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martes, 10 de agosto de 2010

¿Es posible que un meteorito choque contra un avión comercial?


En realidad, sí es posible, aunque con una probabilidad baja. Podemos hacernos una idea somera si comparamos el área de los aviones con el área de los vehículos terrestres en Estados Unidos, quizá el país más motorizado. La superficie de un vehículo normal ronda los 10 metros cuadrados, y en Estados Unidos hay casi 100 millones de ellos, lo que arroja un área total de unos 1.000 kilómetros cuadrados. Un avión comercial típico tiene una superficie característica de varios cientos de metros cuadrados, pero el número de aviones existentes es mucho menor que el de coches y camiones, tal vez de varios miles. Por tanto, el área total de los aviones existentes no supera los 10 kilómetros cuadrados, o un factor al menos 100 veces inferior al de los vehículos terrestres. Sólo se conocen tres casos de impactos de meteoritos contra coches en Estados Unidos durante el siglo pasado, de modo que las probabilidades parecen contrarias a que los aviones sufran algún impacto, aunque tampoco es imposible.

En caso de que algún avión sufriera una colisión de este tipo, sería más probable que le ocurriera parado que en vuelo, porque en total los aviones pasan más tiempo en tierra.
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domingo, 8 de agosto de 2010

¿Quién inventó el teléfono?


La respuesta es Antonio Meucci.

Inventor errático, a veces brillante, el florentino Meucci llegó a los Estados Unidos en 1850. En 1860 hizo la primera demostración de un aparato eléctrico al que llamó teletrófono. Rellenó una solicitud provisional de patente en 1871, cinco años antes de la patente de Alexander Graham Bell para el teléfono.

Desgraciadamente, aquel mismo año Meucci tuvo serios problemas de salud al resultar herido por la explosión de la caldera del ferry de Staten Island. Con poco dominio del idioma inglés y viviendo del subsidio de desempleo, no pudo enviar los diez dólares necesarios para renovar la patente provisional en 1874.

Cuando se registró la patente de Bell en 1876, Meucci puso una demanda. Envió sus croquis originales y los aparatos ya funcionales al laboratorio de la Western Union, encargada del registro de patentes. Por una “coincidencia” extraordinaria, Bell trabajaba en aquel laboratorio y los modelos desaparecieron misteriosamente. Meucci se había quedado sin nada.

El inventor italiano murió en 1889 mientras su caso contra Bell todavía estaba en los tribunales. Como resultado, fue Bell y no Meucci quien se llevó el crédito y la gloria del invento. En 2004 la injusticia fue parcialmente compensada por la Cámara de Representantes norteamericana al aprobar una resolución declarando que “la vida y logros de Antonio Meucci deberían tener reconocimiento, así como su trabajo en la invención del teléfono”.

No es que Bell fuera un fraude completo. Siendo joven había enseñado a su perro a decir “¿Cómo estás abuela?” como forma de comunicarse con ella cuando estaban en habitaciones diferentes. Y también hizo del teléfono un invento práctico, no sólo una curiosidad.

Como su amigo Thomas Edison, Bell era incansable en la búsqueda de nuevos artilugios. Y, como Edison, no siempre tuvo éxito. Su detector de metales no consiguió localizar la bala que un asesino había disparado al presidente norteamericano James Garfield –parece ser que su máquina se confundió debido a los muelles de la cama en la que agonizaba el presidente-.

La incursión de Bell en la genética animal vino motivada por su deseo de aumentar el número de nacimientos de mellizos y trillizos en ovejas. Se dio cuenta de que las ovejas con más de dos pezones daban a luz más gemelos…pero todo lo que consiguió con sus experimentos fueron ovejas con más pezones, no más trillizos.

En el activo de Bell, hay que apuntar que inventó el hidrofoil, que estableció en 1919 un record de velocidad sobre el agua en 114 kilómetros por hora, imbatido durante diez años. Bell, que tenía por entonces ochenta y dos años, sabiamente rechazó el honor de viajar en su propio invento.

Pero por encima de todo, Bell siempre se refirió a sí mismo como “maestro de sordos”. Su madre y esposa eran sordas y durante años se dedicó a la enseñanza de niños con esa discapacidad. Entre sus alumnos se encontró Helen Keller, una niña sordociega que, con el tiempo, consiguió una licenciatura en Arte y desarrollar una importante labor política y literaria. Esta extraordinaria mujer nunca olvidó a su maestro y a él le dedicó su autobiografía.
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jueves, 5 de agosto de 2010

¿De dónde viene la expresión "prensa amarilla"?


