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sábado, 17 de enero de 2015

¿Tienen valor comercial las cáscaras de cacahuete?


Aunque resulte difícil de creer, hay un mercado para estas cáscaras leñosas, aunque las que tiramos al suelo no son precisamente una mina de oro.

Hace dos o tres décadas, las cáscaras eran desechadas o quemadas. Pero la conciencia medioambiental y los costes de eliminación forzaron a las compañías a encontrar nuevos modos de deshacerse de las montañas de cáscaras, que ascienden a cientos de miles de toneladas

Normalmente, las cáscaras son trituradas y vendidas a granel para alimentar al ganado, o como suelos absorbentes para los corrales. Algunas firmas las trituran hasta convertirlas en polvo, mezclándolas con insecticida o vendiéndolas como relleno para ladrillos. Otras son enviadas a Europa como biomasa.

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¿Cuál es la manera más rápida de encontrar a alguien que se ha perdido?


El método obvio consiste en acordar de antemano un lugar al que acudir inmediatamente en caso de pérdida para explicar al personal encargado lo sucedido y para que lo anuncien.

Aun así, cualquiera con hijos (o perros) sabrá que hasta los mejores planes se tuercen, así que nunca está de más contar con un plan B. Personalmente recomiendo un método que data de la caza de submarinos de la Segunda Guerra Mundial. Ideado por el profesor Lyn Thomas, de la Universidad de Southampton, se basa en que, cuanto mayor es el tiempo de búsqueda, mayor es la posibilidad de éxito, pero también el riesgo de perder tiempo buscando a alguien que ya ha sido encontrado. El truco de los buscadores está en acordar un límite de tiempo inicial –pongamos quince minutos- durante el que buscarán a la persona antes de volver a juntarse para comparar sus notas. Si la búsqueda inicial es infructuosa, se inicia entonces una nueva búsqueda durante menos tiempo –por ejemplo, doce minutos-, y así sucesivamente. De este modo se optimiza el tiempo de búsqueda disponible y, según mi experiencia, funciona extremadamente bien, en especial si se ha escogido de manera adecuada el punto de encuentro.

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jueves, 15 de enero de 2015

La Base de Menwith Hill



La base de Menwith Hill pertenece al Ministerio de Defensa británico, pero ha sido cedida al Departamento de Defensa de Estados Unidos, que ahora es el responsable de su funcionamiento. Como parte de la red global de comunicaciones de defensa estadounidense, la misión de Menwith es ofrecer apoyo en asuntos de inteligencia a EEUU, Reino Unido y sus aliados. No obstante, algunos cuestionan el alcance de su poder.

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sábado, 10 de enero de 2015

Riqueza y Pobreza en el Imperio Romano (y 2)






(Viene de la entrada anterior)

Un trabajador pobre de la Roma del siglo I d C ganaba unos cuatrocientos sestercios al año; un maestro, unos novecientos sestercios por alumno al mes- unos 1.200 sestercios anuales si contaba con cincuenta alumnos. Por otra parte, un sirviente con experiencia podía contar con unos ingresos anuales de 200.000 sestercios aproximadamente.

¿Qué podían comprar los más pobres con su dinero? El precio del grano –tan esencial para aquellos que no tenían derecho a solicitar una ración gratuita- fluctuaba constantemente. Un modius, que correspondía a la cantidad necesaria para alimentar a un adulto durante ocho días, variaba desde un sestercio, en tiempos de abundancia, hasta veinte sestercios, en épocas de hambre.


Por otra parte, un modius de sal podía costar hasta 25 sestercios. La sal que se obtenía del agua de mar era una de las grandes ventajas con las que se contaba en Roma, que se utilizaba para conservar los alimentos, como condimento y para el tratamiento de las pieles. Los soldads recibían gratuitamente una determinada cantidad de sal, el llamado salarium, del que se ha derivado la palabra “salario”.

Durante los primeros años del Imperio, los huéspedes de una posada debían pagar un as por el pan y dos ases por los condimentos que lo acompañaban. El heno para la mula del viajero costaba otros dos ases, y por disfrutar de los favores de una chica del pueblo le cobraban ocho ases.

No obstante, los ricos gastaban muchísimo más que eso. Por ejemplo, por un melocotón se podían pagar hasta 30 sestercios. Lolia Paulina, la tercera mujer del emperador Calígula, se arregló para acudir a uno de los banquetes adornándose con joyas por valor de más de cuarenta millones de sestercios. A principios del siglo II d C, el precio de una finca, con una extensión mediana, quedaba fijado en cinco millones, para posteriormente venderla a un precio rebajado de tres millones de sestercios.

