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sábado, 8 de noviembre de 2014

¿Podríamos verter los residuos radiactivos a los volcanes?


Tirar todos nuestros residuos nucleares en un volcán parece una solución buena y organizada para deshacernos de los más o menos 26.000 toneladas de barras de combustible de uranio agotadas que se almacenan en todo el mundo. Pero hay una condición indispensable que debería cumplir un volcán para que pudiéramos dejar allí todos los residuos. Y esta condición es el calor. La lava no solo debería fundir las barras de combustible sino también neutralizar la radiactividad del uranio.

Por desgracia, los volcanes no son suficientemente calientes.

La lava más caliente de un volcán puede llegar hasta los 1.316 ºC (suele ser la de los volcanes en escudo, que se llaman así porque son relativamente planos y anchos. Las islas de Hawaii continúan formándose con este tipo de volcanes). En primer lugar, no es una temperatura suficiente para fundir el zirconio (punto de fusión de 1.855 ºC) donde se almacena el combustible, por no hablar del combustible mismo: el punto de fusión del óxido de uranio, el que se usa en la mayoría de plantas nucleares, es de 2.865 ºC. Se necesitan temperaturas con varias decenas de miles de grados más para deshacer el núcleo atómico del uranio y que su radiactividad sea nula. Lo que se precisa es una reacción termonuclear, como la de una bomba atómica, lo cual no es una gran idea para deshacerse de los residuos nucleares.

Dejando de lado los puntos de fusión, un volcán probablemente ni siquiera se tragaría el material. La lava líquida en un volcán en escudo tiende a emerger, de modo que las barras no se hundirán mucho. En vez de eso, los residuos se quedarían en la parte más alta de la lava solidificada del volcán, al menos hasta que la presión del magma emergente fuera tan potente que el domo se quebrara y el volcán entrara en erupción. Y ese sería el verdadero problema.

Una corriente de lava normal ya es bastante peligrosa, pero la lava que saliera de un volcán que se ha utilizado para almacenar residuos radiactivos sería extremadamente radiactiva. Al final se solidificaría, y las colinas de la montaña se convertirían en un páramo nuclear durante décadas. Y el peligro llegaría aún más allá. Todo lo que hacen los volcanes es proyectar materia hacia el cielo. En una gran erupción, la ceniza y el gas puede elevarse hasta 10 km y luego dar la vuelta al globo varias veces. Todos tendríamos un problema realmente serio.

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viernes, 7 de noviembre de 2014

Agricultura y técnicas agrarias modernas – Una actividad básica




La agricultura, junto con la ganadería, la dedicación productiva más antigua de la Humanidad, está hoy en día intensamente influida por las ciencias y la industria. La cada vez mayor demanda mundial de alimentos, así como el descenso de la población rural obligan a la agricultura a tecnificarse y a especializarse con rapidez.

En los primeros estadios de la historia humana, los alimentos eran libremente obtenidos de la Naturaleza sin un trabajo previo de cultivo. A medida que los seres humanos fueron haciéndose sedentarios, se hizo necesario aumentar la cantidad de productos alimenticios que se obtenía de la Naturaleza. Así fue como nació la agricultura, un conjunto de técnicas destinadas a la obtención de alimentos de la tierra. Este alumbramiento fue tan importante en la historia humana que algunos autores hablan, con justicia, de la Revolución Neolítica. Gracias al aumento de la cantidad de alimentos disponibles, se formaron las ciudades, se comenzó a comerciar y a guardar alimentos para las épocas de escasez, asegurando la supervivencia.

Poco a poco, el ser humano fue seleccionando las especies que iba a cultivar y acostumbrándose a preparar la tierra antes de la siembra. Las técnicas agrícolas comenzaron a evolucionar.

Civilización humana y desarrollo agrícola son dos conceptos íntimamente relacionados. Todas las civilizaciones antiguas se fundaron en valles y cuencas muy fértiles. Por ejemplo, la egipcia, que se fundó en la ribera del Nilo gracias al potencial agrícola de la zona.

La agricultura fue inventada, probablemente, por los sumerios establecidos en los valles del Tigris y del Éufrates. Sus primeros sistemas de regadío datan aproximadamente del 4000 a.de C. Sin embargo, los egipcios fueron los que alcanzaron el cenit del desarrollo agrícola en su tiempo. No sólo ingeniaron un eficaz método de regadío, basado en las periódicas inundaciones del Nilo, sino que, además, practicaron ya técnicas sofisticadas, como la rotación de cultivos. Tal fue su grado de evolución como agricultores que Egipto se convirtió, en tiempos del Imperio Romano, en el granero del mundo civilizado, llegando a suministrar a Roma y sus provincias del orden de 7 millones de hectolitros de grano por año.

