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lunes, 13 de enero de 2014

La Mafia siciliana (2)






(Viene de la entrada anterior)

Una de las principales señas de identidad de la actividad mafiosa son sus rituales y sus juramentos a la cosca (o grupo mafioso). La descripción más antigua del juramento mafioso se encuentra en un documento de la Jefatura de Policía de Palermo con fecha de febrero de 1876, y se corresponde fundamentalmente con las indicadas por los actuales pentiti o “arrepentidos” (término que designa a los mafiosos que deciden colaborar con las fuerzas de seguridad) de Sicilia y de América. El padrino da al aspirante un pinchazo en el dedo índice, y con la sangre se mancha una imagen sagrada que después se quema “para simbolizar el aniquilamiento” del posible traidor.

Por cierto, la palabra omertá, voz siciliana que alude al silencio de complicidad en torno a la organización, es una de las más conocidas del mundo de la mafia. Una posible interpretación de la misma remite al término masónico umiltá (humildad), es decir, la subordinación a los deseos de la organización. Esta hipótesis es, al parecer, más creíble que la que presenta omertá como derivada de la raíz omo (o sea del concepto de virilidad). La semejanza funcional –relativa pues al tipo de organización- nos remite a un vínculo histórico con la masonería.

La cosca (en plural “cosche”) no es una estructura a la cual se pertenezca por origen, como la familia de sangre, sino que se convierte en una asociación de elegidos, a la que se le debe jurar fidelidad. Las diversas cosche se mantienen en constante relación entre ellas y tienden a formar estructuras asociadas más amplias. Durante largo tiempo, incluso en épocas recientes, los estudiosos del fenómeno mafioso negaron que pudiera tener lugar un modelo organizativo de ese tipo. Sin embargo, numerosas escuchas telefónicas y revelaciones de los mafiosos pentiti confirman esta hipótesis ya enunciada en confidencias que pueden encontrarse en los archivos del siglo XIX o en viejos libros escritos por agentes de policía y magistrados de dicho siglo. La estructura organizativa mafiosa es, por tanto compleja, y estratificada.

Este modelo de organización surge de la masonería. A principios del siglo XIX, la masonería era el punto de referencia de las asociaciones clandestinas y misteriosas, que pretendían oponerse políticamente a las monarquías restauradas tras la revolución Francesa. Se considera que el llamado carbonarismo (sociedades revolucionarias clandestinas creadas a inicios del siglo XIX en Nápoles que, en esencia, reclamaba libertad política y un régimen constitucional), junto a otros grupos clandestinos liberales y nacionalistas difundidos a principios del siglo XIX en toda Italia y sobre todo en el Mezzogiorno, representaba la encarnación política de la masonería. A partir de 1848, estas agrupaciones de tipo carbonario, que podemos comparar con los modernos partidos políticos, decayeron.

El carbonarismo fue muy importante en Sicilia, y cabe pensar que incluso en ciertos casos las clases
dirigentes –comprometidas en la lucha contra el absolutismo borbónico- crearon organizaciones carbonari reservadas al pueblo. Es probable que, tras finalizar el proceso de la unidad italiana, algunas de estas organizaciones secretas quedaran en pie, asumiendo funciones distintas de las propiamente políticas pero garantizando la conexión entre diversas clases sociales.

Por otra parte, tanto en el siglo XIX como en el XX, el sistema ha necesitado funcionar con un nivel de concertación permanente entre las cosche que controlan las acciones criminales y muchas de las actividades económicas legales, para decidir a quién proteger y a quién perjudicar, para imponer sanciones contra el delincuente o actuar contra el empresario que no respeta los intereses de sus amigos.

Está muy difundida la idea de que, cuando los norteamericanos desembarcaron en Sicilia en 1943, realizaron con la mafia un pactum sceleris (pacto con el crimen). Por el mismo, la mafia se habría comprometido a ayudar a los Aliados a gestionar sus operaciones militares y éstos, a cambio, habrían
facilitado la restitución de su poder en la isla, demolido por el régimen fascista a través del gobernador civil Cesare Mori. Sin embargo, esta tesis requiere de algunas sustanciales correcciones.

La Comisión Parlamentaria de Estados Unidos presidida por E.Kefauver ha documentado que en 1942 la Marina de ese país confió a Lucky Luciano (gran capo de la mafia ítalo-americana) la defensa de los muelles de Nueva York ante presuntos sabotajes de los alemanes. La comisión Kefauver señaló también que hubo una oferta a Luciano para que estableciera contactos en Sicilia con vistas a una invasión de la isla. Por tanto, no podemos excluir que en 1942 éste hubiera puesto a disposición de los servicios secretos información y contactos en Sicilia, aunque también podría tratarse de un simple alarde de Luciano ante el Gobierno norteamericano. Por ello, cabe diferenciar los dos aspectos: el comprobado (un acuerdo sobre Nueva York) y el posible (una colaboración sobre la ocupación de Sicilia).