Con frecuencia, los pueblos que habitaban en las costas del Mediterráneo, y que se habían integrado al Imperio Romano durante su constante expansión, tenían culturas mucho más sofisticadas que las de sus conquistadores. En lo que respecta a la parte oriental, Roma tuvo la oportunidad de beneficiarse de una tradición muy desarrollada en la escultura y la arquitectura. Fueron artesanos griegos los que grabaron los frisos del Altar de la Paz, de Augusto; asimismo, el arquitecto del gran Foro de Trajano era originario de Damasco. Incluso en el occidente celta, los trabajadores de metales poseían al menos la misma habilidad que sus colegas romanos. Los artesanos del Imperio eran cosmopolitas; los más hábiles viajaban por todo el mundo y se establecían donde eran precisos sus servicios, como ocurrió en el caso de los sirios, que introdujeron el vidrio soplado en todo el Imperio Romano.

Algunas artesanías se fabricaban en determinadas regiones y sólo requerían de un trabajo semiartesanal. Los alfareros, los sastres y los trabajadores de metales cubrían las necesidades elementales de cada comunidad y elaboraban los productos en sus pequeños talleres.


Probablemente, la industria más importante era la del tejido, en la que se empleaba a un mayor número de personas. Para ser un profesional en este ramo se debía contar con una gran habilidad, tanto para limpiar la lana cruda, como para hilarla, tejerla y convertirla en un tejido acabado para, después, teñirlo. En Pompeya, por ejemplo, la mayor parte de la industria de la ciudad se encontraba en manos de los bataneros y tintoreros. Desde la Campania, los tejidos de lana se enviaban hacia el norte, a Roma.

Algunas ciudades se hicieron famosas por sus artesanías, que se distribuían y vendían por todo el Imperio. Aquileia, en la costa norte del Adriático, se beneficiaba de su privilegiada situación de puerto cercano a las minas de hierro de gran calidad de Noricum, y también por encontrarse al final de la Ruta del Ámbar, además de ser el mayor centro comercial de objetos de plata y vidrio.

Las ocupaciones más vergonzosas, es decir, aquellas que servían para satisfacer los placeres sensuales, eran las que desempeñaban los carniceros, los vendedores de pescado, los cocineros, los criadores de aves y los pescadores. Cicerón reflejaba en sus escritos el desdén de la clase alta por aquellos que tenían que trabajar con sus propias manos. No obstante, cada ciudad poseía su propio proveedor de pan, carne y vestidos, que, muchas veces, era un liberto, el cual tras alquilar un local, empleaba a su vez a sus propios esclavos para que realizaran el trabajo manual. Otros negociaban con madera para fabricar muebles o distribuían una amplia gama de cerámica, incluso entre los hogares más pobres. Muchos de ellos murieron habiendo amasado buenas fortunas, y se construían a sí mismos grandes tumbas de piedra, tanto para ellos como para sus familiares, en las que grababan su principal actividad comercial.

Los artículos producidos en el Imperio procedían de centros de producción relativamente pequeños, de escasa tecnología. La gran mayoría de ciudadanos era tan pobre que no había mercado que pudiera apoyar una amplia industria manufacturera. Éste es uno de los hechos más destacables de la historia romana: su escasa capacidad para desarrollar métodos más eficaces de producción de bienes de consumo. Cuando la demanda crecía, se instalaban más talleres, idénticos a los modelos ya existentes, en lugar de intentar desarrollar nuevos métodos de producción.

La inversión en la adquisición de tierras seguía siendo muy significativa en tiempos del Imperio.
Todos los que labraban sus tierras con constante dedicación, obtenían buenos rendimientos y una excelente posición social, mejor considerados que cualquier otro tipo de riquezas. El emperador era el terrateniente más importante de todo el Imperio. Sus propiedades iban en constante aumento gracias a las tierras heredadas de benefactores o confiscadas a los enemigos políticos.

A finales del siglo II d.C. el emperador tenía propiedades en casi todas las provincias; en algunos casos llegaron a ocupar hasta un 20% de la superficie total. Estas tierras eran cada vez más consideradas como un recurso del Imperio que como propiedad particular y única del emperador. Durante el siglo III d.C., Septimio Severo distribuyó gratuitamente, entre los romanos, aceite procedente de las provincias, sobre todo de la Bética y del norte de África.

Nadie podía competir con el emperador en cuanto a la posesión de tierras, aunque algunos hombres llegaron a ser sumamente ricos y dueños de extensas fincas, en diferentes provincias. Trajano llegó a emitir un mandato para los senadores de las provincias en el que les obligaba a invertir una tercera parte de su fortuna en la adquisición de tierras itálicas. Habitualmente, el resto lo podían invertir en su provincia natal. Comúnmente, un terrateniente rico, dueño de varias extensiones de tierra en una determinada región, seguía la política de unirlas paulatinamente mediante herencia, matrimonio o compra.