Las técnicas agrarias romanas fueron las empleadas también durante la Edad Media, cuando el
señorío, de antecedentes romano-germánicos, fue el modo de explotación más habitual. En él, las tierras eran distribuidas por los reyes entre los señores feudales, que las arrendaban a los campesinos, quienes las labraban a cambio de un tributo pecuniario o en servicios.

Los productos obtenidos se dedicaban por completo al autoconsumo, y los señoríos, en consecuencia, autoabastecían a sus pobladores. A pesar de que, desde los monasterios, donde se guardaban tratados agrícolas romanos, se intentaron implantar técnicas agrícolas más eficaces, lo cierto es que la tentativa no fraguó y la producción agrícola medieval era más bien pobre.

Los cambios tendentes a aumentar la producción vinieron precedidos del lento hundimiento del sistema feudal.

Uno de los primeros motivos de la caída de este sistema fue la Peste Negra que, al diezmar la población campesina, permitió aumentar la cantidad de terreno para los supervivientes. Además, el aumento de la demanda de la lana hizo que muchos de los terrenos señoriales se convirtieran en simples pastos para ovejas. El dinero excedentario permitió a los siervos de la gleba comprar su libertad y las tierras donde trabajaban, y ganar así su nueva condición de propietarios.

El desarrollo demográfico de las ciudades aumentó bruscamente la demanda de artículos del campo. Éstos y otros motivos produjeron la concentración de tierras en manos de los agricultores y una necesidad de incrementar la producción.

Esta situación se agravaría con el advenimiento de la Revolución Industrial en el siglo XIX. La consecuencia directa de estos cambios fue una mejora radical de las técnicas agrícolas. Entonces
comenzó a crecer la producción gracias a los nuevos cultivos más rentables, al desarrollo de los fertilizantes, al perfeccionamiento de los sistemas de rotación y a la creación de nuevos y más eficaces aperos de labranza y, más tarde, de máquinas agrícolas.

Inglaterra fue el país que más rápido y mejor aprovechó esta revolución agrícola. En el siglo XVII, comenzó a exportar su excedente de trigo, actividad poco común en la época. Cuando esta exportación cesó, ello se debió al aumento del consumo interno y no tanto al descenso productivo. No obstante, en el año 1800, la producción de trigo se había duplicado respecto a la media de la Edad Media y, en 1870, se había triplicado. El motivo de este éxito productivo era, fundamentalmente, la concentración de tierras, que favorecía la iniciativa privada tendente a aumentar la producción mediante el desarrollo de técnicas agrarias cada día más perfeccionadas.

La Revolución Francesa parceló y vendió a los campesinos las tierras de los señores. En Europa,
salvo en los países escandinavos, donde la Edad Media agrícola perduraría hasta aproximadamente la Primera Guerra Mundial, se entró en la era agrícola moderna gracias a la concentración de las tierras. En América y Asia, las cosas fueron sensiblemente distintas. En América, porque persistían los grandes latifundios o haciendas. En Asia, porque la gran densidad demográfica impidió el desarrollo de la agricultura, demasiado presionada por la demanda.

De esta época posterior a la revolución datan algunos de los avances más importantes en la tecnología agrícola: la diversificación de cultivos, el empleo de abonos artificiales, el arado en profundidad, la intensificación de cultivos como la remolacha azucarera o la patata –que emanciparían a Europa de las colonias americanas-, el inicio de la agricultura especializada, etcétera.

En la Edad Moderna, las mejoras en las técnicas agrícolas se han orientado fundamentalmente hacia el ahorro de una serie de bienes cada vez más escasos en el campo. Debido a la escasez de mano de obra se ha tenido que utilizar cada vez más maquinaria agrícola. Hoy –salvo frutas y hortalizas, cuyo proceso de mecanización es muy complicado-, la mayor parte de los productos vegetales se trabajan mediante máquinas: la plantación y la cosecha de cereales y de plantas forrajeras son un buen ejemplo de ello.

Por otro lado, el descenso de precios en el mercado obligó a economizar gastos y rentabilizar al
máximo el uso del suelo, el agua y la energía. Asimismo, se han seleccionado las especies más rentables, empleando a menudo técnicas de manipulación genética. Con ella se han obtenido híbridos de plantas muy resistentes a todo tipo de clima y a las plagas y las enfermedades. Para ello no se ha hecho más que seleccionar los genes útiles de la planta y eliminar los que, no siendo de utilidad, supusieran una merma a su desarrollo.

