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lunes, 2 de junio de 2014

Hinduismo clásico

La creciente marea de hunos blancos por el norte de India fue contenida durante un tiempo por Skandagupta (455-467), el último emperador importante de la dinastía gupta. Pero sus débiles sucesores no pudieron suministrar la argamasa que mantuviera unido el Imperio. Hacia 500, éste ya se había roto en pedazos, y los últimos guptas gobernaron en pequeños reinos del norte de India. Aunque los reyes guptas hicieron liberales donaciones a los monasterios budistas y tenían consejeros budistas en sus cortes, fue a partir de este tiempo cuando el hinduismo brahmínico, como lo interpretaban los brahmines, o sacerdotes, emergió del modo hoy conocido.
La llegada de los hunos tuvo como efecto la ruptura del sistema de castas y la creación de cierto número de nuevas subcastas. Aunque en aquel tiempo las castas restringían determinadas ocupaciones a grupos particulares, en temas militares esto se ignoraba generalmente. Los ejércitos hindúes no sólo consistían en kshatriyas –la casta guerrera- sino también en brahmines (sacerdotes, profesionales), vaishyas (campesinos, granjeros, mercaderes) y shudras (artesanos). E incluso, en el siglo VII, los reyes de Alwar, Rohilkhand y Kanauj, pequeños reinos situados en el norte de India, eran shudras o vaishyas.

Fue en el norte, entre 300 y 800, donde la literatura clásica en sánscrito fluyó de las plumas de un gran número de importantes escritores, sobre todo en el siglo V, con el poeta y dramaturgo Kalidasa, cuya obra Shakuntala fue más tarde muy admirada por Goethe (1749-1832). Y desde aproximadamente 500 hasta 1000, o más tarde, fueron compuestos los importantes Puranas, mitos y leyendas que glorifican a Brahma, Visnú y
Siva. Escritos en verso, los Puranas son un tesoro de folclore y sabiduría, y entre sus temas se encuentran la destrucción y renovación periódicas del mundo y la genealogía de los dioses y héroes hindúes.

Sin embargo, mientras las llanuras del norte de India se convirtieron en terreno de caza para sucesivos invasores procedentes del noroeste entre 550 y 1200, la cultura hindú se desarrolló rápidamente en el sur de India y en la meseta del Decán. Las dinastías chalukas y rashtrakutas gobernaron alternativamente entre los siglos VI y X, y en el sur, los cholas llevaron el cetro entre 906 y 1120. Los últimos conquistaron Sri Lanka, y, por medio de una expedición naval, ocuparon partes de Sumatra, la península malaya y Myanmar durante unas cuantas décadas.

A pesar de estas alteraciones políticas, la influencia del
hinduismo brahmínico estaba echando raíces, lo que tuvo como resultado un florecimiento de templos ricamente tallados, dedicados ya a Visnú, ya a Siva, en Khajuraho, Bhubaneshwar, Kanchipuram y Tanjore. El culto a los dioses se convirtió en algo muy extendido, y los Puranas contribuyeron a popularizarlo y explicar su mitología.

Desde el siglo IX hasta el XIII, los pensadores hindúes contribuyeron a convencer a los gobernantes locales de que abandonasen el budismo y se volviesen hacia el hinduismo en toda India. Pero en Bihar y Bengala, el budismo permaneció fuerte hasta la ocupación musulmana a principios del siglo XIII. Y en el sur de la India,
los Upanishad, los Brahma Sutras y el Baghavad Gita se interpretaron nuevamente con comentarios de Shankara, Ramanuja y Madhva.

Hacia el siglo XIII, algunas prácticas hindúes, como el sati –inmolación de las viudas sobre las piras funerarias de sus esposos –y el matrimonio infantil, eran ya habituales (fueron condenadas por los reformadores hinduistas en el siglo XIX). Cuando los musulmanes establecieron su dominio político por una gran parte de India, el hinduismo comenzó a mirar hacia su interior. Así siguió proporcionando unidad cultural a sus seguidores por medio de la teología, la filosofía y las normas de culto.

