Durante el siglo II de nuestra era, en el cénit de su poder, el Imperio Romano se extendía por el norte hasta Britania y Germania y por el este hasta el río Éufrates. Entre sus más de cien millones de súbditos se contaban desde los descendientes de civilizaciones antiguas como las fenicias, egipcias y griegas, hasta tribus nómadas y habitantes de los desiertos.
A diferencia de otros imperios tempranos, Roma era mucho más que simples tierras conquistadas de forma temporal por algún emperador. El Imperio Romano perduró durante siglos –la parte oriental sobrevivió hasta la caída de Constantinopla en 1453. No obstante, no se conocen datos concretos sobre su origen; pero, con el paso del tiempo, los mismos romanos lograron crear su propia leyenda basándose en misteriosos mitos griegos y romanos.
Los creadores originales de los mitos de Roma fueron los primeros emperadores. Deseosos de


Años más tarde y tras numerosas aventuras, los gemelos decidieron fundar una ciudad en el sitio

Rómulo siguió con la construcción y pronto alzó una ciudad. Para poblarla fundó un refugio en los montes Campidoglio, Aventino, Celio y Quirinal, adonde pronto se trasladó una morralla de delincuentes, ex esclavos y prófugos. Sin embargo, la ciudad necesitaba mujeres, por lo que Rómulo invitó a todos los habitantes de los alrededores para celebrar el Festival de Consus (21 de agosto). Mientras los espectadores contemplaban los juegos del festival, Rómulo y sus hombres se abalanzaron sobre las mujeres y las raptaron, un hecho que pasó a la historia como el Rapto de las Sabinas.

Durante los siglos VII y VI a. de C. Roma cayó bajo el dominio de los reyes de Etruria, el territorio

También fueron tiempos de expansión para ocupar toda la planicie latina Alrededor del año 500 a. de C., Roma ya se había convertido en la ciudad más poderosa del territorio y se extendía hasta orillas del mar. Se percibía una notable tendencia al culto de la guerra. Los reyes celebraban sus victorias con grandes desfiles triunfales, que atravesaban toda la ciudad, y que siempre terminaban con un sacrificio para los dioses y juegos. Para cada campaña de conquista se lograba reunir un ejército compuesto por seis mil hombres para la infantería y otros seiscientos de caballería, predominantemente de las familias de la nobleza.

Mientras que el Senado se ocupaba cada vez más de las tareas propias del gobierno, las decisiones


La plebe se componía tanto de hombres ricos como de pobres: los acaudalados que luchaban por

Los plebeyos tuvieron que luchar más de doscientos años para alcanzar su objetivo: una igualdad absoluta. Hacia el año 440 a. de C. consiguieron una importante victoria, cuando lograron que se hiciesen públicas las Doce Tablas, la antigua legislación de Roma. A partir de entonces, todos los ciudadanos tuvieron acceso al conocimiento de la legislación civil romana, así como de la aplicación de los castigos, que hasta entonces había sido privilegio de la élite patricia. Paulatinamente, también las magistraturas se fueron ocupando por hombres de la plebe y, en el año 36 a. de C., se nombró el primer cónsul plebeyo. La victoria final llegó en el año 287 a. de C., con el reconocimiento de todas las decisiones tomadas por la Asamblea Popular como leyes oficiales, con toda su validez.
Pero, a pesar de su victoria, sólo muy pocos plebeyos tuvieron la oportunidad de ocupar un cargo político individual. Únicamente los miembros más ricos poseían un cierto estatus, influencias y los medios suficientes para optar a la candidatura de una magistratura; así, en el siglo III a. de C., el gobierno de Roma, aunque en menor grado, seguía estando en manos de los aristócratas, y sólo un reducido número de familias competían por alcanzar puestos oficiales. El Senado, compuesto oficialmente por ex magistrados, poseía todo el poder de gobierno de la ciudad-estado en expansión. Sólo unos cuantos tribunos ambiciosos constituían un reto efectivo al poder, proponiendo diversas legislaciones a la Asamblea Popular; no obstante, fueron demasiados aquellos que utilizaron sus cargos como medio para conseguir una magistratura, y que prescindían de desafiar al sistema. El auténtico poder se hallaba en manos del Senado, especialmente en periodos de crisis.