También han proliferado nuevas técnicas de labranza. Así, la labranza con recubrimiento o la labranza-sembrado son técnicas que eliminan el arado previo propio de las técnicas tradicionales. La técnica de la no-labranza o labranza cero es una práctica de cultivo en hilera basada en un método de pulverizado-plantado-recolección que da excelentes
resultados en suelos con buen drenaje. Estos métodos de sembrado sin labranza tienen varias ventajas: se obtienen cosechas múltiples y se minimiza la erosión del suelo y la pérdida de agua por evaporación y escorrentía. Pero, sobre todo, se ahorra tiempo, energía y trabajo, y se abarata el coste final del producto.

En lo referente a la protección de los cultivos, los avances también han sido importantes. La fumigación aérea con insecticidas cada vez menos dañinos para la planta o la lucha biológica contra los insectos mediante la multiplicación controlada de especies depredadoras son ya técnicas muy comunes. La termoterapia o tratamiento por calor de las plantas se ha mostrado también muy útil en la prevención de enfermedades víricas. La lucha contra las heladas se realiza a menudo con técnicas basadas en sistemas de calefacción artificial o con ventiladores elevados.

Frente a todas estas nuevas técnicas agrícolas artificiales surgen voces discordantes que advierten que
el campo se está contaminando con pesticidas artificiales y abonos químicos, lo cual -continúan- está empobreciendo el suelo y empeorando, en general, el medio ambiente. La agrobiología o agricultura biológica o ecológica, surgida a principios del siglo XX como respuesta a la tecnificación del campo, propone el uso de abonos vegetales compuestos –compost- y abonos verdes en lugar de los artificiales. Insiste también en la conservación de la vida microbiana del suelo evitando el volteo de la tierra. El monocultivo, considerado antiecológico, se sustituye en la agrobiología por una combinación de asociaciones y rotaciones de cultivos.

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miércoles, 5 de noviembre de 2014

THOMAS KELLER – Un imperio construido de costa a costa




Su visión de la cocina se vio rápidamente influida por las nuevas corrientes culinarias nacidas al calor de los movimientos concretados en la vieja Europa, e inició un proceso de evolución que culminaría con la apertura de su restaurante neoyorquino Per Se.

Las cosas parecen ir a favor de la corriente en el imperio de Thomas Keller. Puede que la suya no sea la cocina más avanzada de Norteamérica, pero a buen seguro que estamos ante el cocinero más reputado, reconocido y celebrado de un país que nunca ha apostado por la modernidad superlativa a la hora de sentarse a la mesa. También ante la alternativa culinaria más sólida del país.

Per Se, su restaurante neoyorkino, rápidamente se convertiría en el emblema de una marca que apenas si había empezado a crecer. Tal vez se lo deba a ese carácter que distingue una propuesta que se sitúa como el eslabón entre dos formas de entender la cocina, el punto de encuentro de dos tiempos, dos mundos y dos espacios vitales diferentes. De un lado, las ideas culinarias nacidas en el clasicismo francés y transformadas con la nouvelle cuisine. Del otro, el trabajo de las nuevas vanguardias culinarias. En el centro, un cocinero que protagonizó el movimiento renovador de la cocina norteamericana hasta erigirse como el emblema de toda una generación de profesionales.

La historia arranca en Yountville, al norte de San Francisco, California, con la apertura en 1994 de The French Laundry, toda una declaración de principios para una cocina que en aquellos tiempos todavía se manejaba en francés.

Su visión de la cocina se vio rápidamente influida por las nuevas corrientes culinarias nacidas al calor de los movimientos concretados en la vieja Europa, e inició un proceso de evolución que culminaría con la inauguración, diez años después, de Per Se, el restaurante neoyorkino que rápidamente se convertiría en el emblema de una marca que apenas si había empezado a crecer.

Culminaba así un camino de ida y vuelta iniciado muchos años antes con Rabel, el restaurante que abrió y cerró en la Gran Manzana antes de hacer las maletas y mudarse a la costa oeste, encapricharse de aquel local de Napa Valley y ahorrar hasta conseguir comprarlo. Cuentan que gastó más de un millón de dólares; pero demostró ser una buena inversión.

