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lunes, 16 de diciembre de 2013

Mohenjo Daro





Corría el año 1856 cuando la Compañía Inglesa de las Indias Orientales descubrió por casualidad grandes depósitos de ladrillos a orillas del río Ravi, un afluente del Indo en el Punjab (actual Pakistán). El hallazgo veía que ni pintado para los constructores de la línea ferroviaria Lahore-Karachi, pues en esa región, formada sobre todo por terreno de aluvión, resultaba una auténtica pesadilla encontrar piedra u otro material que sirviera de balasto para las vías.

Nadie en aquel momento podía sospechar que esos ladrillos tenían más de 4.000 años y que se iban a destruir los vestigios de toda una civilización perdida y olvidada en el tiempo, por lo que los ferroviarios no dudaron en aprovechar el providencial descubrimiento. Hubieron de pasar más de cincuenta años antes de que alguien pudiera darse cuenta de que aquel “yacimiento” de ladrillos, del que ya no quedaba prácticamente nada, había sido en tiempos remotos la ciudad de Harappa.


Sir John Marshall nació en Chester, Inglaterra, en 1876. A los 26 años ya había acumulado suficientes méritos académicos como para ser destinado al subcontinente indio, la joya de las colonias británicas, como presidente del Servicio Arqueológico de la India. Ante sí tenía una vasta labor de reorganización del departamento. Además de formar a numerosos nativos como arqueólogos e impartir cátedras, dispuso un minucioso plan de sondeos y excavaciones, conservación de monumentos y catalogación de inscripciones antiguas.

Fueron muchos años de labor silenciosa que se vieron recompensados con el espectacular hallazgo de Harappa en 1920 y de Mohenjo Daro un año más tarde. Marshall tuvo que comprar el terreno para poder excavar en él, y descubrir, con angustia, que la única pista existente en esta zona del mundo había sido arrasada en unos pocos años y que ya no era más que un eco bajo el peso de los gigantes de hierro que atravesaban el Indostán en aras del progreso y de la reina de Inglaterra.

Sin embargo, Marshall no cejó en su empeño. Y el descubrimiento de Harappa le hizo pensar en la necesaria existencia de otros núcleos urbanos de la misma época. Gracias a su tesón, hoy conocemos unos 170 asentamientos neolíticos relacionados con éste, repartidos sobre una extensión de 1.500 kilómetros de diámetro en torno al río Indo, y que han dado lugar a lo que se llama Civilización de Harappa o Cultura del Indo. De entre todos estos asentamientos, el más importante, y el definitivo para poder reconstruir la vida en el valle del Indo entre los años 3000 y 1500 a.C. es, sin duda, el de Mohenjo Daro.

El propio John Marshall, al frente de un equipo del Servicio Arqueológico de la India, descubrió en 1921 la ciudad, localizada a unos 640 km al sur de Harappa. La noticia supuso una auténtica conmoción para historiadores, arqueólogos y nacionalistas. Hasta ese momento todo lo que se conocía del pasado indio se reducía a una serie de leyendas y de tradiciones orales, que habían llevado a pensar que la India en realidad carecía de una tradición artística y cultural propia.

Ahora se estaba demostrando lo contrario: el pasado indio contaba con una civilización urbana muy avanzada, con un nivel de organización política y social similar al de las culturas mesopotámicas.

¿Quiénes habían sido los habitantes de esta ciudad? ¿Cómo vivían? ¿Qué idioma hablaban? ¿Por qué desapareció su cultura? Todas éstas son preguntas que todavía hoy se cuestionan los estudiosos, enigmas que podemos intentar descifrar a través de la arqueología.

En un primer acercamiento al recinto arqueológico de Mohenjo Daro sorprende especialmente la modernidad de su concepción urbanística. Se trata de una ciudad de marcado carácter funcional; contra lo que se pudiera pensar, no estamos ante un conjunto de viviendas que haya ido creciendo de forma espontánea y anárquica, sino ante el primer ejemplo de urbanismo global planificado.

El trazado responde a un criterio astrológico, pero atendiendo ante todo las necesidades del ciudadano. La urbe se encontraba a orillas del río Indo (hoy en día desplazado cinco kilómetros de su cauce original) y, como todas las ciudades de esta civilización, también tenía un puerto fluvial. Junto a él encontramos molinos, almacenes y graneros que nos hablan de un próspero comercio y de una economía basada fundamentalmente en la agricultura del trigo, la cebada, los guisantes, el sésamo, el lino y el algodón.

