado: Augusto no sólo había establecido la paz por todo el Imperio, sino que también había estabilizado extensísimas regiones en las que florecía y se desarrollaba el comercio con un mínimo de restricciones burocráticas.

Todo ello no significa que el comercio en el Imperio fuese una tarea fácil. El transporte por tierra seguía siendo lento y caro, y casi todas la mercancías pesadas se tenían que vender en la región, o bien, embarcarse para vender en otra ciudad. Una carreta de bueyes, con seis hombres y seis mozos, podía tardar hasta doce días para transportar, por carretera, una prensa para aceitunas, a una distancia de 80 km. Usando este medio de transporte para el trigo, se hubiera duplicado su precio por cada 500 km de camino.
Debido a la necesidad de suministrar provisiones a las tropas de guarnición, se establecieron las fronteras a lo largo de ríos como, por ejemplo, el Rin o el Danubio; los nuevos centros urbanos, como Londinium (Londres), Lugdunum (París) y Colonia (Colonia) se fundaron a orillas de ríos. De hecho, las principales rutas comerciales del Imperio Romano se pueden trazar casi exclusivamente en una red de ríos y mares.

La mayoría de las mercancías que se transportaban por el Imperio eran indispensables para la

Algunas de las demandas del ejército se podían cubrir con la producción local; muchas zonas fronterizas prosperaban gracias a la producción de artículos que satisfacían las necesidades de las legiones. Pero incluso aquellas regiones menos productivas, como el norte de Britania o Siria, se beneficiaban de la importación de los diversos productos. También se había desarrollado una amplia red privada de comercio, aunque hacía falta

Este comercio marítimo implicaba también grandes riesgos: los naufragios y la piratería eran comunes. Debido a todos estos problemas, el emperador concedía ciertos privilegios a todos los mercaderes y propietarios de buques, dedicados al transporte del grano; uno de esos privilegios fue, por ejemplo, la liberación de toda clase de obligaciones tributarias.
Curiosamente, en el Imperio no había importantes banqueros que se ocuparan de las finanzas o que

Uno de los riesgos que implicaba el comercio era que fuera de las fronteras del Imperio únicamente se vendían productos de lujo, los cuales aseguraban grandes ganancias; esos productos eran, por ejemplo, el marfil de África Oriental, incienso y mirra del sur de Arabia, ámbar del Báltico, pimienta de la India y sedas de China. Los animales salvajes, tan necesarios para los espectáculos –cuanto más exóticos, mejor- eran traídos de África y Asia.

Las piezas de ámbar resultaban caras. De hecho, una sola figurita podía costar lo mismo que una serie

Sin embargo, lo más común eran los pequeños jarrones, vasijas y anillos. Con frecuencia, estos últimos se grababan con motivos de la suerte para alejar el mal y las fuerzas ocultas. Las mujeres elegantes siempre llevaban una pequeña bola de ámbar que frotaban y olían para no percibir el mal olor de la ciudad. También se apreciaban las piezas de ámbar en las que habían quedado atrapados insectos o restos de plantas.
A finales del siglo II d. de C., los depósitos del Báltico se habían agotado, por lo que empezó a declinar el comercio del ámbar.

Augusto ordenó matar a 3.500 animales africanos en 26 acosos; durante los cien días en los que se celebraron diversos acontecimientos con motivo de la inauguración del Coliseo, se mataron nueve mil bestias. En tan sólo una serie de juegos, bajo el auspicio de Trajano, en el año 107 d. de C., se mataron once mil. Se recorría todo el Imperio


A finales del siglo I d.C., la pimienta era el producto de más provecho. Más tarde, otros productos, como los perfumes, las especias y los tejidos finos tuvieron una gran demanda. Sin embargo, los romanos viajaban, además, por las rutas terrestres, para cruzar Asia y llegar hasta China, pasando las regiones hostiles de Persia, pero nunca se llegó a establecer un contacto directo entre Roma y el Imperio Han, aunque unos cuantos griegos y sirios se arriesgaron para hacer este largo viaje. No obstante, la seda china no era desconocida en Roma.
En tiempos del gobierno de Augusto se editó una gama completa de monedas imperiales. La denominación más pequeña era la de cobre, el quadrans, y cuatro de ellos eran un as, también de cobre. Cuatro ases sumaban un sestercio, mientras que cuatro sestercios sumaban un denario de plata; el aureus, de oro, valía 25 denarios.
Al principio, estas monedas se entremezclaban con una enorme variedad de monedas locales; no fue


Finaliza en la próxima entrada.
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