La tradición clásica china se forjó durante la dinastía Zhou (1025-221 a.C.), cuando se produjo el nacimiento de las dos escuelas de pensamiento que marcaron el desarrollo de esta civilización: el confucianismo y el taoísmo. Frente al pensamiento más individualista y natural de los taoístas, la filosofía humanista de Confucio (551-479 a.C.) apuntaba al buen gobierno, tanto del Estado como del hombre, a través de unas virtudes y unos ritos que, según él mismo indicaba, eran los encarnados por los primeros reyes sabios de la dinastía Zhou. Así, Confucio se presenta como el transmisor de un pasado que considera la edad de oro de la civilización china.
Confucio (Kung-fu-tse), nació en el año 551 a.C. en el principado de Lu, correspondiente a la actual provincia china de Shangtung, en una familia de antiguo linaje que hoy, dos milenios y medio más tarde, continúa existiendo. Según la tradición, nació el vigésimo séptimo día del octavo mes lunar, una fecha que ha sido cuestionada por los historiadores. Sin embargo, el 28 de septiembre es para gran parte del este del Asia el cumpleaños de Confucio. De hecho, en Taiwan es un día de fiesta oficial conocido como Día de los Maestros.
Su padre murió cuando él tenía apenas tres años y su madre se encargó de su educación. A los 30 años, su necesidad insaciable de aprender se transformo en una sólida vocación pedagógica _Kung-fu-tse significa “Maestro Kung”-. Su profundo conocimiento de las seis artes –rituales, música, tiro con arco, conducción de carros, caligrafía y aritmética- y su familiaridad con la tradición clásica, especialmente poesía e historia, lo convirtieron en un inmejorable maestro.

Así, la educación era para Confucio lo que hoy llamaríamos la base de un programa político y social, y ese saber no podía mantenerlo apartado de la sociedad humana –tentación que, sin embargo, confesó haber tenido que resistir-: poco antes de cumplir los cincuenta años Confucio fue magistrado, luego ministro asistente de obras públicas y finalmente ministro de Justicia en Lu, nombramiento que bastó, según se cuenta, para que los criminales se retiraran a sus guaridas. Aunque no los sofistas, a uno de los cuales parece ser que Confucio condenó a muerte.
Pero la carrera política iba a ser corta. Un príncipe de un estado vecino, celoso de la prosperidad de


De las cuestiones metafísicas, simplemente prescindía: “Si ni siquiera sabemos cómo se debe servir a los hombres, ¿cómo vamos a saber cómo servir a los espíritus? Si no sabemos nada de la vida, ¿cómo vamos a saber algo de la muerte?” Esto no se tradujo en una enemistad hacia la práctica religiosa; sólo fue un reconocimiento de los límites de su conocimiento. A sus discípulos les recomendó que siguieran los rituales, no se sabe si por formalismo conservador o por convicción. Confucio valoraba especialmente todo aquello que mantuviera al hombre en relación con su familia y su comunidad –le resultaba inútil el ideal de sabio aislado-, y probablemente los ritos tenían más una función social que religiosa.
Uno de los valores fundamentales era para él el hsiao –piedad filial-, que era el primer paso hacia la

Al morir Confucio, más de tres mil personas se declaraban alumnos suyos. De entre todos ellos Mencio (Meng-Tse, 371-289 a.C.) fue el más destacado. Además de ejercer como consejero de príncipes, indagó en el sentido psicológico de la doctrina. Según él, el hombre es esencialmente bueno y sabio: en su propia naturaleza, y gracias a la educación, descubrirá estos dos tesoros. No hay que imitar o admirar al sabio “pues él es de la misma naturaleza que nosotros”. La maldad se debe a defectos de las instituciones y los gobernantes.
Contemporáneo suyo fue Hsun Tse (355-288 a.C.), para quien: “La naturaleza del ser humano es

Un nieto de Confucio escribió un libro, el Tshung Yung, en el que continuó con fuerza la tradición confucianista. Trasladó el principio ético del justo medio –no decantarse por el yin o el yang-, que su abuelo entendía como una forma de acción, a un concepto metafísico en el que la unión entre el yo íntimo y la armonía exterior convierten al Universo en un todo ordenado “y todas las cosas alcanzan su pleno crecimiento y despliegue”. Es decir, si antes la armonía política dependía de la salud del individuo –y viceversa-, ahora era la armonía universal la que era en parte creada por él.
Durante los 2.000 años siguientes, el confucianismo ha sido la piel del pensamiento filosófico chino, piel sobre la que, en muchas ocasiones, han vestido las ropas del taoísmo y el budismo. Entre los años 200 a.C. y el 1000 de nuestra era –la Edad Media china- se anquilosó. El libro oracular, I Ching, perdió lo que de más preciado tenía para Confucio: el ser una comunicación directa entre el libro y el consultante. A la sombra del lenguaje simbólico, medraron innumerables interpretaciones, textos explicativos y técnicas de consulta.
El neoconfucianismo comenzó en el siglo XII con Chu Hsi (1130-1200). A partir de los orígenes de la doctrina, revivió el yin y el yang con dos concpetos inseparables: li –la razón universal norma de los fenómenos- y ki –la materia fundametno de los fenómenos-.
La dinastía Ming albergó la segunda época neoconfuciana (1368-1644), cuyo pensador más

En el tercer y último periodo (1644-1911), la idea básica fue la unidad entre sustancia y función, y la primacía de la Mente Original. La realidad y la manifestación son una misma cosa; la Mente Original es voluntad, conciencia y razón. Esta escuela buscaba nada menos que la síntesis de toda la tradición confucianista que , abusando un poco, pude quedar resumida en el concepto del justo medio: unión entre hombre y su entorno, interacción entre el yin y el yang, moderación, filosofía orientada hacia la ética y no tanto al conocimiento. Y, sobre todo, el rechazo a la unilateralidad y respeto por ambos extremos: de esto ha resultado el cultivo de una ambigüedad que ha dificultado al mundo occidental –dual y dialéctico- su relación con el pensamiento y actitud chinos.
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