Al oeste de la ciudad se alza la ciudadela: un recinto amurallado, elevado sobre una colina artificial,
donde se concentraban las sedes del poder político y religioso. Entre los más interesantes encontramos una gran piscina, que guarda una sorprendente similitud con los estanques de abluciones que hoy caracterizan los templos hindúes, y que seguramente tendría una finalidad ritual. También hay un pórtico hipóstilo, que quizá hiciera las veces de sala de reunión para la asamblea y que asimismo posee muchas concomitancias con las llamadas “salas de las mil columnas” de los templos del sur de la India.

Al este del recinto se extiende la ciudad residencial, dividida en barrios de trabajadores, con sus
talleres, hornos de alfareros, molinos y despensas populares; y los barrios acomodados, con casas más amplias, de varios pisos, y todas con un complejo sistema de alcantarillado, evacuación de aguas residuales, pozos e incluso piscinas; en estos barrios vivía posiblemente la oligarquía de ricos comerciantes que con toda probabilidad gobernaba la ciudad.

El tipo de infraestructuras utilizado se puede comparar con el que disfrutaban en la antigua Roma: sumideros subterráneos canalizados con mampostería; tapas que permitían limpiar regularmente las alcantarillas; pozos, bombas y canales para llevar agua a las casas…

Todas las construcciones estaban hechas de ladrillo cocido o secado al sol. También se han encontrado numerosos utensilios de bronce, cobre y terracota; el hierro, sin embargo, era desconocido.

El trazado reticular de la ciudad, a base de grandes arterias de hasta diez metros de anchura, estaba orientado de tal forma que los vientos dominantes barrían automáticamente las avenidas. Éstas, flanqueadas por los muros de las casas, en los que no se abrían puertas ni ventanas, sólo se interrumpen en estrechas callejuelas que van a dar a patios interiores, centros de la actividad ciudadana.

Suponemos que Mohenjo Daro debía tener entre 35.000 y 40.000 habitantes, pero no sabemos con exactitud cómo eran. Muchos factores hacen pensar en la coexistencia pacífica de varias razas. Según los primeros textos indios de época brahmánica, los habitantes de esta región eran los “negritos”, pueblos que acabarían consolidando la etnia drávida. Posiblemente, estos pueblos se vieron empujados por oleadas de invasores arios (1700-1500 a.C.) hacia el sur de la India, donde hoy constituyen el grupo étnico dominante: los tamiles.

En cuanto a su forma de vida, ya hemos visto que la arqueología evidencia una intensa actividad comercial, tanto interurbana como ultramarina. Y también refleja la importancia de la agricultura, así como una rígida jerarquización social. El nivel económico alcanzado por los habitantes de Mohenjo Daro era sorprendentemente elevado, y así lo demuestran la gran cantidad de juguetes y juegos de mesa encontrados (entre ellos los dados, y uno muy parecido al ajedrez).

Los pobladores de las ciudades de la civilización del Indo conocían, además, un tipo de escritura sobre sellos de arcilla. Sin embargo, aunque se han llegado a diferenciar 270 caracteres pictográficos, hasta el momento no se han podido descifrar.

También resultan difíciles de reconstruir las creencias religiosas que rigieron la vida espiritual de la ciudad. Parecen claros ciertos cultos de tipo matriarcal centrados básicamente en una diosa madre y en elementos de la naturaleza relacionados con la fecundidad.

En ambos casos podemos ver ya un antecedente de lo que será el desarrollo de los cultos bhakti, característicos de la India hasta la actualidad. También es muy posible que ya se diera en Mohenjo Daro el culto al falo (lingam), que se practicara algún tipo de disciplina similar al yoga y que existiera la creencia en la reencarnación.

Sin embargo resulta muy sorprendente que en todo el recinto urbano no haya podido encontrarse
ningún edificio que hiciera las funciones de templo; aunque sí hay constancia de la existencia de una clase sacerdotal, a la que se ha representado en bustos.

