Unas veces venerados, otras perseguidos; unos, místicos; otros farsantes; los alquimistas fueron acusados de herejías, embrujos y fraudes. Pero también inventaron muchos útiles de laboratorio y desarrollaron métodos de investigación con los que trabajan los científicos actuales. Sin embargo, su meta fundamental no fue ésa, sino la búsqueda de un universo puro, perfecto y ordenado.
La alquimia trata de las fuerzas sutiles existentes en la naturaleza, así como de las diversas condiciones y estados de la materia. Su saber es una combinación secreta, esotérica e iniciática de ciertos conocimientos extraídos de las ciencias naturales, el empirismo, la metalurgia y la filosofía natural. Una combinación secreta porque sus adeptos ocultan a los legos sus conocimientos; esotérica porque no sustenta sus principios en teorías científicas; e iniciática, porque sólo se adentra en ella quien es guiado por un maestro.
Para los alquimistas, sólo existe, en realidad, una única materia –la materia prima-, presentada, eso sí, en múltiples formas y en diferentes estados. Según la proporción en que estas formas y estados se combinan, surgen los distintos minerales –y, por tanto, los metales-, están vivos, evolucionan y, además, todos –menos el oro y, en menor medida, la plata- son impuros. Ningún ser vivo, ni tampoco sustancia inanimada alguna, es perfecta; ni siquiera el hombre ha logrado completar su perfeccionamiento físico –aún hay enfermedades insuperables- ni espiritual –el hombre está dominado por la maldad.
Los esfuerzos de la alquimia se concentraron en intentar transformar los metales viles en el estado

Cuando el alquimista obtiene ese elemento, continúa el proceso hasta obtener la Piedra Filosofal, suma de todas las perfecciones, transmutadora de metales –unos granos suyos convierten en oro cualquier metal vil con que entren en contacto- y, disuelta en el Elixir de la Eterna Juventud o Panacea Universal, curadora de todos los males. La piedra filosofal hará al hombre perfecto al acabar con sus imperfecciones físicas –librándolo de toda enfermedad y otorgándole la inmortalidad- y espirituales –si ha llegado a la meta, es porque posee el conocimiento universal-, y le llevará de vuelta a la felicidad del Paraíso.

Quizás haya que situar las primeras manifestaciones de la alquimia en Alejandría, donde se recopilaron y actualizaron las prácticas pre-alquímicas de las culturas griega, caldea, egipcia y judía. Pero, muchos siglos antes, al otro lado del mundo, en China, ya se daban prácticas alquimistas –con el principal objetivo de fabricar oro-. Los orientales consideraban que, ingiriendo oroj, un hombre podía conseguir poderes ilimitados y, sobre todo, la inmortalidad. Más como el oro es difícil de encontrar en la naturaleza, los alquimistas chinos trataron de fabricarlo artificialmente.
En el siglo X, los árabes comenzaron a practicar técnicas alquimistas basadas en las chinas y griegas,

El hecho de que muchos alquimistas fueran, además, magos, astrólogos y cabalísticos hizo recaer sobre ellos la sospecha de que practicaban magia negra y brujería. A pesar de que muchos nobles –incluso reyes- y clérigos –incluso papas- la pracitaron, los Estados y la Iglesia pesiguieron durante muchos siglos a sus adeptos, juzgando y condenando a algunos a la hogera –a veces más por defender teorías heréticas, que por sus prácticas-.

No es de extrañar, pues, que, en este contexto, los alquimistas utilizaran un lenguaje simbólico, secreto y hermético, al que sólo accedían los adeptos iniciados por un maestro; que evitaran ser perseguidos firmando sus obras con nombre falso y atribuyendo sus tesis a autores ilustres –Alberto Magno, Raimundo Lulio o Santo Tomás-, y que, en ocasiones, incluso, dieran a sus obras títulos tomados de las Santas Escrituras para teñir de respetables y cristianas a sus teorías, evitando las peligrosas acusaciones de herejía.
Pero, como es obvio, junto a estos alquimistas científicos surgieron una multitud de farsantes que, de muy distintas maneras, convencían a otros de que conocían el secreto de la transmutación de cualquier metal en oro, cuando, en realidad, su único “saber” era el de “transmutar” de sitio, a su favor, las monedas de oro.
Quizá el más famoso de todos los alquimistas fue Teophrastus Bombastus von Hohenheim


Aunque en su momento fueron tachados de locos y visionarios, la ciencia actual ha tenido en cierto modo que darles la razón. Sus teorías sobre la transmutación de los metales, el origen único de la materia y de todas las criaturas, y la composición atómica de todas las sustancias de la naturaleza, aunque rudimentarias, son hoy irrefutables. Por ejemplo, gracias a los actuales aceleradores de partículas ya es posible la transformación de mercurio en oro –aunque a tal coste y poniendo en acción tanta energía que resulta antieconómico.
Otro ejemplo: más de la mitad de la producción mundial de platino se destina a los convertidores

Junto a estas coincidencias con la ciencia “oficial”, la actividad de los alquimistas estuvo siempre rodeada de un halo de misterio que enturbió su verdadero papel histórico. Farsantes o ilusos; enloquecidos o soñadores, lo cierto es que los alquimistas –los verdaderos- sólo perseguían la perfección, el conocimiento pleno y la inmortalidad, tres sueños o quimeras comunes a todos los seres humanos.
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