En el año 396 a. de C. Roma salió victoriosa de una importante batalla contra la gran ciudad etrusca de Veyes, a unos quince kilómetros al norte de Roma, que se rindió después de un prolongado asedio. Fue un indicio evidente del poder expansionista de Roma. No obstante, tan sólo diez años más tarde, se volvió a perder todo. Los galos, una tribu celta de saqueadores procedente del norte de Italia, y siguiendo la ruta hacia el sur de la península, ocuparon toda Roma, a excepción de la colina capitolina, que logró resistir por su excelente defensa. Sin embargo, fueron pocos los daños causados,

Los acuerdos que se tomaron tras esta victoria, en el año 338 a.de C., fueron unos de los más importantes de la historia de Roma. El problema residía en cómo una pequeña ciudad-estado podría controlar a todos los pueblos conquistados sin correr el riesgo de sufrir otra revuelta. La solución se hallaba en una serie de compromisos y acuerdos que aseguraban a Roma que, en caso de necesidad, pudiese disponer de los recursos de las comunidades y poblados dependientes. A todos los habitantes de las ciudades latinas vecinas se les otorgaba la ciudadanía romana, probablemente incluso con el derecho de voto en las asambleas.
Para otros, en gran parte todos aquellos que poseían una cultura y una lengua distintas, se encontró una solución diferente, el municipium, cuyos miembros conservaban su propio gobierno, podían dedicarse al libre comercio y contraer matrimonio con romanos, pero, a diferencia de los ciudadanos plenos, no se les permitía votar en las asambleas de Roma. Ya que los municipia estaban obligados a suministrar tropas a Roma, esto no resultó ser una solución ideal, pero los integrantes de un municipium pudieron aspirar a conseguir la plena ciudadanía romana en poco tiempo.
En varios puntos estratégicamente seleccionados de las tierras conquistadas se establecieron pequeñas colonias romanas de unos trescientos habitantes, directamente controlados desde Roma. También existían los aliados, ciudades o poblados que, en teoría, seguían siendo independientes, pero que en la práctica debían cumplir las órdenes de Roma, sobre todo en lo que refería al aparato militar.

En el sur, las ciudades griegas que se habían establecido en las costas itálicas seguían llevando su vida habitual, pero se hicieron más vulnerables a causa del creciente poder de Roma. Debido a la escasa unidad entre ellas y a los constantes ataques de las tribus del interior, muchas de estas ciudades establecieron pactos con los romanos. En el año 326 a.de C., Neapolis (Nápoles), el mayor centro comercial de Italia, firmó una alianza con Roma. Sólo hubo una ciudad que se resistió hasta el final, Tarentum (Tarento), ubicada en el talón de la península, que solicitó ayuda al rey griego Pirro. En las batallas que se libraron después, los romanos combatieron a las tropas griegas y Pirro decidió abandonar la lucha. Roma ocupó Tarentum en el año 272 a. de C., y, con ello, se había terminado la independencia de Italia.
Alrededor del año 280 a. de C, Roma controlaba toda la península itálica, llegando en el norte hasta Pisae (hoy en día Pisa) y Ariminum (actualmente Rímini). Poco a poco, se infiltraba la influencia romana que transformaba las culturas no-latinas de los pueblos dominados. Roma se había hecho rica y poderosa con los botines de guerra; con estas riquezas, inició una nueva etapa de construcción de edificios públicos en toda la ciudad, que ya contaba con casi 150.000 habitantes. Había miles de esclavos al servicio de los romanos y, además, Roma podía contar con los ejércitos de sus aliados para seguir librando mas guerras de conquista. Ahora Roma se encontraba en posición de desafiar a las demás potencias del Mediterráneo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario