sábado, 7 de junio de 2014
¿La gente guapa tiene siempre bebés guapos?
Los hijos de las estrellas cinematográficas pueden heredar la fortuna y los envidiables contactos de sus padres, pero el aspecto atractivo no está garantizado. Y es que los miembros mejor adaptados para la reproducción, que normalmente coincidirían con los más sexys, pueden dar lugar en realidad a la descendencia peor adaptada.
Parece que la culpa sería de los genes que guían el apareamiento, los llamados “sexualmente antagonistas”. Aunque beneficien al éxito reproductivo de uno de los sexos, pueden dar al traste con las posibilidades reproductivas del otro.
Si los varones mejor adaptados transmiten sus genes a las hijas, o a la inversa, los retoños tendrán menos éxito en su búsqueda de pareja. Sorprendentemente, los hijos de padres considerados los más atractivos de cada sexo –se ha estudiado el fenómeno en moscas de la fruta, pero sí, hay moscas más atractivas que otras-, eran los peor adaptados.
Aunque los científicos no saben exactamente cómo funcionan estos genes en los seres humanos, el estudio ofrece una explicación al hecho de que una pareja muy atractiva pueda tener hijos poco atractivos. Fijémonos en los rasgos faciales. Una mandíbula rotunda y masculina, atractiva en un hombre, no es demasiado apetecible en una chica.
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Los rascacielos – la hermanación entre arquitectura e ingeniería.
La arquitectura moderna de los rascacielos, que tan acostumbrados estamos a ver en nuestros días, encuentra su desarrollo a lo largo de todo el siglo XX. Pero todos estos edificios surgieron tras un largo y difícil proceso de experimentación que comenzó a finales del siglo XIX con la denominada Escuela de Chicago, y que aún ahora, a comienzos del siglo XXI, parece continuar.
La arquitectura moderna comienza a formularse a finales del siglo XIX y principios del XX como
reacción al caos estilístico dominante. Si los primeros años del XVII significaron la vuelta a las formas clásicas, cuando lo clásico dejó de servir como punto de referencia nacieron los revivals, la imitación de los estilos del pasado, se planteó la necesidad de crear un estilo completamente nuevo, apoyado en los nuevos materiales y procesos constructivos, que fuera válido para nuevas estructuras. Eran los años de revolución industrial, que proporcionó nuevos métodos y materiales constructivos, pero que también planteó nuevos problemas. La nueva sociedad industrial demandaba nuevos edificios para sus nuevas necesidades, se requería un nuevo estilo que fuera útil también para la construcción de fábricas, estaciones de ferrocarril o almacenes, para los que no se tenía modelo alguno. Los estilos pasados no eran adecuados para estas necesidades. Con esta motivación, comenzó una serie de discusiones teóricas acerca de cómo debía ser la nueva arquitectura. Había que basarse en los métodos existentes y doblegarse a las exigencias de la función del edificio; sus formas debían ser depuradas, eliminando todos los restos de lo histórico, y, además, debía reflejar los adelantos humanos y resolver las nuevas situaciones creadas por la industrialización.
Fue en este clima de debate en el que nació el denominado en un principio edificio en altura, lo que hoy se conoce como rascacielos. Si se tuviera que definir estas nuevas construcciones, se haría con tres características esenciales: el edificio en altura es aquel que tiene ascensor, estructura metálica de más de tres pisos y sistema anti-incendio.
El ascensor fue inventado en Chicago (EE UU) en 1850, y, tres años más tarde, se dio a conocer en la Feria de Nueva York. Los primeros ascensores eran plataformas de carga; más adelante se adaptaron para personas. Hacia 1860, algunos hoteles y grandes almacenes comenzaron a incluir ascensores de pasajeros realizados en hierro. A partir de 1875, los ascensores se convirtieron en algo común en Chicago, tanto que los edificios que lo tenían se denominaban elevator building. Los primeros ascensores eran de vapor; más tarde pasaron a ser hidráulicos; mientras que los eléctricos no se utilizaron en Chicago hasta 1887. El precio de los inmuebles con ascensor comenzó a subir, de manera que los pisos altos se convirtieron en los más caros. El impacto del ascensor fue enorme, lo que ayudó a que la ciudad se extendiera de forma vertical y no horizontalmente. Antiguamente, los edificios se levantaban a partir de una estructura de madera y un recubrimiento
también de madera o de piedra. Más adelante, se comenzó a utilizar el hierro, lo cual no eliminó el riesgo de incendios, ya que al igual que la madera, el hierro era combustible si no tenía un revestimiento adecuado. El nuevo sistema anti-incendios consistió en cubrir la viga metálica con un revestimiento de cerámica a prueba de incendios. El uso del hierro constituyó uno de los elementos más innovadores de la nueva arquitectura traída con la revolución industrial. Se habían descubierto ya las ventajas del uso del hierro en la arquitectura, puesto que incluso pequeños elementos de hierro eran capaces de sostener la misma carga que un pilar de piedra, de manera que el edificio podía crecer en altura sin miedo a su derrumbamiento. Así se había demostrado con la Torre Eiffel, un prodigio arquitectónico realizado por entero en hierro.