A finales del siglo XIX y principios del XX existió una guerra, una guerra entre magnates de la prensa diaria norteamericana. Y de la lucha por controlar un comic saldría una expresión, "prensa amarilla", que sobrevivido cien años.

En aquellos años, controlar la prensa diaria era símbolo de poder. A falta de radio o televisión (el telégrafo no era un instrumento casero), el periódico se convirtió en la herramienta cotidiana e indispensable para estar informado, y sus ventas empezaron a crecer sobre todo en las grandes ciudades. De ello se dieron perfecta cuenta dos ambiciosos hombres de negocios: Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst.

Joseph Pulitzer (1847-1911), húngaro de nacimiento, emigró a Estados Unidos en 1864. Tras una corta carrera política como senador republicano, en 1879 se convierte en editor del St.Louis Post-Dispatch, donde inicia su política empresarial de convertirse en defensor del hombre de la calle y contar las cosas un pelín exageradas. Al adquirir el New York World en 1882 (fundado originalmente en 1860), concentra su interés en el contenido humano de las historias, los escándalos y el sensacionalismo periodístico. Aumentó las ventas de este periódico de 15.000 a 600.000 ejemplares, convirtiéndolo en el más vendido del momento. En 1892 promovió la primera escuela universitaria de periodismo del mundo. Fue acusado por calumnias en 1909 al publicar la noticia del pago fraudulento por parte del gobierno norteamericano a la French Panama Company de 40 millones de dólares, pero la justicia lo absolvió. En 1917, seis años después de su muerte y siguiendo su voluntad, se instituyeron los ya famosos Premios Pulitzer.

Por su parte, William Randolph Hearst (1863-1951) heredó muy joven una vasta fortuna con la que empezaría a comprar diversas cabeceras periodísticas, como el San Francisco Examiner (1887) o el New York Journal (1895), que convirtió en un periódico abocado al sensacionalismo y capaz de cualquier cosa con tal de llamar la atención, hasta el punto de estar considerado con sus titulares uno de los inductores de la Guerra de Cuba de 1898. Aunque lo intentó en dos ocasiones (1905 y 1909) su carrera política como alcalde de Nueva York fue frustrada por el fracaso en las urnas; líder del ala liberal del Partido Demócrata entre 1896 y 1935, acabó sus ideales políticos en la zona conservadora. Como símbolo de su poder hizo construir cerca de San Simeón (California) un gran palacio al que llamó Hearst Castle, considerado actualmente como monumento histórico nacional.

El sensacionalismo practicado por uno y por otro acabó siendo conocido como “prensa amarilla”, pero ¿por qué?

Pulitzer había creado en 1889 el concepto de suplemento dominical (una sola hoja a doble cara), convirtiéndolo en una revista satírica que incluía textos humorísticos, narraciones, ilustraciones y chistes. Cinco años después, con la ayuda de la por entonces revolucionaria impresión en color, la sencilla hoja se transformó en un suplemento semanal de 8 páginas que, desde el 5 de mayo de 1895, empezaría a publicar en color las vivencias de Yellow Kid, de Richard F.Outcault. El personaje, aún por definir, había nacido en la revista Truth, donde Outcault, un dibujante procedente del terreno de la ilustración técnica, haría sus pinitos como ilustrador costumbrista; se trataba de un niño ataviado con un camisón que se paseaba por un mísero barrio de una gran ciudad, sucio, calvo y descalzo.





El pequeño niño de grandes orejas, vestido con un camisón raído con una gran mancha en forma de huella de una mano a la altura del pecho, empezó siendo de color azul o marrón hasta que unos meses después la imprenta perfeccionó el amarillo; de ahí lo de Yellow Kid (“chico amarillo”). También tardaría algún tiempo Outcault en definir el semblante definitivo de Mickey Dugan, que así se llamaba en realidad el personaje; al camisón, la apariencia siempre risueña o burlona y los dos dientes superiores, Outcault unió en mayo de 1896 una de sus características esenciales: incluir en el camisón el diálogo del personaje, transcrito como si hablara un niño con dos dientes.

Consciente del tirón popular del suplemento dominical de Pulitzer (Yellow Kid disfrutaba de un notorio éxito entre los lectores de todas las edades a los que iba dirigido el suplemento), William Randolph Hearst, siempre atento a tomar nota de aciertos ajenos para desarrollaros y mejorarlos, decidió aumentar la tirada de su New York Journal con un golpe de efecto. El domingo 1 de noviembre de 1896 nacía el American Humorist, otro suplemento en color, éste también de ocho páginas, pero, por aquello de aportar algo, de tamaño más grande que el de Pulitzer. De hecho, Hearst llegó un poco más lejos: contrató a todo el personal técnico y creativo del dominical de Pulitzer para su American Humorist, incluido el Yellow Kid de Outcault, por supuesto.