No hay duda de que Mohenjo Daro fue una ciudad muy floreciente y con un grado de desarrollo sociocultural asombroso. Quedan sin embargo muchísimas incógnitas por resolver. ¿Se trataba de la capital de un imperio? ¿Quién gobernaba realmente? ¿Cómo eran sus dioses? ¿Por qué desapareció?

Para el año 1500 a.C., esta civilización había caído en la ruina. Aunque los científicos e historiadores aún debaten las causas de su desaparición, todo parece indicar que la salinidad de las tierras de cultivo fue la causa principal. Todos los sistemas urbanos requieren un excedente de producción agrícola para subsistir. Los excedentes permiten a la población emprender otras actividades además de trabajar la tierra. La civilización de Harappa no fue la excepción, gracias a sus cosechas de cebada y trigo. El primer registro histórico de un campo arado de manera sistemática proviene de esta región.

Un elevado nivel de sal en las tierras de cultivo impide el desarrollo de las cosechas. La sal limita la
cantidad de agua absorbida por las plantas y altera la composición química del entorno de manera desfavorable. (Cuando los romanos saquearon Cartago en el año 146 a.C., no sólo mataron a miles de habitantes y destruyeron sus edificios, sino que también esparcieron sal sobre la tierra para tornarla totalmente improducitva. Esto demuestra el enorme impacto de la salinización en la tierra).

Volviendo al valle del Indo, conforme creció la población en la zona, se necesitaron mayores cosechas y, por lo tanto, más irrigación. Los agricultores de la época llevaron a los campos el agua del río Indo. Ésta contenía sales procedentes de las aguas de las zonas montañosas y, poco a poco, esterilizó la tierra. Las personas abandonaron los campos de cultivo y las casas a causa de la creciente salinidad. Para el año 1500 a.C., el valle del Indo había caído en la ruina. Incluso hoy en día la salinidad es un problema importante en esa área.

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jueves, 12 de diciembre de 2013

Centro de Operaciones de Emergencia de Mount Weather






El centro de Mount Weather se encuentra entre los condados de Loudon y Virginia y consta de dos partes principales, una en la superficie, preparada para gestionar desastres naturales, y otra bajo tierra. Se cree que esta sección subterránea, cuya existencia no ha sido reconocida oficialmente, serviría para asegurar la continuidad del Gobierno y acoger al personal clave de Washington en situaciones de crisis.

Mount Weather era un lugar donde se solían lanzar globos meterológicos y más tarde pasó a manos del Departamento de Minas de EEUU. Durante los años cincuenta se inició un proyecto para perforar la montaña y construir un complejo miliar de túneles y búnkeres.

Hoy día, el complejo, que ocupa varias hectáreas, está provisto, al parecer, de sistemas de ventilación de alta tecnología, salas de ordenadores, un estudio de radiodifusión, un hospital, un depósito de agua y dormitorios. Se ha especulado mucho con que el Presidente, altos cargos del Gobierno y miembros del Tribunal Supremo usarían Mount Weather como un centro de mando alternativo en caso de emergencia. Y se cree que parte del Congreso se trasladó aquí justo después de los ataques del 11 de septiembre de 2001.

Discretamente situado cerca de la Ruta 601, el centro se dio a conocer en 1977, cuando un Boeing 727 se estrelló cerca de allí debido al mal tiempo. A finales de los años setenta, la Agencia Federal para la gestión de Emergencias (FEMA por sus siglas en inglés), que ahora forma parte del Departamento de Seguridad Nacional y se activa en caso de desastre, inauguró aquí sus instalaciones en superficie.

Mientras que las operaciones de la FEMA son de dominio público, la parte subterránea del complejo sigue siendo un misterio. Ningún periodista o ciudadano ha entrado a visitar las instalaciones, y los trabajadores mantienen un estricto código de silencio. La zona está rodeada de alambre de espino y de desniveles que impiden que los vehículos pueden acelerar mientras se acercan al complejo. Unas señales advierten: “Propiedad de EEUU. Prohibido el paso”, y guardias armados patrullan los alrededores y protegen las entradas principales. De estas se dice que tienen unas puertas resistentes a explosiones de tres metros de grosor y que pesan 30 toneladas cada una.

