En la época de las primeras religiones paganas, los intermediarios especializados en el diálogo con el más allá afirmaban que sabían atraerse los favores de las potencias ocultas. Rituales acompañados de ofrendas, danzas y hechizos contribuyeron a consolidar el poder de esos sabios que gozaban de ascendiente sobre sus compañeros. Y bajo el pretexto de descifrar los misterios del universo, iniciaban a multitud de fieles en las leyes de sus propias certezas a través de diversos rituales.
Esos rituales primitivos dieron lugar a ceremonias paganas estructuradas que a su vez generaron cultos a diversas divinidades antes de desembocar en las grandes religiones monoteístas.
En los primeros siglos de la era cristiana, los promotores de las nuevas religiones se dedicaron a apartar a sus fieles del camino equivocado. Lógico: la fe en un solo Dios es incompatible con otras creencias. Y sobre todo, con las que conducen a los ídolos del pasado. Es verdad que la fuerza de la doctrina naciente conduce entonces hacia la Iglesia a la mayoría, pero, aunque se dicen convertidos al cristianismo, algunos siguen volviendo a los cultos paganos. Las ceremonias consagradas a símbolos eminentemente evocadores como el árbol, la piedra o el agua seguirán siendo populares más de tres siglos después de Cristo.

Durante los primeros siglos del cristianismo, muchos intentaron así conciliar (en secreto) el nuevo culto oficial y los antiguos ritos paganos. Incluso al salir de las ceremonias cristianas, muchos conversos se dirigían a las viejas divinidades a las que temían haber ofendido. Entonces, la Iglesia tuvo que poner en práctica una auténtica estrategia para conseguir sus fines, haciendo coincidir la mayor parte de las celebraciones festivas con los rituales paganos que no acababan de desaparecer.
Navidad, conmemoración del aniversario del nacimiento de Cristo, pertenece sin oposición posible a

El nombre de Mitra, divinidad fundamental de la mitología persa, vio la luz hacia el año 500 a.C Su culto, muy probablemente derivado de la tradición india que adoraba al dios Mitra, se difundió rápidamente en el mundo helénico y romano donde encarnaba al dios solar por excelencia. Las ceremonias consagradas a Mitra se celebraban en cuevas o criptas y en el siglo III conservaban un fasto indudable reuniendo a una multitud de adeptos. El culto a Mitra se fundaba en el principio iniciático de los siete grados: cuervo, grifo, soldado, león, persa, correo del sol y, por último, padre (un padre de los padres, especie de futuro papa o gran maestro).
La fiesta de Navidad para celebrar el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre se impuso finalmente en Europa occidental a partir del siglo IV, sustituyendo hábilmente al “sol victorioso” de origen oriental, por el “sol de justicia” que simboliza Cristo. Además, para llevar a buen puerto esta conquista de los espíritus, la jerarquía eclesiástica se apoyó astutamente en nociones sencillas que ayudaron a imponer ”la ”verdad” única y global en contraposición a la multitud de dioses del pasado.

Del mismo modo, el árbol de Navidad hunde también sus raíces en costumbres ancestrales. Incluso aunque el árbol decorado no llegara a los hogares franceses hasta finales del siglo XIX, en Alemania ya hay testimonios del siglo VII, cuando el monje Bonifacio elevó el abeto al nivel de símbolo de la Navidad. El evangelizador se inspiró en la pícea, árbol del parto entre los celtas. Algunos quieren incluso ver en el abeto una reminiscencia de la decoración de los templos romanos con ramas de muérdago o de acebo.
En cuanto a la tradición de iluminar el árbol (no de decorarlo), muchos la atribuyen a Martín Lutero,

Por su parte, el primer pesebre aparece en una cueva de Italia en 1223. Tratando de imitar a tamaño natural el portal de Belén, Francisco de Asís había instalado un pesebre lleno de paja, un buey y una mula. Un sacerdote celebró la misa del gallo en ese escenario, que heredaron los ermitaños de la Provenza.
Papá Noel no se impuso en Europa hasta principios del siglo XX. Se trata en este caso de una reminiscencia del san Nicolás germánico, que deja regalos a los niños en la noche del 5 al 6 de diciembre, vestido con una gran túnica roja, una mitra y una cruz de obispo y luciendo una larga barba blanca.
Lo que acabo de explicar para la Navidad se puede aplicar también a la fiesta de Pascua, que conmemora la resurrección de Cristo pero que sustituye a una fiesta anual dedicada anteriormente a la renovación y la vuelta de la luz tras el invierno. Por ejemplo, en Alemania y en los países nórdicos se encendían fuegos que simbolizaban el renacimiento de las tareas agrícolas. Esta celebración, recuerdo de los antiguos cultos solares, cerraba las fiestas del ciclo del fuego. El año 325, el concilio de Nicea instituyó la fiesta de Pascua, “el primer domingo siguiente a la primera luna llena tras el equinoccio de primavera”, pero hubo que esperar dos siglos todavía hasta que la jerarquía católica situara esta fiesta variable del calendario cristiano entre el 23 de marzo y el 25 de abril.
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