En Italia, hasta las propiedades más extensas se administraban como si fueran granjas pequeñas. Ello
estaba en claro contraste con el latifundio, sumamente habitual durante los tiempos de la República, mediante el cual enormes fincas se trabajaban y administraban como una única entidad. Varias de esas unidades o granjas se alquilaban a arrendatarios, quienes pagaban una renta al propietario. Otras fincas eran atendidas por equipos de esclavos o labradores libres, que trabajaban bajo la vigilancia de un administrador.

Los romanos, a pesar de su experiencia en ingeniería civil, no mostraron nunca un gran interés por la innovación. Seguían usando las tradicionales ruedas de molino movidas por tracción animal, en lugar de emplear los molinos accionados por agua. Desde el punto de vista tecnológico, los romanos tenían la tendencia de copiar lo que necesitaban. El arco y la bóveda tienen su origen en Mesopotamia, y el hormigón es un invento de los etruscos.

La técnica de soplar vidrio, un invento de los fenicios, se introdujo en Roma durante el siglo I de. C; en la empresa comercial más grande del Imperio, las minas en Hispania, se trabajaban con el sistema de bombeo por husillo, copiado de los egipcios. El emperador Vespasiano se negaba rotundamente a emplear una nueva herramienta para la construcción, argumentando que aquélla les quitaría el trabajo a los obreros.

La tecnología continuaba siendo tan primitiva en el cultivo de las tierras como en el resto de los ámbitos, de hecho, los romanos nunca fueron capaces de desarrollar un arnés para los caballos ni un molino de viento. Uno de los pocos inventos romanos fue la máquina segadora, tirada por bueyes, que cortaba el cereal a mitad del tallo mediante unos dientes de hierro. Probablemente, la razón principal por la que se creó este invento fue la necesidad de cosechar el grano en el norte de la Galia, antes del inicio del invierno.

Con equipos tan sumamente primitivos, la forma más práctica para atender los campos era empleando
un solo equipo de labradores que podía llegar fácilmente a cualquier punto de la finca. La granja itálica ideal del siglo I de. C., según consideraba y exponía Columela, escritor especializado en agricultura, debía tener una extensión de 60 a 100 hectáreas, una dimensión idónea que permitía combinar ambos tipos de agricultura, la tierra de pastoreo y la de cultivo, para cosechar trigo, olivas y uvas; debía contar con un monte bajo para maderas, leñas y pastos, y estar situada cerca de una carretera o bien, poseer un buen acceso al mar.

El trabajo más productivo era el que realizaban los esclavos bajo la vigilancia de su propietario. Muchas veces, también los arrendatarios eran aconsejables, ya que llevaban a cabo un trabajo duro y concienzudo. Pero la peor opción de todas, según Columela, era la de emplear un supervisor para los esclavos; no obstante, cuando resultaba inevitable emplear uno, lo mejor era proporcionarle una compañera femenina para mantenerlo a raya y para ayudarle en la realización de todos los quehaceres.

Las prácticas variaban mucho a lo largo de todo el Imperio. En algunas zonas se trabajaba empleando
los mismos métodos de tiempos prerromanos. La región de Asia Menor seguía dedicada a la producción de lana, como lo había hecho desde antes de su incorporación al Imperio. En otras regiones, ciertas demandas del mercado animaban a probar nuevos cultivos, como, por ejemplo, la vid en la Galia y los olivos en Hispania y el norte de África. Los principales productos del Imperio eran el grano, la lana, el aceite de oliva y el vino; por su parte, Britania producía guisantes, coles, nabos y mostaza; y Siria, higos, dátiles y ciruelas.

Casi un 90% de la población se dedicaba a la agricultura, bien para su propio provecho o para algún terrateniente. El Imperio dependía de su labor debido a la magnitud de los impuestos, que se pagaban cada vez más en especie que en dinero. No obstante, se sabe muy poco de estos pequeños granjeros, ya que no existen registros con informes sobre sus actividades, y su trabajo casi no dejó huella en el suelo. No obstante, es de suponer que, debido a las condiciones estables del Imperio antes del siglo III d.C., numerosos habitantes llegarían a prosperar de forma modesta.

El tipo de construcción más frecuente en el campo romano eran las villas, que podían ser residencias de muy diferente estilo. En algunos casos eran sumamente lujosas, sobre todo cuando se trataba de casas de campo en la costa, a las que se retiraban los propietarios para descansar: la bahía de Nápoles era especialmente popular entre los ricos. Con la expansión de la influencia y la prosperidad romanas hacia las provincias occidentales, también se adoptó la villa como uno de los símbolos principales de la vida romana. Sin embargo, la casa de labranza era la vivienda más común en todo el Imperio.

Normalmente, se construía la casa de labranza en una parte del terreno, donde permanecía durante
varios años; el crecimiento de aquélla reflejaba la prosperidad del granjero. El año en el que tenía suerte con sus cosechas, podía añadir más habitáculos para separar la vivienda de la de sus animales y de la de sus labradores, hasta que pudiera disponer de un hogar familiar individual, al que poco a poco se añadían otras mejoras.