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miércoles, 28 de mayo de 2014

El Rey Escorpión: los orígenes de la monarquía en Egipto


Los antiguos egipcios tenían una clara visión de su historia. Como consta en el Canon Real de Turín, una lista de reyes escrita sobre papiro en la dinastía XIX del Imperio Nuevo y reiterada por el sacerdote egipcio Manetón en sus escritos del siglo III a.C., Egipto fue creado por los dioses en la noche de los tiempos y después fue gobernado por ellos durante muchos siglos. A esto siguió una sucesión de semidioses, también conocidos como los Seguidores de Horus. Luego llegaron los reyes de Egipto, de los cuales el primero fue Menes, y se fueron sucediendo en un linaje ininterrumpido a lo largo de las generaciones. De modo que en el Canon Real de Turín, así como en otras listas de reyes del mismo período ramésida, Menes aparece tradicionalmente como el primer rey de Egipto.

Manetón clasificó, además, el sistema de dinastías que sigue vigente hoy en día, según el cual Menes fue el primer rey de la dinastía I, tras ocupar el trono después del último de los semidioses. Menes se identifica a menudo con el rey conocido como Narmer en las inscripciones contemporáneas a la dinastía I. De ahí que en numerosos relatos sobre la historia del antiguo Egipto aparezca Narmer encabezando la lista de monarcas.

Sin embargo, la identificación de los primeros reyes de Egipto no resulta tan sencilla como lo arriba expuesto. Los propios antiguos egipcios eran algo ambiguos al tratar sobre los orígenes de la realeza. Aunque las listas de reyes del Imperio Nuevo suelen empezar con Menes, los anales reales (relatos anuales de acontecimientos relevantes) recopilados mil años antes, durante el Imperio Antiguo, incluían como anterior a una línea de dirigentes más antigua. En el fragmento más largo conservado de dichos anales, que se conoce como la Piedra de Palermo, estos primeros reyes ocupaban la primera línea. En la época en que se escribieron los anales se conocía bien poco acerca de estos primeros
reyes, así que la Piedra de Palermo simplemente menciona sus nombres. ¿Conformaban estos dirigentes predecesores de la dinastía I una tradición inventada, similar a los semidioses de Manetón? ¿O bien conservan un vago recuerdo de un verdadero linaje de reyes que gobernaron Egipto antes del principio de la historia documentada?.

Las excavaciones recientes han reportado enormes avances en nuestra comprensión de los orígenes del antiguo Egipto. A pesar de que Narmer fue, sin duda, una figura fundamental en la historia de Egipto, y de que las generaciones posteriores lo consideraran como el fundador de la primera línea real de la dinastía I, hoy en día está claro que no fue el primer rey de Egipto. La labor arqueológica en el antiguo cementerio real de Abido ha descubierto tumbas que preceden a la de Narmer y cuya arquitectura y contenido las identifican como reales. A resultas de esto, los egiptólogos han ideado el término “dinastía 0” para referirse al grupo de reyes anteriores a la dinastía I.

Desgraciadamente, las inscripciones jeroglíficas primitivas son famosas por la dificultad que
presentan para ser descifradas, lo cual ha llevado a disputas sobre la identificación de los predecesores de Narmer. Por ejemplo, dos de las tumbas reales en Abido contenían inscripciones fragmentarias que a primera vista parecían ofrecer los nombres de sus ocupantes reales. No obstante, el nombre que se lee como rey Ro podría, de hecho, referirse a los objetos destinados a la boca (ro) del rey, mientras que las inscripciones atribuidas a un rey llamado Qa podrían aludir al espíritu (ka) del mismo. En otras palabras, es posible que ambas “tumbas” sean, de hecho, cámaras complementarias pertenecientes a otro entierro real cercano, quizás el de Narmer. De modo que ¡tan pronto como aparecen nuevos reyes se desvanecen de nuevo!

