No murieron. Al menos ejecutados. Fueron absueltos. E incluso los declarados culpables no perecieron en la hoguera, sino ahorcados.
La percepción popular (recogida y aumentada por los autores esotéricos y especialmente Dan Brown) de que cinco millones de mujeres fueron quemadas vivas en una pira acusadas de brujería en Europa entre 1450 y 1750 es una completa exageración. La mayoría de los historiadores de ese periodo estiman que la cifra de 40.000 es más atinada y que un cuarto de ellos fueron hombres.
En Inglaterra sólo se registraron 200 ejecuciones –al menos, que hayan quedado documentadas en los archivos históricos- de personas acusadas de brujería. Casi todos murieron en la horca. Los escoceses, los franceses, los alemanes y los italianos sí quemaron “brujas”, pero incluso para ellos era más habitual estrangularlos antes y luego quemar el cuerpo en vez de incinerarlos vivos.
En Gran Bretaña, en el periodo que va de 1440 a 1650, sólo se quemó a una bruja por siglo. Margery

En Inglaterra, una acusación de brujería no terminaba necesariamente en sentencia de muerte. La Iglesia –a menudo responsabilizada de la persecución- no tomaba parte en los juicios. Los acusadores debían demostrar que una bruja les había perjudicado y los jurados ingleses eran sorprendentemente reacios a condenar. El 75% de los juicios terminaban en absolución.
Contrariamente al mito popular de enfervorizadas turbamultas, parece ser que había un considerable rechazo a la idea de la caza de brujas, rechazo compartido por los jueces y la gente ordinaria. La persecución de brujas era considerada supersticiosa, perjudicial para el orden público e innecesariamente cara. La pira de Isabel Cockie, por ejemplo, costó el equivalente a más de 1.000 libras esterlinas actuales.
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