Sin embargo, en relación a este último pacto hay que tener en cuenta diversos elementos que a
menudo han sido pasados por alto y cuestionan su realidad. Nos referimos a la limitada geografía de la fenomenología mafiosa, en estos años acotada a la parte occidental de Sicilia; la posibilidad, a veces dada por certeza, de que no todos los alcaldes afines a los Aliados en el periodo posterior al desembarco fueran mafiosos, así como la duda de que en 1943 la mafia fuera una entidad tan compacta y de estructuras y jerarquías bien definidas como para actuar realmente como socio de los americanos.

Sea como sea, tras la Segunda Guerra Mundial, la estrecha relación entre la orilla americana y la siciliana, creada por las distintas oleadas migratorias hacia Estados Unidos, jugó como un potente factor de renovación de la mafia, expresado simbólicamente con la aparición de un nuevo nombre, tal vez de origen ítalo-americano, para indicar la organización mafiosa: Cosa Nostra.

Está muy difundida la opinión de que en los años 50 del siglo XX se produjo un cambio en la historia de la mafia siciliana. En esos años, ésta traspasó sus intereses del campo a la ciudad, cambió radicalmente de funciones y transformó el viejo aparato vinculado al latifundio agrícola en una asociación criminal urbana que organizaba el abuso de la construcción en Palermo y que se preparaba para lanzarse al gran negocio internacional de los estupefacientes. Esta evolución se personifica a través de tres capos-mafia: Calogero Vizzini, Michele Navarra y Luciano Liggio (o Leggio).

Tradicionalmente se ha interpretado esta evolución de la mafia como metáfora del atraso más
extremo de la isla, y por ello se pensó que la modernización de la sociedad siciliana comportaría la desaparición o transformación de la misma mafia, hasta el punto de ser irreconocible por sus cambios. Sin embargo la llegada de la modernidad a la Italia del sur no ha llevado a la desaparición de la mafia sino a su refuerzo. Por ello, quizás sea necesario reconsiderar de manera diferente el estudio de la mafia, insistiendo en el hecho de que el latifundio no fue el único campo de acción de las organizaciones mafiosas en el pasado. En la capital, Palermo, los grandes negocios mafiosos se han entrelazado con el gran comercio de la isla. A principios del siglo XX, la organización llegó a disponer de embarcaciones propias que les servían para exportar productos robados o transportar emigrantes a los Estados Unidos.

Los grupos que operaban en la orilla americana se mantuvieron siempre en estrecho contacto con los que lo hacían en la isla de Sicilia. Por tanto, los años 50 no marcaron un cambio significativo en el fenómeno mafioso, sino que fueron un momento de transformación de la organización marcada por la consolidación de nuevos grupos político-empresariales amparados por el Ayuntamiento de Palermo y por la constitución de la Región Autónoma de Sicilia en 1948.

Basta recordar la manera en que, gracias a la relación con las instituciones regionales, se contempla el éxito de las sociedades financieras de los primos Salvo, empresarios vinculados en su origen a un grupo mafioso de Salemi (en la provincia de Trapani), que se convirtieron después en el centro de una serie de complejas redes de relaciones con los grupos más peligrosos de la mafia palermitana.

La centralización político-institucional de la isla, determinada por el nacimiento de la Región Autónoma, facilitó los contactos entre los diferentes grupos de negocios de tipo criminal a partir de los años 50. En este período, la fenomenología mafiosa se extendió también hacia el lado oriental de Sicilia, que se había mantenido tradicionalmente inmune a ella. La historia de la mafia en los años 70 y 80 del siglo XX es la de su expansión territorial; de la inclusión en el modelo mafioso de varios componentes de la criminalidad siciliana; de su influencia sobre otras organizaciones como la Camorra napolitana en Campania o la ´Ndragheta de Calabria; de la proliferación de grupos de tipo
mafioso en toda Italia mucho más allá de sus áreas geográficas tradicionales de influencia. Sin embargo, pese a esta expansión, no es correcta la imagen de una llamada piovra o pulpo con una única cabeza y mil tentáculos que proyecta habitualmente los medios de comunicación.

La mafia siciliana es un fenómeno complejo, de muchas caras, en el que los aspectos visibles se superponen a los subterráneos. Las intrigas financieras; la corrupción política y los asesinatos de un hombre cercano al Vaticano como Michele Sindona, así como del presidente del Banco Ambrosiano, Roberto Calvi, demostraron la capacidad de los grupos mafiosos para encontrar un contacto de primer nivel con el mundo financiero y reciclar (al parecer) las ganancias obtenidas con el narcotráfico.

Sin embargo, junto a las actividades más modernas, continuaron el contrabando, el proxenetismo y el racket o extorsión; las concesiones en el sector de la construcción han sido tan importantes en la fortuna de la mafia como el tráfico de drogas. Pero, mientras los capitales han fluido a través de los
bancos extranjeros y los fondos de inversión en el océano de las finanzas internacionales, los mafiosos han continuado desarrollando su simple trabajo en el campo de las actividades de protección y de extorsión, de la mediación monopolística en actividades ilegales o también legales. Las mafias tienen, por supuesto, sus asesores financieros y sus canales de reciclaje, pero el mafioso es esencialmente un afiliado a una organización basada en canales internos de solidaridad y de subordinación criminal, que se consolida con antiguos ritos de pertenencia, profundamente arraigada en el territorio.