La Paleta de Narmer es probablemente la expresión visual más asombrosa de la realeza primitiva egipcia, pero no es el único monumento real procedente de los albores de la historia egipcia. Un extremo de una maza de piedra decorada encontrada en la misma época y el mismo yacimiento –Hieracómpolis- que la paleta ilustra un aspecto distinto de los rituales reales: la inauguración de un canal de riego. El rey representado realizando este acto se identifica mediante dos signos jeroglíficos grabados frente a su rostro, un escorpión y una escarapela. Dado que la escarapela se empleaba en este primer período para simbolizar el concepto de “dirigente”, el rey se suele identificar como rey Escorpión. Sin embargo, algunos egiptólogos prefieren interpretar el escorpión como algo más que un mero nombre. E incluso unos cuantos argumentan que el rey en cuestión es, de hecho, Narmer, basándose en las grandes similitudes estilísticas entre el extremo de la maza y la Paleta de Narmer.

Si el rey Escorpión fue verdaderamente un rey distinto debió de haber reinado aproximadamente en la misma época que Narmer, aunque no se ha hallado en el cementerio real de Abido ninguna tumba que pueda atribuírsele con toda seguridad. Dado que Heracómpolis está en el extremo sur de Egipto, se ha sugerido que Escorpión podría haber sido un rey local que gobernó la parte meridional del valle del Nilo, mientras que Narmer reinó más al norte. La verdad es que Hieracómpolis fue un importante centro durante los siglos anteriores a la dinastía I, y parece que perdió relevancia frente a Abido, su rival septentrional, hacia las últimas etapas de la unificación egipcia.

En la actualidad, Escorpión sigue apareciendo en muchas de las listas reales de los primeros monarcas, pero su posición en ellas no está bien fundamentada.


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domingo, 25 de mayo de 2014

La sede de la CIA


La Agencia Central de Inteligencia (CIA) es la encargada de obtener información relevante para la seguridad nacional y de facilitarla al Gobierno y a los legisladores de Washington. Además de poseer la que seguramente sea la mejor red de espías del mundo, también actúa en misiones secretas si así lo exige el Presidente. Su sede se encuentra en Langley, condado de Fairfax (Virginia) y ocupa uno de los edificios más seguros del mundo.

El Gobierno de EEUU ha estado recabando información tanto en su territorio como en el extranjero desde que los ingleses fueron expulsados de Norteamérica en el siglo XVIII, pero la existencia de la CIA es bastante más reciente. En la década de 1880, tanto la Marina como el Ejército tenían sus propios servicios de espionaje, pero después de la Primera Guerra Mundial, sus respectivos cometidos pasaron a ser competencia del Departamento de Investigaciones, precursor del FBI. En 1941, con EEUU preparado para intervenir en la Segunda Guerra Mundial, el presidente Roosevelt nombró a William J.Dawson coordinador de información. En menos de un año, Dawson empezó a dirigir la nueva Oficina de Servicios Estratégicos (OSS por sus siglas en inglés).

Aunque desapareció tras la guerra, la OSS estableció el patrón para la creación de la CIA, la cual se fundó en 1947, durante el mandato del presidente Truman.

Hoy, la CIA cuenta con cuatro grandes secciones: el Servicio Nacional Clandestino, que supervisa el trabajo de una red de espías; la Dirección de Ciencia y Tecnología, donde se analizan los medios de comunicación, fotografías por satélite e información similar para recabar datos; la Dirección de Inteligencia, que evalúa la información conseguida por los dos departamentos anteriores, y la Dirección de Administración, que lleva todo lo relacionado con el personal y la administración.

El Centro George Bush –situado al oeste de la capital- tiene una extensión de más de cien hectáreas
entre el edificio Antiguo de las Oficinas Centrales (OHB por sus siglas en inglés) y el edificio Nuevo de las Oficinas Centrales (NHB por sus siglas en inglés). Aunque el código postal del centro pertenece a Langley –donde el presidente Madison y su mujer se escondieron cuando se escaparon del asedio de Washington en 1812-, ahora es un barrio, absorbido en 1910, de McLean.

