Las superurbes modernas presentan como características principales la concentración de gran número de instancias con poder de liderazgo, así como una población muy importante y una extensión espacial también considerable. Sin embargo, es preciso distinguir entre las superurbes de los países desarrollados y las de los países en vías de desarrollo, pues presentan unas características distintas, tanto en demografía como en morfología urbana. La contaminación, las altas densidades o la terciarización de las zonas centrales son sólo algunos de los problemas que afectan a estas áreas.
Sólo desde una perspectiva mundial pueden entenderse muchos de los fenómenos económicos y sociales actuales. En efecto, la globalización es un aspecto que influye en la ciudad de forma notable; sin embargo, esta globalización, lejos de homogeneizar las ciudades, las diferencia aun más, ya que

Estas ciudades son, en consecuencia, auténticos centros de referencia mundial, por lo que la atracción de población hacia estos puntos resulta inevitable. Esto, unido a la población urbana ya existente en estas zonas, generó auténticas megalópolis, cuyas dimensiones superficiales iban a ser enormes.

Gracias al desarrollo de las infraestructuras de transporte y de telecomunicaciones, la superurbe ha tenido la posibilidad de crecer espacialmente. Este crecimiento ha determinado la formación de grandes regiones urbanas –centro de Europa, Los Ángeles-, en las cuales es muy difícil determinar dónde acaba una ciudad y empieza otra debido a la multitud de asentamientos descentralizados de las ciudades que se localizan en torno a éstas, y que se integran entre sí gracias a una compleja infraestructura de transporte y de telecomunicaciones.

Este fenómeno de salida tanto de población como de equipamientos de las ciudades, denominado exurbanización, se ha ido produciendo por varias razones. En primer lugar, la salida de población y de equipamientos se debe a una política de descongestión que fue aplicada, a mediados del siglo XX, por los gobiernos de muchos países en sus grandes ciudades para, por un lado, equilibrar su territorio y, por otro, mejorar la calidad de vida de estas áreas, que sufrían graves problemas ambientales. En segundo lugar, en la década de 1970, se produjo una crisis en el modelo metropolitano, que propició la emigración de la ciudad hacia zonas próximas de gran número de población, que, con el desarrollo de los medios de transporte, ya no necesitaba vivir cerca de su ámbito de trabajo.

Como se ha comentado, las grandes ciudades poseen unas características comunes inconfundibles; sin embargo, presentan rasgos muy distintos en función de si se trata de urbes de países desarrollados o de países en vías de desarrollo.
Las grandes ciudades de los países desarrollados presentan una población relativamente estable, que no sólo no crece de forma muy acusada, sino que, incluso, puede reducirse. Estas ciudades se caracterizan por poseer un crecimiento guiado férreamente por unos planes estratégicos de ordenación que determinan y clasifican todos los usos del suelo, lo que evita problemas de crecimiento espontáneo.
La deslocalización de la industria, así como de otros usos no deseados por la ciudad, está provocando

En general, se trata de ciudades donde los usos y las clases sociales están muy segregados, y en las que la ordenación urbana guía un crecimiento racional del territorio. Las clases altas tienden a situarse en zonas periféricas, pero bien comunicadas con el centro y con las áreas de negocios de la ciudad.

En este tipo de ciudades, no se aplica, por lo general, una planificación del territorio, dominando el crecimiento espontáneo, con muchas viviendas de autoconstrucción –chabolas y favelas-, y donde el crecimiento de la ciudad es muy importante debido no sólo a la alta tasa de natalidad, sino también a las migraciones que provienen de zonas agrícolas deprimidas.
La congestión, así como la mezcla de clases sociales, es mucho mayor que en las superurbes de los


Hoy en día, en la mayoría de estas ciudades, se están llevando a cabo programas para la recuperación de las zonas centrales y de los cascos antiguos con el objetivo de evitar la deshumanización e integrar a las clases marginadas. Se está dando, además, en los últimos años, un movimiento de retorno de población joven al centro –fenómeno llamado gentrificación-, en el que se trata de aprovechar las condiciones de accesibilidad que ofrecen estas zonas.
Pero, desde luego, no es éste el único problema que afecta a las superurbes. El del medio ambiente,

Como se indicó con anterioridad, la exurbanización ha supuesto un crecimiento espacial muy importante de las superrbes o grandes ciudades; sin embargo, esto ha conllevado inevitablemente un gran consumo de suelo, además de un gran contraste, ya que ha supuesto la segregación de determinados usos y clases sociales, dándose ejemplos de espacios de

Quizá sea el control del crecimiento urbano el reto más importante para las superurbes de los países en vías de desarrollo. Sin embargo, dicho control está muy ligado al crecimiento demográfico; crecimiento que es muy difícil de frenar o al menos controlar y que, por extensión, hace muy complicado que cualquier política de ordenación urbana pueda aplicarse con eficacia en este tipo de superurbes modernas.
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