Al igual que una red paramasónica, la mafia podrá permanecer únicamente en la esfera de la
clandestinidad, del misterio y, en algunos casos, del mito popular. No obstante, los mafiosos han necesitado también un mínimo de notoriedad para llevar a cabo su función, que debe estar socialmente reconocida. Sucede también que los cambios generacionales, las crisis políticas y las mismas posibilidades de grandes negocios generan conflictos entre ellos; especialmente allí donde esos negocios tienen una dimensión financiera y espacial que no puede resolverse en el ámbito limitado controlado por la cosca. Fueron históricamente los casos de la emigración clandestina a América entre los siglos XIX y XX; del comercio de bebidas alcohólicas con los Estados Unidos durante la Ley Seca en los años 20; del contrabando de tabaco y el tráfico de drogas y armas a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX.

Las comisiones directivas formadas por los representantes de las diferentes cosche han sido tradicionalmente inestables. Hay confirmación histórica de tensiones en el Palermo de principios del siglo XX como en toda la isla durante los años 70. Surgen así las tan violentas como cíclicas guerras de la mafia, que sacan a la superficie la red mafiosa subterránea transformándola por lo menos en cierta medida en algo evidente ante la opinión pública, y forzando la intervención de la autoridad.

La historia de la mafia está repleta de fases de tranquilidad que se combinan con etapas de conflicto, de fases de tolerancia que se alternan con las de represión. El asesinato en 1893 de Emanuele Notarbartolo, un banquero y personaje eminente de la isla, provocó vivas protestas de la opinión pública, así como investigaciones que lograron aclarar las relaciones de la mafia con la política. El colapso del orden público y la endemia de los conflictos entre mafiosi en la primera posguerra provocaron (a partir de 1925-26) una dura represión del gobernador civil Cesare Mori, con la cual el naciente totalitarismo fascista intentó demostrar su capacidad de mantener el orden prescindiendo del apoyo de la mafia.

En 1963, aumentaron las investigaciones policiales, como consecuencia de los sangrientos conflictos entre grupos mafiosos conocidos como la Primera Guerra de la Mafia. Tras estos momentos de crisis, la mafia volvió a levantar cabeza, intentando estrechar sus filas en un inédito proceso de centralización bajo la guía del sanguinario bando de los corleonesi. De resultas de ello se produjo la
Segunda Guerra de la Mafia, que en 1981 y 1982 tuvo como resultado centenares de muertos solo en Palermo.

A finales de los años 70 se abrió una nueva etapa en la secular aventura mafiosa: la de los atentados a hombres de negocios, políticos e instituciones. Entre ellos cabe destacar el asesinato del juez y ex diputado comunista Cesare Terranova (1979) y el del general de los carabinieri y gobernador civil de Palermo, Carlo Alberto Dalla Chiesa (1982), general que había dirigido la lucha antiterrorista en Italia durante los 70.

Gracias al valor y a la pericia de dos jóvenes magistrados, Paolo Borsellino y Giovanni Falcone, se pudo llevar a juicio y condenar al vértice de Cosa Nostra en el llamado maxiproceso palermitano de
1986. Esta condena fue posible gracias a la aportación de los citados pentiti, quienes revelaron a las autoridades los secretos de la organización. El primero y el más célebre de ellos, Tommaso Buscetta, ofreció a los jueces los elementos para resolver una infinidad de casos, y también proporcionó las claves para comprender la lógica específica del funcionamiento de una organización secreta que finalmente, con esa enorme estela de sangre, revelaba su auténtica peligrosidad. Lamentablemente, en 1992, los mismos Falcone y Borsellino pagaron con la vida estos resultados, pues fueron asesinados en dos apocalípticos atentados con dinamita.

Siguió a estos desconcertantes eventos una represión estatal todavía más eficaz, con el arresto de
Salvatore Totó Riina y de muchos otros líderes mafiosos. Mientras tanto, se producía una crisis también en el sistema político nacional y local como consecuencia del descubrimiento de un vasto sistema de corrupción, el caso denonimado Tangentópoli, una investigación liderada por el juez Antonio Di Piero que se inicio en 1992 y que evidenció las corruptelas internas de los partidos políticos del establishment e inauguró una nueva era política en el país.

La crisis del sistema político italiano privó a la Cosa Nostra de muchas de las tradicionales protecciones. La opinión pública se movilizó: en Catania y en Palermo fueron elegidos alcaldes de la Red Movimiento por la Democracia, coalición política que presentó programas de lucha contra la mafia. El número de los delitos de sangre disminuyó notablemente, especialmente en Palermo.

La Cosa Nostra ha silenciado en los últimos años sus armas en sus luchas internas (y, sobre todo, ya no las ha dirigido hacia los hombres de las instituciones). Es difícil saber si, por esto, se la puede considerar derrotada. Ya en el pasado la organización mafiosa cambió varias veces de estrategia. Es posible que, tras los feroces enfrentamientos de los años 80, haya vuelto a ocuparse de sus asuntos en silencio. No sabemos si el futuro próximo traerá la extinción o una resurrección de la mafia.

