Una noche de 1910, Wassily Kandinsky entró en su estudio de Múnich y vio una tela que, sin darse cuenta, habían colgado del revés y se quedó embelesado. Comprendió, de súbito, que era un cuadro de “extraordinaria belleza, que brillaba con resplandor interior”. Como contaría algún tiempo después, en aquel momento, el emigrado ruso supo, en un relámpago inspirador, qué significa realmente la abstracción. En relación con el arte, “abstracción” no significaba “cualquier cosa que pueda ser percibida por los sentidos; significaba tratar de representar el contenido intelectual de algo”. Esto no significaba pintar a una pareja abrazándose, por ejemplo, sino expresar sus sentimientos de alegría, amor y seguridad solo por medio de un enfoque no representativo.
Se ha discutido largo y tendido sobre quién fue el primero que pintó un cuadro abstracto y que, por lo tanto, debería ser considerado el fundador de ese arte. Durante toda la vida Kandinsky estuvo convencido de que el honor tendría que haberle correspondido a él. Hoy es un hecho bien conocido que otros artistas, como Hans Schmithals, pintaron cuadros abstractos antes que él. Sin embargo, Kandinsky se merece todo el mérito por la forma vanguardista en que permitió que el color y la forma se hicieran independientes en sus composiciones.
Kandinsky rechazó una cátedra universitaria de Derecho para convertirse en pintor. Su avance hacia

Pese a su lealtad a la abstracción, Kandinsky se inspiraba únicamente en el mundo visible, empezando por las tallas de las casas de los campesinos rusos y llegando a las máscaras africanas y las tablillas votivas de la Alta Baviera. No era su propósito representar la nada en sus obras; trataba de revelar el caos primario del cual surgía la fuerza creadora, esa fuerza que una vez formó el mundo. “Composición VII”, la obra más importante del pintor en el período anterior a la Primera Guerra Mundial no da fe de la destrucción, sino que transmite el mensaje de un principio creativo.
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