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Un trabajador pobre de la Roma del siglo I d C ganaba unos cuatrocientos sestercios al año; un maestro, unos novecientos sestercios por alumno al mes- unos 1.200 sestercios anuales si contaba con cincuenta alumnos. Por otra parte, un sirviente con experiencia podía contar con unos ingresos anuales de 200.000 sestercios aproximadamente.
¿Qué podían comprar los más pobres con su dinero? El precio del grano –tan esencial para aquellos que no tenían derecho a solicitar una ración gratuita- fluctuaba constantemente. Un modius, que correspondía a la cantidad necesaria para alimentar a un adulto durante ocho días, variaba desde un sestercio, en tiempos de abundancia, hasta veinte sestercios, en épocas de hambre.
Por otra parte, un modius de sal podía costar hasta 25 sestercios. La sal que se obtenía del agua de mar era una de las grandes ventajas con las que se contaba en Roma, que se utilizaba para conservar los alimentos, como condimento y para el tratamiento de las pieles. Los soldads recibían gratuitamente una determinada cantidad de sal, el llamado salarium, del que se ha derivado la palabra

Durante los primeros años del Imperio, los huéspedes de una posada debían pagar un as por el pan y dos ases por los condimentos que lo acompañaban. El heno para la mula del viajero costaba otros dos ases, y por disfrutar de los favores de una chica del pueblo le cobraban ocho ases.
No obstante, los ricos gastaban muchísimo más que eso. Por ejemplo, por un melocotón se podían pagar hasta 30 sestercios. Lolia Paulina, la tercera mujer del emperador Calígula, se arregló para acudir a uno de los banquetes adornándose con joyas por valor de más de cuarenta millones de sestercios. A principios del siglo II d C, el precio de una finca, con una extensión mediana, quedaba fijado en cinco millones, para posteriormente venderla a un precio rebajado de tres millones de sestercios.

Algunas artesanías se fabricaban en determinadas regiones y sólo requerían de un trabajo semiartesanal. Los alfareros, los sastres y los trabajadores de metales cubrían las necesidades elementales de cada comunidad y elaboraban los productos en sus pequeños talleres.

Probablemente, la industria más importante era la del tejido, en la que se empleaba a un mayor número de personas. Para ser un profesional en este ramo se debía contar con una gran habilidad, tanto para limpiar la lana cruda, como para hilarla, tejerla y convertirla en un tejido acabado para, después, teñirlo. En Pompeya, por ejemplo, la mayor parte de la industria de la ciudad se encontraba en manos de los bataneros y tintoreros. Desde la Campania, los tejidos de lana se enviaban hacia el norte, a Roma.
Algunas ciudades se hicieron famosas por sus artesanías, que se distribuían y vendían por todo el Imperio. Aquileia, en la costa norte del Adriático, se beneficiaba de su privilegiada situación de puerto cercano a las minas de hierro de gran calidad de Noricum, y también por encontrarse al final de la Ruta del Ámbar, además de ser el mayor centro comercial de objetos de plata y vidrio.

Los artículos producidos en el Imperio procedían de centros de producción relativamente pequeños, de escasa tecnología. La gran mayoría de ciudadanos era tan pobre que no había mercado que pudiera apoyar una amplia industria manufacturera. Éste es uno de los hechos más destacables de la historia romana: su escasa capacidad para desarrollar métodos más eficaces de producción de bienes de consumo. Cuando la demanda crecía, se instalaban más talleres, idénticos a los modelos ya existentes, en lugar de intentar desarrollar nuevos métodos de producción.
La inversión en la adquisición de tierras seguía siendo muy significativa en tiempos del Imperio.

A finales del siglo II d.C. el emperador tenía propiedades en casi todas las provincias; en algunos casos llegaron a ocupar hasta un 20% de la superficie total. Estas tierras eran cada vez más consideradas como un recurso del Imperio que como propiedad particular y única del emperador. Durante el siglo III d.C., Septimio Severo distribuyó gratuitamente, entre los romanos, aceite procedente de las provincias, sobre todo de la Bética y del norte de África.

En Italia, hasta las propiedades más extensas se administraban como si fueran granjas pequeñas. Ello

Los romanos, a pesar de su experiencia en ingeniería civil, no mostraron nunca un gran interés por la innovación. Seguían usando las tradicionales ruedas de molino movidas por tracción animal, en lugar de emplear los molinos accionados por agua. Desde el punto de vista tecnológico, los romanos tenían la tendencia de copiar lo que necesitaban. El arco y la bóveda tienen su origen en Mesopotamia, y el hormigón es un invento de los etruscos.