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sábado, 11 de enero de 2014

La Mafia siciliana (1)




En torno a la mafia se han acuñado numerosos tópicos que han codificado una imagen de ella en nuestro imaginario, especialmente a través de la novela “El Padrino”, de Mario Puzo, y de su trilogía cinematográfica. En ella se retrata un mundo de adscripción ítalo-siciliana que utiliza la extorsión y la violencia como modus vivendi y mecanismo de control social; que posee un código interno implícito para regular la actividad criminal (la autopercepción del mafioso como hombre de honor; el recurso a la omertá o venganza; la importancia de la familia); que constituye una organización clánica, piramidal y patriarcal para imponer orden en el mundo del crimen, y que, aunque sus negocios cambian al compás de las transformaciones económicas, permanece inmutable en su forma de actuar.

Sin embargo, El Padrino –obra centrada en el hampa de Nueva York- no ofrece un retrato de la mafia, sino una idealización de la misma. Ésta, además, no es extrapolable al conjunto de organizaciones mafiosas, pues no hay una mafia, sino que existen diferentes tipos de criminalidad organizada con diversas prácticas mafiosas. El universo de la mafia conforma un fenómeno complejo, diverso y sofisticado, en el que se mezcla gangsterismo, corrupción y globalización económica.

Por ejemplo, la mafia no es realmente una piovra, es decir, un pulpo con una cabeza y múltiples tentáculos en el mundo de la política la economía y el crimen organizado. La mafia es una forma de criminalidad organizada (no todas las formas de criminalidad organizada son mafiosas) compuesta por diferentes organizaciones. La más importante es la Cosa Nostra, con sede en Sicilia y que estaría estructurada de forma jerárquica y formada por unos 5.000 afiliados (sin incluir a encubridores y cómplices). Pese a su carácter piramidal, se han documentado tensiones internas y luchas entre diversas facciones.

En Calabria existe otra organización de tipo mafioso que se llama ´Ndragheta. El carácter rural y la geografía accidentada de esta región del sur de Italia han dado lugar a una estructura horizontal y endogámica: es decir, las familias de la
´Ndragheta han tendido a casar a sus hijos con miembros de la misma familia mafiosa. Se considera que detenta el monopolio del tráfico de armas y cuenta con una importante presencia en el norte de Italia.

La Camorra es otra de las grandes organizaciones mafiosas que tiene su centro de actuación en Nápoles y la región de la Campania. Al contrario que las dos anteriores, tiene un origen urbano y está formada por centenares de bandas que se agrupan y disuelven con gran facilidad como si se tratara de una estructura atomizada.

Otras organizaciones mafiosas en Italia son la Sacra Corona Unita, en la región de Apulia, o la Nuova Camorra Organizzata de Cutolo. A pesar de que todas estas organizaciones son independientes, han desarrollado históricamente contactos entre ellos. Incluso se ha detectado que numerosos jefes de la ´Ndragheta y de la Camorra están afiliados a la Cosa Nostra, lo cual les ha otorgado gran capacidad de maniobra. Sin embargo, no podemos decir que entre ellas haya habido una unidad de acción y una dirección jerárquica única. Las organizaciones mafiosas tienden a uniformarse cada vez más, pero conservan elementos específicos que dependen de sus tradiciones históricas.

Pero, ¿qué es la mafia?

Mafia es hoy una de las palabras italianas más conocidas y difundidas a nivel mundial. Empleada en
su sentido estricto se refiere a la criminalidad organizada de la Sicilia centro-occidental. Usada en un sentido más amplio, tal vez en plural –mafias-, sirve para contener y al mismo tiempo para comparar el caso originario de Sicilia con la criminalidad organizada de la Italia del sur, el llamado Mezzogiorno, que acabamos de ver, o con otros fenómenos análogos en todo el mundo. En los Estados Unidos, por ejemplo, se entiende por mafia la criminalidad de origen ítalo-meridional. Sin embargo, no faltan otras referencias a este concepto, procedentes de la criminalidad organizada de tipo étnico: las célebres tríadas chinas, los yakuzas japoneses, los cárteles suramericanos, etcétera. Incluso en Italia, hoy tierra de inmigración, puede hablarse de mafia turca o albanesa.

Mafia significa, pues, criminalidad organizada, pero no solamente criminalidad. Está ligada al crimen en cuanto a práctica que ampara negocios sin escrúpulos y corrupción, o crea redes clientelares que afectan a todas las clases sociales y, a menudo, también a instituciones políticas. Pero indica también una costumbre o una subcultura regional –siciliana, meridional y a veces también mediterránea- que busca mantener las poblaciones lejos de la concepción moderna de la ley, en permanente oposición al Estado.

Según algunos autores, la mafia sería el resultado de la incapacidad crónica del Estado para imponer el monopolio de la fuerza legítima en áreas cultural y económicamente periféricas. Es decir, las prácticas mafiosas substituirían la ausencia del poder estatal.

La palabra mafia apareció por primera vez en 1863, en una obra teatral popular siciliana de gran
éxito, “I mafiusi de la Vicaria”, y en un documento oficial firmado por el gobernador civil de Palermo. Más allá de las diferentes etimologías propuestas, es posible decir que se trata de un neologismo que intenta designar aquellos fenómenos subterráneos, misteriosos e inquietantes que sucedían en esa época en Sicilia. No es casualidad que su primera aparición escrita esté relacionada con un cambio político de primordial importancia en a historia de Italia, su unificación nacional.

