El sonido distante de un silbato, el batir de las ruedas de paletas y la aparición en la curva del río de un gran barco con la parte de abajo plana, chimeneas altas echando humo… todo esto generalmente hacía que las embarcaciones más pequeñas se escabulleran. Porque el barco de vapor tenía derecho de paso y lo ejerció en el Mississippi, el Missouri y otros ríos durante más de cincuenta años.
La época de los barcos fluviales de vapor fue una parte fascinante del crecimiento de América. Representaron un papel en su avance económico y social y le proporcionaron un aire romántico y un colorido que no se repetirán jamás.
Antes de la llegada del ferrocarril, el barco de vapor era el medio de transporte más cómodo y relajado del Oeste. Largos y bajos “palacios flotantes” que incluían todos los lujos conocidos entonces, eran también el lugar predilecto de los jugadores, prostitutas y otros individuos ansiosos de apoderarse de las riquezas de los pasajeros que pagaban billete. Tal fraternidad podía causar problemas, sin duda, pero los capitanes sabían que si los controlaban era posible que las ganancias ascendieran a 4.000 o 5.000 dólares al año.
A pesar de los riesgos, el barco de vapor atrajo a la alta sociedad y a algunos de los músicos más eminentes y conocidos de entonces, muchos provenientes de Europa (los barcos contaban con pianos y, más tarde, calíopes, un instrumento parecido al órgano muy admirado incluso a pesar de que quien lo tocaba se arriesgara a quemarse con los tubos).
Gran parte de los capitanes eran propietarios de sus barcos y, en los años que precedieron y siguieron a la Guerra Civil, eran tratados casi como la realeza.

Mecánicamente y comparados con los barcos modernos, los de vapor eran primitivos, pero para su

El Mississippi es turbulento y tiene poca profundidad. Por este motivo las embarcaciones llevaban ruedas de paletas en lugar de hélices, puesto que aquéllas requieren menor profundidad para navegar. El casco de fondo plano tenía muy poco calado y el equipo motriz iba montado en cubierta y no en el interior del buque. Las corrientes del Mississippi sometían a grandes tensiones a los cascos de fondo plano de estos vapores, que tendían a curvarse. El problema lo resolvió el coronel John Stevens, quien, para compensar ese defecto, incorporó las denominadas cadenas antiquebranto, fuertemente tensadas entre los puntales de madera o hierro colocados en la cubierta superior del barco.
Pasajeros y mercancías se embarcaban y desembarcaban a través de una pasarela montada a proa, para que el buque no tuviera que acercarse a la orilla del río.

Elevado con respecto a cubierta y con objeto de dejar espacio a las máquinas y a la carga, destacaba la cubierta de salones, rodeada por una galería de paseo. Las salas estaban instaladas con gran lujo y una rica decoración. El personal de servicio, muy numeroso, se ocupaba de cubrir las necesidades del pasaje. Situados encima de los salones se disponían los camarotes de los pasajeros y, todavía más arriba, se encontraban los alojamientos de los oficiales.
Las elevadas chimeneas tenían unos tiros poderosos y si el barco quemaba madera ayudaban a

Pero existía también el peligro de la explosión de las calderas. Charles Dickens viajó en un barco de vapor en 1842 y fue informado de que dichos barcos “generalmente reventaban por delante”, lo que era verdad. Así que, para evitar el contacto con las calderas, el mejor sitio era la popa. El combustible que se usaba era el carbón más a menudo que la madera, pero cuando se hacían carreras ya fuera contra otro barco o porque había prisa, se echaban barriles de resina, aguarrás o incluso grasa de cerdo en los fogones.
Durante el siglo XIX se construyeron cerca de 5.000 buques de vapor que entraron en servicio en el Mississippi. El día de zarpar, en los muelles de Nueva Orleans, podía verse una línea de hasta 5 km de longitud, formada por los vapores abarloados.
Con la consolidación de los buques fluviales de vapor, también se establecieron competiciones de velocidad para hacerse con el título de “buque más rápido del río”. Las regatas discurrían por un determinado recorrido, como entre Nueva Orleans y Louisville, en Kentucky (2.317 km), o entre Nueva Orleans y St. Louis, en Missouri (1.960 km). Se habían previsto escalas en los puertos principales, cuya duración se registraba con regularidad.
En aquella época, las competiciones de velocidad comportaban notables riesgos dado que, si las calderas eran forzadas al máximo, podían explotar. Estos accidentes no eran raros, y entre 1810 y 1850 causaron unas 4.000 víctimas a bordo de barcos de vapor. Uno de los más graves se produjo en el “Moselle” en 1838, mientras realizaba un crucero por el río Ohio: al dejar el muelle de Cincinnati, explotaron sus calderas, matando entre 100 y 200 personas. La violencia de la explosión lanzó una caldera hasta el centro de la ciudad.
La rivalidad entre los capitanes era muy conocida y se hacían continuos esfuerzos por batir marcas.

No se caían nada bien el uno al otro y protestaban enérgicamente ante cualquier comentario sobre la mayor rapidez del barco contrario. Todo el mundo se preguntaba quién sería capaz de batir el récord que, en 1844, el “J.M.White” había fijado en tres días, veintitrés horas y nueve minutos para el viaje entre Nueva Orleans y St.Louis.


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