He aquí otra historia que vendría a demostrar que los británicos son los inventores de la célebre frase “¿Por qué hacer las cosas sencillas, cuando se pueden hacer complicadas?” Porque la milla terrestre inglesa tiene, en efecto, una longitud extraña y, además, totalmente arbitraria. Esa medida se deriva de la milla romana, que medía simplemente mil pasos. Si un paso tiene cinco pies, lógicamente la milla debería tener 5.000 pies. ¡Demasiado sencillo para un inglés!
Al otro lado del Canal, los aldeanos utilizaban especialmente una medida establecida mucho antes de la llegada de la milla: el furlong. La tradición rural había dividido el furlong en 660 pies, la distancia media de un surco de labranza. El furlong, utilizado sobre todo para medir la longitud de un campo, aparece en la mayoría de las actas notariales. El problema era que resultaba imposible dividir la milla (5.000 pies) en un número exacto de furlongs. Como su valor oscila alrededor de los 8 furlongs, el legislador tenía dos posibilidades: o acortar el furlong hasta 625 pies (ocho veces 625 da exactamente 5.000) o mantener el valor del furlong en 60 pies como un bien nacional inalienable.
Evidentemente, se impuso la segunda solución sin que a ningún lord empolvado se le ocurriera

Por supuesto, no hay que confundir estas millas terrestres con la milla marina (náutica), que corresponde a la sesentava parte de un grado de latitud, es decir, 1.852 metros. También los británicos utilizaron durante mucho tiempo una antigua estimación de la milla marina equivalente a 6.080 pies, es decir, 1.853,184 metros.
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