Asombrado, el español contempló la magnífica escena que tenía delante y quedó boquiabierto. Era el año 1436 y estaba en Venecia para ver cómo la ciudad-Estado italiana armaba sus buques de guerra. En la Península, éste era un proceso laborioso que tardaba días enteros, pero aquí, ante sus mismos ojos, los venecianos lograban armar una nave tras otra en menos de una hora. ¿Cómo lo hacían exactamente?
En España, las embarcaciones se amarraban al muelle y una horda de trabajadores se encargaba de subir a bordo todas las municiones y provisiones. En Venecia, en cambio, los buques se remolcaban uno por uno a lo largo de un canal y los distintos armeros especializados descargaban sobre la cubierta sus productos a medida que iban pasando. Todavía boquiabierto, el viajero español recogió los detalles del proceso en du diario. Acababa de ser testigo de la apoteosis de la división del trabajo: una de las primeras cadenas de montaje de la historia.
La idea es sencillamente ésta: podemos producir muchísimo más y muchísimo mejor si dividimos el trabajo y nos especializamos en lo que cada uno es bueno haciendo.
La división del trabajo tiene sentido ya sea a pequeña o gran escala. Pensemos, por ejemplo, en una


La división del trabajo se ha practicado durante milenios. Era una práctica consolidada ya en tiempo de los griegos, y se empleaba con éxito en las fábricas británicas en la época de Adam Smith, pero no encontró su forma culminante hasta comienzos del siglo XX, con Henry Ford y su modelo T.
La división del trabajo contribuyó a impulsar la primera Revolución Industrial y permitió a países del mundo entero mejorar su productividad y riqueza de forma espectacular. En la actualidad, es el método de producción de prácticamente cualquier objeto que nos venga a la cabeza.
Tomemos como ejemplo un lápiz normal y corriente. Su producción requiere una serie de pasos diferentes: cortar la madera, extraer y dar forma al grafito, poner la marca, la laca y la goma. Para fabricar un solo lápiz se requieren innumerables manos, como escribió Leonard Read en su breve y estimulante ensayo “Yo, el lápiz” (1958): “¿Simple? Sin embargo, no hay una sola persona sobre la faz de la tierra que sepa cómo hacerme. Esto suena fantástico, ¿no? En especial cuando se es consciente de que cada año se producen en Estados Unidos cerca de mil quinientos millones de lápices como yo”.

Según Smith, una fábrica de diez empleados podía producir cuarenta y ocho mil alfileres diarios gracias a la división del trabajo: un aumento de la productividad fabuloso, a saber, del 400.000 por cien. De esta forma, un equipo de trabajadores produce considerablemente más que la suma de sus partes.
Éste, por supuesto, es el prototipo de fábrica creado por Henry Ford hace un siglo. Ford concibió una cadena de montaje en la que una cinta transportadora ponía el coche que se estaba fabricando delante de diferentes equipos de trabajadores, cada uno de los cuales le añadía una nueva pieza estandarizada, lo que, en última instancia, le permitió producir un coche por menos precio, y en menos tiempo, que sus competidores.

Del mismo modo, no tiene sentido que un fabricante de coches produzca todas y cada una de las piezas utilizadas en sus vehículos, desde los tapizados de cuero para los asientos hasta el motor y el sistema de sonido. Lo más conveniente es dejar algunos de estos procesos especializados, o incluso todos, en manos de otras compañías, comprar los productos terminados y limitarse a montarlos.
Smith llevó la idea un paso más allá: propuso que el trabajo no debía dividirse sólo entre diferentes

No obstante, existen problemas inherentes a la división del trabajo. El primero, como puede atestiguar cualquier persona que haya sido despedida porque su trabajo se ha vuelto obsoleto, es que puede ser extremadamente difícil encontrar empleo cuando ya no hay demanda para el oficio en el que nos hemos especializado. En las últimas décadas, cientos de miles de trabajadores de la industria automotriz, la minería del carbón, la siderurgia… se han visto condenados a prolongados períodos en el paro tras el cierre de las fábricas, plantas y minas en las que trabajaban.
Un segundo problema es que una fábrica puede pasar a depender completamente de una sola persona o grupo de personas, lo que les otorga un poder desproporcionado sobre todo el proceso (por ejemplo, yendo a la huelga en caso de tener alguna reivindicación).
En tercer lugar, que un individuo se vea obligado a especializarse en un solo oficio o saber específico

Con todo, hay que contraponer la alineación producida por la división del trabajo con los fenomenales beneficios que genera. La división del trabajo ha dado forma al crecimiento y desarrollo de las economías modernas hasta tal punto que sigue siendo uno de los elementos más importantes y potentes de la lógica económica.
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