Un momento importante en la posición cada vez más elevad de un propietario era cuando se contruía la fachada de la villa con vistas en dirección contraria a la de la zona de trabajo. En el límite más elevado de la escala se encotnraban aquellas villas construidas alrededor de un patio interior y adornadas con mosaicos y muros de yeso pintados. No obstane, no se permitía que ningún tipo de decoración separase estas casas de labranza de las tierras, ni de los lugares donde se hallaba el mercado para el excedente de sus productos.

Los terratenientes más importantes eran extremadamente ricos. El salario diario de un labrador ascendía a cuatro sestercios, lo suficiente, en condiciones normales, para comprar el grano necesario para que una familia de cuatro miembros tuviera bastante para tres días. Para tener la posibilidad de optar a la elección como senador, pináculo de la pirámide social, se precisaba disponer de un capital mínimo de un millón de sestercios, aunque numerosos senadores lo excedían con creces. Se estimaba que Plinio tenía una fortuna de veinte millones de sestercios y el filósofo Séneca más de trescientos millones. Normalmente, la inversión en el campo, con una administración bien llevada, resultaba relativamente segura, aunque un almirante de Augusto registró el récord de pérdidas, que ascendieron a cien millones de sestercios, al seleccionar un cultivo equivocado para sus fincas.

Los hombres con tales fortunas no se veían en la necesidad de estar pendientes de incrementar sus
riquezas. En público, los potentados siempre se expresaban con un cierto desprecio cuando hacían referencia a los comerciantes, aunque, a nivel privado, muchos de ellos participaban en transacciones comerciales, usando agentes o libertos para efectuar sus inversiones. La clave para obtener la anhelada promoción social residía en alcanzar el éxito en la vida pública, ostentar algún cargo importante en la administración o en el ejército, lo que era siempre posible a los senadores ambiciosos. También existía la posibilidad de aumentar el prestigio mediante la financiación de juegos, la construcción de un templo, una casa de baños o algún otro edificio público en su localidad.

Durante el siglo I d.C., los senadores no eran los únicos que poseían enormes riquezas; se había creado una nueva clase de hombres adinerados como resultado de las oportunidades que ofrecía el servicio imperial y el comercio. Narciso, un esclavo liberado, secretario de Claudio, reunió más de cuatrocientos millones de sestercios a base de pagos de favores y venta de oficios y empleos. El escritor Petronio satiriza la extravagante vulgaridad de estos nuevos ricos.

Pocos hombres, aparte de la aristocracia, lograron acumular riquezas inmensas, pero muchos de ellos apoyaban económicamente a una pequeña clase de artesanos, que incluía a los escultores, los talladores de marfil y los joyeros. Debajo de ellos, en la escala social, figuraban los comerciantes más básicos, como los panaderos o los sastres, trabajadores medianamente hábiles y,
muchos de ellos, esclavos. Durante la época de gran estabilidad del Imperio Romano, y debido al ávido consumo de las clases adineradas, también ellos prosperaron de forma modesta.

Los artesanos constituían una clase que predominaba en las ciudades, pero en el campo se hallaba la gran masa de labradores, que, en su mayor parte, dependían de los trabajos ocasionales. Un labrador necesitaba ganar unos cuatrocientos sestercios al año para poder subsistir. Sin trabajo fijo y probablemente sin poder optar a un terreno, la supervivencia se convirtió para ellos en una lucha constante.

Para conseguir trabajo, los hombres libres, pero pobres, tanto en la ciudad como en el campo, tenían que competir con los esclavos. Aunque a partir del siglo I d.C. la cantidad de esclavos nuevos fue cada vez menor debido a la disminución de las conquistas romanas, los esclavos seguían siendo
elementos fundamentales de la economía romana. En muchos ámbitos, como el trabajo en la casa, en las minas y en las granjas, ellos ocupaban la mayor parte de los puestos. Eran considerados propiedad del dueño, quien los había comprado, vendido o legado, y dependían enteramente de sus caprichos. También se podían alquilar durante un periodo establecido y, con frecuencia, debían desempeñar el trabajo de su dueño y el de su propietario temporal.

Un importante factor comercial referente a los esclavos era el valor de éstos en el mercado libre: entre dos mil y ocho mil sestercios. Las peores condiciones eran las del trabajo en el campo: los dueños se ausentaban y se preocupaban poco de sus fincas, mientras les dieran beneficios. El peor destino de todos eran las minas de Hispania, que contaban con una fuerza de trabajo de cuarenta mil hombres. Debido al elevado margen de ganancias, el valor de los esclavos era menor. Normalmente, las condiciones de vida en las casas particulares eran mejores que las del campo y de las minas.