Tras finalizar este proceso en 1861, conocido como Risorgimento, se constataron las dificultades de comunicación que había entre el norte y el sur del nuevo Estado-nación. Los funcionarios del nuevo reino, procedentes en su mayoría del norte, llamaron mafiosos a los bandoleros y a los prófugos del servicio militar, a los notables que regían los partidos municipales y a los pequeños delincuentes, a los enemigos del orden social y el orden político. Ellos usaron el término mafia para referirse a un Mezzogiorno bárbaro y primitivo, con independencia de su procedencia social.

En parte, esos funcionarios tenían razón, porque el sur estaba efectivamente muy atrasado. Pero, a su vez, también experimentaron un despreciable racismo hacia sus habitantes que se resistían a adquirir los nuevos valores del liberalismo. El resultado fue que la supuesta barbarie de esta sociedad permitió a la policía adoptar medidas restrictivas sobre la libertad de los individuos, sin tener que pasar por los tribunales y sin construir acusaciones bien definidas. Ello desembocó en una sociedad que consentía un tipo de Gobierno apresuradamente autoritario, dado que éste ahorraba una fatigosa búsqueda del consenso entre las clases dirigentes sicilianas. En definitiva, el proceso de unificación italiana creó en el sur de Italia una situación en la que se impuso un nuevo Estado (el italiano) con el recurso a la autoridad, pero sin incidir en las relaciones tradicionales. Se estableció así una zona de alegalidad en el nuevo Estado.

La mafia surgió a partir de un fenómeno mucho más antiguo y conocido, el bandolerismo.

Se constata que los abundantes bandoleros que actuaban, sobre todo en la Sicilia centro-occidental, se
apoyaban en redes de complicidad que incluían campesinos, parientes o paisanos de los forajidos, así como, de modo sorprendente, terratenientes, notables e incluso alcaldes de los pueblos. El bandolero siciliano no se parecía en absoluto a la representación romántica del rebelde ante el orden social, del Robin Hood que robaba a los ricos para dar a los pobres.

Por ello, en un mundo clasista como era la Sicilia del siglo XIX, ¿cómo se interpreta este contacto entre las diferentes esferas sociales? ¿Por qué los amigos de los bandoleros se encontraban a menudo contratados en las empresas agrícolas con cargos de vigilantes (“campieri”)? , ¿Por qué éstos recibían tratos de favor ante la justicia? ¿Cómo se explicaría el hecho de que en las zonas del latifundio de la Sicilia centro-occidental se confiase la dirección de las actividades agrícolas a los arrendatarios (“gabellotti”) que pertenecían a este mundo ambiguo, al margen de la legalidad?

A pesar de que los derechos feudales se abolieron en Sicilia a comienzos del siglo XIX, los grandes terratenientes conservaron su poder en las zonas rurales. Éstos estaban establecidos en las grandes ciudades como Palermo y delegaron la administración a vigilantes o campieri. Durante la segunda mitad del siglo XIX, estos administradores fueron adquiriendo el control social y económico, hasta convertirse en auténticos caciques locales. La incorporación de Sicilia al reino de Italia en 1860 (un año antes de concluir el proceso de unificación) enfatizó el poder de estos caciques y los políticos de la península se apoyaron en ellos para garantizar sus votos a cambio de cederles la administración local.

La clase dirigente siciliana era incapaz de entender el concepto moderno de que la ley era igual para
todos. Si las clases altas mantenían un “comportamiento mafioso”, era lógico que los demás grupos sociales usaran la violencia como instrumento de afirmación. Existía, por tanto, una mafia popular, de los campesinos o de los obreros de las solfataras –las minas de azufre- y sobre todo de los “facinerosos de clase media”, que hacían del atropello un medio para el ascenso social. El “comportamiento mafioso” representaba, pues, la “manera de ser” de la sociedad siciliana, una mezcla perversa en la cual los elementos tradicionales se imponían a los modernos y los deformaban.

Aunque los fenómenos mafiosos fueron comunes en todo el Mezzogiorno, la mafia, como tal, solo se manifestó en algunas zonas determinadas de Sicilia, con una desconcertante continuidad desde la segunda mitad del siglo XIX hasta nuestros días.

Actualmente, los medios de comunicación afirman que el objetivo de la mafia “moderna” es el enriquecimiento económico mientras que “la de antes” tenía otras finalidades bien distintas. Se trata de una idea totalmente equivocada. Naturalmente, la economía del siglo XIX en Sicilia era muy diferente de la actual. Se basaba en una agricultura y ganadería primitivas, en la extracción de azufre y en sectores agrícolas más adelantados como por ejemplo el de los cítricos. Pero estos recursos, que a nosotros hoy nos pueden parecer atrasados, eran los que en aquella época podían determinar el enriquecimiento y el ascenso social.

Un bandolero, con el robo de un rebaño o el incendio de una cosecha, podía acabar con un medio de producción. Incluso cuando el delito no atacaba una actividad económica significativa, podía provocar un efecto de inseguridad que llevaba a los terratenientes a aceptar la gabella, es decir, a ceder en alquiler las tierras a los amigos de la mafia (o a los mismos mafiosos). A través de este método del delito efectuado o la simple amenaza, y por lo tanto de la extorsión, se pasaba a la gestión de una actividad legal, organizada y económicamente relevante.