En el camino entre su Lavandería Francesa y Per Se encontró una cosecha de premios y
reconocimientos: Mejor Cocinero Americano de California 1996, de la Fundación James Beard, Cocinero Destacado de América, Cocinero del Año, cinco estrellas de la guía Mobil Travel Guide desde 1999 hasta la actualidad; Restaurante Preferido de América en la encuesta de Mejor Restaurante 2000 de la Wine Spectator; Mejor Cocinero de América de la revista TIME, Mejor Restaurante del Mundo 2003-2004 de la revista Restaurant, y así sucesivamente.

El trayecto de este cocinero puntilloso y detallista culmina en la apertura de nuevos locales: el Bouchon Bistro y el Bouchon Bakery, también en Yountville, y el Bouchon Las Vegas, en la ciudad de los casinos. Y por encima de todo, las cuatro
estrellas –máxima puntuación posible- concedidas a Per Se por The New York Times, las tres estrellas de la guía Michelin a sus dos restaurantes insignia, y el séptimo lugar del mundo que ocupa Per Se en la lista de Restaurant.

Son el resultado del trabajo largo y concienzudo de un cocinero que transformó la forma de entender la cocina en Norteamérica. De su mano se abrió la puerta a la fantasía, la naturalidad ocupó un lugar destacado en las cocinas y los platos redujeron sus proporciones para dar vida a largos y llamativos menus degustación .

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martes, 4 de noviembre de 2014

¿Por qué con el aftershave se nota frescor en la piel?


Por lo general, las lociones y los perfumes contienen un contenido en alcohol superior al 80%. Dicho alcohol actúa como disolvente de los aceites esenciales. Sin embargo, además de ser un disolvente extraordinario, el alcohol es extremadamente volátil, de manera que sus moléculas se evaporan a la primera de cambio. A medida que se elevan de nuestra piel se llevan consigo parte de nuestro calor, y es así como experimentamos ese frescor en los días calurosos.

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domingo, 2 de noviembre de 2014

El Pentágono




El Pentágono es la legendaria sede del Departamento de Defensa de EE UU y, por la extensión que tiene, es el edificio de oficinas más grande del mundo. Siempre ha sido el objetivo de atentados, pero ninguno como el sufrido el 11 de septiembre de 2001, cuando un avión de pasajeros secuestrado se estrelló contra él. Las medidas de seguridad, que ya eran extremas, se perfeccionaron a consecuencia del ataque, convirtiendo al Pentágono en uno de los edificios mejor protegidos del mundo.

Durante los primeros días de la Segunda Guerra Mundial se puso en evidencia que el Departamento de Guerra de EEUU necesitaba una nueva sede desde la que poder coordinar todas sus operaciones. En 1941, el ingeniero jefe del departamento, el brigadista George Edwin Bergstrom diseñó los bocetos del futuro Pentágono en un tiempo récord que él definió como “un fin de semana de mucho trabajo”.

Se seleccionaron varios sitios como posibles terrenos para la sede hasta que el presidente Roosevelt se decidió por el aeropuerto Washington-Hoover que acababa de cerrar. Su característico perfil pentagonal estuvo inspirado no sólo en las antiguas fortalezas, sino también en el solar original, que tenía cinco lados. Y aunque al final el edificio se construyó en un solar ligeramente diferente, su diseño pentagonal se mantuvo como característica más sobresaliente.

El general de brigada Brehon B.Sommervell, jefe de la división de Construcción del Generalato de Intendencia, concibió la idea de la gigantesca estructura e insistió en que el corazón del edificio, que en un principio iba a ser un cuartel general temporal, se realizase en tan sólo cuatro días. La construcción empezó en cuanto finalizó el proceso de expropiación de los terrenos –algunas partes conocidas como “Hell´s Bottom” (el fondo del infierno)-, formados por zonas pantanosas, basureros y edificios en ruinas.

Una vez preparado el terreno, los ingenieros hicieron traer 4.2 millones de m3 de tierra y 41.492 pilotes de hormigón para los cimientos. El río Potomac se utilizó como fuente de materiales para la construcción: de él se extrajeron 617.000 toneladas de arena y grava que fueron transformadas en 332.000 m3 de hormigón. Con la Segunda Guerra Mundial, el acero para las estructuras escaseaba en Estados Unidos, hecho que contribuyó a la
decisión de utilizar hormigón armado como principal material de construcción y al diseño de rampas que unieran los pisos en lugar de ascensores. Roosevelt se negó a utilizar mármol italiano para la fachada exterior, recurriendo a cambio a la piedra caliza de Indiana.

