Si el mundo es un teatro, entonces uno de los mejores actores sobre sus tablas debe de ser Salvador Dalí. Definimos a Dalí como surrealista, pero acaso una mejor denominación sería la de artista de performance, el primero de todos. Todo lo que hizo Dalí estaba calculado para sorprender, impresionar y divertir. Incluso su aspecto exterior era más un disfraz que un vestido. Tomemos su bigote, que se dejaba crecer hasta un tamaño considerable y se acicalaba con las puntas afiladas, o sus trajes, de telas de terciopelo de brillantes colores con incrustaciones de bordados dorados.
¿Había un hombre de verdad detrás de esa máscara? Puede ser. De vez en cuando podemos vislumbrar una persona vulnerable que busca el apoyo de su dominante esposa y expresa un deseo de genuina espiritualidad. Pero al mundo le gustaba el Dalí loco, el hombre del bigote y los trajes con bordados, y eso es lo que él le dio.
La gran tragedia de su vida tuvo lugar antes de su nacimiento. En 1901, la pareja Dalí de Figueras, España, tuvo un hijo llamado Salvador, igual que su padre, pero murió a los 21 meses. Nueve meses y diez días más tarde la pareja tuvo otro hijo, que también se llamó Salvador, que sobrevivió. Pero los padres jamás se recuperaron de la primera pérdida. Hablaban sin parar del niño muerto, convencidos como estaban que el nuevo Salvador no era más que una segunda opción. Quizá de manera inesperada, el chico desarrolló un carácter terrible y prefería evacuar sus excrementos en el pasillo en lugar de utilizar el cuarto de baño. También en el colegio era un auténtico desastre.
Dalí tomó clases de dibujo desde niño y, como joven promesa, montó su primera exposición pública

Tenía ganas de cambiar de aires: París y los surrealistas. El surrealismo era el nuevo movimiento artístico de moda, que predicaba el sinsentido del dadaísmo, el psicoanálisis de Freud y la política de Marx. Dalí estaba especialmente fascinado por la importancia que le daba al subconsciente y quería utilizar su meticulosa habilidad en el dibujo para crear imágenes absurdas e irracionales. En 1929 se metió en un tren que iba a Francia pero, para su sorpresa, en lugar de ser recibido como un héroe conquistador, los surrealistas ni siquiera se enteraron de que había llegado. Sólo hizo un amigo, el poeta surrealista Paul Éluard, a quien invitó a que visitara aquel verano Cadaqués, un pueblo en la costa catalana donde la familia Dalí pasaba las vacaciones.
Dalí regresó a España profundamente deprimido, pero poco después llegó Éluard con su esposa, Gala. Gala Éluard, nacida Elena Ivanova Diakonova, en Rusia, era unos diez años mayor que Dalí (mentía sobre su edad); también era dinámica, imperiosa e insaciable. Éluard y Gala se habían conocido cuando eran quinceañeros en un sanatorio para tuberculosos en Suiza, y más tarde ella cruzó Europa durante el caos de la Primera Guerra Mundial para casarse con él. Después de la guerra, Éluard se convirtió en un líder del movimiento dadaísta, y Gala adoptó el papel de musa y amante, aunque en 1929 estaba empezando a sentirse defraudada por las limitadas perspectivas económicas de su marido.
En un principio, Gala despreciaba a Dalí (decía que parecía un bailarín profesional de tango

Por su parte, Dalí estaba tan locamente enamorado de ella que la cortejaba con un geranio detrás de la oreja, inventó un extraño perfume a base de estiércol y por alguna razón se afeitó las axilas hasta que le sangraron. Sus tendencias sexuales eran bastante extrañas. Los amigos cercanos describían a Gala como ninfómana, mientras que Dalí aborrecía que lo tocaran y parecía tener inclinaciones homosexuales. Aún así, los dos juntos estaban muy bien. Éluard aceptó la deserción con notable elegancia, sobre todo porque ella todavía quería mantener relaciones sexuales con él. En 1932, Gala y Éluard se divorciaron para que él pudiera volver a casarse, y dos años más tarde Dalí y Gala contrajeron matrimonio en una ceremonia civil.
A partir de entonces, Gala dedicó todas sus energías a promocionar a Dalí. Se convirtió en una


Los surrealistas comunistas insistieron en que Dalí se retractara de sus afirmaciones, pero él protestó diciendo que si el surrealismo trataba de explorar los sueños y los tabús sin censuras, entonces él tenía todo el derecho del mundo a soñar con Hitler.
Aunque Dalí soñara con Hitler, lo cierto es que no quería vivir bajo su mandato. Cuando las tropas

La pareja repartía su tiempo entre Nueva York y Pebble Beach, California, mientras los reporteros de revistas los seguían incansablemente a donde quiera que fueran. Entonces, aun cuando los famosos de Hollywood y las personalidades de Nueva York los aclamaban, Dalí empezó a cambiar de estilo. Pintó retratos de Gala muy realistas, incluso hermosos, sin olvidar los relojes blandos, las chuletas de cerdo o los elefantes voladores. Pintó temas religiosos: una crucifixión, una virgen (con Gala de modelo, cosa sorprendente) y una Última Cena. Los amigos estaban sorprendidos. ¿Dalí espiritual? ¿Dalí serio? La idea de Dalí rezando era ridícula.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el mejor amigo de Dalí, un publicista llamado Herb Caen,

Llegaron los invitados desde todos los rincones de Estados Unidos para la “noche surrealista en el bosque encantado”, incluidos los Vanderbilt, Alfred Hitchcock, Bob Hope, Bing Crosby, Ginger Rogers y Clark Gable. Pero cuando terminó la fiesta, Herb acabó con un brazo roto en tres partes (¿por culpa de los animales?) y una cuenta de gastos mucho mayor que la de ingresos. No quedó dinero para enviar a los hambrientos artistas de Europa.


Y entonces el tema sexual se les fue realmente de las manos. A Gala, ahora ya una setentona, le encantaba tener acceso a abundante carne joven, y Dalí preparaba auténticas “masas eróticas”: orgías en las que cada habitación estaba dedicada a un grupo diferente. Pero toda esa decadencia resultó ser muy cara, y Gala –quien no dudaba en encerrar a Dalí en su estudio cuando había que acabar un encargo- tuvo que inventar maneras cada vez más elaboradas de hacer dinero. Hizo que su marido firmara cientos de hojas de papel en blanco que después podría imprimir como litografías de “edición limitada”.
Al final llegó la vejez para Gala y Dalí. La piel de ella empezó a sufrir erupciones con horribles

¿Qué podemos decir hoy en día de Salvador Dalí? Muchos historiadores del arte califican su obra posterior a la Segunda Guerra Mundial de kitsch y autocomplaciente; algunos otros van más allá y se mofan de la totalidad de su producción. Recientemente, un crítico lo describió como un “pervertido pueril cuya habilidad para generar una fascinación no merecida por el trabajo convulsivo de su mente misantrópica sigue sorprendiendo”. ¡Ay!, pero lo que nadie puede negar es su influencia: Dalí creó el concepto de que la vida es un arte.
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