Durante el siglo III d.C. la seguridad interna del Imperio, establecida por el gobierno de Augusto, se vio afectada por las invasiones de las tribus germanas, en el norte, y por las de los persas, en el este. Los invasores obstaculizaban las rutas comerciales y los grandes mercados. Financiar a las tropas para la defensa implicaba el pago de más impuestos y la consecuente inflación. Además, el Imperio,
ya debilitado por las diversas guerras civiles, era más vulnerable a los ataques.

El camino hacia un total colapso económico se consiguió frenar hacia finales del siglo III d.C., cuando Diocleciano restauró el orden. La economía local había permanecido intacta, gracias a lo cual ésta pudo reanimarse con el retorno de la estabilidad. Pero Diocleciano no pudo prevenir la inflación: a pesar de sus intentos de introducir una nueva moneda y de controlar los costos en todo el Imperio, los precios continuaron subiendo hasta que a principios del siglo IV d C, y bajo el gobierno de Constantino, se consiguió una estabilidad económica más duradera.

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domingo, 4 de enero de 2015

Riqueza y pobreza en el Imperio Romano (1)




“Todo lo que se cultive o fabrique en cualquier parte del mundo no solamente se puede comprar aquí, sino que, además, se ofrece en abundancia. Aquí llegan tantos comerciantes con sus mercancías de todo el mundo, durante cualquier época del año, y con cada nueva cosecha, que la ciudad de Roma es como un gran almacén de productos de todos los países (…) Los barcos no cesan nunca de llegar y zarpar”. Así se maravillaba Elio Aristides. “Y, por lo tanto, me resulta asombroso que los barcos tengan suficiente lugar para navegar en alta mar y, más aún, para atracar en los puertos”.

Roma, con sus enormes necesidades de grano, aceite y vino, y también de artículos de lujo para la élite que poseía grandes fortunas, era el centro de comercio del Imperio, el cual floreció durante los largos años de paz que se disfrutaron desde el gobierno de Augusto.

Todos los caminos conducen a Roma, centro administrativo del Imperio y de los voraces consumidores de toda clase de mercancías procedentes de sus campos y talleres. La amplia red de carreteras pavimentadas, por las que se desplazaban legiones y mensajeros imperiales, aseguraban la pax romana –la “paz de Roma”-, garantía de unas condiciones estables y el buen florecimiento del comercio. La gran seguridad interna era un importante beneficio para todos los mercaderes, aunque muchos negocios se continuaban desarrollando a nivel local, y las diferentes monedas regionales conservaron su validez durante siglos.

A pesar de la gran importancia de las carreteras, éstas mantuvieron muy poca relación con el comercio de países lejanos: los carros de bueyes eran demasiado lentos y caros para hacer recorridos de larga distancia. Las verdaderas arterias para el comercio se encontraban en el mar y en los ríos, en los que los barcos, cargados de grano, aceite, cerámica, vino y toda clase de artículos de lujo, hacían sus largas rutas. En Roma aún se pueden ver testimonios del volumen de aquellas transacciones marítimas: en el monte Testaccio, una montaña artificial compuesta por los restos de más de 40 millones de ánforas usadas para el transporte del aceite de oliva procedente de Hispania y África.

Ninguna ciudad, y menos aún la capital, consiguió convertirse en un centro industrial autosuficiente, ya que no se disponía de ningún tipo de tecnología para la producción en cadena. La tierra era el foco principal de inversión y la mayoría de la población vivía en el campo. Los ricos terratenientes vendían en las ciudades los productos de sus granjas e invertían sus ganancias en artículos de lujo, ámbar, sedas y especias exóticas, que importaban de países allende las fronteras imperiales. Pero los ciudadanos menos privilegiados, libertos y esclavos, se veían obligados a trabajar duramente, cobrando míseras remuneraciones. Sólo una pequeña minoría lograba ganar lo suficiente para dejar atrás su agobiante pobreza.

Roma puede haber sido una gran ciudad, pero carecía de un volumen suficiente de comercio o de
industria para ser autosuficiente. Como hemos dicho, la clase alta vivía de las rentas de sus propiedades en el campo, y gran parte de la vida pública y privada se subsidiaba mediante impuestos que se cobraban en las provincias. Por ejemplo, en Éfeso, entre los derechos de los que gozaba el concejal, figuraba una cuota de un denario para una licencia para vender sal y perejil, la misma cantidad que se cobraba para registrar un nacimiento; sin embargo, se cobraban hasta seis denarios para proclamar públicamente al vencedor de un juego de competición.

Por lo menos 200.000 hombres y sus familias, es decir, tres cuartas partes de la población total (de un millón), dependían de la distribución gratuita de grano. Cuando las cosechas eran escasas o los enormes buques con grano procedentes de Egipto retrasaban su llegada, los pobres organizaban revueltas. En una ocasión, Augusto llegó a pagar el grano con su propio dinero para saciar el hambre y, en otra, Claudio casi murió linchado por la impaciente y disgustada multitud; sin embargo, fue oportunamente rescatado por sus soldados.