Pulitzer reaccionó rápidamente denunciando el “robo” del personaje en los juzgados, y el posterior veredicto tomó la salomónica decisión de permitir que el World de Pulitzer pudiera seguir publicando las aventuras de “Yellow Kid” como “Hogan´s Alley”, aunque con otro dibujante, mientras que reconoció a Outcault la facultad de dibujar a su criatura, aunque con otro título, en el Journal de Hearst.

En el fragor de la batalla por el control del Yellow Kid de Outcault, el World y el Journal fueron bautizados como “The Yellow Kid Papers”, expresión que posteriormente sería recortada a “The Yellow Papers” y, poco después, a la de “Yellow Journalism”, “periodismo amarillo”. En aquel momento se publicaron (ni en la prensa de Pulitzer ni en la de Hearst, por supuesto) muchos chistes críticos sobre este enfrentamiento, pero posiblemente el más significativo sea el titulado “The Big Type War of the Yellow Kids”, publicado el 29 de junio de 1898 en Vim Magazine y firmado por el caricaturista Leon Barritt. Es el que ilustra la cabecera de este artículo.
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martes, 3 de agosto de 2010

11-S: la física de un atentado (2ª parte)


2-El control del aparato

Una vez hubieron despegado los aviones, los terroristas se hicieron con el control de los aparatos. Les resultó tan fácil que no necesitaron armas; como he mencionado más arriba, en 2001, la política de las compañías aéreas era cooperar. ¿Por qué las compañías no previeron un atentado suicida? Se habían hecho advertencias, desde luego, y existían relatos de ficción en los que se describía semejante posibilidad, pero es prácticamente imposible prepararse para todo lo que se cuenta en las novelas; lanzar advertencias es fácil, lo difícil es actuar en función de las mismas. Los responsables de la seguridad estaban bien preparados para hacer frente a atentados como los sufridos hasta entonces, es decir, los que consideraban más probables. En 2001, los estadounidenses estaban, por lo general, bastante satisfechos con la forma como se habían manejado anteriores secuestros aéreos. En varias ocasiones, los secuestradores habían exigido que el avión se dirigiese a Cuba, y así se había hecho. En todos y cada uno de los casos, ni bien aterrizó el avión, Fidel Castro mandó arrestar inmediatamente a los secuestradores y los metió en una cárcel cubana. El dictador no era aliado de Estados Unidos, pero convertirse en el destino favorito de todos los piratas aéreos tampoco era recomendable desde el punto de vista de las relaciones públicas. Todas las aeronaves fueron inmediatamente devueltas a Estados Unidos.

Los terroristas del 11-S podrían haberse hecho con el control del aparato simplemente franqueando la puerta de la cabina, que, hasta ese día, solía dejarse abierta. Con decir que iban armados, los pilotos les habrían creído a pies juntillas. Así pues, no tenían necesidad de arriesgarse a introducir armas a escondidas, pues habrían sido innecesarias.

3-El pilotaje del avión

El adiestramiento de un piloto de avión consiste sobre todo en aprender a aterrizar, a despegar, a asegurarse de que no haya problemas y a solucionarlos si se presentan. Como ya sabrá el lector si ha visto alguna de las muchas películas que hay sobre catástrofes aéreas, pilotar un avión a altitud constante es relativamente simple. Lo difícil es aterrizar, al menos si se pretende salir con vida.

La navegación es también relativamente fácil, sobre todo si uno apunta a estructuras altas, como las Torres Gemelas. Hasta para pilotar un avión pequeño hace falta aprender a usar el instrumental de navegación y varios de los terroristas habían recibido formación. También podrían haber usado un simple GPS. En 2001, estos aparatos se vendían por menos de 200 dólares; hoy son todavía más baratos. Un GPS nos informa de dónde estamos, de qué velocidad y rumbo llevamos, y de la distancia hasta un objetivo que habremos introducido previamente: por ejemplo, las Torres Gemelas. La capacidad del aparato depende de que tenga al menos tres satélites a la vista. El GPS mide las distancias a los tres satélites y, a continuación, calcula el único punto de la Tierra que está situado a esas tres distancias.

Naturalmente, los terroristas también podían emplear el método de navegación más antiguo de todos, el vuelo por referencia visual. Puede que los secuestradores del vuelo 11 llegasen a Nueva York simplemente siguiendo el curso del río Hudson.

