Henri Rousseau fue una figura inusual dentro del modernismo: su trabajo es difícil de clasificar en algún estilo artístico definido. Sus composiciones fantasiosas no se correspondían a ninguna tradición y, sin embargo, descubrieron nuevos campos para el arte, constituyendo algunos de los cuadros más atractivos y curiosos de la vanguardia de comienzos del siglo XX.
Rousseau nació en Laval, en el noroeste de Francia, en 1844. Ya adulto, trabajó en el servicio aduanero francés hasta que se jubiló. No fue hasta que cumplió los cuarenta años que empezó a dedicar la mayor parte de su tiempo a pintar. Nunca había asistido a escuela de arte alguna.
Después de que los artistas Paul Signac y Maximilien Luce descubrieran el trabajo que Rousseau había estado realizando en privado, a partir de 1886 empezó a participar en la exposición no oficial Salon des Indépendants, en París, donde mostraba sus cuadros al lado de los lienzos de Vincent van Gogh, Henri Matisse y otras figuras relevantes. Sus obras se hicieron merecedoras de muchos halagos teniendo en cuenta que se trataba de un autodidacta. Menos sorprendente es que la crítica más conservadora, habida cuenta de los gustos “oficiales”, machacara su estilo naif.

Los cuadros de Rousseau procedían enteramente de su imaginación. Sus motivos los tomaba de un

Junto a las pinturas de selva –a las que Rousseau se dedicó casi exclusivamente en los últimos seis años de su vida- realizó retratos, escenas urbanas y cuadros florales, todo ello siempre reducido a su naturaleza esencial.
Rousseau murió en París en 1910 sin haber salido jamás de la pobreza. Tras su fallecimiento, sus cuadros se vendieron por precios enormes.
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