Sin embargo, la vida en la ciudad también ofrecía ventajas y beneficios que no se disfrutaban en el campo, como los acueductos que, a todas horas, día y noche, suministraban agua para las fuentes y los baños. Algunas personas, con un permiso especial, disponían de cañerías que conducían el agua hasta su propia casa. Para evitar cualquier tipo de interrupción en el suministro de agua, un equipo permanente, compuesto por 240 esclavos, se encargaba de cuidar los acueductos y el flujo del apreciado líquido desde las afueras de la ciudad.


Los ciudadanos romanos estaban siempre dispuestos a criticar al emperador, sin ningún tipo de inhibición, cuando éste aparecía en público; ninguno de ellos podía darse el lujo de permitir que se produjeran disturbios políticos en su propia capital. De inmediato, Augusto se percató de la necesidad de contar con una eficiente administración de la ciudad si quería conservar su popularidad y su control sobre ella. A partir de entonces, el gobierno de la ciudad se convirtió en responsabilidad imperial y se estableció un nuevo cargo gubernamental: prefecto de la ciudad. Entre sus múltiples obligaciones, de las que tenía que rendir cuentas directamente al emperador, figuraba, por ejemplo, la supervisión de la venta de la carne a un precio justo, o que, durante los juegos, se mantuviera la debida disciplina.

Muchos de los edificios romanos más impresionantes se construyeron bajo el patrocinio del emperador, tradición iniciada por Augusto. Esto constituía un ejercicio de relaciones públicas a gran escala, y normalmente se financiaban con el dinero particular del emperador o con las riquezas obtenidas de los saqueos realizados durante las guerras.

El prestigio y la renovada magnificencia de Roma atraía a visitantes de todas partes del Imperio; muy pronto la ciudad se convirtió en un crisol de razas y culturas. Los griegos acudían a la ciudad para desempeñar cargos de filósofos, médicos y profesores de retórica; los habitantes de Asia Menor se convertían en negociantes, responsables de espectáculos, o bien, en esclavos; y los provincianos occidentales más adinerados, una vez que dominaban la lengua latina, se trasladaban a la ciudad para hacer fortuna.

Pero sólo los más hábiles y más afortunados tenían buenas oportunidades. En Roma se concentraban
150 gremios diferentes, desde el de los panaderos hasta el de los orfebres y vendedores de espejos, que contaban con una gran multitud de cargadores, almacenistas y estibadores para el transporte. Muchos acabaron desengañados y no lograron hacer fortuna en este ambiente difícil e inestable; de hecho, la gran mayoría sobrevivía gracias al reparto gratuito del grano.

Muchos de los grandes poetas del Imperio, por ejemplo Marcial, describen el espantoso ruido de la ciudad, el abarrotamiento de sus calles y la brutalidad de la vida cotidiana reflejada en los sangrientos deportes de los espectáculos púbicos. Según se expresa el mismo Marcial, “No existe ni un solo rincón en la ciudad en el que un pobre hombre pueda disfrutar de un momento tranquilo para
reflexionar (…) antes de que amanezca, ya te molestan los panaderos, durante el día, los martillos de los caldereros no paran de destrozar tus nervios. Por otro lado, el cambiador de monedas hace sonar ociosamente las monedas neronianas sobre su sucia mesa y el hombre de la esquina no para de triturar, sobre su gastada piedra y con su brillante mazo, el oro español en polvo”.

En las calles de la ciudad, había muy poca iluminación y una vigilancia rudimentaria, de la que se encargaban unos pocos policías. Como último recurso, para mantener la paz se disponía de las tropas estacionadas cerca de la ciudad.

En cambio, y en general, las condiciones de seguridad en el resto del Imperio habían mejorado. Casi al final de su vida, Augusto realizó un viaje a Capri, y durante el traslado, se encontró con un buque mercante procedente del puerto egipcio de Alejandría. Los comerciantes de a bordo le elogiaron por la paz lograda bajo su gobierno, que les permitía navegar por los mares con toda libertad para realizar sus transacciones comerciales y hacer fortuna. Fue un elogio justificado: Augusto no sólo había establecido la paz por todo el Imperio, sino que también había estabilizado extensísimas regiones en las que florecía y se desarrollaba el comercio con un mínimo de restricciones burocráticas.


Todo ello no significa que el comercio en el Imperio fuese una tarea fácil. El transporte por tierra seguía siendo lento y caro, y casi todas la mercancías pesadas se tenían que vender en la región, o bien, embarcarse para vender en otra ciudad. Una carreta de bueyes, con seis hombres y seis mozos, podía tardar hasta doce días para transportar, por carretera, una prensa para aceitunas, a una distancia de 80 km. Usando este medio de transporte para el trigo, se hubiera duplicado su precio por cada 500 km de camino.