En cambio, cualquiera que haya sobrevolado la ciudad de Washington se habrá percatado de lo difícil que resulta divisar puntos de referencia. Ni siquiera el monumento a Washington se localiza con facilidad, pues desde el aire parece muy pequeño. Hasta la Casa Blanca es diminuta y muy difícil de distinguir. El caso del Pentágono, en cambio, es diferente. Por su enorme tamaño y forma peculiar, representa un blanco fácil. La dificultad de impactar contra el Pentágono radica en lo bajo que es. Para estrellarse contra las Torres Gemelas, lo único que hay que hacer es dirigir el avión en la dirección adecuada, casi da igual la altitud; en cambio, para atinar en el Pentágono, hace falta volar a la altura correcta. Se trata de una maniobra complicada: según parece, el 757 de American Airlines se estrelló primero contra el suelo y luego se deslizó hasta chocar contra un lateral del edificio.

Tal como se aprecia en las imágenes de vídeo captadas desde Battery Park, el avión que impactó contra la torre sur del World Trade Center estaba muy ladeado en el momento del choque. Según algunas personas, esa inclinación demuestra lo bien preparados que estaban los pilotos, pero la idea es absurda, pues lo único que demuestra es que el piloto había calculado mal el rumbo y que, en el último momento, intentó una maniobra desesperada para chocar contra el edificio. Por desgracia, le salió bien.



4- El impacto

Cuando el avión se estrelló contra la torre destruyó muchos de los pilares situados alrededor del perímetro que sostenían la parte superior del edificio. Los ventanales y el muro exterior quedaron pulverizados, el avión se hizo pedazos, y la mayor parte de las sesenta toneladas de combustible salió a borbotones. Así y todo, bastantes pilares del perímetro se mantuvieron en pie y siguieron sosteniendo los pisos superiores. Sobrevivieron. El edificio estaba bien diseñado.

El combustible pudo inflamarse por muchas razones, entre ellas, la energía del impacto –en los motores diésel lo que hace arder el combustible es su compresión súbita-, las chispas o el propio calor de los motores. Los automóviles que se estrellan suelen arder, sobre todo si se rompe el depósito de gasolina, pero, a pesar de lo que puedan hacernos creer las películas de acción, no explotan.

El combustible del avión no tuvo tiempo de mezclarse bien con el aire, luego la bola de fuego resultante en realidad no fue una explosión, o al menos, no una de ésas que causan enormes destrozos adicionales. En una explosión verdadera, el gas de alta presión se expande con tal fuerza que puede hacer añicos el cemento. Los gases de la bola de fuego del World Trade Center eran subsónicos –esto es, más lentos que la velocidad del sonido- y, en su mayor parte, se limitaron a rodear los pilares, tal como suelen hacer los gases de este tipo. Derribaron muros que no eran de carga y dejaron casi toda la estructura intacta. En la jerga técnica de los científicos, más que una explosión deberíamos llamarla una “deflagración”. Por eso desde la calle no se oyó un estallido atronador, sino un gran rugido. Dentro del edificio, algunas personas oyeron pequeñas explosiones, pero puede que se debiesen al combustible que se inflamó en habitaciones, huecos de ascensor u otros espacios cerrados.

Los pilares de acero de las Torres Gemelas estaban cubiertos de material aislante y diseñados para conservar su solidez durante dos o tres horas de incendio normal. Sin embargo, el material que ardió no era simplemente mobiliario de oficina y papeles: era queroseno. El ritmo de combustión estaba limitado por el oxígeno disponible, no por el combustible. Una cantidad reducida de aire significa una combustión más prolongada, con lo cual el calor tuvo más tiempo de penetrar el aislante.

A una temperatura elevada, el acero se funde; a una temperatura mucho más baja, se reblandece. Estos cambios pueden atribuirse a la agitación de las moléculas, que aumenta la separación entre los átomos de hierro y debilita los vínculos que dan al acero su fuerza. El queroseno provocó un infierno mucho más caliente de lo previsto por los arquitectos de las torres, que, al sopesar la posibilidad de un incendio, jamás habrían contado con que hubiese toneladas de combustible ardiendo durante más de una hora cerca de lo más alto del rascacielos.

Cuando la temperatura de los pilares alcanzó los 815 ºC, se reblandecieron lo bastante como para sufrir el llamado “pandeo”. Este fenómeno físico provoca una flexión brusca. Coja el lector una pajita de refresco y ejerza presión en ambos extremos, uno contra el otro. La pajita opone una resistencia considerable –teniendo en cuenta que está hecha de papel- hasta que, de repente, se dobla. El motivo es que la pajita es muy fuerte cuando se somete a una compresión pura, pero en cuanto se dobla un poco, se pliega del todo inmediatamente. El papel es muy poco resistente a la flexión.