La estructura metálica comenzó a emplearse a partir de 1850, sobre todo en los frentes de los edificios. Esto permitía que el muro fuera más fino y se pudieran abrir más ventanas sin riesgo de derrumbamiento, de forma que entraba más luz en el interior. Aun así, todavía a finales del siglo XIX, las fachadas eran de hierro, pero las vigas eran todavía de madera o hierro sin revestir. La confluencia de todas estas novedades constructivas determinó la creación de edificios cada vez con una mayor altura. Los pisos se multiplicaban gracias al empleo de la estructura metálica, que sostenía el peso de los muros, a la vez que permitía que se abrieran vanos. Lógicamente, estos edificios no tenían ningún sentido sin un ascensor que permitiera el acceso a las plantas superiores. Y junto a esto, el nuevo sistema anti-incendio permitiría, mediante la utilización de materiales incombustibles, la eliminación de casi todo riesgo de incendio, que era muy alto en los edificios realizados en madera.
Chicago fue el lugar donde se plasmaron primero estas novedades constructivas. Tras su fundación en
1780 y gracias a su situación privilegiada a orillas de los Grandes Lagos, la ciudad fue rápidamente creciendo no sólo en población, sino también en extensión. El 8 de octubre de 1871 se declaró un incendio que arrasó prácticamente todo Chicago. Este espectacular incendio quemó todos los edificios de la ciudad, que estaban construidos según el sistema del balloon-frame, una estructura hecha con vigas de madera unidas con clavos que se levantaba sobre una estructura de cemento. Inmediatamente comenzó la reconstrucción de la ciudad. A partir de los años 80, los edificios comenzaron a sobresalir en altura, a partir de cinco pisos, buscando su rentabilidad. Los edificios en altura significaban el nacimiento de un nuevo vocabulario y una nueva estética y, por lo tanto, de una nueva imagen urbana. Esto marcó la eclosión arquitectónica de la ciudad y el establecimiento de la denominada Escuela de Chicago, constituida por una serie de innovadores arquitectos que emplearon en sus construcciones todas las novedades a su alcance.
El boom del edificio en altura, que comenzó entre 1880 y 1885, fue posible gracias a algunas invenciones técnicas. En primer lugar, la estructura de esqueleto en acero, perfeccionada sobre todo por William Le Baron Jenney en el Letter Building (1879) y el Home Insurance Building (1884) –considerado éste el primer rascacielos de la historia-, que permitió aumentar la altura y abrir grandes ventanas. Por otra parte, se propusieron nuevos sistemas de cimentación en piedra, que en 1894 se sustituyeron por el cemento. La primera generación de arquitectos de Chicago fue la encargada de aplicar en sus edificios todas estas novedades, desarrollando los nuevos sistemas y mejorándolos. Chicago se convirtió en el centro de experimentación de los nuevos edificios en altura. Junto a Le Baron Jenney, Henri Hobson
Richardson fue uno de los más influyentes arquitectos de la ciudad, donde construyó en 1886 el primer edificio de grandes almacenes, el Marshall, Field & Co Building. A partir de entonces, los edificios comenzaron a superar los 10 pisos. En 1891, los arquitectos Burnham y Root construían el Monadrock Building, de 16 pisos, pudiéndose permitir ya realizar un juego de líneas curvas en la fachada a través de las ventanas. Fueron precisamente estos arquitectos los que realizaron el edificio más alto de Chicago en aquella época: el Masonic Temple (1892), que llegó a los 22 pisos y los 90 metros de altura. Otro arquitecto innovador fue Louis Sullivan, que se planteó que la característica constitucional de un rascacielos radicaba en la existencia de muchos pisos iguales. De hecho, prescindiendo de uno o dos pisos inferiores y del último, los pisos intermedios eran tantos que no se podían diferenciar. El reto estaba, por lo tanto, en la superación del ritmo repetitivo de los pisos. Para solucionar este
problema, Sullivan propuso tratar la zona intermedia de forma unitaria, destacando las líneas verticales, para diferenciarla así de la zona del basamento y del ático, que son horizontales. De esta forma nació el verticalismo, característico de los edificios de Sullivan, que se manifestó en los Wainwright (1890-91) y Guarantee (1904), o en los almacenes Carson, Pirie & Scott (1899-1904). Durante el periodo de prosperidad económica que se extendió entre la Primera Guerra Mundial y la crisis de 1929, la producción de edificios fue muy intensa y las ciudades americanas cambiaron de aspecto. La actividad de la ciudad se concentraba en el centro, y alrededor de él se situaban los barrios residenciales, que servían como lugar de ocio y descanso de sus habitantes. Fue en el centro de las ciudades donde se condensó la construcción de los rascacielos, edificios derivados de los antiguos tipos de edificios comerciales planteados en Chicago.