El OHB fue diseñado por el despacho de arquitectos Harrison & Abramovitz y se construyó entre 1959 y 1961. El NHB se construyó entre 1984 y 1991 siguiendo los planos trazados por el despacho de Smith, Hinchman & Grylls. Se encuentra en la ladera de una montaña detrás del OHB y los dos edificios casi se funden el uno con el otro. El NHB está formado por dos bloques de oficinas de seis pisos, incluyendo un vestíbulo de cristal de cuatro pisos de altura. Durante la construcción del edificio en 1985, se llevó a cabo una ceremonia de colocación de la primera piedra en la que se insertó una cápsula del tiempo con objetos relacionados con la agencia para ser abierta en el futuro. La caja contenía, entre otras cosas, una copia del credo de la CIA, un medallón simbólico de la CIA, una cámara de espía diminuta y un microchip criptográfico.

El nombre del complejo ha provocado alguna que otra sonrisa, ya que el George Bush que más recientemente ha estado en el poder no es conocido precisamente por sus brillantes declaraciones (aunque puede que sea un error subestimarle). Lo cierto es que el complejo de la CIA lleva el nombre George H.W.Bush, padre de George W.Bush, porque fue el primer director de la CIA que alcanzó el cargo de mayor rango del país al asumir la presidencia en 1988. Bush padre dirigió la Agencia Central de Inteligencia entre 1976 y 1977, y el edificio fue rebautizado en su honor en 1999.

Todo lo relacionado con la CIA es confidencial, incluso el número de trabajadores y su presupuesto anual. Se ha insinuado que su presupuesto es en realidad ilimitado, aunque siempre se ha negado en declaraciones oficiales. Las últimas cifras que se han hecho públicas datan de los años noventa y hablan de una suma de más de 26.000 millones reservados para gastos en inteligencia. Es muy probable que los gastos de la CIA se hayan incrementado después del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, cuando la CIA fue duramente criticada por fracasar en su cometido.

Las medidas de seguridad del centro George Bush son totalmente confidenciales y el acceso al
edificio está restringido únicamente el personal autorizado. La página web de la organización explica que no está permitida la entrada a los ciudadanos por “motivos de logística y seguridad”.

La CIA suscita opiniones de todo tipo. Para algunos, su trabajo es la base sobre la que se apoya la seguridad nacional. Para otros, su reputación está marcada por el fracaso, desde la falta de información del OSS sobre el ataque de Japón a Pearl Harbor hasta los fallos evidenciados tras los ataques del 11 de septiembre. Otros se preguntan quién supervisa a la CIA y con qué eficacia. A lo mejor alguien podría contestar estas preguntas desde el centro de inteligencia George Bush, pero no parece probable.

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sábado, 24 de mayo de 2014

Espadas y Espadachines



Gladiadores, Caballeros y Mosqueteros convirtieron la espada y la esgrima en algo más que ataque y defensa. Armas como la Joyeuse de Carlomagno, o la Tizona del Cid fueron símbolos de majestad que enaltecieron la práctica de esta forma de lucha con arma blanca y su modalidad más ritual, los duelos singulares. Un itinerario completado por los samuráis, para los que el arte de manejar la espada era el camino hacia la sabiduría a través del combate.

Tras saludar a su adversario, el tirador iniciará su ataque con un golpe ligero contra el hierro de este, para que los aceros se calienten. A continuación, lanzará su primera acometida, que el defensor deberá parar sin que tenga derecho a ejecutar respuesta hasta que el lance haya concluido. Cuando el atacante vuelva a la posición en garde, el reposteur podrá empezar su maniobra o, si es su voluntad, desestabilizar el ritmo de su enemigo postergando su golpe unos segundos, en una respuesta à temps perdu. El buen tirador siempre situará adelantado su pie importante, no avanzará ni retorcerá más de unos centímetros, volteará su muñeca con soltura y no portará daga en la otra mano.