En cuanto uno de los pilares del rascacielos se pandeó, dejó de de soportar la parte del peso que le correspondía, con lo cual toda la carga pasó a gravitar sobre los pilares restantes, que también se habían reblandecido. Es probable que en ese momento se pandease un segundo pilar, cercano al primero. Y a continuación otro. El resultado fue una especie de avalancha. A medida que más pilares se vinieron abajo, los restantes no fueron capaces de sostener toda la carga. El piso entero se derrumbó en menos de un segundo. El tramo del edificio que quedaba por encima cayó a plomo como un gigantesco martillo pilón sobre el piso de abajo.

Un hundimiento de este tipo multiplica su fuerza exactamente igual que un martillo normal y corriente. Analicémoslo por un instante. Al blandir un martillo, lo que hacemos es aplicarle una fuerza durante un recorrido de, pongamos, 25 cm. El objetivo de este movimiento es acelerar el martillo. Cuando finalmente golpeamos el clavo, éste absorbe toda esa energía en una distancia mucho más reducida, tal vez un centímetro. Por tanto, la fuerza descargada sobre el clavo viene dada por la proporción entre esos dos valores: 25 cm frente a 1 cm; esto es, una fuerza 25 veces mayor que la aplicada al martillo durante el recorrido previo al impacto. A esto me refiero cuando hablo de multiplicar la fuerza. Si se trata de madera dura, puede que el clavo apenas penetre un par de milímetros. En ese caso, el factor de fuerza sería de 125 (25 cm frente a 0.2 cm). En realidad, aplicamos más fuerza a un clavo para clavarlo en una madera dura que en una madera blanda, pero durante menos tiempo.

Cuando los pisos superiores del World Trade Center se desplomaron sobre los inferiores, la fuerza se multiplicó de manera parecida. El peso que la parte superior del edificio ejerció sobre el piso de debajo se multiplicó considerablemente, tal vez hasta 25 veces más, como en el ejemplo del martillo. El piso no pudo soportar toda esa fuerza y sus pilares también se pandearon de manera casi instantánea. Este piso, a su vez, se desplomó junto con la parte superior del edificio sobre el piso de debajo, y así sucesivamente. El edificio entero se fue desmoronando de piso en piso, sólo que prácticamente a una velocidad de caída libre. Cada uno de los pisos se derrumbó como si lo golpease un martillo hidráulico, y la masa del martillo fue aumentando conforme se unían más pisos.

Cuesta creer que los terroristas hubiesen previsto todo lo que ocurrió. Tal vez supusieron que el impacto del avión haría tambalearse el edificio, o que derribaría la parte superior. Lo más probable es que simplemente pensaran en lo espantoso que resultaría un incendio en un rascacielos tan alto. Los bomberos, desde luego, no se esperaban un hundimiento semejante, de lo contrario no habrían montado su base de operaciones en la planta baja del edificio incendiado. En la película “El coloso en llamas” de 1974, no se insinúa en ningún momento la posibilidad de que se derrumbe el edificio entero. El hundimiento completo de un rascacielos era algo sencillamente inesperado. De no ser porque la segunda torre también se desmoronó, todavía estaríamos discutiendo sobre la probabilidad de que volviese a ocurrir algo igual.

Mientras veía el incendio por televisión, uno de los ingenieros que diseñaron las torres se percató súbitamente de lo que ocurriría, pero dado lo caótico de la situación, no logró llegar hasta los bomberos para avisarles de que debían evacuar la parte inferior de los edificios.

Cuando las torres se vinieron abajo, arrastraron tras de sí todo el queroseno que aún no se había consumido y que siguió ardiendo sin parar. El resultado fue el hundimiento –de nuevo, a causa del reblandecimiento de los pilares- de un rascacielos cercano, el Edificio 7.

Así pues, lo que provocó el desmoronamiento de los edificios del World Trade Center no fue una explosión, ni tampoco el impacto de los aviones. Fue el fuego.
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domingo, 1 de agosto de 2010

11-S: La física de un atentado (1ª parte)


El atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 fue de una índole imprevista. La bomba utilizada por Al Qaeda liberó una energía equivalente a mil ochocientas toneladas de TNT, una cantidad considerablemente mayor que la de los ensayos nucleares que llevó a cabo Corea del Norte el 9 de octubre de 2006.