El problema que se les presentó a todos los arquitectos a la hora de construir rascacielos derivaba del
gran número de ventanas, que desde lejos daban a estos bloques el aspecto de inmensas colmenas. Esto se resolvió agrupando las ventanas en sentido vertical, mediante potentes nervaduras que acentuaban el verticalismo. Este fue el problema que Sullivan se planteó, pero que no resolvió satisfactoriamente. En esta época fue Nueva York, cada vez más rica y próspera, la que recogió el testigo de Chicago en cuanto a la construcción de rascacielos. El deseo de tener las oficinas en el barrio bancario y el afán de propaganda de las grandes empresas de la ciudad hicieron que, a principios del siglo XX, las edificaciones comenzasen a multiplicar su número de plantas. Gracias al empleo del hierro a gran escala, al hormigón armado, al vidrio y a la peña viva del subsuelo de Manhattan –la parte central de la ciudad-, los arquitectos neoyorquinos pudieron elevar sin temor gigantescos edificios. Y también, gracias a la electricidad, pudieron iluminarlos y hacerlos accesibles con los ascensores.
En 1916, se publicaba en Nueva York, la Ley de Zonas, que obligaba a respetar una cierta proporción entre la altura del edificio y la anchura de la calle. En términos generales, el edificio no podía salir de una pirámide ideal cuyos lados inferiores estaban en el eje de la calle, lo que produjo un retranqueamiento progresivo de los cuerpos más elevados. El edificio Flatiron (1900) tenía sólo 20 plantas, pero presentaba una estructura curiosa en forma triangular –como la de una plancha, como reza su nombre-, debida a que estaba situado en la intersección de dos calles. El Woolworth Building (1908), obra de Cass Gilbert, con 45 plantas y 140 metros de altura, se convirtió en el edificio más alto del mundo cuando fue erigido en un estilo neogótico. Igualmente con un estilo gótico se construyó en 1922 el edificio del diario Chicago Tribune, un proyecto a cuyo concurso se presentaron las ideas más innovadoras del momento, pero que optó por la vuelta a lo clásico.
En los años veinte y treinta del siglo XX, los rascacielos se comenzaron a decorar buscando un estilo
que los diferenciara de los demás. El Chrysler Building, construido entre 1928 y 1930 por William Van Allen, con 319 metros de altura, se alzó como uno de los edificios más bellos de la ciudad, ya que en él confluían ornamentaciones art-déco, motivos expresionistas y elementos propios de la marca de coches que lo promocionó. En 1931, la altura del Woolworth fue ampliamente superada con la construcción del Empire State Building, diseñado por la firma de arquitectos Shreve, Lamb & Harmon Associates. Con sus más de 380 metros y 102 pisos, se convirtió en el edificio más alto del mundo y en el más emblemático de la ciudad. Desprovisto ya de los elementos neogóticos, su enorme estructura retranqueada se remató más adelante en la parte superior con un observatorio y una antena de telecomunicaciones.
Mies Van der Rohe, arquitecto alemán, diseñaba en 1919 y 1922 un proyecto para un edificio de oficinas en Berlín, además de otro del mismo tipo en hormigón armado. Estos proyectos no se llevarían a cabo, pero influyeron decisivamente en la arquitectura moderna no sólo europea sino sobre todo norteamericana. Al retranquearse los soportes de la fachada, y gracias al empleo del aluminio, el muro se convertía en una superficie de cristal sólo interrumpida por delgados listeles. En 1938, el arquitecto fue llamado a EEUU como profesor de arquitectura. Todas sus ideas arquitectónicas las llevaría a cabo en la ciudad de Chicago, donde realizó el edificio de apartamentos de Lake Shore Drive (1951), con una estructura de acero cubierta por paredes uniformes de cristal, donde todo depende de unas pensadísimas proporciones.
