Principalmente…nada. La inmensa mayoría de un átomo es espacio vacío.
Para poner esto en perspectiva, imagine un átomo del tamaño de un estadio deportivo. Los electrones estarían en lo alto de las gradas, cada uno de ellos de las dimensiones de una chincheta. El núcleo de un átomo ocupa el centro del campo y su tamaño es el de un guisante.
Durante muchos siglos, los átomos, un concepto que se creía totalmente teórico, fueron considerados las unidades más pequeñas de materia, de ahí su nombre: “indivisible” en griego.

En los años cincuenta del pasado siglo el aparentemente interminable descubrimiento de nuevas partículas subatómicas (que pasaban del centenar) se estaba convirtiendo en un engorro. Nadie parecía capaz de prever cuándo iba a finalizar la búsqueda. Enrico Fermi, el físico de origen italiano que ganó el Premio Nobel de Física en 1938 por su trabajo en los reactores atómicos, afirmó: “Si pudiera recordar los nombres de todas esas partículas, sería botánico”.
Desde la época de Fermi, los científicos han establecido el número de partículas subatómicas en el

El universo en general, hasta donde sabemos, está tan vacío como el propio átomo. El espacio, de media, contiene sólo un par de átomos por metro cúbico. De vez en cuando, la gravedad los junta para formar estrellas, planetas y jirafas, todo ello igualmente extraordinario.
Y esto el resto.
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