La causa de los destrozos no fue el impacto de la aeronave. El avión pesaba 131 toneladas y se movía a 960 km/h. La fórmula E=1/2 mv2 permite calcular la energía del movimiento o energía cinética. Para aplicar esta ecuación, hace falta usar las unidades de medida adecuadas –y averiguarlas suele ser lo más difícil-; una vez hechos los cálculos, vemos que la cantidad de energía en cuestión fue apenas el equivalente a una tonelada de TNT, o lo que es lo mismo, mil ochocientas veces menor que la que realmente usaron los terroristas. Lo que destruyó los edificios no fue la energía cinética; de hecho, cuando recibieron el impacto de los aviones, las torres del World Trade Center apenas se tambalearon. Si el lector es capaz de soportarlo, le recomiendo que vea otra vez las imágenes, pero esta vez prestando atención a la parte alta de los rascacielos, por encima de donde impacta el avión. Fíjese en que esa parte del edificio apenas se mueve. El impacto en sí no hizo mucha mella.

El verdadero origen de la energía que destruyó las Torres Gemelas sorprende por su simpleza, a saber: las sesenta toneladas de queroseno que cargaba cada uno de los aviones para cruzar Estados Unidos. He aquí la sorprendente base física del atentado: una tonelada de queroseno o de gasolina, cuando arde en el aire, libera una energía equivalente a 15 toneladas de TNT. Así pues, 60 toneladas de gasolina liberan una energía equivalente a 900 toneladas de TNT. Teniendo en cuenta que eran dos aviones, el total de energía que se generó fue de 1.800 toneladas, o 1,8 kilotones.



¿La gasolina contiene más energía que el TNT? Sí, mucha más. De hecho, hasta las galletas de chocolate contienen más energía que el TNT. Si queremos destruir un coche, podemos usar un barreno de TNT, pero la misma cantidad de galletas de chocolate, ingeridas –por ejemplo- por unos adolescentes armados con mazos, pueden causar una destrucción mucho mayor. Las galletas de chocolate proporcionan unas cinco kilocalorías por gramo, cifra que podemos encontrar en cualquier libro sobre dietética, mientras que el TNT sólo proporciona 0.65 kilocalorías por gramo, es decir, nueve veces menos.



La mayoría de la gente se sorprende ante el dato, pero si se piensa, resulta lógico. El TNT no se usa por su alto contenido energético, sino por lo rápido que libera su energía. El motivo de esta rapidez es que, a diferencia de la gasolina o de las galletas de chocolate, no necesita combinarse con aire. Los átomos de las moléculas de TNT son como muelles comprimidos y sujetos por un seguro; si se suelta el seguro, la energía sale disparada. De modo análogo, si se rompe una molécula de TNT, la energía resultante rompe los “seguros” adyacentes y se produce una reacción química en cadena que hace detonar todo el TNT. En una millonésima de segundo, la energía de los “muelles” se transforma en energía cinética. Las moléculas tienen una gran velocidad, lo que significa que están calientes.

Hay muchas formas de medir la energía. En los tratados de armamento nuclear, la unidad de medida estándar es la equivalencia en toneladas de TNT. Según la definición de los controladores de armas, una tonelada de TNT posee la energía de un millón de kilocalorías, aunque el verdadero TNT sólo proporciona dos terceras partes de esa energía. La unidad favorita de los físicos no es la kilocaloría sino el julio; una kilocaloría contiene unos cuatro mil doscientos julios.

El contenido energético de diversos materiales es un factor clave, no sólo para el terrorismo, sino para muchas aplicaciones benignas. Por ejemplo, una batería de ordenador de gran calidad apenas proporciona un 1% de la energía contenida en una cantidad de gasolina del mismo peso. Esta cifra tan baja es la razón física fundamental por la que casi nadie conduce aún un automóvil eléctrico.

El elevado contenido energético de la gasolina –y de otros derivados del petróleo, como el queroseno- la convierte en una sustancia ideal para utilizarla como arma. Este uso bélico, conocido desde hace mucho tiempo, probablemente se remonta a Bizancio y tal vez sea el secreto del famoso “fuego griego”. La gasolina era el ingrediente fundamental de los cócteles Molotov que se usaban en España en la década de los treinta –el nombre ruso se acuñó después-. En las dos guerras mundiales, lo que realmente lanzaban los lanzallamas era gasolina ardiendo. El napalm, un compuesto de gasolina, se hizo tristemente famoso en la guerra de Vietnam. En Afganistán las tropas estadounidenses emplearon las llamadas bombas de combustible para causar bajas entre los talibán y minar su moral. Se trata de un explosivo temible por la misma razón por la que los atentados del 11-S fueron tan eficaces, a saber: por la enorme densidad energética de la gasolina. Siete toneladas de gasolina, mezcladas con aire y detonadas desde un paracaídas, liberan una energía equivalente a más de cien toneladas de TNT. Moraleja: en lugar de lanzar bombas de TNT, que malgastan la capacidad de carga del avión, es mejor transportar y lanzar gasolina, que tiene quince veces más poder explosivo por tonelada.