En 1959, realizaría su rascacielos más importante en Nueva York, el Seagram Building. El edificio
había sido construido con medios excepcionales: partes metálicas de bronce, paneles de mármol pulido y cristal rosado. Su construcción fue carísima, no sólo por los materiales, sino también porque se quiso dejar libre la pequeña plaza situada frente al edificio, con lo que se renunció a buena parte de lo que se podía construir sobre el terreno. El arquitecto fue muy criticado por el carácter purista de su edificio, por la ausencia de elementos decorativos, en una estructura recubierta por un muro-cortina de vidrio. Sin embargo, el Seagram se convirtió en un prototipo que sirvió de base para muchas otras realizaciones posteriores. En los años inmediatos a la posguerra se buscó una cierta renovación en los rascacielos, siendo preciso encontrar una tipología distinta de la de los grandes edificios de oficinas en forma de torre. El primer intento se produjo en la construcción de las sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Para ello se nombró en 1947 una comisión consultiva de varios países, en la que figuraba el francés Le Corbusier,
que realizó un proyecto en tres partes que incluía la construcción de dos rascacielos perpendiculares con forma de paralelepípedo. El edificio fue finalmente realizado por los arquitectos Harrison y Abramowitz entre 1948 y 1950, quienes acentuaron aún más los contrastes propuestos por Le Corbusier. Fueron estos dos arquitectos los que en 1952 realizaron en Pittsburgh el edificio del ALCOA, completamente revestido de paneles de aluminio con forma de diamante rehundido. A partir de 1945, los rascacielos se caracterizaron por el eclecticismo de formas, sin una tipología
única, estando inmersos en una continua experimentación de formas y materiales, en un intento por resultar cada vez más novedosos y atractivos. Un elemento casi constante fue la utilización del muro-cortina que ocultaba la estructura interior del edificio, siguiendo las directrices de Mies Van der Rohe, una fachada totalmente realizada con paneles ligeros. En ocasiones se volvió a los elementos clásicos y los estilos del pasado. Sin duda, el aspecto más desconcertante de esta nueva arquitectura fue la rapidez con que cambian las cosas, lo que propicia una continua búsqueda de elementos nuevos y la no-repetición. En 1973, el Empire State Building sería desbancado como edificio más alto de Nueva York por las dos torres gemelas de World Trade Centre. El arquitecto Yamasaki ideó la construcción de dos
rascacielos completamente iguales con 107 pisos, que superaban la altura de cualquier otro edificio de la ciudad. La constante innovación es también la característica principal de los rascacielos construidos hoy en día. Se busca sacar el mayor partido de los materiales y la tecnología, que se encuentra en continua evolución. Se busca lo nuevo, lo nunca antes realizado, por eso no hay terreno para la repetición. Actualmente, los rascacielos pueden encontrarse no sólo en Nueva York o Chicago, sino en la mayoría de las ciudades desarrolladas.
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miércoles, 4 de junio de 2014
Filosofía y Epistemología - La diferencia entre saber y conocer
El amante desengañado, el médico que inquiere los síntomas de su paciente y el físico que acelera partículas –que no puede ver ni tocar- para ver si se descomponen en otras- que tampoco podrá ver ni tocar- están aplicando tácticas comunes. Estas tácticas, y su legitimidad, es lo que analiza una de las ramas principales de la filosofía: la epistemología.
La epistemología comienza en el momento en que el hombre se da cuenta de que las cosas no son lo que parecen. Apariencia y realidad son dos cosas bien distintas… hasta que intentamos definirlas. Éste ha sido, desde su origen, uno de los problemas centrales de la filosofía. La otra cuestión nace de esa dificultad: ¿qué es el conocimiento?
Tiene que ver con la percepción, pero no es idéntico a ella. Los sentidos nos dicen que el Sol gira
alrededor de la Tierra una vez al día, que el palo sumergido en un vaso de agua está partido y que la materia está llena. Pero la realidad contradice a los sentidos. La Tierra es la que gira alrededor del Sol, la materia es un 99% de vacío y el palo en el vaso no está partido, aunque queda pendiente el cómo determinar su verdadero estado. De hecho, todos aseguraríamos que el palo está entero, pero es muy difícil reconstruir los pasos que hemos dado para llegar a esa certeza. Si sacamos el palo del agua, ¿cómo asegurar que no es el agua la que lo está partiendo? Podemos recurrir al tacto, y él seguramente nos dará la sensación de su continuidad, pero ¿exactamente qué motivo hay para fiarnos más de un sentido que de otro? Las manos no son menos falibles que los ojos: si una persona calienta una mano, enfría la otra sumerge ambas en un mismo líquido a temperatura media, una mano dirá que el agua está fría y la otra, que caliente. Lo que habría que corregir es el concepto de caliente y frío: está frío con respecto a una mano y caliente con respecto a la otra; el problema aquí consiste en saber recibir y ordenar los datos.