Se ha dicho también que hay personal fijo trabajando en Mount Weather y que son funcionarios del Gobierno trasladados a propósito. Esto ha llevado a los teóricos de la conspiración a convencerse de que el complejo alberga un Gobierno en la sombra que maneja al de Washington, aunque no hay pruebas que lo demuestren.

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lunes, 9 de diciembre de 2013

¿Por qué en algunos países se cree que el viernes y 13 trae mala suerte?


Desde los primeros siglos de la era cristiana, el viernes se ha percibido siempre como un día nefasto enlutado en la tradición cristiana por la muerte de Jesús. El peso creciente de la religión dominante y la incursión de la Iglesia en los engranajes de la vida social han contribuido enormemente a confirmar la connotación lúgubre de este sombrío viernes a lo largo de la Edad Media.

Con el paso del tiempo, el gafe se ha unido a esta despreciable jornada. La creencia popular le culpa de todos los males: ese día Dios expulsó a Adán y Eva del Paraíso, Caín mató a Abel, Herodes masacró a los inocentes y fue decapitado san Juan Bautista. Y por si todo esto no bastara (a no ser que se haya querido desembarazar de los peores acontecimientos eligiendo un día irrecuperable), también se atribuyeron a un viernes el principio del diluvio universal, la muerte de Moisés, del rey David y de la Virgen María y la lapidación de san Esteban. Y los anglosajones ejecutaban los viernes a los condenados, por lo que este día pasó a llamarse “el día de los ahorcados”.

En un periodo enraizado en la superstición y ahogado por la capa de la religión, cualquiera comprenderá que una lista cargada de tan impresionantes catástrofes no se presta a muchas bromas ni a la euforia del jolgorio y alborozo. Y, sin embargo, a pesar de esta avalancha de dolorosos ejemplos, hay textos que indican que Francisco I o Enrique IV decían que apreciaban el viernes porque habían observado que ese día les traía suerte. Por el contrario, Napoleón habría pospuesto su golpe de estado, previsto en principio para el viernes 17, hasta el sábado 18 de brumario, justificando así su decisión: “No me gustan los espíritus fuertes. Sólo los tontos desafían a lo desconocido”.

¿Y el número 13? Este número sigue al 12, que expresa plenitud y perfección. El 13 marca, pues, la ruptura con lo sagrado y refleja la noción de muerte y final. Claro, y en referencia a la Biblia, personifica al traidor, al apóstol que, tras la última cena que Jesús celebró con sus discípulos, le entregó: Judas. Juzgado y condenado Jesús a morir en la cruz, la sentencia se cumplió al día siguiente: un viernes.

Llamado “la docena del diablo”, el número 13 tiene la fama de ser gafe. Muchas personas no quieren sentarse en una comida o una reunión de trabajo en las que sean trece a la mesa. En otra época los ganaderos no dejaban nunca a trece animales en el establo. Algunas compañías aéreas han suprimido incluso los vuelos, filas y asientos con el número 13; hay hospitales donde no existe la cama o la habitación 13, y hoteles (sobre todo en Estados Unidos), edificios de oficinas o de apartamentos que llegan incluso a la delicadeza de suprimir el piso 13. En fin, raramente veremos un asiento de teatro o un camerino de artista que lleven el número 13.

Así pues, asociar el poder maléfico del viernes con el del 13, ¡qué terrible maleficio! Bueno, ya no tanto. El encarnizamiento consistente en machacar a uno con tanto odio, da de repente a esa unión un risueño renacer. El exceso de celo por identificar esos dos elementos con la mala suerte ha llevado finalmente a una espcie de atractivo, y esa inversión de la tendencia desemboca sencillamente en un viernes y 13….que trae suerte.

Sucede que otra religión dominante, la del marketing y el comercio reunidos, ha tomado el testigo sin vergüenza. Esperanzas y utopías ancestrales nutren a la presa favorita de estos nuevos mercaderes del Templo. Así, los juegos de azar no han dudado en apropiarse del viernes 13 para vender la suerte con gran refuerzo del machaqueo publicitario y para, sin hacer más esfuerzo, pescar más espíritus cartesianos seducidos por el cebo de colosales ganancias. Y lo más extraordinario es que todos los que habían creído en el poder mágico del viernes 13, no se lo tienen en cuenta…¡y encima disfrutan!