En cierto sentido, tanto los propietarios, que se quejaban de la falta de seguridad pública, como los funcionarios, que los acusaban de complicidad, tenían razón. Ambos eran al mismo tiempo cómplices y víctimas, porque estaban frente a una actitud de defensa ante condiciones difíciles, pero contribuían a hacer la mafia cada vez más fuerte en sus dos caras: una, como saqueadora y delincuente, identificable con el bandolero, y otra, como protectora, al límite de la legalidad, identificable con los vigilantes o campieri.

Algunos mecanismos de poder que tenía la mafia no eran muy diferentes de los de hoy en día. Muchos terratenientes del siglo XIX recibían cartas de scrocco, es decir, de extorsión, y se dirigían al mafioso para pedir protección tal como le sucede hoy al comerciante bajo pena de terribles represalias. Naturalmente, en un caso y en el otro, los extorsionadores y los intermediarios están compinchados y suele pasar que la victima conoce esta relación pero prefiere pagar y zanjar la cuestión. En otros casos, el acuerdo no existía, y eran los pequeños delincuentes quienes pagaban, con la vida, el intento de apropiarse del dinero de quien ya tenía acordado un “contrato” de protección.

En la Sicilia agrícola del siglo XIX, la actividad que triunfaba en el mercado del arrendamiento
(sujeto a la gabella) era la que estaba mejor relacionada con la red mafiosa. En la actualidad ocurre lo mismo; el sector de la construcción o del pequeño y gran comercio, también están expuestos al riesgo de extorsión. Los mafiosos reclaman “tangentes” (cuotas requeridas por los extorsionadores) a cambio de protección. Así entran en las empresas como socios e incluso indican a las empresas dónde adquirir sus suministros. La mafia crea orden entre la delincuencia y protege a los operadores económicos, pero es ella misma la que crea el desorden del cual se alimenta. De esta manera, todas las operaciones económicas, sometidas a este vínculo parasitario, devienen más costosas; el capital rinde menos; el trabajo productivo se paga menos, y las regiones inclinadas ante la mafia ven disminuir dramáticamente el ritmo de su desarrollo económico.

(Continúa en la siguiente entrada)
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sábado, 4 de enero de 2014

La Ganadería: de la trashumancia a la zootecnia



Las proteínas son necesarias para el organismo humano. Las de origen vegetal se asimilan mal, y las que podría proporcionar la pesca serían insuficientes para satisfacer las necesidades globales. La ganadería es, precisamente por esta aportación de prótidos, fundamental para la alimentación humana. Los actuales avances en zootecnia tienen por objetivo asegurar el abastecimiento.

En sus comienzos, los seres humanos se limitaban a seguir a las manadas de animales para asegurarse la provisión necesaria de pieles y carne. En un determinado momento, el hombre pasó a la acción y domesticó a algunos animales para poder disponer así en todo momento de sus productos. Surgieron, así, la trashumancia –asociada a los desplazamientos en altitud de los pastores junto con los rebaños- y el nomadismo –asociado a los desplazamientos horizontales-.

El pastoreo fue el principal modo de actividad ganadera durante los primeros tiempos de la civilización humana. Sin embargo, el panorama cambió tras la revolución agraria de la Europa occidental del siglo XVIII. En ella, agricultura y ganadería estrecharon lazos: las plantas forrajeras se utilizaban para alimentar a un ganado cada vez más numeroso que, a su vez, producía abundante estiércol. Éste era empleado para abonar las tierras, lo cual permitía aprovechar mejor los terrenos de cultivo.

La unión de agricultura y ganadería tenía otra ventaja: como las explotaciones eran de carácter familiar, la mano de obra era escasa, por lo que convenía, por un lado, concentrar labores y, por otro, utilizar la potencia animal. La creación, tras aquella revolución, de una ganadería evolucionada se trasladó pronto al Nuevo Mundo, donde –rebaños de llamas de los incas aparte- la ganadería no era muy practicada.

Desde entonces, y a medida que se avanzaba en el tiempo, la ganadería siguió el camino de la especialización. La Revolución Industrial trajo consigo máquinas que, poco a poco, fueron haciendo innecesaria o poco rentable la utilización de animales para el trabajo en el campo. Esto, lejos de afectar negativamente a la ganadería, le dio el impulso definitivo que la transformaría en ganadería moderna. Como los animales ya se utilizaban casi exclusivamente para la producción de alimentos, se comenzó a producirlos con mayor eficacia: una vaca que se utiliza para tiro y para leche, por ejemplo, no estará especializada en ninguna de las dos tareas y, por tanto, no rendirá al máximo.

Precisamente con vistas a esta especialización surgió el interés por la obtención de razas específicas
para cada producto. Primero, se utilizaron para ello técnicas de cruce y, más adelante, la manipulación genética. Tras una primera especialización del ganado para la obtención de alimentos, vino otra según el tipo de alimento que se fuera a obtener: así, por ejemplo, las vacas suizas, en un primer momento destinada a la producción simultánea de leche y carne, fueron escindiéndose en dos tipos especializados, uno para cada alimento. Por otro lado, una vez conseguido que cada animal se destine a la producción de un determinado producto, pudo especializarse también la alimentación que se les daba, lo que redundó en una mejora final de la calidad del producto y de su producción.