Los autores de los atentados del 11-S no hicieron uso de una gran potencia para destruir las Torres Gemelas, sino que aprovecharon el alto contenido energético del queroseno. La energía desatada provocó que la estructura de acero de los edificios alcanzase una gran temperatura, es decir, que las moléculas del acero se moviesen –en rigor, vibrasen- a gran velocidad. Cuando las moléculas se agitan adelante y atrás, desplazan a las moléculas cercanas: por eso los objetos calientes se expanden. El problema es que ese aumento de la separación entre las moléculas también debilita su fuerza de atracción. En consecuencia, el acero caliente es más endeble que el frío. El reblandecimiento de la estructura de acero terminó provocando el derrumbe de los edificios.

Los terroristas del 11-S sacaron un tremendo partido de estas particularidades. Cuando Mohamed Atta subió a bordo del vuelo 11 de American Airlines en el aeropuerto de Boston, lo único ilegal que llevaba encima eran sus intenciones: ni armas de fuego, ni explosivos, ni cuchillos. A pesar de las deficiencias –más que documentadas –de los controles de seguridad de las compañías aéreas, el riesgo de que los sorprendiesen con un arma era demasiado grande como para que Atta y sus secuaces se aventurasen a correrlo. Además, tampoco les hacía falta.

La genialidad de la operación residió en su escaso riesgo. No eran necesarios explosivos. No había que introducir armas a bordo ilegalmente. Prácticamente no se requería ninguna infraestructura organizativa. El peligro de que se descubriese el plan era mínimo porque los únicos terroristas que tenían que estar al corriente de los detalles de la misión eran los pilotos. El plan de Atta dependía de una norma de las líneas aéreas –a la sazón en vigor, aunque ya nunca más volverá a estarlo- según la cual los pilotos debían cooperar con los secuestradores: no discutan ni los amenacen: limítense a hacer lo que les pidan. Hasta entonces, la táctica había salvado vidas… y aviones.

Atta y sus compinches eligieron vuelos a primera hora de la mañana para minimizar el riesgo de que saliesen con retraso y así poder atacar Nueva York y Washington simultáneamente. Y lo que es más importante, escogieron vuelos transcontinentales, para garantizar que los aviones estuviesen cargados de combustible.

Atta sabía que el 11 de septiembre sería el último día en que se podría secuestrar un avión con facilidad. Desde esa fecha, no parece muy necesaria la presencia de policías a bordo, pues ningún piloto volverá a ceder voluntariamente los mandos de la aeronave a un terrorista. Y en el caso de que un secuestrador mate a los pilotos, sólo conseguirá desatar la furia y el coraje de los pasajeros y la tripulación, como ocurrió apenas una hora y cuarto después del atentado contra las Torres Gemelas, cuando los pasajeros del vuelo 93 de United Airlines asaltaron la cabina.

1-El control de pasajeros

Los autores de los atentados del 11-S aprovecharon sus nociones de seguridad aeroportuaria. No es que tuvieran un conocimiento muy profundo ni especializado: se trataba de cosas sabidas por cualquier persona que poseyese una mínima pericia técnica y se hubiese informado sobre secuestros aéreos anteriores. Recordemos cómo eran los controles de seguridad antes del 11-S.

Antes de embarcar en un avión, había que pasar el equipaje de mano por una máquina de rayos X. Este aparato es capaz de detectar objetos escondidos mediante un análisis de su silueta, pero las imágenes no tienen la suficiente resolución como para revelar un objeto camuflado con astucia. Sería bastante fácil ocultar un cuchillo introduciéndolo en una funda hecha con el mismo material pero que tuviese una forma de aspecto inofensivo. Probablemente los terroristas no tuvieran intención de usar este tipo de camuflaje, pues les bastaba con las pequeñas armas legales que llevaban encima. Si los servicios de seguridad descubren a un pasajero con un cuchillo de gran tamaño, se pondrán en alerta ante la posibilidad de un secuestro. Dado que el plan consistía en secuestrar varios aviones, era importante no despertar ninguna sospecha hasta tomar el control de la aeronave.