Así más o menos hablaba, en 1686, uno de los mejores maestros de esgrima, el francés André de Liancour, profesor de caballeros y reyes. Era el momento en que alboreaba un nuevo mundo para la milenaria espada, el arma que habían mitificado el rey Arturo y el Cid. Ya en el siglo XVII, los violentos enfrentamientos callejeros entre espadachines comenzaron a transformarse en la esgrima deportiva, no menos mortífera –sobre todo mientras duraron los duelos- pero mucho más noble y bella. Era el tránsito entre las dos grandes épocas que han marcado la historia de la espada, arma de caballeros y reyes pero también de gladiadores y rufianes.

El primer forjador de espadas martilleó una hoja metálica en la Creta minoica hacia los años 1500-1100 a.de C. Las referencias más tempranas sobre su uso corresponden a lugares tan distintos como el Egipto de Ramsés III (donde aparece en varios relieves); la guerrera Asiria (país en el que se instituyó la esgrima como deporte), e incluso se habla de ella en la gran obra épica hindú, el Mahabharata, que narra la formación de los sacerdotes guerreros de Brahma: “Diestras y certeras son las estocadas y paradas de sus armas, que flamean y fulguran”.

Entre las civilizaciones clásicas, los griegos no dieron demasiada importancia a la espada, que era un
arma secundaria para la infantería hoplita. Los infantes recurrían a ella tras arrojar su lanza o cuando ésta se había roto. Los primeros momentos de gloria debieron esperar al invento de los combates de gladiadores por los romanos en el 264 a. de C. Los luchadores llamados mirmillones portaban escudo como protección y espada para el ataque; con ella debían enfrentarse a los reciarios, pertrechados con red y tridente, y a los tracios, que usaban la daga. Se los entrenaba concienzudamente en escuelas creadas a tal efecto, todo para divertir al pueblo y a la aristocracia; los mejores gladiadores eran auténticas estrellas de la época. Los peores ya se sabe cómo acababan.

Al emperador Carlomagno siempre lo acompañaba su espada Joyeuse (“gozosa”). Fue el primer monarca para el que el arma, más allá de su valor práctico como instrumento de ataque o defensa, adquirió categoría de símbolo: se lo representaba portándola y legó a sus tres hijos sus preferidas. En la Edad Media, la espada dejó de ser una simple herramienta de trabajo para los guerreros y se transformó en un emblema de poder y majestad, dotada de cualidades místicas que en algunos casos evolucionaron hasta reflejar la verdadera valía de un hombre.

Hombres como el Cid, que tanto en la gloria como en el destierro llevaba su inseparable Tizona, situaron la espada en el centro del código de honor medieval. Se le atribuyó nobleza a ella misma y a quien la portaba y se la dotó de conexiones religiosas: un caballero besaba la cruz de su espada antes de combatir y el propio título de caballero se otorgaba haciendo una señal de la cruz con ella al aspirante. Excalibur, la mágica espada del rey Arturo, es el máximo ejemplo de la entronización de esta arma convertida en privilegio de aquel que tuviera las cualidades para unir un reino escindido entre señores feudales enfrentados, en una clara simbología política que también lo es religiosa, ya que el reinado del legendario monarca de Camelot sirve como alegoría del tránsito del paganismo al triunfo de la cristiandad en la Inglaterra céltica.

La formación de este espíritu caballeresco tuvo como corolario la irrupción de justas y torneos en la
sociedad medieval a partir del año 1056. En ellos, la espada era el arma predilecta y decisiva en el llamado combate singular, que solía seguir al enfrentamiento inicial a caballo con lanzas. El primer golpe era prerrogativa del desafiado. De todas formas, aunque exista una imagen del caballero andante medieval como experto espadachín, su técnica guerrera era más tosca que la esgrima ortodoxa que se iba a imponer en los siglos XVI y XVII. Y es que los combatientes del Medievo utilizaban pesadas espadas, que excedían del kilo y medio, e iban equipados con resistentes armaduras metálicas que, en su conjunto, podían sumar 25 kilos de peso repartidos por todo el cuerpo. Por tanto, las estocadas con la punta del arma hubieran resultado poco eficaces contra un enemigo tan protegido y la espada se utilizaba primordialmente para aporrear al oponente a base de mandobles asestados con el filo o, incluso, a golpes de pomo.