En cuanto a los sentidos, la respuesta es que ninguno por separado puede dar una información completamente fiable, que necesitan corregirse unos a otros y que todos han de ser controlados por eso que llamamos razón, que por su parte, lamentablemente –quizá para dar trabajo a los epistemólogos a lo largo de la historia- también está sujeta a error. Otro problema básico es cómo saber lo que ocurre en la mente de otras personas. Saber, por ejemplo, si las sensaciones que tienen son equivalentes a las nuestras. Podemos sufrir una fractura del brazo, después ver a otra persona con la misma fractura y, por tanto, deducir lo que está padeciendo. Pero no es una deducción del todo legítima, pues no es posible comparar ambos dolores: entre otras cosas, no es posible averiguar si esa persona es más o menos sensible al dolor o, incluso, si sólo está fingiendo.
Tampoco es posible conocer los contenidos de la mente ajena: si está realmente enamorada de
nosotros o si eso a lo que llamamos “rojo” corresponde en ella a la misma sensación. El conocimiento de la realidad, de la que nuestra mente y la de los demás forma parte, ha sido un tema central en la ética, la estética, la lógica, la filosofía del lenguaje –discutiendo la relación entre el concepto y lo que se expresa-, la filosofía de la ciencia -¿qué método usar para no dejarse engañar por las apariencias?- y la metafísica –en su búsqueda de la naturaleza esencial del mundo-. Saber cómo, saber dónde, saber por qué, conocer a alguien, saber algo… Durante el siglo XX, los filósofos han estudiado con detalle qué significan estas expresiones. Bertrand Russell (1872-1970) llamó conocimiento por experiencia a las expresiones “conocer a Pedro” o “conocer Roma”. Uno no puede decir en pleno siglo XX “conozco a Galileo Galilei”, pues no ha tenido trato con él. Para hablar de Galileo recurriría al que Russell llamó “conocimiento por descripción”.
Russell intentaba en el fondo demostrar que el sistema de conocimiento está organizado de forma que unas formas del conocimiento dependen de otras. Las frases del tipo “sé cómo…” indican generalmente una habilidad que la persona tiene: por ejemplo, nadar o escribir con los cinco dedos sobre un teclado. Uno puede tener dicho conocimiento sin necesidad de que sea directamente expresable, pues no puede comunicar a otro cómo escribir a máquina: puede hacerle pasar por los mismos ejercicios que lo han llevado a desarrollar la destreza, pero no puede transferirla. Lo contrario ocurre con las frases del tipo “saber que…”. Uno puede saber que tal perro es peligroso, y puede comunicarlo directamente sin necesidad de enfrentar a la otra persona con el animal. Es el llamado “conocimiento proposicional”. El filósofo Gilbert Ryle (1900-1976) dijo que, dadas esas diferencias, muchos casos de “saber cómo…” no pueden ser reducidos a “saber que…” y, en consecuencia, los tipos de conocimientos son independientes unos de otros.
Las distinciones genéricas entre los tipos de conocimiento son, básicamente, las siguientes:
-Incidental-disposicional, que se aplica tanto a casos de “saber que…” como a “saber cómo…”: uno
puede decir que un terrón de azúcar se disolverá si se sumerge en agua –disposición- y puede comprobar que efectivamente se disuelve si se sumerge –incidente-. -A priori-a posteriori: un conocimiento a priori es, por ejemplo, “todas las esposas están casadas”; un conocimiento a posteriori es “perro peligroso”; de las esposas podemos decir, sin conocerlas a todas, que están casadas, porque si no están casadas no son esposas; pero para decir lo mismo del perro hay que haber tenido algún trato con él, que haya atacado a alguien –eso sería para el filósofo una “investigación empírica-.
-Necesario-contingente: un conocimiento es necesario si es verdad bajo todas las circunstancias –“todas las esposas están casadas”- y es contingente en caso contrario: “perro peligroso”, posiblemente para el intruso, pero no para el dueño. Muchas proposiciones necesarias son también a priori, y muchas proposiciones a posteriori son contingentes.
-Analítico-sintético: una proposición es analítica si el contenido del predicado puede ser deducido del sujeto: “todas las esposas están casadas” es un argumento analítico porque de “esposa” se deduce “está casada”; un término es “sintético” en el caso contario: por ejemplo, de “perro” no podemos deducir “peligroso”; algunas proposiciones analíticas son a priori y la mayoría de las proposiciones sintéticas son a posteriori. Estas distinciones fueron usadas por Kant (1724-1804) para elucidar una cuestión esencial en la epistemología: ¿qué juicios sintéticos a priori son posibles? tema central de su “Crítica de la razón pura”. -Tautológico-significativo: una proposición es tautológica si sus constituyentes se repiten a sí mismos o pueden ser reducidos a términos de “a=a”; una proposición es significante si da información nueva.