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sábado, 7 de diciembre de 2013

El origen del chicle




La goma de mascar es un producto edulcorado tradicionalmente elaborado a partir del chicle, un latex natural, si bien por razones económicas la mayoría de los fabricantes han pasado a utilizar un látex sintético conocido como polisobutileno. El látex orgánico o chicle es un fluido lechoso producido por algunas plantas y que se utiliza principalmente para elaborar caucho. Este látex natural aún continúa siendo la base preferida para ciertos mercados nacionales, como Japón. La marca Glee Gum afirma que es la única y última en utilizar chicle natural en Estados Unidos. El chicle carece de valor nutritivo alguno y tras mascarlo y agotar su sabor, se tira.

A lo largo de la historia, la goma de mascar ha existido, bajo diversas formas, desde el Neolítico, como lo prueba una muestra, elaborada a partir de la corteza del arce, encontrada en Finlandia y con más de 5.000 años de antigüedad. Se cree que aquel compuesto tenía propiedades antisépticas y medicinales, aunque principalmente se utilizaba en virtud de sus sustancias aromáticas, como refrescante bucal o para mitigar la sed.

Los antiguos mayas y aztecas utilizaban lo que llamaban chicle -la savia del árbol de chicozapote-
como base para una sustancia gomosa. Los griegos y los indios americanos también mascaban sustancias elaboradas a partir de la resina de diferentes árboles. Los árabes usaban cera de abejas.

Los primeros colonos que se asentaron en Nueva Inglaterra adoptaron la costumbre nativa. Era tan sencillo como ir al bosque y extraer la resina del árbol, pero con la típica iniciativa mercantil norteamericana, John Curtis y su hijo, John Bacon Curtis, tuvieron la idea de empaquetarla y venderla. Recogieron la savia de abeto, la hirvieron para eliminar impurezas y luego le añadieron azúcar. Después la enrollaron, la dejaron enfriar, la cortaron en palitos y los untaron en maizena. Después los envolvieron en papel y los comercializaron en el interior de pequeñas cajas de madera.

Esto fue en 1848, y el nombre comercial de esta primera goma de mascar industrial fue The State of Maine Pure Spruce Gum. La empresa prosperó y dos años después empezaría a vender los chicles de cera de parafina, que fueron sustituyendo a las de abeto en popularidad. A pesar del éxito del negocio de Curtis, muy poca gente se animó a seguir sus pasos durante el siglo XIX. Y, curiosamente, fue otra persona quien registró la primera patente de una goma de mascar en 1869: William Semple, cuya fórmula nunca llegó a fabricarse ni, claro está, venderse.

Durante la década de los sesenta del siglo XVIII, el norteamericano Thomas Adams, tras probar
suerte con diversos oficios y negocios, se había decantado por la fotografía. En aquel tiempo, el general mexicano Antonio de Santa Ana hubo de marchar al exilio y se alojó con Adams en su hogar de Staten Island. Fue Santa Ana quien sugirió al ingenioso americano que experimentara con el chicle mexicano del árbol del zapote para intentar fabricar diversos productos, desde juguetes y botas de lluvia hasta llantas para bicicleta. Santa Ana tenía amigos en México que le podrían proporcionar la materia prima a buen precio.

Las pruebas que realizó no tuvieron éxito, pero un día se le ocurrió llevarse a la boca un pedazo de chicle y se le ocurrió que podía utilizarla como sustituto de la parafina, la cera insípida que dominaba el mercado de la goma de mascar por aquel entonces. Hirvió el chicle hasta que alcanzó la consistencia de la masilla, la saborizó con azafrán y regaliz, lo amasó y lo cortó en forma de pequeñas bolas. En febrero de 1871 su New York Gum comenzó a venderse en las droguerías por un penique la pieza. Aquel mismo año patentó la primera máquina para elaborar chicle; el producto salía en forma de largas tiras que los drogueros podían cortar en la longitud deseada. Su compañía, American Chicle Company, todavía existe hoy día.