Vayamos ahora con los diferentes tipos de ganado:

-Ganado porcino: El cerdo es un animal de altísimo rendimiento. Su aprovechamiento total y su
elevadísima fecundidad lo convierten en uno de los animales fundamentales para la alimentación humana. Además, el cerdo es muy fácil de alimentar: tanto es así que, en las economías familiares de subsistencia, suelen alimentarse a menudo con sobras, lo que, sin embargo, merma seriamente su productividad. El cerdo es, además, un animal de fácil adaptación a cualquier tipo de clima. Se distinguen dos tipos fundamentales de cerdos: los bacon hog, de aspecto largo, ancho y con jamones poco carnosos, destinados a la producción de tocino, fundamentalmente, y los lard hog, anchos, de jamones carnosos, fáciles de cebar y valorados por su manteca. En cuanto a las razas, las más importantes, originales todas de Gran Bretaña y Estados Unidos, son: berkshire, hampshire, duroc jersey, chester white y poland china.

-Ganado vacuno: Proveedoras fundamentalmente de leche y carne, las vacas también son valiosas por su piel y sus pezuñas y, desde otro punto de vista, en los países no desarrollados, como animales de tiro. Se suele distinguir entre vacas de leche y de carne. Entre las razas de carne, se encuentran la limosina francesa, la aberdeen y la galloway escocesas, las hereford y shortorn inglesas o la cebú india. Entre las de leche, están: la frisona holandesa, la schwyz suiza, la jersey inglesa o la yarshire escocesa.

-Ganado ovino: las ovejas son originarias de las estepas asiáticas. Dada su predilección por las zonas
secas, pronto proliferaron en España. Entre las razas españolas, hay que destacar la merina, de la que descienden todas las productoras de lana fina actuales. El destino fundamental de la cría de ovejas ha sido la producción de lana, aunque actualmente se presta mucha atención al aprovechamiento cárnico y láctico, generalmente para uso de las familias que las crían. Las razas de lana basta proceden generalmente de Gran Bretaña: costwold, leicester, lincoln… La antigua raza karakul producía una lana color azabache muy peculiar. Actualmente el mercado está dominado fundamentalmente por las razas australianas y americanas, entre las cuales existen algunas muy productivas creadas por hibridación: corriedale australiana o columbia norteamericana. En cuanto a las razas de alta producción cárnica, destacan las inglesas: hampshire, oxford, cheviot, southdown o shropshire.

-Ganado avícola: las aves de corral –gallinas, pollos, patos, gansos…- han estado siempre muy ligadas a la explotación familiar. Proveedoras fundamentales de una de las fuentes de proteínas más asimilables por el ser humano, el huevo, también son fuente importante de proteínas cárnicas.

-Ganado caprino: la cabra tiene, hoy en día, un interés reducido al ámbito familiar. Las cabras de angora, sin embargo, tienen mucho valor debido a su lana de alta calidad. Las saane y toggenburg suizas son dos de las razas más importantes.

-Ganado caballar. Inicialmente aprovechado por su carne, pronto el caballo pasó a convertirse en un medio de transporte imprescindible para el ser humano y, a menudo, también en una herramienta de trabajo. Hoy tiende a subsistir como animal de lujo. Sus razas, muy controladas genéticamente gracias a la realización de exhaustivos registros genealógicos, se dividen en tres tipos fundamentales: de silla, de enganche y de tiro pesado. Algunos de los de silla, veloces y resistentes en carrera, son los árabes, los andaluces o los hunter ingleses. Los caballos de enganche más importantes son los franceses, los alemanes, los standard bred americanos o los hackneys ingleses. Los de tiro pesado típicos, muy fuertes, son los percherones franceses y los clydesale y shire ingleses o belgas.

La actual ganadería industrial emplea todos los medios a su alcance para mejorar la producción. En
general, son tres los frentes de mejora con que cuenta. El primero es el que pretende perfeccionar el entorno físico de los animales, mejorando para ello la higiene y la alimentación y reduciendo las enfermedades. Por otro lado, se trabaja con las características propias del animal, generalmente mediante manipulación genética o por cruce, y se selecciona, en función de dichas características, la raza o especie más indicada para cada utilidad. Por ejemplo, debido a las peculiaridades de autorregulación térmica de cada animal, en las zonas templadas del planeta se prefieren las vacas a los búfalos, más adaptables a climas cálidos y húmedos.

Las peculiaridades en cuanto a reproducción también deben ser tenicas en cuenta a la hora de seleccoinar una especie. Por ejemplo, mientras que el intervalo de generación –es decir, la edad media a la que cada animal suele tener descendencia – es de 5 o 6 años en los caballos, para las vacas es de 4 a 5, de 3 en ovejas y cabras, de 2 en cerdos y de unas 20 semanas en gallinas ponedoras. Es también importante, como ya se ha dicho, el tipo de alimentación proporcionada a cada animal según cuál sea su tuilidad: las vacas de leche, por ejemplo, necesitan alimentos m´sa ricos en nitrógeno y engería que las que van a producir carne.