-Lógico-de hecho: “si A, entonces B” es una construcción lógica: si “esposa”, entonces “casada” es
su aplicación; las proposiciones “de hecho” suelen ser, como en “perro peligroso”, a posteriori, contingentes y sintéticas. Saul Kripke (1940) argumentó que todas estas sentencias son necesarias, incluso las más triviales como “un perro es un perro”. Un ejemplo de esto es la astronomía antigua, que creía que la estrella de la mañana y la estrella de la tarde eran dos entidades diferentes: los planetas Venus y Mercurio. El descubrimiento de que a veces Venus salía por la mañana y otras por la tarde, y que lo mismo ocurría con Mercurio, era algo más que “Venus es Venus, Mercurio es Mercurio y Venus no es Mercurio”: la determinación de que “A es igual a A” y “A no es igual a A” es, al fin y al cabo, el principal objetivo de la ciencia y el conocimiento. Leer Mas...
lunes, 2 de junio de 2014
Hinduismo clásico
La creciente marea de hunos blancos por el norte de India fue contenida durante un tiempo por Skandagupta (455-467), el último emperador importante de la dinastía gupta. Pero sus débiles sucesores no pudieron suministrar la argamasa que mantuviera unido el Imperio. Hacia 500, éste ya se había roto en pedazos, y los últimos guptas gobernaron en pequeños reinos del norte de India. Aunque los reyes guptas hicieron liberales donaciones a los monasterios budistas y tenían consejeros budistas en sus cortes, fue a partir de este tiempo cuando el hinduismo brahmínico, como lo interpretaban los brahmines, o sacerdotes, emergió del modo hoy conocido.
La llegada de los hunos tuvo como efecto la ruptura del sistema de castas y la creación de cierto
número de nuevas subcastas. Aunque en aquel tiempo las castas restringían determinadas ocupaciones a grupos particulares, en temas militares esto se ignoraba generalmente. Los ejércitos hindúes no sólo consistían en kshatriyas –la casta guerrera- sino también en brahmines (sacerdotes, profesionales), vaishyas (campesinos, granjeros, mercaderes) y shudras (artesanos). E incluso, en el siglo VII, los reyes de Alwar, Rohilkhand y Kanauj, pequeños reinos situados en el norte de India, eran shudras o vaishyas.
Fue en el norte, entre 300 y 800, donde la literatura clásica en sánscrito fluyó de las plumas de un gran número de importantes escritores, sobre todo en el siglo V, con el poeta y dramaturgo Kalidasa, cuya obra Shakuntala fue más tarde muy admirada por Goethe (1749-1832). Y desde aproximadamente 500 hasta 1000, o más tarde, fueron compuestos los importantes Puranas, mitos y leyendas que glorifican a Brahma, Visnú y
Siva. Escritos en verso, los Puranas son un tesoro de folclore y sabiduría, y entre sus temas se encuentran la destrucción y renovación periódicas del mundo y la genealogía de los dioses y héroes hindúes.
Sin embargo, mientras las llanuras del norte de India se convirtieron en terreno de caza para sucesivos invasores procedentes del noroeste entre 550 y 1200, la cultura hindú se desarrolló rápidamente en el sur de India y en la meseta del Decán. Las dinastías chalukas y rashtrakutas gobernaron alternativamente entre los siglos VI y X, y en el sur, los cholas llevaron el cetro entre 906 y 1120. Los últimos conquistaron Sri Lanka, y, por medio de una expedición naval, ocuparon partes de Sumatra, la península malaya y Myanmar durante unas cuantas décadas.
A pesar de estas alteraciones políticas, la influencia del
hinduismo brahmínico estaba echando raíces, lo que tuvo como resultado un florecimiento de templos ricamente tallados, dedicados ya a Visnú, ya a Siva, en Khajuraho, Bhubaneshwar, Kanchipuram y Tanjore. El culto a los dioses se convirtió en algo muy extendido, y los Puranas contribuyeron a popularizarlo y explicar su mitología.
Desde el siglo IX hasta el XIII, los pensadores hindúes contribuyeron a convencer a los gobernantes locales de que abandonasen el budismo y se volviesen hacia el hinduismo en toda India. Pero en Bihar y Bengala, el budismo permaneció fuerte hasta la ocupación musulmana a principios del siglo XIII. Y en el sur de la India,
los Upanishad, los Brahma Sutras y el Baghavad Gita se interpretaron nuevamente con comentarios de Shankara, Ramanuja y Madhva.