Caso aparte constituyen los samuráis, para quienes la espada era la sabiduría, el medio del lograr la satori, la perfección espiritual. El manejo de la espada purificaba a quien lo dominaba y lo libraba de toda mácula moral. Los samurái –el nombre significa originalmente “criado”- eran guerreros profesionales a cuenta de un señor que surgieron en Japón a finales del siglo XIII, tras el intento de invasión del país por los gobernantes mongoles de China. Ellos formaron una de las cinco clases sociales en que se organizó la civilización nipona medieval (las otras cuatro eran las de los nobles, granjeros, artesanos y mercaderes).

Su ascenso social llegó a la cima a finales del siglo XVI, cuando los samuráis se convirtieron en la casta dominante al ser desarmados todos los campesinos por orden del sogún (“generalísimo”) de Japón y quedar ellos con el monopolio de la espada. Los samuráis ya conformaban una casta cerrada en 1603, situada en lo más alto del escalafón social, como salvaguarda militar de un poder político que era una suerte de feudalismo centralizado. Mantuvieron esta posición hasta la llamada Rebelión Satsuma de 1876, en la que 25.000 samuráis se alzaron contra el gobierno Meiji, durante veinte días y fueron derrotados tras una dura batalla.

Los samuráis cultivaban la práctica de la esgrima como una doctrina del guerrero, el bushido,
conectada al budismo, el sintoísmo y la filosofía confuciana tan tempranamente arraigados en Japón. El bushido es la subyugación del yo, la capacidad de soportar el dolor de un entrenamiento extenuante cultivando la serenidad mental cuando uno se enfrenta a la certeza de la muerte. Estos principios morales pasaban directamente a la esgrima mediante el kendo, la doctrina de la espada, en la que se empezaba a educar a los samuráis al cumplir los 5 años. Además de una disciplina rigurosa y austera, se exigía al maestro sumergirse en aspectos existenciales hasta alcanzar un estado casi místico llamado munen (“sin pensamiento”). Lo explicaba un epigrama de una de las mejores escuelas de esgrima del período samurái: “La victoria es para aquel que, incluso antes del combate, no piensa para nada en sí mismo”.

Volvamos a Occidente. El progreso en el uso de la espada se asentó, y mucho, sobre los llamados maestros que, a partir de la invención de la imprenta en 1450, redactaron multitud de tratados sobre el tema, consumidos por el público de la época como auténticos best sellers. Pero la primera aportación importante no fue obra de un especialista sino del polifacético Camillo Agrippa –conocido por ser el autor del obelisco de la plaza de San Pedro en Roma- que escribió “Tratado sobre la ciencia de las armas con un diálogo filosófico”, ilustrado con unos grabados atribuidos a Miguel Ángel, amigo del autor y también esgrimista habitual. Camorrista y rufián, Agrippa señaló las ventajas de la estocada sobre el golpe y definió las cuatro posiciones de guardia básicas (prima, secunda, terza y quarta), que aún hoy siguen siendo estudiadas. También, muy en la línea del entusiasmo científico del renacimiento, estudió los movimientos de cabeceo de los gallos de pelea para inventar nuevas fintas de espada.

Poco a poco desaparecieron las pesadas armaduras y los caballeros se apearon de sus cabalgaduras,
pero las espadas siguieron siendo parte fundamental del atuendo, evolucionando en medida y peso para adaptarse a las nuevas formas de vestir. Con el final del siglo XVII, Europa se convirtió en un gigantesco escenario de duelos, “sacramentos del asesinato”, como se los llamó. En el momento de la pelea, el uso de la espada se complementaba con el de una daga en la otra mano, lo que daba lugar a duelos en los que el juego sucio estaba a la orden del día. Es la esgrima del capitán Alatriste, que con tanta propiedad narra Arturo Pérez-Reverte en todas las aventuras de este personaje del Siglo de Oro español.