En 1880, John Colgan dio con la manera de prolongar el sabor del chicle y ocho años después, la marca Adams comercializó el Tutti-frutti, el primero en venderse a través de máquinas expendedoras en el metro de Nueva York. Sin embargo, la compañía de chicles de más éxito fue fundada por William Wrigley Jr. en 1892. Aunque la empresa, dirigida por el hijo y luego el nieto del fundador tras su muerte en 1932, lanzó un amplio catálogo de chicles con diferentes sabores, dejó de lado muchos de ellos para concentrarse en los más vendidos: "Juicy Fruit," "Doublemint," y "Wrigley's Spearmint.", los primeros en integrar extractos de menta y frutas. En tiempos más recientes, la compañía lanzó chicles para gente con dentadura postiza, chicles sin azúcar, chicles con sabor a canela... El éxito de la compañía -que nunca se ha dedicado a nada más- reside en unos chicles con un fuerte sabor y un importante gasto publicitario. Como afirmó William Wrigley Jr a comienzos del siglo XX: "Dígaselo rápido y dígaselo a menudo".

Mientras tanto, los Estados Unidos entraron en la Primera Guerra Mundial y uno de los artículos que pasaron a formar parte de los suministros del ejército fue, precisamente, el chicle: ayudaba a mejorar la concentración de los soldados y liberar la tensión. Parece ser que, en la actualidad, el ejército americano está patrocinando el desarrollo de un chicle con una fórmula antibacteriana que pudiera sustituir el tradicional cepillo y dentrífico, más engorroso de usar en el campo de batalla.

Según una leyenda urbana, si te tragas un chicle, como no es digerible, se quedará en tu estómago
hasta siete años. De acuerdo con los médicos, esto no es más que un cuento. En la mayoría de los casos, el chicle se desliza por todo el sistema digestivo a la misma velocidad que el resto de la comida. Es cierto que se han dado algunos casos en los que se ha requerido tratamiento médico, pero normalmente ha sucedido en el caso de gente que acostumbra a tragárselos, por ejemplo, el del chico que se tragaba varios chicles al día y que, no puede extrañar, acabó siendo hospitalizado; o el de la chica que se tragó el chicle... y cuatro monedas, todo lo cual acabó pegándose en el esófago. Mientras el chicle sea lo suficientemente pequeño como para pasar por el estómago, llegará hasta el final del tracto digestivo.

La fabricación de la goma de mascar sigue teniendo como base la savia de varios árboles o bien, más comúnmente, sustitutos sintéticos. El látex natural es escaso y, por tanto, caro: un árbol genera sólo un kilo de chicle cada tres o cuatro años. Hoy día la resina de sapote se ha sustituido mayormente por polímeros sintéticos, como el acetato de polivinilo, el polisobutileno, el polietileno o la goma estirol-butadieno.

El segundo ingrediente más común es el endulzante. Una barra de chicle contiene un 79% de azúcar
(azúcar de caña, sirope de maíz o dextrosa) o su sustituto artificial (normalmente sacarina). El sabor puede provenir de aceites extraídos de plantas aromáticas (aunque el sabor de, por ejemplo, un chicle de menta puede ser bastante fuerte, el saborizante sólo supone un 1% del peso total del producto); o bien de sustancias artificiales (por ejemplo, el sabor "manzana" proviene del etilacetato, y el de cereza de benzaldehido). A todo ello se añaden conservantes y suavizantes para mantener la goma fresca, suave e hidratada.

El proceso simplificado es el siguiente. Se mezclan hasta 500 kilos de ingredientes (azúcar molida, jarabe de glucosa, goma base, glicerina) a los que se añaden los aditivos –para que el chicle adquiera sabor y aroma. La pasta se pasa a la laminadora, donde se aplana y se forman grandes hojas de 1.56 mm de espesor. Aquí, la goma base es algo distinta de la que se usa para fabricar el bubble-gum o chicle que permite hacer globos. Después pasa por una cortadora que lo talla varias veces hasta alcanzar la medida estándar. Para ello ha de tener la consistencia adecuada, que se logra por el tipo de trituración del azúcar: el chicle es más rígido cuanto más grueso sea el grano.

Tras el corte, sobran fragmentos de placas que vuelven a introducirse en la laminadora para ser utilizados. Esta clase de chicles están dirigidos al consumo juvenil y adulto. Por último, el empaquetado es un proceso difícil y muy importante, pues está demostrado que el diseño de marca y el color llamativo del papel es esencial para atraer al consumidor.