Con un programa de construcción muy ajustado, que se inició en agosto de 1941, 13.000 operarios trabajaron por turnos día y noche, 7 días a la semana, y más de 1.000 arquitectos, en un hangar cercano, elaboraban los planos de la construcción según avanzaba la obra. Los empleados del Pentágono empezaban a trabajar a medida que se terminaban las diferentes partes del edificio. Trescientos trabajadores se trasladaron a la primera sección, finalizada en abril de 1942, y 22.000 más lo hicieron en diciembre. Para facilitar el transporte hasta la gigantesca edificación, se construyeron 48 km de carreteras de acceso. El Pentágono tiene también departamento de policía y de bomberos y sistema de agua y alcantarillado propios. En 1956, se añadió un helipuerto y, en la actualidad, el complejo dispone de paradas de taxis y autobuses y de una estación de metro.

La fase inicial de construcción duró solo 16 meses y se completó con un coste de 83 millones de dólares. Cuando abrió oficialmente el 15 de enero de 1943, el Pentágono reunía unos 17 departamentos de guerra bajo el mismo techo.

El edificio tiene una altura de 23 metros y cada uno de los cinco lados tiene 281 metros de largo, que cubren así un área de casi 12 hectáreas (casi 14 incluyendo el patio central), y puede acoger a 24.000 trabajadores. Tiene el triple de la superficie del Empire State Building y el Capitolio americano cabe en cada una de sus cinco partes. A pesar de su enorme tamaño, el Pentágono es un ejemplo de eficacia. Está formado por cinco pentágonos concéntricos de cinco pisos cada uno –además del sótano y el entresuelo- unidos por diez pasillos dispuestos de forma radial. Hay más de 28 kilómetros de pasillos, pero está diseñado expresamente para que cualquier separación entre dos puntos específicos nunca sea mayor a siete minutos.

En 1998, empezó el programa de renovación, la mayor puesta a punto de la historia del Pentágono. Las obras se llevaron a cabo en varias fases a lo largo de 13 años y entre las medidas tomadas cabe señalar la de instalar sistemas de seguridad mejorados y el añadir refuerzos de acero a la estructura de cemento del edificio. También se instalaron ventanas resistentes a explosiones.

El 11 de septiembre de 2001, exactamente sesenta años después de que se iniciara la construcción del
Pentágono, el vuelo 77 de American Airlines que había sido secuestrado, se estrelló contra el lado oeste. Sesenta y cuatro personas murieron en el avión (incluyendo los cinco secuestradores), más ciento veinticinco trabajadores de las oficinas. El número de muertes podría haber sido mayor, pero muchos de los trabajadores del ala oeste no estaban allí ese día debido a las obras del programa de renovación del edificio. No deja de ser irónico que, antes de los ataques del 11 de septiembre, el patio del Pentágono se llamara de manera informal “la zona cero”, ya que siempre se creyó que el complejo sería uno de los objetivos principales de un ataque con misiles soviéticos en la Guerra Fría.

Los ataques de 2001 sirvieron para hacer más hincapié en la seguridad, aunque siempre había sido de vital importancia. A principios de 2002, el Departamento de Defensa creó la Agencia de Protección de las Fuerzas del Pentágono (PFPA por sus siglas en inglés), sucesora directa del Servicio de Protección Federal y la Policía Especial de EEUU. Las responsabilidades de la PFPA, además de hacer cumplir la ley, incluyen ahora llevar a cabo operaciones de seguridad, vigilancia, prevención de crisis y antiterrorismo en el complejo. La PFPA es la primera línea de defensa del Pentágono y sus alrededores.

Otra medida de seguridad introducida en los últimos años ha sido la eliminación de los accesos directos al Pentágono desde la estación de metro que lleva hasta allí y la desviación del tráfico para alejarlo del edificio, cuyas puertas están abiertas a los visitantes con reserva previa, para lo cual se debe superar el control de seguridad, mostrar un documento de identificación y pasar por un detector de metales.

El trabajo que se lleva a cabo en el interior del Pentágono es de alto secreto y sigue moldeando el
mundo que nos rodea y definiendo las agendas geopolíticas. Desde aquí se hace la guerra y a menudo también se evita. La intención del Departamento de Defensa es evitar que el Pentágono sea una fortaleza aislada de los ciudadanos a los que sirve, pero la experiencia de 2001 ha hecho que, a pesar de no tener aspecto de fortaleza, su defensa sea tan sólida como si lo fuera.

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