Debido a la necesidad de suministrar provisiones a las tropas de guarnición, se establecieron las fronteras a lo largo de ríos como, por ejemplo, el Rin o el Danubio; los nuevos centros urbanos, como Londinium (Londres), Lugdunum (París) y Colonia (Colonia) se fundaron a orillas de ríos. De hecho, las principales rutas comerciales del Imperio Romano se pueden trazar casi exclusivamente en una red de ríos y mares.

Un importante legado de estas actividades comerciales son los muelles utilizados para descargar las mercancías, para su posterior transporte hacia el interior de la región. En la ciudad natal del emperador Septimio Severo, Leptis Magna (actualmente en Libia), aún se pueden ver los restos de un embarcadero de 1.200 m de largo. A lo largo del río Támesis, en Londres, también se han encontrado muelles. Ostia, puerto de Roma, con embarcaderos muy bien preparados, se transformó posteriormente en una ciudad independiente, con amplios almacenes para guardar todas las mercancías antes de transportarlas río arriba.

La mayoría de las mercancías que se transportaban por el Imperio eran indispensables para la
supervivencia; sin embargo, el grano era el más importante. Sólo la demanda de la ciudad de Roma era impresionante: 400.000 toneladas anuales, y otras 100.000 para el ejército. Pero ésta era solo la más primordial de todas las necesidades de los soldados: por ejemplo, para las tiendas de campaña de una única legión se precisaban, aproximadamente, unas 54.000 pieles de ternera.

Algunas de las demandas del ejército se podían cubrir con la producción local; muchas zonas fronterizas prosperaban gracias a la producción de artículos que satisfacían las necesidades de las legiones. Pero incluso aquellas regiones menos productivas, como el norte de Britania o Siria, se beneficiaban de la importación de los diversos productos. También se había desarrollado una amplia red privada de comercio, aunque hacía falta
disponer de grandes sumas de dinero para financiar la construcción de buques y su correspondiente carga. Un barco de 400 toneladas costaba entre 250.000 y 400.000 sestercios, y su carga, unos 180.000 sestercios. Este mismo importe era suficiente para alimentar a toda una legión, más de cinco mil hombres, durante un mes.

Este comercio marítimo implicaba también grandes riesgos: los naufragios y la piratería eran comunes. Debido a todos estos problemas, el emperador concedía ciertos privilegios a todos los mercaderes y propietarios de buques, dedicados al transporte del grano; uno de esos privilegios fue, por ejemplo, la liberación de toda clase de obligaciones tributarias.

Curiosamente, en el Imperio no había importantes banqueros que se ocuparan de las finanzas o que
concedieran importantes préstamos para la expansión comercial. La clase comercial adinerada seguía siendo reducida y, cuando algún mercader había logrado enriquecerse, prefería invertir su fortuna en tierras. Las nuevas élites urbanas y los terratenientes afortunados anhelaban exhibir su sofisticación, por lo que los mercaderes se apresuraban a satisfacer sus demandas. Entremezclados con los artículos más esenciales, como el grano, el aceite y el vino, básicos para el comercio imperial, también se hallaban los de lujo: cerámicas de alta calidad, lámparas, vidrio y productos metálicos. Poco a poco, los fabricantes se dieron cuenta de que convenía establecerse más cerca de los mercados provechosos que se hallaban en constante expansión. Con el incremento de las demandas de las provincias occidentales, se empezó a producir, por ejemplo, cerámica fina de Arezzo (Italia central) en la Galia; por otra parte, la fabricación de vidrio se extendió por todo el Imperio.

Uno de los riesgos que implicaba el comercio era que fuera de las fronteras del Imperio únicamente se vendían productos de lujo, los cuales aseguraban grandes ganancias; esos productos eran, por ejemplo, el marfil de África Oriental, incienso y mirra del sur de Arabia, ámbar del Báltico, pimienta de la India y sedas de China. Los animales salvajes, tan necesarios para los espectáculos –cuanto más exóticos, mejor- eran traídos de África y Asia.

El ámbar, resina fosilizada de una especie extinta de pino, era una de las piedras preciosas más cotizadas de la Europa antigua. Los depósitos más ricos del mundo se hallaban a lo largo de la costa del mar Báltico. Los comerciantes romanos llegaron al Báltico durante el siglo I d. C. y, durante los 150 años siguientes, el ámbar fue transportado hacia el sur, siguiendo la Ruta del ámbar, hasta Aquileia, situada en el norte de Italia, donde los artesanos lo trabajaban para fabricar cajitas, pequeñas figuras y medallones.