Actualmente las empresas investigan métodos para alargar el sabor del chicle. Hoy día, el sabor dura unos cinco minutos. Se pretende envolver la goma con una capa de polímero que vaya liberando
las moléculas de sabor lentamente, lo que prolongaría la duración del chicle hasta diez horas. Otras innovaciones han sido las de los chicles que ayudan a reparar el esmalte dental. Contienen un fosfato de calcio que cristaliza al ser masticado, iniciando el proceso de remineralización natural con el que el cuerpo repara los dientes dañados. En circunstancias ideales, el cuerpo genera suficiente fosfato de calcio como para solucionar problemas dentales normales, pero mucha gente come más azúcar de la que les conviene, y eso daña de los dientes.



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lunes, 2 de diciembre de 2013

Breve Historia de la Pesca – La explotación racional de los tesoros acuáticos.







Desde la primitiva recolección de conchas hasta los viveros y las modernas piscifactorías, la pesca ha ido desarrollando sus técnicas y medios a lo largo de la historia hasta llegar a convertirse en lo que es hoy: una gran industria que, además de formar una parte importante de la alimentación del hombre, afecta a campos tan diversos como el biológico, el político, el económico y el social.

Ya en la Prehistoria, el hombre se dedicaba a la recolección de conchas y otros productos del mar, aunque únicamente para su autoconsumo. Serían los fenicios quienes iniciaran la comercialización de los frutos de la actividad pesquera, con un importante desarrollo fomentado por la introducción de nuevas técnicas, como la utilización de las almadrabas –laberintos de redes verticales que conducen al pez a un recinto donde se realiza la captura-, especialmente en la pesca del atún. En busca de los mejores bancos de ésta y de otras especies, los fenicios crearon una serie de asentamientos a modo de pequeñas factorías dedicadas la salazón del pescado y al a fabricación de conservas, donde arraigaron pueblos pescadores, y desarrollando la actividad pesquera en distintos puntos de la costa mediterránea.

La colonización romana provocó un aumento de la demanda y del consumo de pescado, que dio un nuevo empuje a la actividad pesquera, siendo las costas hispanas las principales abastecedoras de este mercado. Del mismo modo, cuando el imperio romano cayó, con él lo hizo el comercio pesquero; una tónica que, salvo momentos puntuales de revitalización, continuó igual hasta la Baja Edad Media, en la que la progresiva cristianización de la Península Ibérica, el desarrollo de los centros urbanos, las peregrinaciones y el crecimiento del comercio propiciaron nuevamente un aumento de la demanda de pescado.

Entre los siglos XVI y XVIII, se mantuvieron prácticamente las mismas artes y técnicas que en la
época anterior, pero con un mayor control de la pesca por parte de los gremios de “mareantes”. Las técnicas utilizadas eran el sedal y/o el enmalle –redes verticales que atrapan a los peces al pasar por ellas-manejadas desde veleros. Las almadrabas alcanzaron su apogeo en el siglo XVI, iniciando entonces su decadencia para desaparecer a finales del siglo XVIII, sustituidas por nuevos aparejos, como las redes barredoras auxiliares mediante la técnica del arrastre, algo que facilitó la multiplicación de la producción conseguida a bajo precio. Esto, a su vez, impulsó la progresiva creación e introducción de técnicas conserveras, sobre todo la industria de salazón y de prensado.

Ambos hechos, la modernización de las técnicas pesqueras y la puesta en marcha de la industria conservera, requerían fuertes inversiones para construir nuevas embarcaciones pesqueras y poder disponer de fábricas adecuadas para la industria. Como consecuencia, se produjo una ruptura con el modo de producción gremial y se impuso un modo de producción capitalista que superaba las reglamentaciones y las costumbres de los gremios de marinería.

Esto suscitó una fuerte polémica con los pescadores tradicionales, inscritos en los gremios, y también los ilustrados del momento discutieron los modernos sistemas de pesca, especialmente con dos argumentos principales: por una parte, las razones de tipo económico-social, y por otra, las razones ecológicas o conservacionistas. En el primer caso, se aducía que las nuevas técnicas fomentaban el paro al reducir la mano de obra necesaria y, en el segundo, se denunciaba la degradación de los recursos marinos por el exceso de pesca. Pero, a pesar de las protestas, lo cierto es que las nuevas técnicas se impusieron sobre las viejas artes, aunque aún en los primeros años del siglo XIX continuaban publicándose algunas tesis inscritas en la línea de los ilustrados.