En este punto es conveniente distinguir las diferentes armas de la época. La espada es la más antigua arma metálica de mano fabricada por el hombre. Primero de bronce, luego de hierro y finalmente de acero con un alma de hierro puro, se han hecho de todas las longitudes y formas, desde la espada muy corta y ancha de doble filo de los gladiadores romanos hasta la alargada y curva katana japonesa.

La demanda de las emociones de un duelo, pero sin arriesgarse a las heridas que comportaba, llevó a que durante el reinado de Luis XIV apareciera un arma ligera, de sección rectangular y con un botón que cubría la punta de la hoja. Así, el florete fue la primera arma deportiva de la historia y su introducción en los salones de Versalles vino pareja a una serie de exigentes reglas que incluyeron la limitación de los tocados.

Descendiente de la cimitarra turca, el sable se introdujo en Europa en el siglo XVIII como un arma pesada y curva que permitía golpes de filo. Se convirtió en la favorita de militares y esgrimistas húngaros y fue adoptada por estadistas como Napoleón, que llevaba habitualmente una cimitarra de los mamelucos, traída de Egipto.

En el teatro isabelino inglés de principios del siglo XVII, la correcta representación de los
enfrentamientos entre espadachines era fundamental. El público, que tenía bastante práctica en el asunto, no dudaba en abuchear a los actores menos convincentes o diestros a la hora de ejecutar estocadas. William Shakespeare –que tuvo problemas con la ley en 1589 cuando fue sorprendido en una reyerta callejera empuñando una espada- se esmeró muchísimo en conseguir dramáticos encuentros de espada y sus obras fueron aclamadas también en este aspecto. Ahí están el duelo entre Hamlet y Laertes, para el que el primero confesará haberse “ejercitado de forma continua”, y el dramático combate que, en Romeo y Julieta, enfrenta a Mercucio y Tibaldo. Shakespeare también aborda otro aspecto mítico del mundo de la espada, el de su fabricación, cuando subraya el origen toledano del arma que utiliza Otelo, el celoso moro de Venecia.

Y es que Toledo, donde ya se forjaban armas blancas en la Edad de Bronce, adquirió una fama mundial en el Renacimiento cuando las tropas españolas dieron a probar a más de un enemigo las espadas que enseñaron a forjar artesanos sirios venidos durante la época musulmana a la ciudad de las tres culturas. Esta dominación permitió importar la técnica de los herreros de Damasco, otra de las grandes forjas de la historia. Así surgieron las famosas jinetas, espadas árabes que adoptaron los cristianos. Los toledanos fueron expertos en la obtención de acero a partir de hierro combinado con elementos como carbono o azufre, que dotaron a sus espadas de la mezcla de dureza y flexibilidad tan valorada por los caballeros.

Pero, en ese siglo XVII que fue, sin duda, la gran centuria de la esgrima, Francia destacó sobre cualquier otro país. Fue la época de los mosqueteros, bajo el reinado de Luis XIII, quien durante su largo mandato de 33 años (1610-1643) se debatió entre su reconocimiento racional de que sería deseable proscribir los duelos y su romántica nostalgia de los
lejanos días de la caballería. El predominio galo se asentó sobre los principios establecidos por la Academia de Esgrima Francesa, que había sido creada por el rey Carlos IX en 1567 y que, en 1605, produjo su primer código de normas esgrimísticas compilado por el maestro Le Perché de Coudray.

Los mosqueteros fueron creados en 1605 como guardia personal del rey Enrique IV; originalmente se los llamaba carabineros porque iban equipados con carabinas. Luis XIII los rearmó con mosquetes, y de ahí su nombre. Sobre Dartagnan, el famoso héroe de Alejandro Dumas, ya hablamos en otra entrada.