Hacia el siglo XIII, algunas prácticas hindúes, como el sati –inmolación de las viudas sobre las piras funerarias de sus esposos –y el matrimonio infantil, eran ya habituales (fueron condenadas por los reformadores hinduistas en el siglo XIX). Cuando los musulmanes establecieron su dominio político por una gran parte de India, el hinduismo comenzó a mirar hacia su interior. Así siguió proporcionando unidad cultural a sus seguidores por medio de la teología, la filosofía y las normas de culto.
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La llegada de los hunos tuvo como efecto la ruptura del sistema de castas y la creación de cierto
número de nuevas subcastas. Aunque en aquel tiempo las castas restringían determinadas ocupaciones a grupos particulares, en temas militares esto se ignoraba generalmente. Los ejércitos hindúes no sólo consistían en kshatriyas –la casta guerrera- sino también en brahmines (sacerdotes, profesionales), vaishyas (campesinos, granjeros, mercaderes) y shudras (artesanos). E incluso, en el siglo VII, los reyes de Alwar, Rohilkhand y Kanauj, pequeños reinos situados en el norte de India, eran shudras o vaishyas. Fue en el norte, entre 300 y 800, donde la literatura clásica en sánscrito fluyó de las plumas de un gran número de importantes escritores, sobre todo en el siglo V, con el poeta y dramaturgo Kalidasa, cuya obra Shakuntala fue más tarde muy admirada por Goethe (1749-1832). Y desde aproximadamente 500 hasta 1000, o más tarde, fueron compuestos los importantes Puranas, mitos y leyendas que glorifican a Brahma, Visnú y
Siva. Escritos en verso, los Puranas son un tesoro de folclore y sabiduría, y entre sus temas se encuentran la destrucción y renovación periódicas del mundo y la genealogía de los dioses y héroes hindúes. Sin embargo, mientras las llanuras del norte de India se convirtieron en terreno de caza para sucesivos invasores procedentes del noroeste entre 550 y 1200, la cultura hindú se desarrolló rápidamente en el sur de India y en la meseta del Decán. Las dinastías chalukas y rashtrakutas gobernaron alternativamente entre los siglos VI y X, y en el sur, los cholas llevaron el cetro entre 906 y 1120. Los últimos conquistaron Sri Lanka, y, por medio de una expedición naval, ocuparon partes de Sumatra, la península malaya y Myanmar durante unas cuantas décadas.
A pesar de estas alteraciones políticas, la influencia del
hinduismo brahmínico estaba echando raíces, lo que tuvo como resultado un florecimiento de templos ricamente tallados, dedicados ya a Visnú, ya a Siva, en Khajuraho, Bhubaneshwar, Kanchipuram y Tanjore. El culto a los dioses se convirtió en algo muy extendido, y los Puranas contribuyeron a popularizarlo y explicar su mitología. Desde el siglo IX hasta el XIII, los pensadores hindúes contribuyeron a convencer a los gobernantes locales de que abandonasen el budismo y se volviesen hacia el hinduismo en toda India. Pero en Bihar y Bengala, el budismo permaneció fuerte hasta la ocupación musulmana a principios del siglo XIII. Y en el sur de la India,
los Upanishad, los Brahma Sutras y el Baghavad Gita se interpretaron nuevamente con comentarios de Shankara, Ramanuja y Madhva. Hacia el siglo XIII, algunas prácticas hindúes, como el sati –inmolación de las viudas sobre las piras funerarias de sus esposos –y el matrimonio infantil, eran ya habituales (fueron condenadas por los reformadores hinduistas en el siglo XIX). Cuando los musulmanes establecieron su dominio político por una gran parte de India, el hinduismo comenzó a mirar hacia su interior. Así siguió proporcionando unidad cultural a sus seguidores por medio de la teología, la filosofía y las normas de culto.
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miércoles, 28 de mayo de 2014
El Rey Escorpión: los orígenes de la monarquía en Egipto
Los antiguos egipcios tenían una clara visión de su historia. Como consta en el Canon Real de Turín, una lista de reyes escrita sobre papiro en la dinastía XIX del Imperio Nuevo y reiterada por el sacerdote egipcio Manetón en sus escritos del siglo III a.C., Egipto fue creado por los dioses en la noche de los tiempos y después fue gobernado por ellos durante muchos siglos. A esto siguió una sucesión de semidioses, también conocidos como los Seguidores de Horus. Luego llegaron los reyes de Egipto, de los cuales el primero fue Menes, y se fueron sucediendo en un linaje ininterrumpido a lo largo de las generaciones. De modo que en el Canon Real de Turín, así como en otras listas de reyes del mismo período ramésida, Menes aparece tradicionalmente como el primer rey de Egipto.