Las piezas de ámbar resultaban caras. De hecho, una sola figurita podía costar lo mismo que una serie
de esclavos. Muchas de estas figuras aún se conservan en la actualidad; por ejemplo, un grupo de actores vestidos con capa, de Pompeya; una figura del dios Baco, de la Galia; la empuñadura de un cuchillo, en forma de perro durmiendo que fue hallada en las fronteras germanas…

Sin embargo, lo más común eran los pequeños jarrones, vasijas y anillos. Con frecuencia, estos últimos se grababan con motivos de la suerte para alejar el mal y las fuerzas ocultas. Las mujeres elegantes siempre llevaban una pequeña bola de ámbar que frotaban y olían para no percibir el mal olor de la ciudad. También se apreciaban las piezas de ámbar en las que habían quedado atrapados insectos o restos de plantas.

A finales del siglo II d. de C., los depósitos del Báltico se habían agotado, por lo que empezó a declinar el comercio del ámbar.

Durante el siglo I a. de C., cuando el estadista y orador romano Cicerón era gobernador de Cilicia, una de las peticiones más extrañas que recibió fue la de buscar y atrapar panteras salvajes de las montañas y enviarlas al circo de Roma. Así, se inició una nueva fuente de ingresos para los comerciantes. Durante el siglo I d.C., la demanda del pueblo romano por la matanza pública de animales fue en aumento; de hecho, los emperadores complacían esa demanda.

Augusto ordenó matar a 3.500 animales africanos en 26 acosos; durante los cien días en los que se celebraron diversos acontecimientos con motivo de la inauguración del Coliseo, se mataron nueve mil bestias. En tan sólo una serie de juegos, bajo el auspicio de Trajano, en el año 107 d. de C., se mataron once mil. Se recorría todo el Imperio
en busca de estas bestias. Los leones y tigres llegaban procedentes de las provincias de Asia; los rinocerontes, camellos y cocodrilos, del norte de África; los lobos, de Irlanda; y los osos, de Escocia. En algunas ocasiones, los animales más exóticos se entrenaban y exhibían antes de morir en las luchas más crueles y brutales, en las que un rinoceronte se enfrentaba a un elefante, o un oso a un toro. Como consecuencia de ello, enormes extensiones del Imperio se quedaron sin fauna salvaje.

“La moda del siglo I de. C” –señalaba Séneca- “exige que el mármol egipcio se combine con mosaicos de Numidia, que las piscinas se recubran con mármol y que el agua emane de grifos de plata”. Los exóticos gustos de los ricos inducían a los comerciantes a recorrer el mundo en busca de nuevos artículos de lujo. Los más aventureros se embarcaban para navegar por el mar Rojo, cruzar el océano y llegar al sur de la India, de donde traían toda clase de productos procedentes del sureste de Asia.

A finales del siglo I d.C., la pimienta era el producto de más provecho. Más tarde, otros productos, como los perfumes, las especias y los tejidos finos tuvieron una gran demanda. Sin embargo, los romanos viajaban, además, por las rutas terrestres, para cruzar Asia y llegar hasta China, pasando las regiones hostiles de Persia, pero nunca se llegó a establecer un contacto directo entre Roma y el Imperio Han, aunque unos cuantos griegos y sirios se arriesgaron para hacer este largo viaje. No obstante, la seda china no era desconocida en Roma.

En tiempos del gobierno de Augusto se editó una gama completa de monedas imperiales. La denominación más pequeña era la de cobre, el quadrans, y cuatro de ellos eran un as, también de cobre. Cuatro ases sumaban un sestercio, mientras que cuatro sestercios sumaban un denario de plata; el aureus, de oro, valía 25 denarios.

Al principio, estas monedas se entremezclaban con una enorme variedad de monedas locales; no fue
hasta el siglo III d.C. cuanto estas monedas realmente llegaron a predominar en todo el Imperio. Mientras tanto, se llegaron a hacer grandes negocios con el cambio de las diferentes monedas. El Estado adquiría las mercancías con sus monedas y aceptaba el pago de impuestos en dinero o en especie; los gobernadores romanos se hacían una impresionante publicidad a sí mismos en las propias monedas. En una emisión especial, se acuñó la generosidad de Augusto con las ciudades asiáticas víctimas de un terremoto. Vespasiano ordenó acuñar una gran cantidad de monedas para rememorar su victoria sobre Judea. Las disputas de Nerón y de Comodo por el trono imperial incrementaron la emisión de monedas, mientras que otro emperador, Calígula, fue deshonrado, por lo que se borró su rostro de todas las monedas.

Los emperadores mantenían un control absoluto sobre las casa de moneda y, en ocasiones, se emitían en demasiada cantidad o se cambiaba su denominación para crear fondos a corto plazo. En tiempos de Septimio Severo, se redujo el contenido de plata en el denario en un 50% y los emperadores del siglo III d.C., en un acto de desesperación para pagar a sus tropas, emitieron grandes cantidades de moneda devaluada. La moneda no volvió a tener un curso estable hasta el siglo IV d.C., bajo el gobierno de Constantino.

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