La Revolución Francesa cambió el curso de la esgrima, que fue prácticamente borrada del mapa por los jacobinos y muchos de sus principales maestros murieron en la guillotina. Así, el escenario predilecto de su práctica en Occidente se trasladó a los dos grandes Estados monárquicos del continente: Inglaterra y Austria. Los duelos con sangre derramada fueron decayendo desde que empezaran a ser prohibidos en la mayoría de los países durante el siglo XVIII,
aunque en Alemania pervivieron durante mucho tiempo; de hecho, aún se practican en cierta medida hoy en día. Bajo el nombre de mensur, su escenario predilecto eran las universidades y enfrentaban a las fraternidades de estudiantes, que se encontraban en las tabernas para enzarzarse en duelos a cara descubierta, lo cual provocaba frecuentes cicatrices, motivo de orgullo. Uno de los aficionados a estos encuentros fue el pendenciero estudiante de la universidad de Gotinga Otto von Bismarck, llamado a ser el Canciller de Hierro.

Más allá de las tabernas germanas, la esgrima se fue circunscribiendo, durante el siglo XIX, al ámbito deportivo, y alcanzó categoría olímpica desde los primeros juegos modernos de 1896. También mantuvo su valor simbólico, aunque cada vez más centrado en torno al Ejército y la mística castrense, ya que el poder político caminaba hacia la esfera civil. La espada continuó siendo un arma oficial de varios ejércitos hasta la Primera Guerra Mundial. Y en fecha tan tardía como 1942, los soldados americanos eran instruidos en la lucha contra un adversario armado con florete o espada, como demuestran las fotografías de manuales militares de la época. Tras la derrota de Japón y Alemania en
1945, a ambos países se les prohibió fabricar o poseer espadas.

Algún temor ritual debe producir aún la espada, una suerte de atavismo arcano que se pierde en las leyendas de Excalibur y llega hasta el curioso empeño de Franco por hacerse con la Tizona del Cid durante la dictadura. Seguramente porque, de Toledo a Versalles, de los samuráis hasta los mosqueteros, muchos esgrimistas subscribirían la frase del novelista Eiji Yoshikawa: “La espada habría de ser muchísimo más que una simple arma; tenía que ser la respuesta a los interrogantes de la vida”.

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miércoles, 7 de mayo de 2014

Los macarrones




Es incierto el origen histórico de la diversidad de alimentos que englobamos actualmente con el nombre de pasta. Según una edición de 1929 de la revista gastronómica The Macaroni Journal, Marco Polo, en una de sus exploraciones marítimas de Asia, mandó a tierra un marinero de su tripulación para reponer las provisiones de agua dulce. Al desembarcar, el marinero encontró una aldea en la que un nativo y su mujer estaban preparando un extraño alimento en forma de largos hilos que cocían en agua hirviendo. El marinero probó aquel manjar y, enterado por los nativos del secreto de su preparación, lo llevó a Italia, donde la elaboración de la pasta se hizo pronto muy popular. Contaba la revista, además, que el nombre del marinero no era otro que Spaghetti.

Hoy se sabe que esta historia es totalmente falsa. Marco Polo dijo haber comido lasaña elaborada con harina del árbol del pan en Fanfur –lo que se supone que es hoy en día Sumatra-. Sin embargo, la narración de Marco Polo fue publicada en 1298 y hoy sabemos que, veintiún años antes, el notario genovés Scarpa hablaba ya de los macarrones. Mucho antes, los antiguos etruscos comían pasta hecha en casa, como atestiguan los relieves encontrados en una tumba del siglo IV a.C.. Sin embargo, los antiguos romanos no la conocieron. En China, hay indicios de que ya se comía al menos desde finales del siglo I. Para unos, la pasta comenzó a comerse en Italia en la ciudad de Génova; otros creen que fueron los árabes quienes la introdujeron en Sicilia durante el siglo XI. Lo que sí se sabe es que fueron los napolitanos quienes comenzaron a consumirla y producirla a gran escala a principios del siglo XIX.

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