Los detectores de metal están diseñados para detectar cuchillos y armas de fuego. Se basan en el hecho de que los metales, al contrario que la mayoría de los materiales, conducen electricidad. El pasajero tiene que pasar por un arco que, desde el punto de vista de la física, no es más que una gran bobina de alambre. El paso de la corriente eléctrica por el alambre lo convierte en un electroimán de gran tamaño. Este electroimán provoca que la corriente fluya por todo metal que pase por debajo, con lo cual lo magnetiza al instante y podrá detectar su presencia. Si el pasajero lleva un imán permanente, aunque esté hecho de cerámica –material que no es buen conductor-, el detector de “metales” también lo descubrirá. Por eso muchos libros ocultan entre sus páginas material magnético, para que los detectores instalados en las librerías avisen de que alguien intenta salir de la tienda con un libro robado.

Los detectores de metales no detectan cuchillos ni pistolas: detectan conductores e imanes. Dado que los seres humanos somos un poco conductores –principalmente a causa de la sal disuelta en nuestra sangre-, los detectores de metales no pueden ser demasiado sensibles, una limitación que deja un resquicio por el que pueden introducirse armas. Es posible fabricar un puñal mortífero de cerámica –en especial, de circonia, que también se usa para fabricar diamantes falsos- y que el detector no lo perciba. Hoy día existen hasta pistolas de cerámica, aunque la mayoría tiene un cañón metálico que activaría el detector de metales o se vería en la pantalla de rayos X.



Los terroristas del 11-S, sin embargo, no tuvieron necesidad de introducir clandestinamente armas de alta tecnología, ni siquiera de baja. Simplemente, se aprovecharon de que el reglamento de seguridad de la época permitía llevar a bordo un cuchillo, siempre que la hoja midiese menos de diez centímetros de largo. La norma era de lo más arbitraria: ¿por qué una hoja de diez centímetros y no de veinticinco? Se trataba de una concesión a aquellas personas que, como los Boy Scouts, llevan navaja por sistema, por ejemplo una de esas del ejército suizo con múltiples utensilios.

Los terroristas, en cambio, escogieron cuchillas de cortar papel –cúters-, que tienen una hoja corta pero, por lo general, mucho más afilada que las navajas; casi tanto como las cuchillas de afeitar. Asimismo, son armas más eficaces por que no se pliegan como las navajas, luego no hay peligro de que, al usarlas como puñal, se cierren accidentalmente (precisamente por eso son ilegales los cuchillos con bloqueo, como las navajas automáticas o los llamados “cuchillos de gravedad”). La hoja del cúter es retráctil y va guardada dentro del mango, con lo cual, hasta que no se usa, parece un objeto inofensivo. De hecho, ni siquiera parece un arma, sino un simple utensilio como el que podría llevar cualquier alumno de Bellas Artes; fue una elección muy acertada. Además, antes del 11-S era perfectamente legal llevar cúters a bordo.

Si el personal de seguridad de un aeropuerto percibe algo sospechoso –por ejemplo, el operario de la máquina de rayos X ve algo raro en el equipaje de mano-, podrían registrar al pasajero en cuestión, pero lo más probable es que se limiten a examinarlo con un dispositivo de rastreo: el operario de turno cogerá una varilla con la punta de algodón y la pasará por el equipaje o por la ropa del pasajero. La varilla va dentro de una caja que tiene un sistema que reconoce los explosivos más corrientes. Si el sospechoso ha fabricado una bomba, lo más probable es que se detecten los vapores de los explosivos empleados. El dispositivo no tiene por qué descubrir la bomba propiamente dicha, y, si está bien envuelta, puede que ni siquiera sea capaz de detectarla; pero es muy difícil eliminar completamente el olor a explosivos de la ropa, cabello, uñas y otros objetos que el pasajero lleve consigo. La mayoría de la gente no huele a explosivos, pero quienes han estado manipulándolos, sí.

Los terroristas, conscientes de todo esto, planearon un atentado que no requiriese explosivos ni armas detectables. Probablemente pasaron sus cuters por una máquina de rayos X, o quizá se los entregaron a los agentes de seguridad, quienes se los devolvieron una vez hubieron pasado por el detector de metales. No fueron los agentes de seguridad los que fallaron en el 11-S; lo que falló fue la normativa que aplicaban. Como también falló la capacidad de prever la posibilidad de un atentado de semejante naturaleza. Los estadounidenses no se imaginaban que alguien lo bastante inteligente como para secuestrar un avión estuviese dispuesto a suicidarse. (Continuará)
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