La brújula es un invento en uso desde el siglo XIII, imprescindible para la orientación de marineros, viajeros y excursionistas.
El misterio de que indique siempre la posición y la orientación del lugar correctas se debe a que el núcleo de la Tierra se comporta como un gigantesco imán, que por lo tanto tiene cargas eléctricas de signo opuesto en cada extremo. Por eso, las moléculas de un fragmento de roca o de un instrumento que contenga metales cargados eléctricamente se comportarán según el principio de que los polos opuestos se atraen y los del mismo signo se repelen.

Además, los polos geográficos son fijos y parece ser que lo han sido siempre, ya que es difícil imaginar que la Tierra gire en otro sentido y cambie la situación de su eje de rotación. Los polos magnéticos, en cambio, varían continuamente, incluso cada día; eso sí, la variación es tan escasa que únicamente se puede detectar con instrumentos especiales.
Para buscar estos cuatro puntos hay que consultar en un mapa. Se sabe que el campo magnético

Por el estudio de los átomos de metales existentes en rocas antiguas, se sabe que muchas veces las polaridades se han invertido de forma incluso brusca. Este fenómeno se ha producido por lo menos 170 veces en los últimos cien millones de años.
Como se ha podido constatar, los polos geográficos y magnéticos se encuentran a una cierta distancia entre sí. Cuando la brújula nos señala el norte, lo que indica es el polo magnético, no el geográfico –la aguja está imantada con polaridad opuesta a la real del norte (cargas de diferente signo se atraen). Esta desviación no tiene importancia en el Ecuador, ya que ambos puntos quedan igual de lejos. En la Península Ibérica la variación tampoco es destacable, pero si se busca el Polo Norte la cuestión empieza a ser determinante por encima de las Islas Británicas. Cuanto más cerca de los extremos terrestres, más clara ha de ser la localización de los polos.
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