Los radiestesistas pretenden detectar la existencia de una capa freática con la única ayuda de una rama de avellano o de nogal. Otros se sirven de un péndulo, es decir, de una pieza de hierro, cobre, cristal de roca o incluso madera, suspendida de una cadenita metálica o de un hilo (por ejemplo de cáñamo). Esa pieza puede tener las formas más variadas: bola, gota de agua y placa hexagonal, entre otras. Ésos son los instrumentos del delito.
El radiestesista, a menudo de buena fe, avanza por el campo armado con su famosa varita mágica en forma de Y, sujeta fuertemente por los dos brazos en V. Y ¡milagro!, en el punto decisivo la rama se pone a temblar o, más espectacular, apunta hacia el suelo, como marcando el punto donde hay agua. Sólo le falta gritar “¡aquí, aquí!”.
Eminentes científicos se han ocupado, evidentemente, de esta cuestión, empezando por el químico

Chevreul repite la experiencia “con los brazos perfectamente libres”, y anota: “Sentí muy bien que al mismo tiempo que mis ojos seguían el péndulo que oscilaba, había en mí una disposición o tendencia al movimiento que, por involuntaria que me pareciera, era tanto más marcada cuanto más grande era el arco que describía el péndulo”. Entonces el químico decide repetir la experiencia con los ojos vendados. ¡Y el péndulo no se mueve!

Y el químico demostró que el movimiento se para (o se atenúa mucho) si se intercala una placa entre el metal y el péndulo, a condición de estar convencido de que esa “pantalla” anula la oscilación. Chevreul había demostrado así que hay una relación íntima entre el pensamiento y el movimiento, antes incluso de que se transmita la orden al músculo. Después, gracias a sensores extraordinariamente sensibles, los investigadores han multiplicado los experimentos que han confirmado el principio de Chevreul.
Por ejemplo, en una persona en reposo y totalmente relajada, el solo hecho de sugerirle que levante

Es decir, el solo pensamiento produce un impacto involuntario sobre el movimiento, del que la visión refuerza y amplifica el fenómeno esperado. He aquí por qué ningún radiestesista puede actuar con los ojos vendados. Y hasta hoy ninguno ha demostrado su talento sometido a un experimento científico.
Una de las últimas intentonas serias tuvo lugar en la universidad de Sofia-Antípolis el 12 de julio de 2001. Provisto de su varita mágica, un mago aceptó el reto: detectar la presencia de agua en unos tubos, ocultos y llenos de forma aleatoria. El experimento se hizo en una zona definida y controlada por el propio mago. Éste anunció que iba a acertar el 100% de las veces. ¡Fracaso total! No acertó ni una, de acuerdo con las leyes de la probabilidad.

Otros, más peligrosos, se esfuerzan por propagar este tipo de pamplinas, como si les hiciera falta mantener en la ignorancia a más personas para que se aprovechen de tales sandeces charlatanes de medio pelo. Porque hacer suponer (o peor, hacer creer) que un desdichado trozo de madera, aunque sea de avellano, puede reaccionar ante una capa de agua oculta veinte metros bajo tierra, no indica simple idiotez, sino más bien manipulación.
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