Manetón clasificó, además, el sistema de dinastías que sigue vigente hoy en día, según el cual Menes
fue el primer rey de la dinastía I, tras ocupar el trono después del último de los semidioses. Menes se identifica a menudo con el rey conocido como Narmer en las inscripciones contemporáneas a la dinastía I. De ahí que en numerosos relatos sobre la historia del antiguo Egipto aparezca Narmer encabezando la lista de monarcas.Sin embargo, la identificación de los primeros reyes de Egipto no resulta tan sencilla como lo arriba expuesto. Los propios antiguos egipcios eran algo ambiguos al tratar sobre los orígenes de la realeza. Aunque las listas de reyes del Imperio Nuevo suelen empezar con Menes, los anales reales (relatos anuales de acontecimientos relevantes) recopilados mil años antes, durante el Imperio Antiguo, incluían como anterior a una línea de dirigentes más antigua. En el fragmento más largo conservado de dichos anales, que se conoce como la Piedra de Palermo, estos primeros reyes ocupaban la primera línea. En la época en que se escribieron los anales se conocía bien poco acerca de estos primeros
reyes, así que la Piedra de Palermo simplemente menciona sus nombres. ¿Conformaban estos dirigentes predecesores de la dinastía I una tradición inventada, similar a los semidioses de Manetón? ¿O bien conservan un vago recuerdo de un verdadero linaje de reyes que gobernaron Egipto antes del principio de la historia documentada?.Las excavaciones recientes han reportado enormes avances en nuestra comprensión de los orígenes del antiguo Egipto. A pesar de que Narmer fue, sin duda, una figura fundamental en la historia de Egipto, y de que las generaciones posteriores lo consideraran como el fundador de la primera línea real de la dinastía I, hoy en día está claro que no fue el primer rey de Egipto. La labor arqueológica en el antiguo cementerio real de Abido ha descubierto tumbas que preceden a la de Narmer y cuya arquitectura y contenido las identifican como reales. A resultas de esto, los egiptólogos han ideado el término “dinastía 0” para referirse al grupo de reyes anteriores a la dinastía I.
Desgraciadamente, las inscripciones jeroglíficas primitivas son famosas por la dificultad que
presentan para ser descifradas, lo cual ha llevado a disputas sobre la identificación de los predecesores de Narmer. Por ejemplo, dos de las tumbas reales en Abido contenían inscripciones fragmentarias que a primera vista parecían ofrecer los nombres de sus ocupantes reales. No obstante, el nombre que se lee como rey Ro podría, de hecho, referirse a los objetos destinados a la boca (ro) del rey, mientras que las inscripciones atribuidas a un rey llamado Qa podrían aludir al espíritu (ka) del mismo. En otras palabras, es posible que ambas “tumbas” sean, de hecho, cámaras complementarias pertenecientes a otro entierro real cercano, quizás el de Narmer. De modo que ¡tan pronto como aparecen nuevos reyes se desvanecen de nuevo!
La Paleta de Narmer es probablemente la expresión visual más asombrosa de la realeza primitiva egipcia, pero no es el único monumento real procedente de los albores de la historia egipcia. Un extremo de una maza de piedra decorada encontrada en la misma época y el mismo yacimiento –Hieracómpolis- que la paleta ilustra un aspecto distinto de los rituales reales: la inauguración de un canal de riego. El rey representado realizando este acto se identifica mediante dos signos jeroglíficos grabados frente a su rostro, un escorpión y una escarapela. Dado que la escarapela se empleaba en este primer período para simbolizar el concepto de “dirigente”, el rey se suele identificar como rey Escorpión. Sin embargo, algunos egiptólogos prefieren interpretar el escorpión como algo más que un
mero nombre. E incluso unos cuantos argumentan que el rey en cuestión es, de hecho, Narmer, basándose en las grandes similitudes estilísticas entre el extremo de la maza y la Paleta de Narmer.Si el rey Escorpión fue verdaderamente un rey distinto debió de haber reinado aproximadamente en la misma época que Narmer, aunque no se ha hallado en el cementerio real de Abido ninguna tumba que pueda atribuírsele con toda seguridad. Dado que Heracómpolis está en el extremo sur de Egipto, se ha sugerido que Escorpión podría haber sido un rey local que gobernó la parte meridional del valle del Nilo, mientras que Narmer reinó más al norte. La verdad es que Hieracómpolis fue un importante centro durante los siglos anteriores a la dinastía I, y parece que perdió relevancia frente a Abido, su rival septentrional, hacia las últimas etapas de la unificación egipcia.
En la actualidad, Escorpión sigue apareciendo en muchas de las listas reales de los primeros monarcas, pero su posición en ellas no está bien fundamentada.
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