El último de los frentes de mejora se enfoca hacia la comercialización final de los productos. En este
aspecto, la concentración ganadera redunda en la economía de mano de obra, recursos y equipamientos: por ejemplo, la mayor ganadería bovina láctea posee hasta 2.000 cabezas y la cárnica, hasta 10.000; la mayor de las porcinas, por otro lado, produce unas 100.000 unidades por año.

A pesar de estos y otros avances en la industrialización de la ganadería, lo cierto es que aún plantea una incógnita de futuro. No está claro, sobre todo en los países no desarrollados, que la ganadería pueda satisfacer plenamente las demandas proteínicas de la humanidad. La ganadería avícola y, en menor medida, la porcina, están, en los países desarrollados, muy avanzadas en lo que a mecanización se refiere, mientras que la bovina avanza más despacio.

Lo que está claro es que el camino que se va a seguir es el de la industrialización. Pero incluso ésta puede tener un grave inconveniente: el detrimento en la calidad de los alimentos producidos y el maltrato a los animales consecuencia de su consideración como un mero factor productivo.

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jueves, 2 de enero de 2014

¿Quién es más veloz, un esquiador o un snowboarder?




Desde un punto de vista físico, los factores que afectan a la velocidad (la fricción y la resistencia) son casi los mismos para el snowboard que para el esquí. El principal obstáculo para un surfista de nieve es que las tablas son más propensas a derribar al corredor.

Los surfistas de nieve son excelentes para los giros bruscos, pero una tabla en línea recta y con la base plana desplaza al corredor hacia uno u otro lado. La nieve tiene montículos, así que habrá que hacer leves ajustes para mantenerse en línea recta a altas velocidades, y desplazar el centro de gravedad hacia un lado de la tabla para permanecer en un extremo e iniciar así un giro correctivo. Es un ajuste considerable que aumenta las posibilidades de desplazarse en exceso y frenar el descenso antes de alcanzar la velocidad máxima. Si no fuera por eso, los surfistas de nieve podrían igualar en velocidad a los esquiadores.

Éstos pueden ensanchar su postura para conseguir una mayor estabilidad cuando se agachan sobre los esquíes (frente a la creencia popular, los esquíes y las tablas más largas no se deslizan con mayor rapidez: simplemente son más estables).

Es una buena apuesta para un surfista deslizarse por 15 cm de nieve fresca frente a un esquiador. La blandura de la nieve hace que esta se comporte más como un líquido y que el snowboard se comporte como una tabla de surf. Pero hay que levantar la tabla para no acabar hundiéndose. Una tabla ancha puede elevarse sobre la nieve con relativa facilidad y rozar la superficie en el descenso. Los esquíes, por otro lado, tienen que adoptar un ángulo mucho más profundo para atacar la nieve. Esto crea mayor resistencia y ejerce una mayor fuerza hacia atrás, lo cual ralentiza al esquiador. Sin duda, para un snowboarder es una buena apuesta.

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La milla inglesa




He aquí otra historia que vendría a demostrar que los británicos son los inventores de la célebre frase “¿Por qué hacer las cosas sencillas, cuando se pueden hacer complicadas?” Porque la milla terrestre inglesa tiene, en efecto, una longitud extraña y, además, totalmente arbitraria. Esa medida se deriva de la milla romana, que medía simplemente mil pasos. Si un paso tiene cinco pies, lógicamente la milla debería tener 5.000 pies. ¡Demasiado sencillo para un inglés!

Al otro lado del Canal, los aldeanos utilizaban especialmente una medida establecida mucho antes de la llegada de la milla: el furlong. La tradición rural había dividido el furlong en 660 pies, la distancia media de un surco de labranza. El furlong, utilizado sobre todo para medir la longitud de un campo, aparece en la mayoría de las actas notariales. El problema era que resultaba imposible dividir la milla (5.000 pies) en un número exacto de furlongs. Como su valor oscila alrededor de los 8 furlongs, el legislador tenía dos posibilidades: o acortar el furlong hasta 625 pies (ocho veces 625 da exactamente 5.000) o mantener el valor del furlong en 60 pies como un bien nacional inalienable.

Evidentemente, se impuso la segunda solución sin que a ningún lord empolvado se le ocurriera siquiera pestañear. De ahí que la milla inglesa mida 8 veces 660 pies, o sea, 5.280 pies. Con el fin de armonizar la medida y la valoración de todas las tierras y propiedades, una ley ratificó esta decisión en 1575. Al mismo tiempo, el Parlamento oficializó la longitud de la milla en 1.760 yardas. Un pie mide 30.48 cm, y una yarda 0.9144 metros, lo que nos da una milla terrestre inglesa de 1.609,344 metros. Por otro lado, la milla romana, antigua medida que se utilizaba en Francia, Italia y Alemania, correspondía a una distancia actual de 1.481,50 metros.

Por supuesto, no hay que confundir estas millas terrestres con la milla marina (náutica), que corresponde a la sesentava parte de un grado de latitud, es decir, 1.852 metros. También los británicos utilizaron durante mucho tiempo una antigua estimación de la milla marina equivalente a 6.080 pies, es decir, 1.853,184 metros.

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