A finales del siglo XIX, las estadísticas revelan que se produjo un claro predominio de las áreas pesqueras atlánticas sobre las mediterráneas, afectadas estas últimas por el progresivo deterioro de los caladeros que tradicionalmente eran faenados.

La entrada en el siglo XX supuso un avance definitivo para la pesca, con las mejoras introducidas a
raíz de los efectos de la Revolución Industrial. En las primeras décadas del siglo, tuvieron lugar una motorización y un aumento de tonelaje de las embarcaciones, así como la introducción de técnicas –como el trawler, consistente en el arrastre de una red por el fondo-. También apareció una nueva concepción de la industria pesquera: la pesca especulativa, muy diversificada ante el creciente consumo de productos pesqueros, Ambas circunstancias, modernización técnica y nuevos planteamientos, dieron las bases para la actual configuración de la pesca atlántica de altura y de gran altura.

En los años cuarenta, empezó a notarse el agotamiento de los bancos de pesca por su excesiva explotación, a la vez que se abandonó finalmente una serie de técnicas ancestrales que se habían ido manteniendo hasta la primera mitad del siglo XX. Por otro lado, la aparición de los barcos congeladores abrió nuevas posibilidades: se lograron una mayor independencia y autonomía, pudiendo aumentar el radio de acción de las flotas pesqueras para llegar incluso a los mares australes.

Pero, en la década de los setenta, la crisis energética mundial de 1973 supuso un aumento en los
gastos de combustible y, por tanto, un alza en los costes de producción, circunstancia que favoreció aun más el aumento y la concentración de la actividad pesquera en las áreas con infraestructuras y servicios más desarrollados. Pero, además de las circunstancias internas de la industria pesquera, su desarrollo y su planificación se vieron influidas por otros factores, como las políticas reglamentarias nacionales e internacionales.

Hasta la década de 1970, se aplicaba la teoría clásica marginalista, según la cual los recursos vivos del mar eran considerados bienes libre, quedando así establecida una libertad de pesca sustentada por la idea de la inagotabilidad de los recursos pesqueros. Una idea errónea, fuente de discusiones entre países con caladeros ricos cercanos a sus costes y países ricos con flotas muy desarrolladas.

Se hacía necesario llegar a un acuerdo, y así, a finales del siglo XIX, se aceptó como regla general la aceptación del límite de las tres millas desde el litoral en que se reconocía la soberanía de los estados marítimos. La polémica se reinició sucesivamente por el afán de los distintos Estados ricos en reservas piscícolas por extender aun más la soberanía de sus aguas, planteándose sin éxito el tema en varias conferencias internacionales, hasta que, por fin, el 30 de abril de 1982 quedó aprobaba la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, que consagraba el nuevo orden jurídico y económico de los mares y de los océanos –aunque hacía ya tiempo que la mayoría de los países había ampliado efectivamente a 200 millas de sus zonas de jurisdicción pesquera soberana.

Dados los límites impuestos a la explotación de los caladeros para prevenir el agotamiento de sus recursos, se ha hecho necesaria la búsqueda de alternativas que puedan dar solución al actual y futuro déficit de productos pesqueros frente a la creciente demanda. Así, se han intentado desarrollar los cultivos marinos y una acuicultura con base más tecnificada y científica.

Ésta puede darse tanto en agua dulce como en aguas marinas. En el primer caso, las piscifactorías que
desarrollan esta actividad pueden pertenecer a empresas industriales privadas o a organismos estatales. En el sector privado, la producción está principalmente orientada hacia el consumo humano, mientras que, en el estatal, su actividad está orientada hacia la producción de huevos y/o de animales para la repoblación de las aguas continentales. La acuicultura de aguas marinas se concentra básicamente en la producción en parques y viveros de moluscos –como el mejillón, la ostra, la almeja babosa y la almeja fina-. No hay que olvidar que la actividad acuícola también incide directamente en otras empresas complementarias, como las dedicadas a la fabricación de piensos compuestos.

Hoy en día, la pesca forma una parte importante de la actividad económica mundial, por lo que las reglamentaciones continúan y continuarán, especificándose a medida que siga desarrollándose está actividad tan antigua como el hombre mismo.

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