La tecnología continuaba siendo tan primitiva en el cultivo de las tierras como en el resto de los ámbitos, de hecho, los romanos nunca fueron capaces de desarrollar un arnés para los caballos ni un molino de viento. Uno de los pocos inventos romanos fue la máquina segadora, tirada por bueyes, que cortaba el cereal a mitad del tallo mediante unos dientes de hierro. Probablemente, la razón principal por la que se creó este invento fue la necesidad de cosechar el grano en el norte de la Galia, antes del inicio del invierno.
Con equipos tan sumamente primitivos, la forma más práctica para atender los campos era empleando


Las prácticas variaban mucho a lo largo de todo el Imperio. En algunas zonas se trabajaba empleando

Casi un 90% de la población se dedicaba a la agricultura, bien para su propio provecho o para algún terrateniente. El Imperio dependía de su labor debido a la magnitud de los impuestos, que se pagaban cada vez más en especie que en dinero. No obstante, se sabe muy poco de estos pequeños granjeros, ya que no existen registros con informes sobre sus actividades, y su trabajo casi no dejó huella en el suelo. No obstante, es de suponer que, debido a las condiciones estables del Imperio antes del siglo III d.C., numerosos habitantes llegarían a prosperar de forma modesta.

Normalmente, se construía la casa de labranza en una parte del terreno, donde permanecía durante

Un momento importante en la posición cada vez más elevad de un propietario era cuando se contruía la fachada de la villa con vistas en dirección contraria a la de la zona de trabajo. En el límite más elevado de la escala se encotnraban aquellas villas construidas alrededor de un patio interior y adornadas con mosaicos y muros de yeso pintados. No obstane, no se permitía que ningún tipo de decoración separase estas casas de labranza de las tierras, ni de los lugares donde se hallaba el mercado para el excedente de sus productos.

Los hombres con tales fortunas no se veían en la necesidad de estar pendientes de incrementar sus


Pocos hombres, aparte de la aristocracia, lograron acumular riquezas inmensas, pero muchos de ellos apoyaban económicamente a una pequeña clase de artesanos, que incluía a los escultores, los talladores de marfil y los joyeros. Debajo de ellos, en la escala social, figuraban los comerciantes más básicos, como los panaderos o los sastres, trabajadores medianamente hábiles y,

Los artesanos constituían una clase que predominaba en las ciudades, pero en el campo se hallaba la gran masa de labradores, que, en su mayor parte, dependían de los trabajos ocasionales. Un labrador necesitaba ganar unos cuatrocientos sestercios al año para poder subsistir. Sin trabajo fijo y probablemente sin poder optar a un terreno, la supervivencia se convirtió para ellos en una lucha constante.
Para conseguir trabajo, los hombres libres, pero pobres, tanto en la ciudad como en el campo, tenían que competir con los esclavos. Aunque a partir del siglo I d.C. la cantidad de esclavos nuevos fue cada vez menor debido a la disminución de las conquistas romanas, los esclavos seguían siendo

Un importante factor comercial referente a los esclavos era el valor de éstos en el mercado libre: entre dos mil y ocho mil sestercios. Las peores condiciones eran las del trabajo en el campo: los dueños se ausentaban y se preocupaban poco de sus fincas, mientras les dieran beneficios. El peor destino de todos eran las minas de Hispania, que contaban con una fuerza de trabajo de cuarenta mil hombres. Debido al elevado margen de ganancias, el valor de los esclavos era menor. Normalmente, las condiciones de vida en las casas particulares eran mejores que las del campo y de las minas.
Durante el siglo III d.C. la seguridad interna del Imperio, establecida por el gobierno de Augusto, se vio afectada por las invasiones de las tribus germanas, en el norte, y por las de los persas, en el este. Los invasores obstaculizaban las rutas comerciales y los grandes mercados. Financiar a las tropas para la defensa implicaba el pago de más impuestos y la consecuente inflación. Además, el Imperio,

El camino hacia un total colapso económico se consiguió frenar hacia finales del siglo III d.C., cuando Diocleciano restauró el orden. La economía local había permanecido intacta, gracias a lo cual ésta pudo reanimarse con el retorno de la estabilidad. Pero Diocleciano no pudo prevenir la inflación: a pesar de sus intentos de introducir una nueva moneda y de controlar los costos en todo el Imperio, los precios continuaron subiendo hasta que a principios del siglo IV d C, y bajo el gobierno de Constantino, se consiguió una estabilidad económica más duradera.
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